lunes, octubre 09, 2006

NADIE ESTORNUDA COMO MI PAPÁ

A RodrigoDesde que tengo uso de razón papá anda para arriba y para abajo con unos cuadernos negros en los que dibuja y anota cuanto se le ocurre. Si algún día abres una de sus libretas, verás infinidad de bocetos en los que se adivinan tigres, elefantes y caballos al lado de largos párrafos en los que se perfilan escenas de todo tipo. Papá se gana la vida inventando historias. Por eso siempre fue una persona retraída que defendía y defiende con vehemencia la tranquilidad que necesita para hacer su trabajo. Más de uno lo ha tomado por persona huraña, sin detenerse a pensar que su oficio requiere soledad y concentración, dos cualidades que algunos infelices confunden con displicencia y hasta con pereza. No obstante, papá dista mucho de ser un misántropo. A pesar de que sale poco y de que nunca le gustaron las discotecas ni los tumultos, nadie puede acusarlo de ser un tipo aburrido. Sus amigos, que son unos carcamales muy parecidos a él, y que lo conocen desde hace siglos, cuentan que mi viejo siempre fue igual, que a pesar de llevar el hilo de una conversación, de beber, reírse y contar cuentos groseros salpicados de reflexiones existenciales, andaba siempre con sus ojos vivaces a la caza de un detalle, de una historia, de un personaje o de una atmósfera que le sirviera para luego introducirla en cualquiera de sus relatos, lo cual demuestra que papá trabaja a toda hora.

Un mediodía de hace unos cuantos años, el viejo me invitó a almorzar en La Estancia. Cuando ya estábamos instalados bebiéndonos un whisky y conversando sobre cualquier generalidad, me pidió que observara con detenimiento un pequeño espectáculo que se desarrollaba frente a nuestras propias narices. Eran cinco halterófilos sentados a la misma mesa, comiéndose una parrilla argentina mientras se reían, conversaban, bebían cerveza y eran felices.
—Fíjate en ese cuadro —me dijo—. Cualquier vaina que pase en una mesa ocupada por cinco levantadores de pesas puede generar un cuento interesante. ¿No te parece?
—Sí, seguro —dije descreído.
—Imagínate esto —e hizo una pausa para probar su whisky—: ¿qué pasaría si uno de esos coños se atraganta con una morcilla? ¿Y si uno le confiesa al que tiene al lado que está saliendo con su hermanita? ¿Qué harían esos forzudos si en este instante llega una banda de atracadores al restaurante: se comportarían como gallinas atiborradas de esteroides o les darían sus coñazos a los ladrones?
—No sé.
—¿Cómo que no sabes? No es cuestión de saber; es cuestión de imaginar. Aprende eso y dale un permiso a Efraín, que ya llegaron nuestros t-bones.

Nunca he entendido cómo papá y mamá siguen juntos, si son tan distintos. Quizás sea por eso; porque son distintos y complementarios y se quieren y se necesitan uno al otro. Mientras mamá es toda seria, toda ejecutiva, toda fiel cumplidora de sus obligaciones en su oficina gigante con asistente y personal a su cargo, papá trabaja en un cuchitril donde sólo hay un escritorio, un viejo afiche de Iron Maiden, un teléfono y una pequeña nevera. A pesar de sus diferencias, siempre se han llevado bien, se ríen, salen, van, vienen, pelean y se adoran. Eso sí: cada jueves, a las cuatro de la tarde, mi viejo se reúne con sus amigotes a quienes mi mamá odia porque, según ella, la entrañable amistad de mi papá con esos carajos habla de cómo es él en verdad. Uno tiene un Javelin; otro es barbero y vive hablando de sus navajas; otro es millonario y se la pasa abriendo mazos de cartas para esquilmar incautos; otro es doctor en química y le falta un ojo… Todos son unas joyas y es muy seguro que sea por eso que mi viejo busque su compañía y los quiera como sólo se quiere a la familia.

Yo sólo puedo decir que adoro a mi viejo y que si el amor que sentimos por las personas, nos define, pues yo también soy uno de los personajes de mi papá.