miércoles, abril 12, 2006

LA PLAYA

Jim Moe Clayton vivía en una casa de madera levantada a pocos pasos del río. Su hogar era un modesto y delicado edificio de dos plantas cuyo techo de ramas descansaba sobre cuatro serchas que le dieron siempre a la casa un aspecto de obra inconclusa, de esqueleto apenas cubierto de carne. Así era el hogar que Jim Moe heredó de su madre y que en aquel momento compartía con Mira Morse, una hermosa estudiante de química en la Universidad de Tampa que le aguantaba todos sus delirios de hombre rudo dedicado a la caza y al encierro de cocodrilos.

El edificio en cuestión quedaba muy cerca de Belle Glade, a orillas del lago Okeechoobe en Florida. Por alguna causa misteriosa y ceñida a la humedad natural del terreno, el sitio vivía plagado de lagartos de todos los tamaños. Allí hubo desde siempre babas somnolientas, estáticos caimanes, cocodrilos enormes, gigantes, grotescos y de piel áspera, corroñosa y cubierta de protuberancias que parecen dientes, que parecen piedras, rocas anudadas en una estructura que respira, que se mueve y que vive una vida lenta entre el sueño soleado y el baño en un agua oscura y repleta de tortugas. Esos cocodrilos eran los que Jim Moe vivía persiguiendo. Él y sus socios pasaban horas esperando el mejor momento para atrapar uno de aquellos saurios grandes para venderlo a zoológicos, a traficantes y a curtidores de pieles finas. Por eso se iban días enteros a lidiar con los cocodrilos metidos en el agua, con los mosquitos y el barro que apenas permitían la presencia de una carpa llena de navajas.

Como buenos amigos, Jim Moe, Pike Henderson y Archie Jordan se internaban en la oscuridad de la playa pantanosa con la seguridad que les ofrecía el haber nacido en semejante barrial silencioso y marrón. Por no sentir el vaho de misterio que transpira el pantano, Pike Henderson perdió una mano de la manera más tonta que pueda imaginarse. Un día, después de una larga borrachera, le dio por irse solo a un pozo de apariencia tranquila. Allí metió las manos en el agua, y de la nada apareció un cocodrilo gordo y sin un ojo que retó la hombría del viejo, haciéndolo desenvainar de inmediato su enorme cuchillo. Todo iba bien hasta que Pike dejó los insultos al lagarto y se lanzó, con todo y ropa, al agua. Lo malo fue que en vez de clavarle el frío filo al monstruo, se clavó el cuchillo en su propia mano.

Después de ese episodio, Jim Moe y sus socios entraron con más recato al pantano a pesar de que continuaron llevándose siempre una botella de whisky alambicado y una armónica para acompañar las espesas noches repletas de cuentos. En cada expedición los tres hombres hablaban de lo mismo: que si los indios de ciertas regiones de Suramérica son mixofílicos porque adoran verse desnudos unos a otros, que si los pingüinos son aves que saben a pescado, que si Mike Tyson es el último eslabón de una cadena de boxeadores negros que van desde Jack Johnson hasta Marvin “Marvelous” Hagler, pasando por Joe Louis y Sugar Ray Robinson, Sonny Liston, Ken Norton, George Foreman, Leon Spinks, Joe Frazier, Sugar Ray Leonard, Tommy Hearns y el más grande de todos: Cassius Marcellus Clay, El Gran Mohammad Ali. Hablaban sobre boxeo y les daban las tres y las cuatro de la madrugada recordando combates entre botella y botella de whisky: el de Jack Johnson contra Jessie Willard, el de Cassius Clay contra Floyd Patterson, el de Hagler contra Hearns... Todo era conversación hasta que al negro Archie se le ocurría sacar su armónica y tocaba con sus delgadas manos un montón de melodías de aire que, según el viejo Pike, eran tan tristes que alejaban hasta a los zancudos. Así se les iba la vida a Jim Moe Clayton y a sus amigos: emborrachándose y cazando cocodrilos; a veces disparándoles con escopetas, a veces atrapándolos con palos y cuerdas llenas de complicados nudos diseñados para inmovilizar al saurio cada vez que abriera sus fauces o moviera su larga cola para barrer al que se le atravesara. Con esto Jim Moe se probaba a sí mismo en cada sesión de cacería que era un hombre capaz de lidiar con fuerzas más grandes que él. Eso fue lo que más le gustó a su compañera hasta el día en que el heroísmo se hizo insuficiente para el amor y ella lo abandonó sin dejar rastros.

