jueves, septiembre 29, 2005

EL ARTE DEL MINICUENTO

Damas y caballeros, venga de donde venga, el minicuento siempre me ha parecido un arte de flojos. No importa si el finado Augusto Monterroso o si los poetas japoneses, cultores del haikú o de los cuentos zen, hicieron maravillas con este medio de expresión parco y breve. Nadie me quitará de la cabeza que quienes cultivan el minicuento son unos redomados flojos. Eso sí: sepan también que la flojera me parece una exquisita manera de vivir la vida. Llevada con glamour (y con un whiskicito en las manos), la pereza puede darnos grandes satisfacciones, sobre todo porque siempre despertaremos la envidia de quienes viven para trabajar.

No se hable más del asunto. Entretengámonos con unos cuentos enanos que he compuesto para Uds., acostado en mi cama y en calzoncillos.

Ahh, y no lo olviden: si quieren ser escritores, deben saber que lo más difícil de alcanzar es un equilibrio entre el desarrollo de una capacidad autocrítica demoledora y la confianza suficiente para firmar y publicar un texto. Besos y saludos a las niñas.


LOS TALADRISTAS

Juanita Hipodérmica tenía doce años casada con Natación Esparragoza. Ella era un ama de casa ejemplar y él un obrero muy bien calificado. Ella cuidaba a los nueve retoños que eran producto del amor más serio del mundo, mientras él rompía calles como loco utilizando su taladro querido.

Juanita no se quejaba nunca de nada. Era feliz con su marido y sus nueve hijos varones. Lo que más le gustaba era el empeño que su esposo ponía en su trabajo. Natación Esparragoza constituyó siempre un ejemplo para sus muchachos. El fervor que aquel hombre mostraba por su diaria labor era una cosa que llegaba a extremos delirantes. Imagínense que Natación Esparragoza tenía quince años grabando el sonido de su bello taladro. Este ejemplar obrero grababa cada sesión de ruptura de calles en la que participaba. Una vez terminado el arduo trabajo cotidiano, se reunía con toda su familia a escuchar la taladrada que sudó feliz durante ocho horas ese día.

Rupertico, el hijo mayor de Juanita y Natación, ya agarró su primer taladro. El orgulloso padre comenzó a hacer las grabaciones correspondientes para oírlo de noche y enseñarle, por el sonido, dónde tuvo aciertos, dónde errores, dónde tiene que mejorar y dónde hacer énfasis, porque antes que nada, Natación es un buen padre.

Lo mejor es que Juanita Hipodérmica y Natación Esparragoza se ríen de la gente que cree que taladrar deja impotentes a los hombres. Natación dice que todos los espermatozoides que viven en el interior de sus bolitas ya traen consigo un taladro chiquito. Por eso sus hijos vienen listos y felices para gozar haciendo bien su faena. ¿Cómo se puede sufrir en esta vida teniendo tanto optimismo? ¡Qué maravilla que exista gente tan compenetrada con su trabajo!


MERCEDES BOCA ARRIBA

Roberto se encontraba en su propia fiesta de cumpleaños y no se divertía. Sus amigos se enfrascaron a hablar de un tema que desde esa noche los hermanó para siempre: las hemorroides. Todos, a excepción del cumpleañero, habían sido mártires de las almorranas. Por eso se sintieron bien revelándose unos a otros sus cuitas, sus vergüenzas, sus ungüentos, sus idas al médico y sus horribles ardores. Sin saberlo, esa noche fundaron una secta que podríamos llamar «La Suprema Hermandad del Culo».

Nano Abreu era el único de los amigos de Roberto que no había tenido una experiencia demasiado dilatada con esas várices horribles. Por eso, al igual que el homenajeado, iba y venía del bar con un ron en las rocas entre pecho y espalda. No había que ser un genio para adivinar que pronto su vida se transformaría en una borrachera.

Mientras los amigotes continuaban hablando de la preparación "H" y de los médicos chinos que «culan» con las manos, Nano encendió su Mercedes rojo, puso un disco de Eric Burdon, y se fue a pasear su borrachera. Todo habría quedado ahí, si no hubiese pasado algo horrible.

