martes, mayo 16, 2006

VERSIÓN DE FRANKENSTEIN

El doctor Víctor Frankenstein vivía obsesionado con su trabajo. Cada semana iba a la morgue a comprar los cadáveres de los delincuentes ajusticiados en la plaza pública para someterlos a los rigores de la energía eléctrica. Su afán consistía en estudiar la posibilidad de darle vida a un cuerpo inanimado. Muy pronto, el médico entendió que no todos los cuerpos funcionaban igual ante el poder de un cañón de luz conectado al pararrayos del laboratorio. Unos se contorsionaban con espasmódico desorden, otros se movían con gracia, otros se mantenían tan tiesos como un trozo de madera.

A Frankenstein le tomó meses darse cuenta de que era posible darle vida sólo a ciertos órganos de determinados cuerpos. En unos casos, la exposición a la potencia de la electricidad sólo hacía que se le moviera una mano, una pierna o, quizás un simple dedo a un cadáver. Como cada cuerpo era distinto, Víctor Frankenstein tomó la decisión más delirante de su carrera en nombre de la ciencia: diseccionar decenas de cadáveres para buscar, órgano por órgano, las piezas de un nuevo ser movido por la electricidad.

Víctor trabajó sin descanso; fue cortando y zurciendo brazos, piernas, torsos, falanges, articulaciones, vísceras y demás piezas anatómicas. Cuando el tronco y las extremidades estuvieron unidos en un mismo ser, el doctor Frankenstein se dio cuenta de que el único órgano que le faltaba a su criatura era un cerebro.

Pasaron los meses y los experimentos continuaron rutinarios y molestos hasta que un buen día Víctor Frankenstein encontró lo que tanto andaba buscando: una materia gris en perfecto estado que diera señales de vida en cuanto la electricidad tocaba su esencia excelsa. Lo único que le produjo ciertos pruritos al eminentísimo doctor era que aquel cerebro de volutas perfectas había pertenecido al más terrible de los asesinos atrapado y sentenciado a la pena capital por los legisladores de su comarca.

Después de meditarlo en detalle, Víctor venció sus pudores y puso manos a la obra. En tres semanas había logrado extraer el cerebro y la espina dorsal del cadáver del temible delincuente y, a las seis, logró conectar esas partes en el nuevo ser.

Cuando todo estuvo en su sitio, Víctor se tomó un descanso. Ese lapso serviría, además, para que las heridas de la criatura cicatrizaran y el laboratorio y el paciente estuviesen a punto para la gran operación.

Al apagar la enorme máquina que hizo explosión luego de que fuera llevada al límite, un aturdido y chamuscado Víctor Frankenstein vio cómo se levantaba la tambaleante figura de un monstruo que gritaba horrorizado y que terminó de destruir el laboratorio luego de que viese la imagen que le devolvía una doblada superficie que, hasta ese día, fue un espejo.

El monstruo, más parecido a una cicatriz andante que a un ser humano, salió del laboratorio profiriendo horribles gritos, y Víctor sabía que muy pronto lo volvería a ver.