viernes, mayo 19, 2006

EL MISTERIO DEL TRAPECIO UNIVERSAL

En esta época rara en la que la imaginación se encuentra postrada en las mazmorras de la humanidad y abundan los sinvergüenzas que viven de hacer remakes o de escribir obras que hablan sobre Obras, bien vale la pena hacerse unas cuantas preguntas sobre cómo y por qué circulan, a través del tiempo, un puñado de historias que mutan para volvérsenos a presentar como nuevas.

Hay ideas que saltan de libro en libro, de relato en relato y de película en película, como si se tratara de trapecistas dando saltos mortales desde lo más alto de la carpa de un circo. Esas ideas toman impulso al calor de los aplausos o de los denuestos que reciben en su época y saltan de una era a otra cambiando su piel como si además de las maromas en el trapecio, el número incluyera el acto de magia de mudar el color del traje en el aire, mientras se hacen cabriolas y vueltas y se toma la barra del siguiente columpio. Así encontramos que la leyenda del Gólem, el ser de barro que se transformó en hombre cuando su creador le puso la palabra de Dios en la boca, mudó su piel y se transformó en la criatura de Frankenstein, un monstruo que, cuando adquirió vida propia, no hizo otra cosa que salirse de sus casillas y hacerle la vida imposible a quien lo trajo a este mundo, tal como hicieron la computadora HAL 9000 de 2001 Odisea en el espacio, los dinosaurios de Jurassic Park y los replicantes de Blade Runner.

Podríamos establecer un itinerario parecido entre el sabueso mecánico que detectaba los cambios hormonales de la gente que escondía libros en Fahrenheit 451, EMY, el androide multiforme de la película con Val Kilmer titulada Planeta rojo; el robot-avión-idiota de la película Stealth y la muy célebre Terminator, historia en la que se mezcla el horror del engendro mecánico que se vuelve contra su creador con el mito de la anunciación del ángel a la mujer elegida que tendrá en su vientre al redentor de la humanidad.

Podríamos seguir mostrando ejemplos... Podríamos decir que la idea de Jonás tragado por una ballena se relaciona con el relato del viajero Luciano también tragado por una ballena, con el Barón Munchäusen también tragado por una ballena, con el capitán Ajab también tragado por una ballena y con el profesor Pierre Aronax, a quien no tragó una ballena pero sí el Nautilus, un submarino al que todo el mundo creía (adivinen qué) una ballena... Sabrá Dios si el mismo cetáceo se mueve de cuento en cuento y cambia de nombre, como si la literatura fuese un océano en el que cualquier criatura puede nadar en paz.

¿Cómo estudiamos este fenómeno? ¿Nos sorprendemos y se lo adjudicamos a la casualidad o suponemos que detrás de esas mutaciones hay un plan?

Unos creen que la respuesta se encuentra en la transmisión oral de los cuentos, en su memorización y posterior interpretación, lo cual puede ser cierto porque cada vez que le contamos, a viva voz, a alguien una historia, tergiversamos su argumento, le añadimos o le quitamos detalles, aunque mantengamos intacta la médula de la anécdota. Esta característica de la oralidad sirvió de base para inferir que, entre los múltiples fenómenos que hacen parte del fenómeno comunicativo, existen unas unidades mínimas de memoria e información que se transmiten de persona a persona y de generación en generación a través de los mensajes que constantemente intercambiamos. Según esta teoría, esas unidades se agrupan produciendo sentido de la misma manera como lo hacen los genes. De ahí que cada una de estas unidades se llame MEM y que la disciplina que las estudia se llame
memética.

Otros responden esas interrogantes hablando de religión, de antropología, de seres mitológicos y hasta de extraterrestres. Quienes suscriben semejantes conceptos hablan de cómo se repiten ciertos temas, ciertos giros dramáticos y hasta ciertas situaciones en las respectivas epopeyas de héroes pertenecientes a distintas culturas. Gilgamesh, Orfeo, Odiseo, Eneas y Jesús bajaron a los respectivos inframundos de sus civilizaciones y regresaron fortalecidos porque vencieron nada menos que a la muerte. Entre quienes sostienen tales preceptos, hay quienes se deslastran de los giros esotéricos, cavan más hondo y proponen la existencia de un repertorio de temas comunes a todos los seres humanos, sin importar la civilización ni la fecha en la que hayan nacido. Según esos estudios, contamos historias, reflexionamos y creamos a partir de la combinación de una serie de preocupaciones que vienen archivadas en lo más oscuro de nuestro cerebro. De ese modo, en todo tiempo y lugar se habla del miedo a la muerte, de la fertilidad, del amor, de revivir a los muertos, de la lucha entre el Bien y el Mal, de la fugacidad de la vida, de los depredadores que nos acechan, de la existencia de un ser superior que todo lo puede y todo lo sabe, etcétera, etcétera, etcétera… De Carl Gustav Jung y su teoría del inconsciente colectivo a lo que los estudiosos norteamericanos llaman
Human universals hay un sólo paso…

Al final cualquier teoría sirve para explicar «el misterio del trapecio universal». Tal vez la respuesta más adecuada sea la más sencilla: una en la que asumamos que los relatos tienen el poder de remover aquello que guardamos en lo más recóndito de las neuronas y que, de ese proceso de remoción, siempre salen a flote aquellos elementos capaces de hacernos recordar cuán frágiles somos y que, por lo mismo, nuestra vida o, más bien, el relato de nuestra vida, vale la pena.