jueves, mayo 04, 2006

NUESTRO RAMOS SUCRE


La vida del maldito; lectura de Alfredo Escalante; Castpost

La obra de José Antonio Ramos Sucre es áspera, ruda, austera y, a la vez, luminosa, como sólo puede serlo una obra perfecta. Discutir si su escritos están más cerca de la poesía que de la narrativa (o viceversa) es un oficio ocioso digno de mentes pequeñas ganadas para la necedad. Aún así, me atrevo a decir que leo a Ramos Sucre pensando que fue un afilado cuentista y que sus cuentos presagian algo misterioso y cruel cuya naturaleza se encuentra en una intuición que llenó de melancolía a nuestro cumanés universal. Esa intuición, que sólo pudo producir un genio y un inconforme resignado como Ramos Sucre, es la de que al mundo lo mueve una fuerza inconmensurable: el mal.

Si hiciésemos el ejercicio de imaginar el país en el que vivió José Antonio, tal vez podríamos entender el nacimiento de semejante intuición. Pensemos por un momento en una comarca infecta, calurosa, somnolienta, displicente y refractaria a todo cuanto signifique vida intelectual; aplastada, como toda Venezuela, por una dictadura primitiva siempre lista para esparcir la tristeza. En medio de semejante paisaje plagado de miserias, ¿cómo no encerrarse en un castillo literario plagado de trampas y pasillos oscuros? ¿Cómo no sentirse rechazado ni verse a sí mismo como el portador de la peste más odiada por estos reinos desolados: la sensibilidad?

José Antonio Ramos Sucre es nuestro Nosferatu escondido en su torre, nuestro vestiglo enfermo de soledad, nuestro muerto en vida gracias a que su época y su entorno envenenaron la expansión de su espíritu y lo convirtieron en presa fácil para la represión, el insomnio, el suicidio y el terror.

Extraordinario es que nuestro ángel exterminador haya traducido la desazón que el mundo siempre le produjo en una obra de arte vasta y perfecta y no en un odio ciego capaz de convertirse en triste caricatura de sí mismo.

Por eso, y por la fuerza de su escritura, hay que darle gracias siempre.



El protervo; lectura de Alfredo Escalante; Castpost



Omega; lectura de Alfredo Escalante; Castpost