miércoles, febrero 22, 2006

LOS MOCOS

Cuando yo era chamo jugaba con un amiguito que se llamaba Agustín. Ninguno de los dos jugaba a ser superhéroe ni jugábamos monopolio ni ninguna de esas majaderías. Jugábamos a que éramos mocos. como lo oyen: jugábamos a que éramos mocos.

Agustín y yo decíamos que mi cuarto era la nariz de un tipo. Hicimos esa analogía porque en mi cuarto había dos ventanas separadas por una distancia muy similar a la que separa a los dos orificios nasales.

El juego del moco consistía en revolcarnos por todo el cuarto. Cada uno por su lado se movía y se agarraba a las cosas como si un huracán nos estuviera arrastrando. En realidad, nuestra fantasía nos decía que aquel jaleo era muy distinto al que produce un terremoto o un ciclón en un juego infantil, porque para mi amigo y para mí aquello era exactamente lo que debía pasar dentro de una nariz cuando su dueño se sopla los mocos.

Recuerdo que un día mi mamá entró a la habitación justo cuando Agustín y yo nos preparábamos para un estornudo. El estornudo consistía en salir corriendo hacia la ventana y lanzarnos al vacío. Lo malo era que vivíamos en un tercer piso…

Menos mal que mi mamá nos pidió que dejáramos esos juegos porque si no hubiera entrado ese día con una jarra de Tody y unos bizcochos, los pequeños mocos habrían terminado en la Funeraria Vallés.