martes, enero 17, 2006

LEO MATIZ EN VENEZUELA

Corrían los años cincuenta y teníamos una Caracas contradictoria. Por un lado la ciudad mostraba una grandeza extraña, casi de utilería, simétrica, monumental y perfecta, como suelen serlo las arquitecturas que nacen al calor de los regímenes militares. Por otro lado teníamos una población dada al jolgorio, al baile amenizado por estruendosas orquestas, al carnaval con sus floridas carrozas repletas de chicas rollizas enmascaradas y felices. Caracas era una paradoja; era, al mismo tiempo, una utopía de autopistas nuevas y edificios faraónicos recorrida por unos habitantes que guardaban dentro de sí el conflicto de ser personas que vivían en medio del concreto, pero manteniendo ciertas maneras, ciertos usos y costumbres propios del campo recién abandonado. Ese es, en principio, el espíritu que se nota en las fotografías que tomó Leo Matiz cuando, en 1958, vino a Venezuela junto a Gabriel García Márquez a cubrir para la revista Momento los últimos días de la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez.

Para quienes no tengan el placer de conocer su vida y su obra, sería bueno decir que Leo Matiz nació en 1917 en Aracataca, Colombia, que fue caricaturista, pintor, viajero incansable, fotógrafo, reportero gráfico de los periódicos El Tiempo y El espectador, de las revistas Así, Life, Harper's y Reader's Digest entre muchas otras; que trabajó para la ONU cubriendo el conflicto árabe-israelí; que fundó en Bogotá la galería donde expuso por primera vez Fernando Botero; que en México fue amigo y colaborador de Gabriel Figueroa, de Manuel Álvarez Bravo, de Frida Kahlo, Diego Rivera, María Félix y David Alfaro Siqueiros; que en los cincuenta y los sesenta vino a Venezuela varias veces y con su cámara capturó un sin fin de imágenes que representan para nosotros un documento de incalculable valor histórico; también podemos decir que Matiz perdió su ojo izquierdo en un atraco del que fue víctima en la ciudad de Bogotá en 1978; que siempre tomó fotografías en las que aparecen unas serenísimas composiciones ajenas a cualquier artificio y a cualquier barroquismo; que murió en 1998 luego de haber recorrido el mundo entero, de haber publicado decenas de libros, de haber expuesto en Estados Unidos, Europa, Latinoamérica y Asia.

Aparte de su economía visual, las fotografías de Matiz se caracterizan por la presencia de tres o cuatro elementos que resumen no sólo la situación documentada, sino el modo de ser del colectivo donde suceden los acontecimientos. Tómese como ejemplo una de esas imágenes donde aparece un conjunto de personas celebrando el advenimiento de la democracia después del 23 de enero de 1958. Véase la escena central a veces protagonizada por un tanque de guerra o por una multitud de individuos comunes y corrientes portando una bandera o un estandarte. Nótese que detrás de estos grupos hay casi siempre unos edificios pulcros o unos postes bien erguidos que le crean al espectador un marco de referencias que habla de eso que sucede detrás de lo aparente, de cómo es en verdad el personaje, el objeto o el suceso retratado. Esa manera de fotografiar no puede ser sino el producto de alguien que ha alcanzado la maestría en el arte de observar; maestría que se obtiene paseando mucho, conversando con el prójimo, viviendo, acercándose a la gente de distintos orígenes, de distintas edades, de distintos oficios y de distintos estratos sociales. En el caso de Leo Matiz podemos decir que se cumple a cabalidad el deber de todo fotógrafo (y, en general, de todo artista visual) que se precie de serlo, que es el de ser, antes que un artista de la cámara, un artista de la observación, del mirar lo que nadie ve, de encontrar belleza donde aparentemente no la hay. Por eso las fotografías de aquella Caracas nos dicen tanto. Si las miramos con ligereza, notaremos dos elementos: primero, una ciudad que nacía prodigiosa para la modernidad y luego una población que vivía en una felicidad casi idílica que traspasaba y unía a todos sus integrantes fueran éstos militares, civiles, obreros, estudiantes, empresarios, amas de casa o señoras del criollo jet set... Sólo si observamos con detenimiento, veremos las señas de los conflictos y comprenderemos por qué la ciudad idílica de aquellos años se transformó en el desastre que padecemos los que vivimos en ella hoy en día. En esas fotografías no sólo se documenta la vida cotidiana de unas personas que vivieron tiempos muy importantes en el devenir de nuestro país; también se documenta la lucha entre el afán higienista de una modernidad impuesta a golpes de dictadura versus una naturaleza ganada para el desorden y el libertinaje. ¿Qué otra cosa expresa, por ejemplo, esa foto donde aparece un hombre que celebra la huida de Marcos Pérez Jiménez disfrazando a un cerdo —al que lleva montado en su propio auto— con unos lentes a la usanza del mismísimo general?

