miércoles, marzo 29, 2006

LOS OCÉANOS DE PATRICK O'BRIAN

Los relatos marinos tienen algo misterioso que produce adicción. Tal vez sea la propia presencia del mar, la misma masa de agua y sal por la que navegaron Odiseo, Ahab, Nemo y tantos otros personajes que recorrieron el mundo a bordo de un barco. En todos estos casos, y ante todas esas historias, la fascinación es tan infinita que un lector no tiene con qué agradecer a sus autores las horas de placer y de angustia frente a esas páginas llenas de viajes, de peligros, de naufragios, de batallas, de puertos exóticos, de personajes de las más diversas cataduras. Tanta es la riqueza de los relatos navales que no hace falta ser un genio para percatarse de que satisfacen nuestro secreto deseo de viajar y vivir aventuras y vivir peligros y ver monumentos que nadie ha visto jamás.

Lo extraño es que pasa el tiempo y nos damos cuenta de que quizás nunca podamos ser eso que en secreto queremos, y seguimos leyendo historias repletas de olas hasta que una vocecita que viene de lo más oscuro de la piedra que tenemos por cerebro, nos consuela diciéndonos que no importa que nunca lleguemos a tener la suerte de un gaviero porque, al fin y al cabo, todos los relatos del mar esconden una metáfora secreta que conforma la fuente de la que emanan no sólo los propios relatos, sino el estado de trance en el que nos colocan esas historias. Se trata de la metáfora eterna de que nuestra propia vida es un viaje lleno de naufragios, ballenas blancas, parajes de asesina belleza, de sirenas que te vuelven loco y de semidiosas que no te dejan huir de su cueva. Los relatos marinos no hacen otra cosa que decirnos que somos pasajeros en un barco (nuestro cuerpo) débil que se mueve en un elemento peligroso en el que si no gobiernas bien el timón, la nave se va a la deriva o al fondo de los abismos, como Jonás en su Leviathán.

Esa metáfora, que como toda buena metáfora, le habla a la vocecita loca que vive dentro de nosotros, está presente en todo cuento en toda novela cuyo tema sea surcar los océanos, llegar hasta las playas más remotas, fondear en las bahías más lejanas, conocer a los hombres más extraños, desplegar velas frente a un barco enemigo, pelear con un remo contra los tiburones, evitar los bancos de arena y volver a casa completo para disfrutar de las bondades de la tierra junto a los Telémacos y a las Penélopes de cada quien.

¿Que por qué digo todo esto? Pues porque me estoy leyendo los veinte libros que constituyen la saga de Aubrey y Maturin, escrita por Patrick O'Brian.

En esos libros lo más resaltante, aparte de la detallada descripción de la vida en los barcos de la Armada inglesa en el siglo XIX, es la calidad de los hombres de mar, calidad que dista mucho de parecerse siquiera un ápice a la calidad de los hombres actuales. Y conste que este supuesto vale tanto para la literatura como para la vida real, y no sólo para los marineros... Si no lo creen, piensen que, antes de la invención de los modernos GPS, los antiguos navegantes surcaban las aguas en barcos de madera, orientándose a partir de la posición de las estrellas, primero, con sus propios ojos y su propia memoria y luego con instrumentos como el astrolabio y, posteriormente con la ayuda de mapas, sextantes, cartas marinas y brújulas. Piensen que esos hombres viajaban hacinados semanas, meses enteros, viéndose las caras entre armas, entre los metros de cuerda que conformaban la jarcia de sus embarcaciones, cumpliendo órdenes, limpiando la cubierta con piedra pómez y manteniéndolo todo en orden a pesar de las batallas, de las búsquedas de tesoros, de los abordajes de los piratas, de los barcos enemigos y de tener que halar cabos para mover las vergas y poner las velas en posición para aprovechar de la mejor manera posible el viento. Ese detalle, el de la vida cotidiana en un navío de guerra, lo maneja como nadie un maestro de los relatos marinos: Patrick O'Brian, un autor irlandés que vivió entre 1901 y 2000, que vivió buena parte de su vida en Collioure, Francia, y que investigó hasta el cansancio los anales de la Armada Real Británica para reproducir en su obra la complejidad de cada una de las operaciones que se realizaban para poner en funcionamiento a esas mortíferas y hermosas máquinas que eran los barcos de madera con que los ingleses cruzaron los siete mares peleando a cañonazos de metralla o de balas redondas contra navíos de línea españoles, contra fragatas francesas, norteamericanas u holandesas, contra los elementos, contra el escorbuto, la fiebre tifoidea, la sed y las corrientes más traicioneras.

Atesoro en mi memoria de lector algunas escenas que, creo, no me abandonarán jamás. En una de ellas la corbeta HMS Sophie abordó a una fragata francesa que navegaba muy lentamente y cuya santabárbara iba atestada de pólvora. La operación de abordaje se hizo de manera pacífica. Los franceses no ofrecieron resistencia. El capitán Aubrey y su tripulación muy pronto supieron por qué: la esposa del capitán francés iba a bordo. La señora estaba embarazada y con el grito del serviola avisando la presencia en el horizonte de un barco inglés, se le adelantaron los dolores del parto... En otra escena memorable, el HMS Leopard le destruye a cañonazos el palo trinquete y hunde al Waakzaamheid, una fragata holandesa de setenta y cuatro cañones en una persecución que se produce en medio de una tormenta en el mar antártico... Y así podría continuar enumerando momentos extraordinarios que te ponen a pensar en cuán poderosa es la literatura y en cuánto necesitamos de los libros para vivir aquello que creemos (o sabemos) que nunca viviremos.

HMS Surprise

Un último detalle: Master and Commander, la película protagonizada por Russell Crowe y Paul Bettany, inspirada en las veinte novelas sobre Aubrey y Maturin de Patrick O'Brian, es una maravilla, pero apenas es un atisbo de los portentos que se encuentran en estos libros que son, a la vez, lentos, emocionantes, melancólicos, reflexivos, inspiradores y llenos de ese algo indefinible que nos devuelve el amor por la literatura.