jueves, julio 13, 2006

CARACAS ENTRE EL INTIMISMO BARROCO, EL IMPRESIONISMO Y EL HEAVY METAL

por Israel Centeno
Sobre las amadas cenizas, siempre triunfante, siempre terrible, cual un ángel de exterminio con una espada de fuego, guardando las puertas de todo lo amable, en lugar de la desgracia como castigo, nos ha quedado el énfasis. Teresa de la Parra

Si te preguntan de sopetón, como lo hace la muerte, en qué coincide el universo de Roberto Echeto con el de Francisco Massiani, de inmediato te pondrás en guardia y pensarás que la muerte o el aburrimiento de un inoportuno fisgón andan ociosos e inteligentes, explorando las telarañas o los hongos de sus partes húmedas. Te dirás, me están tendiendo una trampa y eso que no estoy sentado detrás un panel a cargo de una conferencia frente a un público majadero e inquieto; ni siquiera en la mesa de un bar rodeado por media docena de botellas de cerveza. Y para curarte en salud y evitar un desencuentro, pondrás ante tu interlocutor, una acotación ambigua, oye chico, pensándolo bien, hay algo.

No es una trampa ni el pensamiento afectado de un generador de gustos o de un impertinente infeliz; es una inquietud válida que pretendemos argumentar. Carecorcho y Maria Eugenia (la Ifigenia de Teresa de la Parra) expresan una tradición urbana e intimista, ellos deambulan por sus historias y se cuentan a sí mismos inmersos en un paisaje reconocible que siendo ciudad, trasciende hacia las contrariedades de aquel que la habita; trascendencia inversa y sigilosa; con su vector apuntando a la interioridad de los personajes; delimitada en el universo de quien se inicia en la vida adulta. Sigues pensando en la trampa, e insistimos; mira tú a Ismael, a Baba, a todos los malandros galantes de Echeto; ellos arman su educación sentimental, sienten su vida ocupada por una cadena de eventos ineludibles que no terminan por descifrar, se creen intérpretes de la razón inequívoca que los dibuja marginales, extravagantes, solitarios.

Si, si, si. Es en este preciso momento cuando sonríes, apruebas y piensas que debes seguirnos la corriente. Te acaricias el mentón y afirmas con movimientos nerviosos de cabeza, no das la razón, modulas.

En No habrá final hay una mirada íntima y cargante que se entronca con el paisaje urbano, decimos. No es la misma Caracas, pero es Caracas. Caracas hay muchas. Y en ésta no existe aquel Castelino de Piedra de Mar, se ha desplazado, o se lo ha tragado el arte de prodigar basura que cultiva el militarismo revolucionario, chatarrero y pop que nos acontece. La Florida, la Iglesia de La Chiquinquirá, la esquina por donde se alza el monumento a los pollos en brasa de los hermanos Rivera, la funeraria Vallés, el matadero de Los Manolos; el lugar donde comienza la aventura del Mustang azul, las peripecias, el equívoco, la lucha pueril, los desconciertos de aquellos desdichados aún más absurdos que la realidad entramada a La Florida de los héroes de Francisco Massiani, superpuestos a su vez a los personajes de Teresa de la Parra que van de paseo al Calvario. Todos corren en paralelo, o se cruzan, como tú y yo nos cruzamos, inseparables y desentendidos el uno del otro.

La ciudad de No habrá final sigue siendo verde; es boscosa, húmeda y tropical; quienes la protagonizan evocan a París o a Bruselas, lugares donde todo fue posible también para Maria Eugenia o para Ismael; allá, siempre en otra parte, los caraqueños han podido ser modernos, cultos y hermosos; alocadamente hermosos.

Al fin protestarás, es como para no aguantarse, Caracas es una fatalidad, trae de vuelta a quienes se van, los sacrifica, los enajena a su realidad hostil; en ella, Carecorcho, María Eugenia e Ismael se hacen adultos, resuelven sus dilemas, resisten e interpretan los códigos de sus existencias al filo de la boca del volcán donde han de ser sacrificados; y entonces preguntarás ¿y qué concluyes con todo este enredo? La novela de Roberto es truculenta y feliz en una ciudad pegajosa y triste. Ciudad cuartel. Ciudad motín, un fastidio de violencia, un entrompe continuo, gatos volando desde las azoteas de los superbloques, una profusión de sangre, vindicaciones inútiles y amores estériles. Ismael no se deja joder. La historia llega a su capitulo final y se restaura el orden. La novela no cierra con el discurso último de Ifigenia. Ismael da gracias a Dios, a las abejas y a Ernest Borgnine por haberlo favorecido, agradece haber recuperado su violín, tal como el Caraecorcho de Massiani, encuentra la gravedad en los brazos de Kika. Pero Ismael no se solaza. Celebra su triunfo y alardea de él aplicando violencia sonora a los vecinos: deben perder el sueño.

Ya nos habrás descubierto. Nuestros argumentos son elaborados, carecen de cordura, somos pretenciosos. Sin embargo, nos atrevemos a decir que el final feliz en la novela de Roberto Echeto es una ilusión, Ismael queda insomne porque quizá comprenda que su gesto ha sido inútil. En Piedra de mar o en Ifigenia escuchamos a la ciudad, un espacio abierto movido por el rumor de las cuatro estaciones de Vivaldi, mientras que en No habrá final la urbe es una concha acústica con algo de la danza de Kill Bill, muchos trombos y metales y la coral inaudita de la octava sinfonía de Mahler.