Matiz vino a Venezuela justo en el momento en que ocurrían cambios muy profundos en nuestro país. Con su cámara documentó nada menos que el fin de una era y el comienzo de otra. Tal vez nos interese clasificar su trabajo de acuerdo a las fotografías que corresponden a los últimos años de la dictadura militar y de los primeros de la naciente democracia, y comparar las imágenes sin entrar en demasiados detalles sobre los acontecimientos y los personajes. Si hiciésemos ese ejercicio, nos daríamos cuenta de que las fotos de los primeros años de la democracia no tienen el “aura clásica” que tenían las de los tiempos perezjimenistas. En estas últimas había una propensión a lo monumental que fue trocada por lo menudo. Mientras en unas el centro era el gran dictador rodeado de toda una parafernalia, en las otras el protagonista era un Rómulo Betancourt austero que inauguraba obras rodeado de la gente sin tanta marcialidad ni tanto afeite. Algo similar sucede cuando comparamos las fotografías que documentan las fiestas de ambas épocas. Mientras en unas abundaba el uniforme militar de gala, la pompa, el confeti, la orquesta y el boato, en las otras reinaba una cordialidad que, al menos en un principio, trató de mantenerse ecuánime.

Abruma darse cuenta de que el cambio del sistema, junto con todas las reformas de índole política y social que ello implicó, trajo también un cambio en la manera como se ven los objetos. La visualidad cambió por completo y he ahí una prueba del valor que para nosotros tiene el trabajo de Matiz. Él no sólo fue testigo y documentalista de unos hechos históricos; fue además el encargado de registrar para nuestro patrimonio el cambio de un sistema de referencias estéticas y visuales por otro que, con el tiempo, también se fue empobreciendo hasta agotarse.

Pero, no nos alejemos de ese momento en el que se cruzan todas las miradas. Detengámonos en las fotos de enero de 1958. Entre ellas hay unas que muestran los tiroteos, otras la confusión, los militares en la calle, las manifestaciones y el júbilo... Quizás ésas no sean las más interesantes. Como reportero gráfico, Matiz no siguió el dinamismo ni el camino dramático que abrió Robert Capa con sus fotografías de los combates de la Guerra Civil española o de los bombardeos de la 2da Guerra Mundial. A pesar de haber tomado imágenes de las refriegas de aquel 23 de enero, el fotógrafo colombiano prefirió poner el acento en las escenas cotidianas, en los caballeros que el 24 o 25 de enero de 1958 salían a comprar el periódico o las señoras que, muy tranquilas, conversaban como si tal cosa con los soldados que, armados hasta los dientes, rodeaban un tanque de guerra. Esas fotos que registran la vida cotidiana de aquellos días nos permiten revisar el episodio histórico en cuestión de una manera menos heroica y menos propagandística, en favor de una visión más espontánea, más natural y más humana donde se ven unos rostros marcados por la alegría de saberse libres, por poder proponer otro nombre para la urbanización donde viven o por tener la posibilidad de pasear en un auto enarbolando la bandera que represente sus creencias políticas.

Las fotografías que tomó Leo Matiz en Venezuela nos exponen a un venezolano que fue capaz de librarse de una feroz dictadura que trató de imponerle un modelo al que llamamos “modernidad” y al que suponemos benéfico y progresista a priori, aunque ese venezolano no congeniara con ese modelo o no estuviera en disposición para continuar por esa vía y para mantener los hitos físicos y espirituales que en los años cincuenta lucían prometedores de una felicidad por perpetuarse.

Leo Matiz fue testigo de excepción de las expresiones, ora marciales, ora frívolas, ora rumberas, de la Venezuela que creyó en el proyecto de la modernidad y de la otra Venezuela que para la época despertaba y se hacía cargo de su propio destino. Quizás, si hubiese vuelto a Caracas, se habría dado cuenta de que aquel momento optimista del que él dejó constancia se fue desvaneciendo poco a poco en medio de otras rumbas y de otros enmascarados.