viernes, julio 28, 2006

LOS MUERTOS DE PAPI ADRIANO

El auto nuevo
Don Adriano Cortés, estaba en un concesionario automovilístico decidiendo si se compraba o no un Ford nuevo. De pronto, sentado al volante, vio cómo el obrero, que hasta ese momento había estado barriendo el lugar, soltó la escoba, empuñó un arma que llevaba escondida en algún bolsillo de su uniforme, disparó contra el vendedor que le mostraba el auto a Papi Adriano, abrió la puerta del carro nuevo, se sentó a su lado, le dio la llave y le dijo: «enciéndelo y no preguntes nada». Papi Adriano hizo lo que el conserje le había pedido, pero cuando sacaba el Ford del concesionario, apretó el acelerador a fondo y se estrelló contra un auto de policía que pasaba por esa calle a esa hora.

La silla de ruedas
Un día el viejo Adriano iba con su Ford Sedán viejo y, esperando la luz verde en una esquina, vio cómo del Mercury que llevaba adelante, se bajó un gamberro que, sin mediar palabra, le robó la silla de ruedas a un pobre tullido que pretendía cruzar la calle. El hombre imprecó, maldijo y mentó madres desde el suelo, mientras el grandísimo hijo de puta volvía al auto muerto de la risa con el ignominioso trofeo. Aquella imagen, por supuesto, indignó a Papi Adriano y lo predispuso al heroísmo. De ahí que acelerara su Ford Sedán y golpease por detrás al Mercury del que se bajó el conductor con una oscura Beretta en las manos.
Después de haber sacado —no se sabe de dónde— un revólver y de haber cosido a tiros a los dos gamberros que le robaron su silla rodante a un pobre infeliz y trataron de asesinarlo a él, que no era más que un pobre viejo tan inocente como el tullido, Papi Adriano encendió su pipa, se apoyó en su Ford y se quedó de lo más tranquilo esperando a las autoridades.