martes, septiembre 27, 2005

LAS PIEDRAS HABLAN

En la calle donde vivo hay una panadería en la que entra y sale gente a toda hora. Afuera, en la plaza, hay un montón de ancianos cuya única preocupación en la vida es el dominó. Ellos pasan el día entre el doble seis, el cinco-cuatro y el doble blanco. Nada los detiene.

Una tarde, cuando empezaba a llover, vi cómo uno de esos señores se levantaba de su asiento y se cubría la cabeza con su propia silla. En otra oportunidad, mientras los viejitos jugaban dominó, un par de transeúntes violentos comenzaron a darse golpes, a sacarse sangre, a empujarse y a darse patadas. Los viejos sólo se movieron cuando uno de los dos, habiendo tumbado al otro, corrió hacia la plaza en busca de una piedra para reventarle la cabeza a su oponente caído. En ese momento los viejos sí dejaron las piedras de dominó y asumieron su dignidad de hombres respetables para evitar una desgracia.