lunes, noviembre 14, 2005

CARTA ABIERTA A JUAN CARLOS MÉNDEZ GUÉDEZ

Jacob Lawrence (1917-2000): Man on a scaffold.

Querido Juan Carlos, espero que tus cosas vayan bien allá en España. Por aquí estamos en guardia, rodeados de las desgracias habituales. Mi vida es una belleza mientras estoy en mi casa. Eso sí: en cuanto pongo un pie en la avenida Francisco de Miranda, mi existencia se desdibuja y se vuelve miserable, pero ¿qué vamos a hacerle? Supongo que esa sensación nos marca a todos los que vivimos en Venezuela. En el hogar estamos bien, pero en la calle nos volvemos paranoicos ante tanta desgracia que se ha vuelto normal. Paciencia, carajo. No queda otra.

Oye, Juan Carlos, no creas que esta carta es para relatarte mis cuitas. En realidad te escribo porque acabo de terminar de leer Árbol de luna y no quiero que esa lectura se pierda en el olvido.

Hermano, ¡qué cojonuda esa novela! ¡Qué divertida! ¡Qué necesaria para entendernos y entender esta realidad aplastante que tenemos encima! ¡Qué oportuna para reconocernos, para tratar de ver lo que somos! Y, ojo, no se trata de que Árbol de luna sea un manojo de eventos históricos más o menos transformados por el talento de un artista; se trata de otra cosa: de reinterpretar nuestra historia reciente, de crear personajes y situaciones que, si bien no son reales, son reflejos de personas vivas, de gente que camina, suda y la mayoría de las veces, le fastidia con su negligencia, su mala fe o su pequeñez, la existencia a los demás.

En Árbol de luna hay —conste que nombro los siguientes personajes y situaciones, que debes conocer al dedillo, porque esta carta es pública— un coronel pusilánime (¡qué raro!) que, por seguir las normas burocráticas del ejército, deja sin papel sanitario a los soldados de su unidad. Hay también un político menor capaz de mandar a derogar la ley de la gravedad en Barquisimeto y comprar máquinas recolectoras de nieve para un país tan caliente como Venezuela. Por si fuera poco, aparece una secretaria experta en el arte de chantajear, un presidente y una comitiva con el sempiterno whisky en las manos, un gerente cultural que usa los recursos del estado para promocionarse a sí mismo, un escritorzuelo que adula a todo el que se le atraviesa en el camino para que le publiquen un libro de poemas y, por si fuera poco, un grupo de militares que creen que a su lado siempre se encuentra Simón Bolívar. En esta novela están representados todos esos personajes de la realidad criolla cuya presencia en nuestras vidas daría risa si los desaguisados que arman no produjeran tantas lágrimas, tantos dislates, tanta miseria y tanta penuria. Así es el humor, el humor de verdad, el que tiene un límite difuso entre tragedia y comedia, el que desnuda verdades, el que nos muestra nuestras desdichas para verlas y burlarnos de ellas.

Lo mejor es que tú, querido Juan Carlos, no te quedaste en la presentación de esos seres que los lectores de otras latitudes deben creer inventados porque se supone que no puede haber gente tan mediocre en este mundo, y ni se imaginan que en Venezuela no sólo la hay a borbotones, sino que es la que gobierna como una casta abyecta cuyo único interés es acumular fortunas y mantenerse a cualquier precio en el poder.

Tú retrataste también a ese personaje típico de la calle española contemporánea que es frívolo, jovial, liberado, recién vestido y perverso, a la vez que ingenuo en muchos aspectos, como sucede con la actriz y las lumbreras de la prensa rosa para los que trabajan Estela y Tulio o como el editor furtivo que no puede ver a un cubano porque cree que tiene no una sino varias novelas inéditas y que es la quintaesencia de esa sarta de lugares comunes que llaman lo latino.

