sábado, septiembre 09, 2006

LOS LEONES SIEMPRE ANDAN DESNUDOS

Desde hace unos años sucede algo raro e interesante en la ficción. Se trata del fenómeno que ocurre cuando un escritor convierte a otros escritores en personajes de sus obras. Claro, eso no es así como así. No es que vas a meter a «cualquier» escritor en tu novela... Tienes que convertir en personajes a aquellos escritores que todo el mundo conoce, que todo el mundo considera genios y que, de alguna manera, legitiman tu trabajo. Así encontramos que en Tres rosas amarillas, Raymond Carver convirtió en personaje a Anton Chéjov; que en Falke, Federico Vegas, hizo lo propio con Rómulo Gallegos, con José Rafael Pocaterra y con Rafael Vegas; que en Soldados de Salamina, Javier Cercas introdujo a Roberto Bolaños; que Juan Carlos Chirinos escribió un libro que se llama Homero haciendo zapping donde aparece (¡cómo no!) el poeta ciego... Podríamos continuar enumerando ejemplos, pero más bien dediquemos unas líneas a preguntarnos la razón de semejante fenómeno.

Vivimos una época extraña que, como toda época manierista, se siente incapacitada para producir nuevos ídolos y satisface sus necesidades estéticas mirando a los ídolos del pasado. Es tal cual como cuando Tiziano, Tintoretto, Veronés, El Greco, Bronzino y otros tantos artistas del siglo XVI, dibujaban, pintaban y concebían sus obras a la manera de Miguel Ángel Buonarroti, el artista que los precedió, que les modeló el gusto y que les aportó un rasero para medir la calidad de su propio trabajo. En su época, todos los artistas debían demostrar que habían estudiado el modo miguelangelesco para, a partir de él, construir su propia obra. Si no lo hacían, pues no eran tomados en cuenta.

Pareciera que nuestra sensibilidad contemporánea se parece mucho a la de ese momento del siglo XVI. No es que esa actitud manierista sea una trampa, pero es rara. En lugar de producir obras (en este caso literarias) mirando hacia adelante, nuestros creadores lo hacen viendo, no sólo hacia atrás, sino recostándose en los autores del pasado. ¿Por qué necesitamos «anecdotizar» un trozo de vida de un autor famoso? Pues porque ya no hay Rulfos ni Sarduys ni Felisbertos ni Cortázars.

Hay un afán por escribir novelas históricas, por rememorar el pasado, por hacer ficción a partir de las grandes figuras que en el mundo han sido. Miren El nombre de la rosa, la extraordinaria novela de Umberto Eco. Ahí aparecen un monje llamado Jorge de Burgos, un montón de espejos, un monasterio, una biblioteca laberíntica, la Edad Media en pleno... Es decir: el mundo borgiano usufructuado hasta la médula... Y repito: estamos hablando de una estupenda novela donde aparecen, para completar, un montón de referencias a los personajes de Sir Arthur Conan Doyle.

Lo que no sé explicar es si este fenómeno se produce porque nos hace falta volver a ver a las grandes figuras «en acción» o porque simplemente se trata de un truco mercadotécnico para que las obras se vendan gracias a la legitimidad que ofrece «citar a» o «hablar de» alguien conocido... En un país como el nuestro, donde no nos tomamos en serio ni a nosotros mismos, y no contamos con un Johann Wolfgang von Goethe que sea conocido en todas partes, pues tenemos que meter en nuestras historias a cuanto famoso exista para que la gente tome en cuenta nuestro trabajo.

Como dijimos, pareciera que esta época no produce genios. La razón de ello es que hay demasiada información y todo nos parece trivial, incluidos nuestros congéneres.