miércoles, abril 26, 2006

MARAVILLAS

  Aunque aquí todos los días pasan cosas extrañas como para llenar un mamotreto del tamaño de Los Hermanos Karamazov hablando pestes de algo, hoy no tengo ganas de meterme con nadie ni de despotricar ni de dejar la bilis en esta maravillosa página de opinión. Hoy quiero hablar de cosas buenas, pero como no puedo contar aquí todas las que me gustaría, entonces les contaré dos pequeñas historias edificantes. Veamos pues.

 Comienzo por recordar el día en que me puse una máscara de la lucha libre en una reunión en el Banco del Libro, lugar en el que trabajaba sintiéndome un poco incómodo por miles de razones que no vienen al caso. El asunto es que me puse mi poderosa máscara azul y blanca del Huracán Ramírez una tarde en que se celebraba un encuentro solemne en el que participaban la Presidenta, la Directora Ejecutiva y los gerentes principales de la mencionada institución. Mi idea era protestar por alguna barbaridad que ya ni recuerdo. Cubrirme el rostro con esa capucha que hasta lentejuelas tenía, valió la pena sólo por entrar a la sala y verles las caras a todos oscilando entre la risa, el extrañamiento, el miedo y una especie de simulación de la indiferencia que a todos incomodaba. En tal oportunidad supe por fin que ese sentimiento tan extraño al que llamamos «pena ajena» no es otra cosa que un remordimiento por lo que otro está haciendo frente a ti y no por lo que tú haces frente a los demás. Fue extraordinario verles los labios temblorosos a mis compañeros de trabajo al no saber si reír, llorar o retorcerse. Yo, simplemente, entré a la sala, tomé una silla y me senté de lo más cómodo con mi máscara de la lucha libre adquirida en Ciudad de México, esperando a que pasara algo, a que un magma se saliera de su cauce y hubiera gritos, furia e indignación. Sin embargo, nada de eso sucedió. Tuve que esperar tres meses hasta que me dieran mi carta de despido. Tres meses fue lo que tardaron en entender el chiste… Así pasa siempre en nuestro país: la gente entiende el significado de las cosas tres semanas, tres años, tres lustros, tres siglos después.  

 La próxima vez que algo me moleste en un trabajo, prometo ponerme la máscara plateada de El Santo y entrar a otra reunión, pero esta vez lo haré en interiores y con un paño amarrado al cuello.  

 Otra de las maravillas que guardo en mi memoria ocurrió hace poco. Estaba yo recostado en la estupenda y cómoda silla que la Doctora Claudia Charr tiene en su consultorio odontológico, cuando, de repente, me di cuenta de que, al estarme reparando una caries que era del tamaño del Cañón del Colorado, la doctora se me transformó en una suerte de Camille Claudel o de Miguel Ángel Buonarrotti que en lugar de andar esculpiendo inútiles héroes de mármol, se dedica a esculpir dientes con toda la gracia y maestría del mundo para que otros mastiquen y sean felices comiendo. Ese día, observando el trabajo de la doctora Charr, comprendí que en nuestra época la escultura ha tomado un camino inusitado y que el arte, además de ocupar espacios tradicionales como el museo, puede encontrarse también en sitios tan poco usuales como nuestra propia boca. La verdad es que no sé si Claudia le echó algo raro a la anestesia, pero ese día llegué a esa verdad.  

 Podría contar otro montón de cosas estupendas (como la vez en que dormí en una cama clínica que tenía unos cables pelados o como las veces en que mi amigo Enrique Enríquez y yo nos poníamos una peluca de goma amarilla y transmitíamos un programa de radio desde el Museo de Arte Contemporáneo), pero no hay tiempo ni espacio. Yo sólo quiero decirles que por más que el lema de nuestro país sea «Si podemos hacer algo para que su vida sea más miserable, nosotros lo haremos», me siento feliz encontrando la alegría de la vida en las cosas más pequeñas, más insulsas, más ligeras.