viernes, septiembre 02, 2005


Marsolaire Quintana; Naturaleza Muerta; 2005

MEDEA EN LOS CAYOS

Anita Cortés dibujaba una línea recta hacia el fondo. El movimiento pausado de sus piernas hacía que su cuerpo se desplazara sin esfuerzo, cortando la pesada liviandad del mar. A su alrededor sólo había agua, agua en movimiento que es espacio líquido y hogar silente para que los peces y los hombres atrevidos naden, hagan proezas y experimenten esa laxitud propia de lo eterno.

A pesar de estar nadando de noche, la temperatura era agradable. El azul del ambiente brilló con la luz viscosa de la luna durante los primeros metros de aquel viaje. El horizonte que sedujo a Anita Cortés era tan ancho como un hueco que la invitaba a seguir adelante. Tanto avanzó en su nado esforzado, que pronto pudo llegar al punto donde se movían las aguas borrosas de sus compañeros. Allá estaban Papi Adriano y Jasón, rodeando con sus lámparas de luz cortante un viejo barco que dormía sus vergüenzas de óxido y naufragio.

Aquella ruina de nave parecía una visión fantasmal suspendida entre los corales silenciosos. La embarcación impresionaba por lo grande, por lo íntegra a pesar de las corrientes corrosivas capaces de podrir la esperanza de sacar al barco y ponerlo a servir para algo. En el mar, el exceso de sustancias moviéndose al ritmo constante de un péndulo universal que agita y revuelve las aguas, acaba con todo.

Quien traspasa la tela que separa nuestro mundo hecho de aire y tierra de la inconmensurable oquedad marina, traspasa también los límites que separan el dolor de la alegría. Cruzar esa línea visible era la razón que movía a Anita a aprender el arte del buceo. No había nada que le gustase más que la sensación de desnudez espiritual que se experimenta cuando se está buceando, flotando, braceando, pataleando con chapaletas y todo. El mar es como la noche y los buzos son como los astronautas que se dejan llevar por la naturaleza del medio en que flotan. Por eso Anita se imaginaba a sí misma como una conciencia única viajando en el vacío de su propia respiración. A ese ritmo pasaba por su cabeza un océano tan inmenso como el que acogía su lento nadar. Ese océano estaba hecho de palabras, de recuerdos que en un viaje al fondo de cualquier piélago se vuelven a mezclar para convertirse en una memoria nueva hecha de historias listas para que alguien las cuente. Por eso de pronto le pareció que viajaba a través del vacío en el que permanecían, como suspendidas, sus propias memorias.

En un resquicio de aquella inmensidad, Anita Cortés sintió en el estómago el aleteo de la bestia con la que vivía. Su propio padre, don Adriano Cortés, estaba en un concesionario automovilístico decidiendo si se compraba o no un Ford nuevo. De pronto, sentado al volante, vio cómo el obrero, que hasta ese momento había estado barriendo el lugar, soltó la escoba, empuñó un arma que llevaba escondida en algún bolsillo de su uniforme, disparó contra el vendedor que le mostraba el auto a Papi Adriano, abrió la puerta del carro nuevo, se sentó a su lado, le dio la llave y le dijo: «enciéndelo y no preguntes nada». Papi Adriano hizo lo que el conserje le había pedido, pero cuando sacaba el Ford del concesionario, apretó el acelerador a fondo y se estrelló contra un auto de la policía que pasaba por esa calle a esa hora.

Lo peor fue que, al salir del hospital, de entrar y salir de los tribunales, de lidiar con abogados, fiscales y magistrados, inclementes todos, Papi se metió en otro lío.

Un día el viejo Adriano iba con su Ford Sedán viejo y, esperando la luz verde en una esquina, vio cómo del Mercury que llevaba adelante, se bajó un gamberro que, sin mediar palabra, le robó la silla de ruedas a un pobre tullido que pretendía cruzar la calle. El hombre imprecó, maldijo y mentó madres desde el suelo, mientras el grandísimo hijo de puta volvía al auto muerto de la risa con el ignominioso trofeo. Aquella imagen, por supuesto, indignó a Papi Adriano y lo predispuso al heroísmo. De ahí que acelerara su Ford Sedán y golpease por detrás al Mercury del que se bajó el conductor con una oscura Beretta en las manos.

Después de haber sacado —no se sabe de dónde— un revólver y de haber cosido a tiros a los dos gamberros que le robaron su silla rodante a un pobre infeliz y trataron de asesinarlo a él, que no era más que un pobre viejo tan inocente como el tullido, Papi Adriano encendió su pipa, se apoyó en su Ford y se quedó de lo más tranquilo esperando a las autoridades.

Al ver las líneas de luz alumbrando el barco, Anita Cortés sintió que el fantasma de dos cabezas escamosas que le soplaba la barriga se esfumó. La memoria siempre está ahí, como una boca presta a devorarte que se abre en el escondrijo menos pensado. Sólo la actividad física ayuda a borrar las desgracias y las vergüenzas. Por eso, desde el principio, Anita sintió que lo arduo del entrenamiento valió la pena. Nadar y nadar a lo largo de una piscina, hacer ejercicios de inmersión con snorkel y chapaletas, oír interminables explicaciones sobre válvulas y bombonas de aire e ir a la playa a mirar cómo hacían su oficio unos buzos excelentes, fueron el pan vespertino de la muchacha durante los dos años y algunos meses en los que se ocupó de disolver el tremedal en que se metió su familia por culpa de un padre que no se dejaba ni se deja arredrar por nada ni nadie.

Por todo eso, y porque veía los rayos de luz que se abrían paso a lo largo de tanta inmensidad, Anita se sintió emocionada.

Lentamente, como disfrutando y rindiendo el descenso, Anita Cortés llegó hasta el punto exacto donde los dos hombres de su vida jugaban como niños a los exploradores submarinos. Aquella euforia que no podía ser otra cosa que felicidad, se manifestaba en el menearse inquieto de los dos buzos al lado de las paredes ahora cubiertas de corales arenosos.

Anita observaba extasiada los peces y las arrugas adheridas al casco del barco, mientras su padre anciano y su esposo curioseaban con sus focos en el interior de una nave antes roja y ahora vuelta óxido. Allá vieron maravillas hechas pátina, hechas regocijo de arrecifes coralinos que construían su propia arquitectura dentro del puente de mando, al lado del timón, en los pasillos, en el cuarto de máquinas, en todas partes. Allá vieron la chalupa medrosa pegada aún a la cubierta cubierta de conchas, bigarros, abrojines, guaruras, botutos, madréporas, estrellamares de colores púrpuras, añil y azafrán... La vida entera pululaba en aquella nave hundida en un punto incierto de la bahía de Los Cayos.

Ana Cortés los miraba sin comprender cómo se articulan la alegría y el afán en un pedazo de océano donde el mal puso a un pequeño y elegante barco que tenía un nombre mítico.

La embarcación se llamaba Argos y para Ana era gracioso porque un nombre como aquél no podía ser sino la evocación de una tragedia griega extendida por todo el orbe de su memoria, por toda el alma llena de vida junto al marido devenido en dueño aburrido de una incipiente cadena de ferreterías luego de ser hombre de acción y amo de su propio imperio… Entonces el monstruo de dos cabezas le enseñó el día en que conoció a su Jasón.

Fue hace cinco años cuando ella, Gloria y Adela decidieron pasarse unas vacaciones en Los Cayos, y, al llegar al pueblo, no sólo se encontraron con las salinas, con el calor, con el cielo azul, con las botellas de cerveza por todas partes y con el pueblo siempre hipnotizado por el mar. Ese día pasaba algo extraño que hacía que no hubiera un alma en las calles calurosas, que la iglesia estuviera cerrada, que los señores que a esa hora de la noche temprana se reunían a jugar dominó, no estuviesen meditando su próxima jugada. Era raro porque ni siquiera en la recepción de la posada donde siempre llegaban Ana y sus amigas estaba el sempiterno negrito sin camisa tomando cerveza y oyendo vallenatos en un aparato de radio tan pequeño y tan ruidoso que parecía una cigarra.

Aquella noche las muchachas se dejaron llevar por el ruido del viento que traía unas voces lejanas. No tuvieron que caminar mucho; tan sólo un par de cuadras y una pequeña cuesta hasta las ruinas de las cinco murallas a las que el pueblo de Los Cayos llamaba con orgullo «El castillo», en memoria de la fortaleza española que por años protegió la zona del asedio de las fragatas inglesas. En ese espacio rectangular y salpicado de basura se agolpaba la gente, ora silenciosa, ora solemne, ora displicente, ante un grupo de actores que tenían sus rostros cubiertos por unas extrañas máscaras triangulares y los cuerpos envueltos en unas telas que parecían raídas a propósito.

Ana y sus amigas se quedaron sorprendidas cuando vieron que aquello iba en serio. Una mujer salió de detrás de una de las paredes corroídas mientras un sujeto alto y barbudo se mesaba los cabellos y se le enfrentaba a gritos, al tiempo que los enmascarados alzaban los brazos y decían a coro unas palabras oscuras. ¿Cómo era posible semejante milagro? ¿Cómo era posible que en medio de aquella nada salitrosa, ellas, que venían del tumulto y de la diversidad, se encontraran con una función de Medea que tenía como telón de fondo al Mar Caribe?