Por alguna razón que sólo supo el ron, Nano Abreu tomó la carretera a Valencia y, entre dos islas de concreto, puso las dos ruedas del carro a mirar el cielo estrellado.

A pesar del accidente, el conductor no perdió la conciencia ni derramó sangre. De lo único que se quejaba era de una pieza fría y metálica que le aprisionaba el pie derecho y que le impedía la salida de aquel Mercedes Benz vuelto nada. A pesar de la ansiedad que Nano Abreu sentía por salirse del auto, había algo que lo desesperaba aún más. Era la presencia cada vez más rotunda, y cada vez más abultada, de una turba de míseros que salieron de la oscuridad no para ayudarlo, sino para robarle sus pertenencias. Como zopilotes negros y malquistados, los saqueadores de este cuento se llevaron los libros de Nano, su walkman, su chaqueta, sus lentes, sus llaves, su cartera y los discos de Doors y Portishead que alguien le había prestado en la fiesta.

En aquel revuelo, las manos anónimas estaban prestas para abrir a la fuerza la maleta del carro y sacar la llanta de repuesto para llevársela a quién sabe dónde.

Nadie movió un dedo para ayudar al pobre Nano.


BALACERA A RITMO DE «YESTERDAY»

La otra noche, como a las 3 de la mañana, Eduardo Molina pensaba en las musarañas acostado en su cama, mientras oía el disco de la orquesta de Count Basie interpretando a los Beatles.

En la calle todo era calma y paz hasta que algo horrible sucedió: de pronto se armó una balacera en la calle "Mis coquitos" donde queda el apartamento que habita Eduardo. Balas iban y venían con nuestro amigo arrebujado entre sábanas y almohadas.

Eduardo oía el tiroteo y lo escuchaba con la comodidad de quien escucha algo ajeno, algo que no es de su incumbencia, pero en un instante esa distancia se rompió. Uno de los vidrios de su cuarto estalló en miles de cristales que, como filosas gotas, ahogaron la alfombra. Sin pensarlo mucho, Eduardo se lanzó al piso para protegerse. Irónicamente, el disco mantenía su giro en Yesterday, en esa maravilla de canción compuesta por Paul Mc Cartney.

El tiroteo duró veinte minutos en la calle. Cuando todo acabó, Eduardo se levantó del piso frío y encendió la luz. Al ver su cama, sintió un corrientazo surcándole la columna vertebral. El colchón tenía un hueco de cinco centímetros de diámetro en todo el centro.

Al verlo, Eduardo metió la mano y encontró un trozo de plomo gris y abollado que era, a todas luces, una bala perdida.

Si Eduardo hubiese estado durmiendo, no nos habría contado este horrible cuento de la vida real.


A HARD LORO

Y ahora, damas y caballeros, para no ser tan sobrios (porque miren que el exceso de sobriedad lo vuelve a uno gris), aquí les traigo un cuento.

Resulta que ayer, mi loro Raúl me ayudó a realizar una importantísima labor en la cocina de mi casa.

La tapa del sumidero estaba floja y la muchacha de servicio, quien baila cuando pasa coleto, hizo que la mencionada tapa volara por los aires, dándole puerta franca a las ratas, a las cucarachas y a las alimañas del mundo entero para que entraran a mi apartamento del piso 7.

En la mañana, le pedí a Raúl, mi loro cara sucia, que me ayudara a buscar la tapa. Él afirmó con la cara más seria del mundo que seguro estaba debajo de la lavadora. Yo no le creí, pero él, obstinado como siempre, me dijo con su voz de loro que me esperara un momento porque él buscaría refuerzos para comprobar su hipótesis.

Raúl encendió un puro que le trajeron de Cumaná, abrió la puerta y salió muy circunspecto a la calle. Yo me quedé tranquilo en mi casa, denostando por lo bajo a mi loro, quien se fue y me dejó buscando la pieza que nos separaba a mi esposa y a mí de la suciedad. Entonces, como a los 5 minutos, sonó el timbre y de pronto se abrió la puerta. Era Raúl con los tres loros que lo acompañan en sus borracheras de los viernes. