lunes, mayo 01, 2006

LA RESURRECCIÓN DEL BARBERO

Desde su silla giratoria, don Roque se miraba en el espejo. Se veía a sí mismo cubierto con una impecable capa de tela blanca y se detallaba el rostro moreno y algo cansado. A su lado, Nicola sorbía los últimos centímetros de un cigarro, mientras le ponía una nueva hojilla a la máquina eléctrica. Ambos se preparaban para dar inicio a un pequeño ritual: el del corte de pelo.
Como barbero, Nicola era silencioso y voraz. En sus manos cincuentonas, una cabeza pasaba de la pelambre descuidada a la poda medida en pocos minutos que podían hacerse más, dependiendo de los caprichos o de la conversación del cliente. Nicola era de esos barberos que no decían palabra si no se les hablaba. Por eso sus colegas de la Barbería Estrella lo tenían por un hombre prudente en quien se podía confiar.
Esa mañana del sábado en que Roque se miraba los lunares, las facciones y los pliegues de la cara, habría transcurrido tranquila como todas las visitas que una vez al mes le hace a su barbero. Sin embargo, ese día ocurrió algo que marcó la vida de los dos hombres.
Hacía rato que Nicola le había mojado la testa a don Roque y le cortaba el pelo con un peine y una navaja. La acción era rápida. El barbero movía sus manos con la precisión de un artista que sabe darle forma al cabello con una, dos o tres pasadas de cuchillo pero de pronto, los mechones de pelo dejaron de caer al piso. Nicola detuvo sus manos y se quedó mirando un punto en el espacio entre él y el espejo. Don Roque lo miró con extrañeza y se dijo a sí mismo que nunca le había visto un semblante parecido a su barbero. Ya estaba abriendo la boca para preguntarle a Nicola si le sucedía algo cuando, sin decir palabra, el italiano se desplomó.
Don Roque y todos los que estaban ese día en la Barbería Estrella se abalanzaron preocupados sobre el cuerpo inerte de Nicola. Sus colegas buscaron agua, sacudieron toallas para darle aire y hasta intentaron salir a la calle en busca de un médico. Sin embargo, fue Roque quien se dio cuenta de que aquel italiano fumador necesitaba algo más que buenas intenciones y agua con azúcar. Por eso se quitó la capa blanca llena de pelillos picosos y le pidió ayuda a otro barbero para que entre los dos cargasen a Nicola y se lo llevaran a una clínica. Cuando Roque y el Antonino lo cargaron, todos vieron que su rostro se había puesto azul, pero gracias a que Roque condujo sin escrúpulos su Mustang amarillo hacia el hospital, la desgracia no pasó a mayores. Nicola había sufrido un infarto y fue atendido a tiempo en una sala de emergencias de color blanco igual al de las capas de la barbería, gracias a la acción de un cliente que no sólo actuó a tiempo, sino que tuvo la bondad de pagar el ingreso del barbero a la clínica.
Pasó un mes y muy pronto el émulo de Fígaro recuperó la salud. Nicola se reía con las pequeñas bromas que sus colegas le jugaban (eran frecuentes las preguntas sobre si le iba a afeitar las barbas a San Pedro o si le iba a aplicar un enjuague a los ángeles). Cada vez que Roque iba a visitar a su barbero, a éste se le salían unas lágrimas de gratitud que Roque trataba de enjugar diciéndole que se tenía que recuperar pronto para que terminara la afeitada que dejó a medio camino.
Más rápido que tarde, Nicola regresó a su peine y a sus navajas. Eso sí: jamás le volvió a cobrar un céntimo a Roque, el cliente que le había salvado la vida.