miércoles, octubre 26, 2005

ACERCA DEL BREVIARIO DEL ABSURDO REAL

Cuando nos encontramos con un texto realista, hacemos un guiño ambiguo, un gesto que se congela entre el asombro y el asco. Nos protegemos de las efusiones de sangre o de un deslave miserable de la vida. Y es que la vida es dura y pareciera que sólo de ella se puede esperar una crónica de estupros, violaciones, fraudes y finales tristes, diálogos sordos donde el único humor posible es la risa del que baja el telón a tiros. Otros creen que la realidad es un asunto serio, demasiado como para tomárselo con filosofía. La realidad es lógica, piensan y aplican tesis, se convierten en liberales, en marxistas, ateos, presbiterianos, mormones, lectores de Paolo Coehlo (mi sombra —por cierto—, junguianos); místicos, freudianos, rectores del centro electoral, intérpretes y salvadores de la patria y encuentran un discurso para explicar lo inexplicable: la vida es maravillosa, absurda y a veces, la mayoría, desleal. Tanto así que se va por la vida de requiebre en requiebre y de despecho en despecho. Un viejo bolero decía: de cigarro en cigarro, cenizas y humos, allí mi corazón.

La realidad y el texto literario de corte realista pudiera ser lo dicho en el párrafo anterior. Pudiera llegar el día en el que nos levantemos y decidamos acabar con todo, no se puede más, decimos, ni con la literatura ni con la vida —de esta inflexión nos habla Camus en su ensayo sobre Sísifo—, es el momento en el que se toma una decisión, se dinamitan los colores, se apaga la luz y acabamos con el ritmo. De qué sirven los intervalos, el guaguancó o el twist, nos preguntamos por aquélla, la ilusión de Tarantino, el momento de Travolta y Uma Thurman. Luego vendrá el chutazo de heroína, el síncope, la certeza de que todo fue bueno y todo lo bueno es recuerdo.
—Horror —exclamó Kurtz, o Brando.

Podemos explorar otras alternativas. El humor, la ironía. Es posible recrearnos en el absurdo. La propuesta suena a consigna risueña que podría conformar el cuerpo exponencial de una historia de la nueva era o de aquellos trasnoches del Mayo francés. Pero no. Somos el homo ludens, y como prueba de ello, a un guionista se le ocurre poner a Tony Soprano, un mafioso duro, a sufrir los terrores de un desorden de ansiedad —reconozco que esa película me ha vindicado—, a asistir a sesiones de psicoanálisis, a tomar Prozac, y a sufrir la pérdida de la líbido como efecto colateral. Y Roberto desde hace un tiempo nos lee una oración fuerte al espíritu santo. Frank Sinatra. Muchos quisiéramos ser como Frank Sinatra. Con seguridad su vida no fue un lecho de rosas, pero al menos fue galante; al menos se le envidia desde la ruinosa y contrahecha vida del escritor. «Yo quiero ser como Frank Sinatra para que Vito Corleone sea mi padrino y le mande a poner una cabeza de caballo muerto a cada una de las personas que me desean el mal... Yo quiero ser como Frank Sinatra para no cansarme nunca... cantar, fumar y sonreír y tomar whisky al mismo tiempo, como sólo lo hacen los grandes, los dioses, los que están más allá de la comprensión humana». Este epítome es una plegaria gentil, el ángel de la guarda, la dulce compañía; oye, Frank, no nos desampares ni de noche ni de día, que la realidad es dura y sólo las borrachas o las brujas se enamoran de nosotros. ¿Recuerdan a González Tuñón? «A pesar de la sala sucia y oscura / de luces y lámparas luminosas / si quiere ver la vida color de rosa / eche veinte centavos en la ranura /... Y no se inmute, amigo, la vida es dura, con la filosofía poco se goza...».

Es en ese momento en que nos encontramos en medio del ponto estéril o en la avenida Baralt, un poco más allá, cerca del Fermín Toro, por donde solía abrir sus puertas el bar La Guajira, a Palito, el loco del hielo, con una planta sembrada en su cabeza «surfeando y abriendo el aire en presencia de su ángel ebrio, con su sonrisa loca y desbordada, persiguiendo su objetivo...». Vuelve entonces Raúl González Tuñón, el poeta de Boedo: «qué lindo es ir a ver a la mujer / la mujer más gorda del mundo / entrar con un miedo profundo pensando en la giganta de Baudelaire. / Nos engañaremos, no hay duda, si desnuda / nunca muy desnuda / si barbuda, nunca muy barbuda será la mujer... / Pero en ese momento de miedo profundo, qué lindo es ir a ver a la mujer más gorda del mundo». Y eso es lo que propone «El loco del hielo» luego de pellizcar la nalga a una policía, ni tan loco se lanza a los brazos de la corte de los milagros. La realidad baja como una puerta Santamaría al grito de saqueo y le espeta al loco, te jodiste; él le hace trompetillas, va con su mata en la cabeza, piantao, piantao, penetra sin enojo ni pudor en un mundo de travestis y chulos, ellos abren la esclusa y lo liberan para que siga «surfeando y abriendo el aire» en medio de la adversidad.

