jueves, enero 05, 2006

LA MEDIOCRIDAD EXPANDIDA

Queridos amigos, no sé si me esté dado, pero quisiera consultarles una duda que no me deja dormir bien desde hace tiempo: ¿Son ideas mías o este país y este gobierno de verdad se están superando cada vez más en su afán de ser mediocres? Lo digo porque tanta mala vibra, tanto grito, tanta porquería, tanto trabajo mal hecho y tanta mala fe me molestan. Yo no sé a ustedes, pero a mí me molestan. Aclaro esto porque me parece que la niebla que deja a su paso tanto tullido moral que declara fanática y frenéticamente no nos está dejando ver el horizonte (por no decir el futuro). De verdad, damas y caballeros, ¿a ustedes no les horroriza lo mediocre que se nos ha vuelto nuestro país? A mí sí. Me horroriza, me ahoga y me fastidia porque veo que nadie hace bien su trabajo. Si esta mediocridad estuviera centrada en los electricistas que van a mi casa o en los zapateros que ponen tapitas en Sabana Grande, vaya y pase, pero resulta que esa tendencia a la chapucería y a la escualidez moral emanan del gobierno, de su gente, de sus ritos y de sus jefes. Es decir: de donde no debería emanar mediocridad alguna. Ejemplos de chuscadas mediocres sobran. No hace falta nombrarlas. Faltarían aquí papel, tiempo y espacio para nombrarlas todas, para decir quiénes son los responsables, para señalarlos y bajarles los pantalones y darles una pela poderosa para que nunca olviden que las faenas de la vida hay que hacerlas bien, que no hay que mentir ni creer que los demás son idiotas. Pero, ¿para qué gastar energías y neuronas imaginando Jaujas, si esto no ocurrirá nunca?

De verdad, en serio, pregúntense cómo es posible que hayamos rebasado todos los niveles permitidos y razonables de mediocridad. Porque déjenme decirles que está bien, es chévere eso de ser sabrosones y no trabajar mucho y gozar de la vida y no ser neuróticos como los gringos o como los alemanes, pero no hay derecho a que esa ligereza de espíritu se desborde de la manera en que se está desbordando en estos momentos, y menos a que se propague en espacios donde deberían reinar la ecuanimidad y la mesura. Lo peor del asunto es que a uno le queda la sensación de que no hay nada que hacer, de que estamos irremediablemente sentenciados al foso del olvido, de que los mediocres seguirán gobernando sencillamente porque no existe un bando distinto que no sea así. Todos somos mediocres... Aceptémoslo. Estamos formados para serlo. Nuestra educación en la casa, en la escuela, en el liceo y en la universidad nos forma para ser mediocres, para chupar, para no producir ni un alfilercito, para dárnoslas de sabios, para reparar demasiado en banalidades, para atravesarnos y entorpecerle el camino a los que sí producen, a los que sí le ponen fe a la vida y a lo que sí importa.

Lo más triste de esta expansión de la mediocridad es que lentamente mina todos los rincones de nuestra existencia y, cuando nos demos cuenta de eso, será demasiado tarde porque ya estaremos cundidos por el mal irreparable incrustado para siempre en nuestro espíritu. Las calles de nuestras ciudades, nosotros mismos y todo lo que hagamos nos recordarán todo el tiempo cuán mediocres, cuán ligeros, cuán faltos de voluntad somos y seguiremos siendo. Lo peor es que después de eso viene el borrón, la nada, el no darnos cuenta de que nuestro entorno es de mala calidad, una chapuza, un remedo, una intención que no nos permitirá soñar con ser mejores, con ser otros y capaces de construir otra realidad mejor para el futuro. Seremos unos olvidados de la historia, unos salvajes que no saldremos del famoso vivir para sobrevivir, y cuando lleguemos a eso, será como pasarnos la vida dentro de una lata de atún, en un mundo pequeño y hediondo, siempre hediondo. Hediondo para siempre. Lo único que me queda en este momento es el alivio de habérselos advertido. Seguramente a partir de hoy podré volver a dormir en paz. Amén.