Es inteligente y poderosa tu decisión de colocar los retratos de estas dos tipologías que además se encuentran conviviendo en la España contemporánea repleta de inmigrantes de todas partes. La razón es que existe una correspondencia entre realidad y literatura que va mucho más allá de la estampa (a veces melancólica, a veces descarranchante) de unos venezolanos en España, y esto es importante porque deslastra a esta novela de la cómoda etiqueta que la situaría en el anaquel de las obras dedicadas al tema del exilio y del desarraigo, y la colocaría en la tradición de la novela picaresca.

Los personajes de Árbol de luna que tú inventaste, Juan Carlos, son unos pícaros que medran para ver qué consiguen. Tulio y Estela, por ejemplo, viven inventando triquiñuelas para proveerse el diario sustento: a veces, comparten un tarro de miel, otras tantas se roban los sobres de azúcar que obsequian en las cafeterías, se hacen pasar por notables organizadores de eventos o llevan a cabo lo indecible para que les inviten una cena o un almuerzo. En el hambre y en el hacer lo que sea necesario para sobrevivir, Tulio y Estela son parientes del niño que le abría huecos a la tinaja de agua en la que bebía el famoso ciego de El Lazarillo de Tormes. Por si fuera poco, tus dos pícaros, Juan Carlos, son los herederos directos del pícaro-estudiante retratado por Francisco de Quevedo en El Buscón. Al final de esa novela, el personaje principal decide cruzar el Atlántico para continuar dándole rienda suelta a sus mañas en Hispanoamérica, mientras que Tulio y Estela, casi cinco siglos después, se van de un país hispanoamericano como Venezuela a esquilmar tontos en España. Pícaros con pícaros se paga...

Tu Árbol de luna, Juan Carlos, es una novela picaresca que condensa la idea de que el mundo contemporáneo es una gavilla que enfila su saña, en todas partes, contra el tonto que se deja, contra el débil que no se crece ante las adversidades. Frente a las manías de una época que se comporta como el ciego de Los olvidados de Buñuel, o como el malquistado Monipodio de Rinconete y Cortadillo de Cervantes, no queda otra que dejar la debilidad de lado y hacer todo lo que sea necesario para no dejarse tragar por la jauría. De ahí que en Árbol de luna sean tan importantes los episodios en los que Tulio habla del sufrimiento que a lo largo de su vida le ha producido el alcoholismo de su madre o aquellos capítulos en los que Estela cuenta (con toda la expresividad del habla guara) su vida en Yaritagua, las veces en que, junto a Cristina, se subía a la pasarela de la autopista y divisaba durante horas los autos y los camiones que iban a Barquisimeto.

En resumidas cuentas, esta novela es fascinante; está llena de un sentido del humor que duele; es un libro que revisa y transforma, con un ojo muy agudo, la estulticia, la dejadez, la vagabundería, la brutalidad y el hambre de todo tipo, que conformaron a paso lento la tragedia real que nos agobia. En nuestro caso, la picaresca no es una tradición literaria; es una vil realidad que se ha ido transformando en un monstruo lleno de tentáculos y de cabezas que escupen fuego. ¡Que alguien nos diga cómo aplacar de modo gracioso a esta fiera real! En nuestra realidad, las acciones del pícaro ya no dan risa; se han vuelto trágicas. Nuestra vida comienza a parecerse a esa película de Lina Wertmüller que se llama Pasqualino Siete Bellezas.

Espero que vengas pronto de visita y que podamos volver al Lai King a comernos el arroz chino que tanto detesta Chirinos (el otro Juan Carlos) para celebrar tu Premio Fernando Quiñónez o cualquier otro que de seguro te vas a ganar porque eres un carajo muy talentoso que no hace sino hacer quedar bien a su país donde quiera que estés.

Un gran abrazo, pana.

Roberto Echeto

P.S. Aquí en Caracas desapareció El libro de Esther. No lo hay en ninguna librería y yo me lo quiero comprar. ¡Por el amor de Dios, que alguien tome cartas en el asunto!