lunes, septiembre 19, 2005

UN CUENTO


El otro día me sucedió una de esas cosas que parecen tomadas de un relato de Francisco Massiani. No sé por qué extraña circunstancia me dio por dar una vuelta a la manzana antes de llegar a mi cama. Venía de conversar, de beber cerveza y de reírme con sincera alegría de los cuentos verdes que siempre cuentan mis amigos. Las calles que rodean mi casa y la oscura soledad nocturna, me sedujeron hasta el punto de hacerme caminar despacio, muy despacio, lo más despacio que me fue posible... Era como si de pronto me embargase el lento disfrute del viaje a pie, del aire agradable y del olor a dulce savia que se desparrama por toda Caracas cuando es de noche. Y es que el perfume que brota de los rincones de mi ciudad es un aroma que nos remite a otra Caracas, a una que no ha existido y que probablemente no exista más que como utopía. No sé a qué extraños acordes me suenan esos olores, pero me barrunto que es a algo escondido que tenemos que descubrir. Cuando descubramos eso que no es evidente, entenderemos que somos unos privilegiados por vivir en un valle tan bonito...

En tales pensamientos andaba cuando de pronto me vi caminando por la Avenida Principal de La Carlota. Para quien no la conozca, esta avenida se caracteriza por tener dos vías de circulación divididas por una larga y angosta plaza donde siempre juegan cartas y dominó las decenas de italianos y españoles que viven en la zona. Juro que seguí con paso lento, gozando de aquel mundo apenas habitado por unos cuantos gamberros nocturnos cuyo disfrute máximo era hacer ejercicios en las barras paralelas de la plaza. Los tipos subían y bajaban sus cuerpos esculpidos, sosteniendo todo el peso en sus brazos tensos y brotados de venas. Tales manganzones hacían ejercicio lenta y metódicamente hasta que venía uno que estaba sentado en el suelo y les pasaba un tabaquito encendido a ésos que hasta hacía unos minutos gastaban todas sus energías encaramándose en un tubo... Andar por allí y ver a aquellos tercios templarse el carácter a fuerza de gimnasia y marihuana me hizo gracia. Sin embargo, lo que más me dio risa fue continuar mi recorrido por esa avenida flanqueada de edificios pequeños cuyas ventanas del primer piso están casi al nivel de la calle. Fue muy curioso y muy bonito pasar por allí y escuchar los ronquidos de alguien que se me antojó gordo y en calzoncillos. Me lo imaginaba durmiendo boca arriba, sobre un catre viejo cubierto por unas sábanas y unas cobijas también viejas pero pulcras gracias a los oficios de una buena esposa. Con sólo el rugir continuo de aquella respiración se me vino a la mente la imagen de aquel troglodita que cimbraba toda la extensión de la noche. No sé por qué, pero aquel grueso roncar me trajo el recuerdo de los libros de Francisco Massiani. Habría que investigar el efecto proustiano que en mí producen los ruidos de otros al dormir...