La obra siguió su curso. A lo lejos y ya a oscuras, el mar se extendía en calma. Ana miró hacia el puerto y vio cómo se acercaba un pequeño barco rojo que al poco tiempo arribó al muelle de tablas rotas y cauchos viejos para que su tripulación bajara a tierra y caminase, como en procesión, hacia el improvisado teatro desde donde el portentoso barbado les hacía señas para que se esperaran un rato.

En el escenario, y como siempre, Medea se vengó de su marido desleal.

Al terminar la función, las gentes sencillas se levantaron de sus asientos sin prodigar aplausos ni entusiasmo, y se fueron silenciosas a sus casas.

Al día siguiente, luego de pasar horas tumbada frente al mar, de comer ostras, de tomar cerveza y de broncearse al sol junto a Gloria y a Adela, Ana se cambió y volvió sola al recinto en el que permanecían erguidas las murallas corroídas. Ahí estaba otra vez la gente de aquel pueblo lista para ver la tragedia de la mujer que se vengó de su marido adúltero matando a sus hijos: Medea.

¿Qué fuerza hacía que la gente volviera a aquel improvisado teatro, si nadie aplaudió al final de la función del día anterior? Esa pregunta atormentaba a Ana en aquel extraño paraíso en el que se ofrecía algo más que mar, rumba y cielo.

Todo estaba listo para Medea, salvo Jasón, que no había llegado. Esa tardanza le gustó a Ana porque a pesar de la dignidad de aquel montaje, había una atmósfera poco común en el «teatro»: por aquí un actor del coro se colocaba su máscara, por allá Medea encendía un cigarrillo; a la izquierda el director hablaba con el electricista, más allá, una señora le cosía un ruedo de última hora a la túnica del corifeo, hasta que por fin, a lo lejos, en el mar, los actores y el público avistaron el pequeño barco de casco rojo en el que venía Jasón de nuevo.

Ya en tierra firme, Jasón caminó en compañía de tres hombres hasta el foro y como si alguien hubiese movido una palanca, comenzó la obra.

Ana miraba el espectáculo y no podía creer que estuviera frente a semejante milagro. Medea, Jasón, Eurípides, Creonte, Egeo, un coro griego con todo y máscaras en Los Cayos… ¡Un milagro! Aquello era un prodigio que deleitaba a Ana y la ponía atenta a todo y no sólo a lo que pasaba en el escenario. Por eso, en uno de los tantos recorridos que sus ojos furtivos hicieron por aquella arquitectura extraña y ruinosa, la muchacha vio cómo se asomaba por uno de los resquicios de la cariada muralla un hombre armado con una escopeta que apuntaba directamente hacia Jasón.

Antes que se oyera el gran disparo, Ana pegó un alarido tan fuerte como los de la propia hija del rey Creonte y, en el mismo instante, Jasón se lanzó al suelo mientras sus argonautas reales, también armados hasta los dientes, acabaron con la vida del improvisado asesino que cayó de súbito bañado en su negra sangre.

Más tarde, cuando todo se hubo calmado, se supo que el francotirador había venido de otra comarca a acribillar a Jasón por un asunto de negocios. Al parecer, no le perdonaban que no hiciera a tiempo los embarques acordados por andar haciéndose el galán en una obra de teatro.
—Mándenle su tragedia griega —dijo el que envió al de la escopeta.

Jasón quedó muy complacido cuando sus argonautas le presentaron a la chica que lo había salvado de una bala con su grito abismal. Así conversaron y vieron que a pesar de la violencia que aún dominaba el ambiente, tenían cosas en común. Él le dio las gracias, ella no le ocultó su turbación, él le habló de las olas, de los negocios, de la locura que produce la mezcla de sol, barcos, teatro y dinero; de lo maravilloso que era (y es) Los Cayos, de la belleza de las ruinas, de la aridez de la zona, de lo buenos que son los pescaditos fritos en casa de Alberta, de lo alegres que son los hijos de los pescadores, de lo ricas que son las cervezas en medio de ese calor, de lo ordenada y limpia que es la posada de Juanita, que era donde se hospedaban los turistas de bien…

Después del episodio del pistolero, las funciones tuvieron más público y fueron más aplaudidas que antes, lo cual llenó de beneplácito a la compañía que participaba en la obra, a Jasón y a los verdaderos argonautas, cuyo número, por cierto, había aumentado. Ana seguía yendo a las funciones y cada noche veía nuevos detalles y nuevos colores en el montaje de aquella tragedia tan antigua como colosal.

