lunes, julio 17, 2006

¿QUÉ CARA PONE VARGAS LLOSA CUANDO ESCRIBE?

Como casi todos los mortales, Mario Vargas Llosa tiene (por lo menos) dos caras: una ceñuda, severa, austera y doctoral; la otra risueña, satírica, apasionada y hasta burlesca. Con el primer modelo de cara, don Mario ha escrito obras prodigiosas como La guerra del fin del mundo, La casa verde, Conversación en la catedral, La orgía perpetua, García Márquez: historia de un deicidio, La tentación de lo imposible, Diario de Irak y La fiesta del chivo, entre otras muchas que le fascinan a un público ávido de cosas serias, de análisis políticos, históricos y sociales intervenidos por lo literario. Con el segundo modelo de rostro, don Mario ha escrito otro tipo de obras que no les gustan tanto a esos «lectores serios»; terminan acusándolo de frívolo o de decadente. Tales invectivas proclaman de novelas como Elogio de la madrastra, Los cuadernos de don Rigoberto, La tía Julia y el escribidor y de quién sabe de cuántas obras más porque esa gente no tiene límites a la hora de expresar sus ojerizas.

No me negarán que imaginarse qué cara pone Vargas Llosa para escribir sus obras es un bello recurso para clasificarlas mientras nos tomamos una cerveza con los amigotes. Sin embargo, y aunque nuestro método sea de una puerilidad devastadora, bien valdría la pena preguntarse qué cara puso don Mario mientras escribía Las travesuras de la niña mala, su novela más reciente, y esto porque es una obra de apariencia ligera y amable que termina, por la maestría innegable de su creador, revolcándote de tristeza a pesar de haber leído cientos de páginas donde abundan situaciones eróticas y brillan unos diálogos llenos de humor, de ingenio y de vitalidad. Esto, aunque Uds. no lo crean, nos ayudará a desentrañar el misterio que nos hemos propuesto descifrar. Veamos por qué.

En primer lugar, Las travesuras de la niña mala es una novela plena de situaciones y de personajes que no esconden elementos simbólicos. Lo que lees, es, y ya, lo cual nos lleva a pensar que estamos hablando de una novela realista, término éste que en el caso de Vargas Llosa adquiere una significación especial porque nos remite de inmediato a Flaubert, a Balzac, a Leopoldo Alas, a Dumás y al mismísimo Dostoievsky; es decir: a los mentores literarios y espirituales de don Mario.

¿Que qué elementos sostienen semejantes afirmaciones? Pues muy sencillo: si a ver vamos, la niña mala que cambia de identidad e igual se hace pasar por chilenita, por guerrillera, por esposa de un funcionario de la Unesco, por conyugue de un criador de caballos en Newmarket, por dama de compañía de un japonés sádico, por mujer de mundo que revolotea por aquí y por allá, es un personaje signado por una voluntad indoblegable que la convierte en un ser capaz de hacer hasta lo inimaginable por trepar y mantenerse en el penthouse de la sociedad para disfrutar de sus fulgores y no tener que sufrir nunca más los rigores indescriptibles de la pobreza. Un personaje con semejantes características y en medio del contexto sugerido en este análisis, no hace otra cosa que remitirnos a los inescrupulosos trepadores de nuestro imaginario: a Rastignac, a Julian Sorel, a Barry Lyndon y hasta a aquel personaje interpretado por Mariela Alcalá, cuya voracidad volvió loco al personaje de Raúl Amundaray y lo apartó de la dulce compañía de Lupita Ferrer en Cristal.

Y ahora que acabamos de cometer el abuso de recordarles a los lectores no sólo la existencia de las telenovelas, sino su relación con la novelística del siglo XIX, bien vale la pena decir que, como en los novelones decimonónicos, en Las travesuras de la niña mala hay toneladas de melodrama. Si quieren muestras de ello, piensen en la galería de personajes que puebla la obra, recuerden al niño que no quiere hablar, al guerrillero gordo e idealista, al Trujimán enamorado de una abogada japonesa, a Marcella la escenógrafa italiana, a Arquímedes el constructor de rompeolas y, por sobre todos a Ricardo Somocurcio, el galán y muchacho bueno de la historia, cuyo amor incondicional e inconmensurable por la niña mala, por la mujer escurridiza que siempre lo deja con los crespos hechos, nos hace recordar, a lo lejos (eso sí), al Alfredo de La Traviatta o al celoso don José de Carmen. Si quisiéramos solazarnos un poco más en el tema del melodrama, observemos el final de esta novela y pensemos en cómo terminan los grandes arribistas de nuestro imaginario cultural… Pensemos en la soledad de unos, en la degradación moral y en la pérdida de miembros o en la muerte de otros… Perdonen que les refresque la memoria, pero el personaje de Mariela Alcalá en Cristal terminaba con cáncer en uno de sus pechos, y esa circunstancia fue lo único que hizo que la pérfida aceptara su amor por el bombero que interpretaba Félix Loreto, el Ricardo Somocurcio de aquel drama televisivo… Pero mejor pasemos a otra cosa porque nos estamos poniendo escabrosos… Mejor terminemos este artículo respondiendo la pregunta que lo preside: ¿qué cara pone Vargas Llosa cuando escribe? Pues, como hemos visto, depende. Depende de la obra a la que dedica sus desvelos. En ésta que hoy comentamos, don Mario puso cara de hombre de mundo, de persona que conoce como la palma de sus manos París, Londres, Madrid y Lima; cara de lector incansable que trata no sólo de homenajear, sino de seguir e imitar un siglo después la obra de sus maestros; cara de Balzac, de Flaubert, de Thackeray, de Stendhal, de Víctor Hugo y de todos esos grandes novelistas a quienes el tiempo convertirá en sus pares.