martes, octubre 10, 2006

EL HORROR DE LO NORMAL (RELOADED)

Lo más desagradable de vivir en Caracas es que todo lo horrible se ha vuelto normal. Si eres dueño de un carro, por ejemplo, es «normal» que tengas una paranoia porque en cualquier lugar se te pueden aparecer unos malquistados con ganas de quebrarte. Si vives en una casa, se ha vuelto «normal» que le pongas rejas y alambres de púas a la puerta como si vivieras en un campo de concentración nazi. Si sientes deseos de salir de noche, es «normal» que te quedes en tu hogar más aburrido que una lechosa por miedo a que te secuestren, te violen, te maten y nunca consigan tu cadáver. Lo peor es que si te quedas encerrado en tu cuarto viendo televisión, también se ha vuelto «normal» que de repente se aparezcan tres sujetos —que por lo general andan drogados hasta las metras— listos para amarrarte a tu cama y darte un tiro en una pierna para que no los fastidies mientras te desvalijan la casa y te ahorcan al perro. Hoy es «normal» que uno le dé gracias a Dios porque los ladrones sólo te cortaron el dedo meñique y no te mataron.

Hoy también es «normal» que los sistemas de ventilación de las estaciones del Metro estén tan dañados como los aires acondicionados de cada vagón. Hoy es «normal» que las aceras no sean para los peatones, sino para los vendedores de discos y películas piratas. Hoy es «normal» que las calles estén repletas de indígenas, tullidos, pícaros y locos pidiendo plata. Hoy es «normal» que el Centro esté vuelto una mugre y que a nadie le importe. Hoy es «normal» que derrumben los hitos arquitectónicos de la ciudad para construir adefesios de distinta pelambre.

Por si fuera poco, también se ha vuelto «normal» que el caraqueño no tenga aspiraciones ni sueños ni nada, que todo le dé igual, que no le duela ser ignorante ni tener todas sus energías puestas en banalidades.

En Caracas es «normal» que cualquier alcaldía envíe una cuadrilla de obreros a reparar una plaza y la deje así, sin terminar, con las cabillas al aire y el piedrero a la vista del mundo entero. En mi ciudad es «normal» que el cliente nunca tenga la razón y que el cajero de banco, el mesonero, el oficial de policía, la aeromoza, el dependiente de una tienda y todo el que tenga que atender al público, te veje y te amargue la vida con algún detallito miserable. Aquí se acepta como «normal» que en un autobús el conductor se detenga a recoger más pasajeros que los que en verdad caben, propiciando el recueste, la sobadera, el tropiezo y el rascabuche. Lo peor es que nadie se queja por la sencilla razón de que todo abuso es «normal».

Ahora bien, si todas las barbaridades que hemos enunciado están dentro de «la normalidad», entonces aceptemos que no vivimos en una ciudad; aceptemos que vivimos en el infierno y que todos somos unos imbéciles existiendo para joderle, entorpecerle y destruirle la vida a los demás. Lo peor es que si seguimos así, pronto serán «normales» cosas peores como por ejemplo que los adolescentes comiencen a andar por la calle con el dedo índice metido en el culo, que maten turistas en Los Roques o que les lancen botellas a quienes transitan por la malhadada vía que conecta La Guaira con Caracas...

Yo me niego a aceptar la normalidad de las barbaridades. Me niego a que el horror sea una forma de vida, a que lo bruto, inepto y mediocre sean la regla en mi país.