Quiero tomar aliento y con ello permitirme una anécdota. Hace unos días, no muchos, me encontraba sumido en un tedioso y consecuente desconcierto, temía dejarme ganar por la apatía y la depresión, estaba a punto de renunciar a la compostura y dejar al lado la decencia. Tanto fraude y despecho convertían a mis días en un linimento asqueroso. Cuando estaba a punto de hacer algo autodestructivo (no podría decir con exactitud qué tan autodestructivo era lo que estaba a punto de hacer), entra en mi buzón de correo electrónico una nota de Roberto Echeto: «Israel, firme y digno». Como me encontraba en una actitud belicosa y en el mundo de Matrix, solté aquella exclamación histórica de Neo-Keanu Reeves: «¡Guao!». De inmediato recordé a los estoicos, a Marco Aurelio y quise leerlo. Entendí que fortalecerse para no evadir la realidad era el llamado. Fortalecerse para ser digno era una prueba. Decirle a la realidad: acá estoy, inserto en ti como una espina y no encontrarás a un miserable mártir que se compadezca de ti y me arranque de tu planta. Realidad, te quedarás conmigo, enconándote un callo, envenenando tus horas. Es un asunto de perspectiva, no me ahogo, te estoy tragando, Orinoco.

De mi biblioteca suelen desaparecer los libros. Entonces me di cuenta de que el mensaje de Roberto guardaba, como todo buen texto, otra lectura: «Carajo, no me vayas a echar una vaina, Centeno. El jueves es la presentación del Breviario galante». Volvió la majestad del momento. Escuché los metales de la Octava sinfonía de Mahler y todo eso, debo decirlo, porque sin transición me apliqué a la lectura. Avancé renglón a renglón en «La noche podrida», recibí en mis diversos sistemas, y sin dosificación, la mala noche, al mal país que estoy viviendo. Un país que va a ciento cuarenta kilómetros por hora maldiciendo su suerte. El país encarnado en Antonio Moreno transita la madrugada por una autopista y maldice su suerte. Moreno piensa y habla por todos: «un monumento tan anodino y tan mal puesto como esa esfera cinética... Provoca prenderle candela». Se refiere a la esfera cinética de Jesús Soto. Allí, sobre su mala suerte, corre el país y, cuando se detiene para dar un giro a la salida de un distribuidor, es víctima de un secuestro express. A Moreno «en ningún momento se le oyó una queja o una palabra que sonase a desprecio. Él actuaba con la estoica sumisión que requieren estos casos, sin quejarse de los golpes y de las provocaciones».

Para cerrar la digresión que comenzó en la anécdota personal y terminó en la ficción especulada con aviesos propósitos políticos, seguramente con tinte reaccionario, de derecha y golpista, vuelvo sobre el hallazgo o la luz al final del túnel. Marco Aurelio se encontraba en el libro de Roberto Echeto, así Adriano y la frase que puso en su boca Marguerite Yourcenar, en la que tanto suelo regodearme: «entrar digno y con los ojos abiertos a la muerte». Por tales derroteros va esa cotidianidad sencilla y a la vez densa del Breviario galante. Toma a la realidad por el cuello y le aplica un poco de sustancia, aquélla que usaban los malos de la lucha libre. Esa sustancia tiene algo de Boris Vian, absurdo, mucha ironía y la poesía propia de las frases ajustadas y bien escritas. Genera una tensión sostenida, molesta, mínima. Aparecen zamuros condenados a muerte en el cuarto de un hotel y tardes de ping pong junto a un anciano tocado de cáncer. Es la acidez que no termina por manifestarse, el dolor doblegado por la rutina y el triunfo de nosotros, los mortales, que nos damos el saludo o la paz en la misa porque vamos a morir. Esta realidad, al ser ficcionada, nos deja un consuelo: Antonio Moreno o el país terminan bien, o al menos firmes y dignos: «todo se volvió humo y polvo, cuando el taxista se montó en su auto y se fue lleno de lágrimas, dejando en la oscuridad a los dos secuestradores baratos, baratísimos, temblando de miedo y dolor». Amén.

Israel Centeno; 2004