jueves, abril 20, 2006

MUERTE Y MARAVILLA CON NIÑO Y COBRA

El niño de once años estaba ahí, de rodillas, inmóvil, con sus ojos abiertos como dos universos en los que flotan infinitos puntos de luz. Frente a él, la cobra erguía la cabeza escamosa sobre su cuerpo enrollado y esperaba, congelada, el próximo lance que haría las delicias de un mudo auditorio circular.

El niño hizo un rápido movimiento hacia la izquierda y, como respuesta, la sierpe siempre flexible, se movió hacia la derecha. El niño se balanceó hacia adelante, la culebra hizo retroceder su cuello plano, irguió más la cabeza y abrió la boca monumental. El niño estiró un brazo hacia adelante, la cobra le lanzó un mordisco eléctrico. El niño retrajo su brazo y, con un inimitable movimiento, puso la mano de tal manera que detuvo el avance de la serpiente sin siquiera tocarla.

El mundo entero, concentrado en esa escena, se detuvo otra vez.

El niño estiró su torso, movió su cintura, se arrastró sinuoso por el suelo y se volvió a erguir. La cobra siguió sus movimientos, pero en dirección inversa. En tres o cuatro ocasiones durante la repetición de aquella extraña danza, la culebra enfiló sus agujas hacia el muchacho, pero otras tantas veces el dueño del pequeño cuerpo repelió el ataque con una astucia semejante a la de la propia muerte.

En uno de aquellos pases complicados, el niño estiró un brazo hacia el monstruo, abrió y cerró la mano a una velocidad indescriptible al tiempo que la cobra se le fue encima con la ira de las bestias que matan porque sí. Él sólo alargó el otro brazo y, con su pequeña mano, atajó en el aire la cabeza venenosa de la sierpe, inmovilizándola.

El niño esperó unos instantes; se arrodilló con la cobra en las manos, se levantó y la mostró para que el público por fin respirara y rompiera en atronadores aplausos.