miércoles, octubre 19, 2005

LA COLECCIÓN

Cuando tenía como once años mi mamá me compró un álbum y un sobre de estampillas. No sé cuánto tiempo me duró el disfrute de aquel primer cartapacio de papelitos que, pegados a los sobres de una carta viajera, cargan con la responsabilidad de hablar de todo un país y de toda una cultura. Digo que no sé cuánto me duró el primer goce porque muy pronto sentí la necesidad de tener en mis manos otro sobre con más estampillas que poner en mi álbum. Eso sucedió varias veces. Yo me las daba de filatelista y de muy entendido en la materia hasta que un día comprendí que lo que me interesaba de las estampillas eran las imágenes y no el valor que los expertos le adjudican a ese iconito impreso en papel. El día que me di cuenta de eso, dejé de clasificar las estampillas de mi colección por países, y me puse a clasificarlas de acuerdo a la imagen que mostraran. Así tenía páginas enteras repletas de mariposas, de trenes, aviones, héroes patrios, pintores, ballenas y hasta estrellas de rock. Esa clasificación me satisfacía muchísimo. Cada vez que revisaba mi álbum, sentía una suerte de buen morbo que me impelía a tomar un lápiz o un marcador y ponerme a copiar la imagen de un elefante o de una cebra presentes en una estampilla africana. Cuento ese elemental relato porque hoy, aparte de guardar estampillas, me he vuelto coleccionista de discos, libros y recortes de periódico. Eso amerita, aunque sea, una breve reflexión.

Antes creía que coleccionar era sólo guardar peroles, y que ser un coleccionista era ser como Alí Babá e ir por el mundo buscando tesoros para esconderlos en una cueva repleta de maravillas. Hoy tengo la certeza de que coleccionar es otra cosa; es un arte de la escogencia, de la contemplación y del orgullo. Coleccionar supone una extensión de la propia sensibilidad, un querer verse rodeado de los objetos y de las formas que nos estimulan el alma. El coleccionismo supone un progresivo refinamiento de la voluntad que escoge. Ese mismo refinamiento voluntario es un refinamiento de la sensibilidad. Quien colecciona debe conocer el objeto de su delirio, debe prepararse para entender que su vicio es la aceptación y encarnación de un deseo estético. Por eso adquirir cachivaches sin tener un norte es un disparate que termina convirtiendo tu casa en un depósito desordenado.

Todas estos asertos se acentúan en el caso de un coleccionista de arte. Cualquiera que coleccione pintura, escultura, antigüedades, discos y rarezas, siente un deseo y una afinidad ansiosa hacia esos productos estéticos. Tenerlos significa para ese coleccionista una gratificación enorme porque satisface un deseo que es material y espiritual al mismo tiempo. Tener cerca esa instancia de contemplación exige al dueño de las obras un ejercicio espiritual que trueque el objeto en una forma de vida. Así, quien colecciona discos, atesora una parte de su sensibilidad convertida en música; quien hace lo propio con pinturas y esculturas, educa y transforma su conciencia gracias a la cercanía de una obra.

Por lo general es difícil conocer a los seres humanos, pero los objetos que los rodean pueden darnos pistas de cómo son, qué sienten y qué desean. En el caso de un buen coleccionista de arte, este proceso de conocimiento resulta mucho más fácil. Con sólo ver las obras que guarda, podemos hacernos una idea de por dónde andan sus intereses y afectos, su opinión y su manera de concebir las cosas. No es lo mismo un coleccionista de pinturas de Federico Brandt, Manuel Cabré y Pedro Ángel González que un coleccionista de ensamblajes de Red Grooms, Claes Oldenburg o de Carlos Zerpa. Ambos tienen deseos estéticos diferentes que se satisfacen con obras de distinta naturaleza. Tal vez lo más interesante aquí sea la posibilidad que tenemos de entender que cuando alguien colecciona objetos artísticos establece una relación de afinidad con la manera de ver el mundo del artista creador. Por eso hay que decir con Marilyn Manson que los discos, los libros y las películas son los únicos objetos que nos permiten creer que alguien siente lo mismo que nosotros.

Si me fuese dado, quisiera completar mis colecciones de discos y de libros. Quisiera llenar anaqueles de más y más discos y de más y más libros. Y esto porque una vez entendido que coleccionar supone definir muy bien una dirección conceptual, no hay quien te detenga en el ánimo de adquirir y guardar esos objetos que te completan, que te hacen y que te convierten en un ser humano ampliado, en una persona que puede extender lo que tiene en la cabeza a las personas y a las paredes que lo rodean.

Quizás un día de éstos me ponga a coleccionar pinturas. Cuando eso suceda, Uds. mis amigos me conocerán mejor. Tal vez nadie se sorprenderá.