miércoles, julio 26, 2006

EL CULTIVO EN MARTE

Alexander Calderón tenía el aliento más horrible que pudiera existir. Más de 15 médicos trataron de diagnosticar la causa de aquella halitosis propia de dragones sulfúricos, y ninguno logró dar con la razón biológica de tan podrido olor que salía de la boca del muchacho. Odontólogos, gastroenterólogos, psicólogos, veterinarios, médicos forenses y hasta brujos fracasaron en su intento. Todos hacían los análisis pertinentes y terminaban rascándose las calvas porque no encontraban nada anormal en el cuerpo menudo del paciente.

Pasó el tiempo y Alexander Calderón se encontraba desconsolado. Cada vez que se levantaba por la mañana debía correr las cortinas y amenazar con un palo a los tres o cuatro zamuros inocentes que se paraban en su balcón. Ellos creían que el mal aliento de Alex era un animal muerto que pronto comerían.

Una tarde Alex recibió la llamada de un tal Dr. Bloom. El médico le dijo que estaba interesado en su caso y que le gustaría examinarlo, por eso le dio una dirección y le dijo que lo visitara en la brevedad posible. Alexander hizo caso. No tenía nada que perder. Quizás aquel doctor extranjero sí daría con el remedio para su terrible mal. Era una pequeña esperanza.

Alexander Calderón por fin visitó a la eminencia gringa laurada con trescientos diplomas grandes y chiquitos colgados en su lujosa oficina de Parque Cristal. Bloom le hizo un montón de exámenes. A los tres o cuato días llamó nuevamente a Calderón para decirle que su mal aliento no tenía remedio, pero que él tenía una propuesta que hacerle...

Alex quedó sorprendido. El científico le dijo que pronto la Nasa lanzaría otra misión a Marte. Habría otro robot Pathfinder y se harían nuevos experimentos. Bloom le dijo que la Nasa estaba muy interesada en su mal aliento y que si él lo permitía ellos querían llevarse a Marte muestras de su hediondez bucal.

Al principio Alex se sintió indignado, pero al oír la suma que le pagarían por simplemente soplar en unos potecitos de compota, se dejó de tonterías. «A un hombre con billete no le huele mal nada», se dijo.

Y así fue cómo la sonda norteamericana amartizó sobre el planeta rojo cargando consigo nueve muestras de mal aliento terrícola tomadas de un sólo ser humano. Al tercer día de misión, las pinzas a control remoto del robot Pathfinder destapaban en Marte el primero de los potecitos que contenían la pudrición bucal de Alex Calderón.

Las cámaras del cohete y del carrito hicieron tomas que sorprendieron y crisparon los pelos de los científicos en Houston. Pronto, ante sus pantallas, los hombres de ciencia vieron que la superficie de Marte se cubría de chayotas.