sábado, enero 14, 2006

¡SALVE, DIVINA PASTORA!

El 14 de enero del año pasado tuve la oportunidad de asistir por primera vez en mi vida a la procesión de la Divina Pastora en Barquisimeto. Digo que fue la primera vez porque pienso ir todos los años (hasta que alguna debilidad física me lo impida) y recorrer el mismo camino desde Santa Rosa hasta la Catedral. Es más: si todo ha ido bien, cuando Ud. lea este artículo, yo estaré allá, admirando la hermosa imagen de la Virgen recorriendo en su caja de vidrio las calles de la ciudad de los atardeceres anaranjados cargada en brazos de la gente y rodeada de miles de almas que sólo por hoy dejan de tener ese color gris tan humano.

Es cierto. Ese día la multitud toma las calles de Barquisimeto y todos nos volvemos uno en una comunión urbana que se refleja en el hecho de que no hay un solo callejón vacío ni existe un solo rincón de la ciudad donde no se sienta la presencia de la Divina Pastora con su Niño en brazos, su sombrero, su cayado y su vestido nuevo. Esa sensación está en el aire porque todo el mundo elogia a la Virgen a su manera: unos la acompañan durante el recorrido, otros rezan y pagan promesas en la iglesia de Santa Rosa, otros esperan el paso de la Virgen en una esquina, otros le lanzan flores y le gritan vivas y piropos desde los balcones, otros desfilan y tocan en una banda marcial al tiempo que sobran los participantes en carreras de bicicletas o en maratones en honor a la Patrona. Nadie se queda fuera de la fiesta porque todos la hacen suya de alguna manera. Ese día todos somos uno y estamos en lo mismo. Los dueños de las casas sacan las mangueras a los pórticos y a los jardines para que los fieles caminantes se refresquen y estemos bien para rendirle homenaje a la Virgen y no empañar la fiesta con un desmayo o con cualquier otro beriberi.

Pocas cosas hay tan placenteras como recorrer Barquisimeto con ese aliento tan cálido, tan humano y divino flotando en cada avenida. Todo, desde la mañana, trasluce ese espíritu que hace que uno se conecte de inmediato con la procesión. Por eso es una maravilla irse con una gorra o un sombrero y ver cómo el hilillo de gente que germina desde la madrugada en el pequeño pueblo de Santa Rosa se va transformando en una masa humana que curiosamente se porta bien y forma un grueso tumulto ordenado que pasea a la Virgen y la lleva por todas partes al son de sonoros aplausos y de una alegría que por desbordada no deja de ser solemne.

Uno camina y camina y siente que la ciudad, que el valle del Turbio y que el mismísimo cielo del Estado Lara te pertenecen por un derecho que está unido a la fe que se muestra y se vuelve palpable en la imagen que pasea dejando a su paso una estela de buenos deseos. Tú recorres la ciudad y te encuentras en todas partes eso que es difícil de definir pero que es lo mejor que tenemos los venezolanos y que casi siempre llevamos escondido con sólida terquedad detrás de nuestras amarguras. Durante un día completo lo malo desaparece y sale a flote todo lo bueno que llevamos por dentro en forma de sonrisas, lágrimas, emoción, fe y solidaridad.

Antes del catorce de enero del año pasado yo me consideraba una persona poco religiosa, pero ese día descubrí que hay miles de formas de orar y que hasta tomando una foto o comprando un cachito de jamón se puede sentir ese instante de recogimiento espiritual que nos hace mejores, que nos hace repensarnos y vernos a nosotros mismos como seres que cargamos con el deber de trascender las trivialidades de este mundo y generarnos una vida mejor, más decente, más digna a partir de nosotros mismos y de nuestra capacidad de hacer el bien y de ver a Dios en las cosas más pequeñas. Así que yo también me acomodo el sombrero y grito con todo fervor mis loas a la Virgen, a la Divina Pastora.