martes, abril 25, 2006

LAS ENSEÑANZAS DEL COLESTEROL

El otro día Roberto fue con sus exámenes de sangre al consultorio del doctor Pérez Legórburu a hacerse un chequeo médico. Si no hubiesen aparecido los astronómicos niveles de colesterol que aparecieron, aquel examen se habría convertido en un paradigma de buena salud. Por eso, como en todos estos casos en que el mal colesterol aprieta, el cardiólogo le recomendó a nuestro amigo hacer ejercicio y sudar y cerrar el pico y tener una vida menos sedentaria.

A regañadientes, Roberto se puso a cumplir con el tratamiento del doctor Pérez Legórburu y una tarde se fue a caminar al Paseo Los Próceres. Cuál sería su sorpresa al llegar a ese parque y ver las baldosas del piso destruidas, los bancos arrancados, las caminerías en ruinas, la grama seca, los leones de mármol llenos de grafitis y, lo peor de todo, el espejo de agua cercado por una reja que le impide a los niños poner a flotar un barco de papel tripulado por inocentes bachacos. Este panorama le produjo a Roberto un dolor de cabeza tremendo. ¿Cómo es posible que el Paseo Los Próceres esté al lado del Círculo y de la Academia Militar, del Ipsfa y de Fuerte Tiuna y se encuentre en ese estado tan lamentable? No hay derecho.

Roberto tardó en comprender que su dolor de cabeza se debía a que de pronto el Paseo Los Próceres se le convirtió en metonimia del país y supo también que todo en este territorio quedaría desmantelado por culpa de esa actitud tan facilista de darle a los problemas la solución más bruta de todas: como hay gente cochina que se baña en el espejo de agua de Los Próceres, vamos a ponerle al bendito charco una reja para que a nadie le dé por remojarse allí; como hay mucho enfermo pobre y no se nos ocurre una manera eficiente de organizar la seguridad social, entonces convirtamos a Venezuela en un país exportador de enfermos y enviémoslos a Cuba; como a nadie se le ocurre una simple idea para que la educación pública sea buena, destruyamos los colegios privados imponiéndoles supervisores mediocres. ¿Qué tal? ¿Qué les parece? Una belleza, ¿verdad? Si seguimos así, terminaremos convertidos en una Biafra de las ideas. Lo peor es que luego se preguntan por qué hay tanta gente que se quiere ir de esta tierra...

Por supuesto que ante aquel espectáculo, Roberto se fue a su casa y se encerró a ver televisión. ¿Para qué ir al Paseo Los Próceres a ponerse triste? ¿Para qué querer bajar el colesterol y tener una larga vida en este país donde todo el mundo atenta contra la alegría y la tranquilidad de los demás? ¿Para qué querer vivir sin demasiados triglicéridos ni ácido úrico en la sangre si aquí al ciudadano promedio le parece normal que haya más de 100 muertos a manos de malandros y felones los fines de semana? ¿Para qué hacer ejercicio, comer yogur y otras porquerías semejantes, si a todo el mundo le parece chévere encerrarse en su casa y no participar en nada mientras el país entero se pone igual al Paseo Los Próceres?

Después de pensar en todas estas cosas, Roberto se sintió deprimido. Por eso decidió visitar nuevamente a su cardiólogo. Quería decirle al médico que estar bien para nada, para no poder tener proyectos, para no poder salir con tranquilidad, para desconfiar de todo el mundo, no vale la pena. Pérez Legórburu, al oír esa retahíla pesimista, levantó una ceja y dijo: ¡Amigo mío, cuando te sientas así, cómprate una botella de ron, búscate una negrita y enciérrate en un cuarto con ella.

Esa fue su única recomendación durante aquella consulta. A Roberto no le satisfizo el consejo. No por la negrita ni por el ron, sino porque implicaba más de lo mismo. Aquí en Venezuela toda la gente de bien parece haber ido a la consulta de Pérez Legórburu. Definitivamente los prohombres de este país están encerrados con su negrita, gozando, mientras el mundo entero se cae a pedazos a su alrededor.