Luego de cada función, durante más de una semana, la muchacha esperaba al protagonista de todo aquello y se iba con él a comer y a conversar. Cena tras cena, tomando cervezas y comiendo frituras de mariscos, Anita Cortés fue armando el rompecabezas de Jasón, sin importarle las risas de Gloria y de Adela y el que en algún momento la hubiesen dejado sola en Los Cayos sin siquiera despedirse.

Ana supo que Jasón no se llamaba Jasón (y no le importó su nombre real), que Jasón era dueño de un barco con el que comerciaba “la felicidad de otros”, lo cual le permitía obtener lo necesario (y más) para hacer lo que él quisiera, incluso montar Medea, Macbeth, Otelo, o lo que a él le diera la gana porque él, Jasón, era quien mandaba en ese pueblo abúlico en el que la gente iba a ver Medea no porque le interesara el teatro, sino porque en cualquier momento podía ocurrir una tragedia real con él, con Jasón. De paso supo que nadie aplaudía ni se emocionaba con el eco de las palabras de ningún poeta —así fuera Eurípides— porque durante los pocos siglos que llevaba de fundado, Los Cayos había tenido una y otra vez, en la realidad y no en la ficción, su Medea matando a sus hijos, su Edipo matando a su padre y refocilándose con su madre, su Electra, su Orestes, su Ifigenia y todo su repertorio de héroes trágicos capaces de empañar, con sus desgracias reales, a los héroes literarios.

Así pasó el tiempo y Jasón llegó a casarse con la muchacha que ahora lo veía metido en el cascarón de su barco hundido. Ana lo miraba de lejos y de nuevo se vio a sí misma riéndose con Jasón mientras veían aquel anuncio de Coca-Cola donde aparecía un elefante nadando en el mar, un elefante enamorado que meneaba sus patas y su trompa graciosa debajo del agua... Jasón le había jurado que su amor era tan grande como un elefante, como el elefante de la Coca-Cola, o como un elefante cualquiera porque todos los elefantes son tan puros y rotundos como el amor. Por eso Ana se vio otra vez en Nueva York, Madrid y Budapest, en un circo, rodeada de elefantes grises y arrugados, acompañada por Jasón el infalible, por Jasón el hombre de las herramientas, por Jasón el marinero, por Jasón el contrabandista, por Jasón el que dice que le gusta el sonido de las burbujas, por Jasón a quien le hundieron su barco, le mataron a la mitad de sus argonautas en un tiroteo descomunal y lo pusieron a recorrer mundo para que no dijera todo lo que sabía y para que no inventara todo lo que podía inventar.

Fue evocando esas imágenes cuando Anita Cortés recordó que Jasón estaba en lo correcto cuando decía que el reino de la calma y de la felicidad eterna se encuentra debajo del agua... Por eso es que en el paisaje que tenía frente a sí, Ana vio todo el amor que aquel hombre le prodigaba y le seguía prodigando desde donde estuviera; toda la dulzura, todo la paciencia que ambos se intercambiaron desde que se conocieron, toda la comprensión, todos los sustos, todas las peleas, todos los insomnios, todas las pantuflas, todos los cigarros, todas las escopetas, todas las tardes lluviosas, todas las borracheras en las que Jasón dejaba colar el dolor que le producía la rutina de la decencia y le espetaba su temerario deseo de volver a Los Cayos a buscar algo que de seguro estaba aún en un rincón oscuro de su barco, algo que no era otra cosa que el vellocino de oro encerrado en una caja cubierta de percebes o de cualquier alguna otra criatura abisal.

Ana sintió al monstruo de nuevo y se vio a sí misma en el mar, en las memorias que se abrían paso en la pared de agua; vio su rostro; vio su cuerpo; vio su piel; vio a su padre dementado por una ira heroica y a su marido ansioso por volver a ser el que fue, por volver a la aventura, por volver a ser el Jasón de verdad (aunque con el pelo pintado), el Jasón de los mitos, el héroe capaz de traficar mercaderías químicas de un puerto a otro, de un país a otro, de un mundo a otro, sin que le importaran los matones, los infantes de marina, los cobradores de impuesto y el mal tiempo en el mar, su mar, el mar que lo esperaría siempre hasta que el mundo fuera mundo y él tuviera fuerzas para gastar su fortuna montando espectáculos para seres abúlicos e inconmovibles.

A la luz de las linternas, Ana vio a Jasón y a su padre, abriendo una caja dispuesta a un lado del timón. De ahí sacaron otra caja más pequeña envuelta en una bolsa plástica sellada al vacío. A partir de ese momento, los dos hombres se movieron como lo que eran: dos fieras aletargadas reencontrándose con aquello que los hacía fuertes. Por eso halaban felices hacia la superficie el bulto, mientras Ana miraba hacia el fondo del mar y veía a la bestia que sonreía recordándole que pronto le tocaría a ella llorar alguna tragedia.