jueves, octubre 19, 2006

AMOR EN EL GIMNASIO

Carlos Ernesto Arias era un joven decente, aunque algo atolondrado, cuyo máximo objetivo en la vida era esculpir su cuerpo y convertirlo en una exhibición ambulante de músculos. Por ello pasaba horas en el gimnasio levantando pesas, moviéndose frente al espejo y ajustando su anatomía a las innumerables máquinas llenas de resortes y poleas que ocupaban el lugar. Allí, en medio de esa atmósfera, Carlos Ernesto era feliz sudando mientras repetía una y otra vez la secuencia de sus ejercicios. A veces, cuando llevaba rato estirando y extendiendo mecánicamente sus poderosos brazos para alzar los discos de metal de su máquina multifuerza, hacía una pausa, estiraba todo su cuerpo, daba unos pasos en círculo sin dejar de verse en el espejo y se dejaba asaltar por alguna meditación. Ese día su mente le trajo el recuerdo de la primera vez que pisó aquel gimnasio; evocó el calor de aquellos días, la fascinación que le produjeron los adminículos deportivos, el silencio y la entrega de hombres y mujeres en aquella especie de templo en el que todos trabajaban para prodigarle salud, elasticidad y fortaleza a su cuerpo, además de modelarlo para lucirlo con orgullo en cualquier ocasión. También se rió recordando cómo, después de su primera tarde en el gimnasio, se sintió adolorido, pero orgulloso de haber hecho bien los movimientos y las repeticiones que le sugirió el entrenador y volvió a su casa con los brazos flacos, como eran en esa época, pero dispuestos en jarra como si con esa primera sesión de levantamiento de pesas hubiera sido suficiente para volverse tan musculoso como soñaba.

Aquellas bonitas memorias dieron paso a otras un poco más complicadas. Carlos Ernesto volvió a sentarse y a apretar con sus manos las asas de la máquina en la que tonificaba sus pectorales extensos como playas y repasó la conversación que tuvo con Magdalena al lado de la máquina de ejercicios cardiovasculares hacía hora y media.
—¿Tú no crees que aparte de venir al gimnasio y de trabajar, deberías hacer otras cosas?
—¿Qué cosas?
—No sé. Ir al cine, leerte un libro.
—¿Un libro?
—Sí.
—¿Y qué gano yo leyendo libros?
—¿Cómo que qué ganas, Carlos Ernesto? Ganas conocimientos, aprendes cosas, diversificas tu vida… No puede ser que te la pases nada más trabajando y levantando pesas. Vas a parar en loco.
—Para mí es muy importante hacer ejercicios. Si yo no vengo al gimnasio un día, me siento mal.
—Tú deberías cultivar algo más que tus músculos. Levantar pesas y más pesas te pone papeado, pero no hace que te vuelvas una persona más inteligente ni mejor informada.
—¿Qué quieres que te diga?
—Que vas a seguir viniendo al gimnasio, pero que también vamos a hacer otras cosas. No puede ser que nos la pasemos metidos aquí.
—Pero, ¿qué? ¿A ti no te gusta venir para acá?
—Sí me gusta, pero no tengo la fiebre que tienes tú.
—¿Y qué quieres: que me vuelva un gordito como tu amigo Gabriel?
—No y no te metas con Gabriel, que es un tipo más buena gente que el carajo.
—Es buena gente, pero barrigón.
—Ay, Carlos Ernesto —dijo Magdalena suspirando—. Tú no entiendes nada. Tú crees que porque te paras frente al espejo y ves ese montón de músculos, tienes a Dios agarrado por la chiva… Pero estás equivocado.
—Ajá. Estoy equivocado…
—Sí porque todo en exceso es malo... Y porque de nada vale que estés en forma, que te sientas bien contigo mismo, si no tienes nada en esa cabeza y hasta te burlas de los demás.
—Mira, tienes razón, pero no quiero tener una barriga como la de tu amigo Gabriel.
—¡Y dale con Gabriel! Hay gente que no pisa en su vida un gimnasio y vive feliz.
—No lo tomes a mal. Yo sé que uno debe mantener la armonía entre el cuerpo y la mente…
—¿Tú sabes por qué debes mantener tu cuerpo y tu mente en armonía?
—No, la verdad es que no.
—Porque debes tratar que tu cuerpo, a cualquier edad, esté siempre listo para hacer lo que tu mente planifique. Si sólo haces ejercicios y no te ocupas de que tu mente esté tan sana como tu cuerpo, estarás listo sólo para hacer tonterías y eso no puede ser.
—No lo había pensado de esa manera.
—A mí me fascina verme bien, sin barriga ni celulitis, sentirme ágil, fuerte, pero también me gustan otras cosas que quisiera que compartiéramos juntos… No sé. Piénsalo y me llamas.

Carlos Ernesto se quedó con esas palabras dándole vueltas en la cabeza. Magdalena tenía razón, pero ése no era el momento para llamarla y decirle que era verdad; que él era un tonto; que iba a rectificar; que ningún par de mancuernas interferiría entre ellos, pero era la hora de hacer los ejercicios para desarrollar los abductores… Ya la llamaría más tarde, cuando terminara su rutina y estuviese listo para volver al mundo de todos los días.