Antes que eso sucediera, Mira distribuía siempre su tiempo entre los cocodrilos de Jim, la escritura de una larga tesis sobre los formaldehidos, la contemplación de un largo tren de juguete y el cuidado de Pal, un cachorro de bulldog que ladraba a cada rato y le hacía compañía en medio de aquel lodazal solitario que Mira había aprendido a querer a fuerza de discos de Bing Crosby y muchas salchichas en lata. En apariencia todo marchaba de maravillas entre esa chica menuda y Jim Moe Clayton. Así fue hasta que llegó el momento en que a ella se le hicieron demasiado pesadas las borracheras y las interminables pláticas insulsas de los cazadores. En realidad lo que terminó de hartar a la delicada Mira fue algo horrible... Un lunes, como a las nueve de la noche, llegaron los tres socios cansados y en compañía de dos cocodrilos enormes amarrados a cada lado del viejo bote de Pike. A diferencia de otras oportunidades, Jim y el anciano arribaron en silencio con los rostros derrotados.
―¿Y Archie? ―Preguntó Mira.
―Herido. En la lancha.

Mira no pudo sino imaginarse lo peor, pero cuando llegó al bote, se encontró con el negro hundido en lo más hondo de una borrachera y sangrando en el hombro izquierdo.
―Fue horrible, Mamá. ¡Fue horrible! ¡Horrible!

Archie Jordan no hacía sino gritar. Pal ladraba y ladraba al tiempo que Jim Moe y Pike cargaron a su amigo para recostarlo dentro de la casa y poderlo curar. Mientras tanto, Mira buscaba el alcohol y otros adminículos médicos en medio de la tensión de aquel momento aderezado por más ladridos de perro y por el relato mareado de Archie.

―Yo estaba haciendo lo que ustedes me pidieron: recoger la cuerda... Yo tenía la cuerda en mis manos; la estaba enrollando de lo más tranquilo cuando, de debajo de la lancha, apareció un monstruo gigantesco de cuatro cabezas y con ojos de fuego que lanzó una dentellada y haló la cuerda, haciéndome tambalear, caer al agua y ser su cena suculenta. Yo me defendí lo mejor que pude, pero qué va... Con un monstruo de siete cabezas y cuatro brazos nadie puede...

La herida en el hombro izquierdo de Archie se puso fea. Era casi un mordisco profundo rodeado de otras marcas moradas. A pesar de eso, Jim Moe y Pike se rieron con el negro al tiempo que Mira le curaba las marcas que le dejó el cocodrilo transmutado en alienígena por obra y gracia del whisky barato.
―Te salvaste porque el monstruo que te atacó, no come negros.
―Si te hubiera comido, a esta hora ya se habría muerto de una diarrea horrible.
―Ya sabemos que los extraterrestres no comen mierda.
―Jodan... Jodan a este pobre negro que tanto los ha ayudado a limpiar de cocodrilos este asqueroso pantano. Díganme si ustedes no se han forrado de billetes gracias a mi olfato para oler a esos bichos...
―Ya, ya, negrito. Ya. Pike y yo te estamos fastidiando para que mi mujercita pueda limpiarte las heridas. ¿Verdad, Pike?

Así, hablando tonterías, pasaron un rato hasta que Mira terminó su labor de enfermera y salió de la casa a ver dónde estaba Pal. Cuál sería su sorpresa profunda cuando puso un pie en la puerta y vio que uno de los cocodrilos se había escapado. Allí, en la playa, descansaban los restos sangrantes de su pequeño perro adorado. Hasta ahí llegó la paciencia. Hasta ahí llegó el amor.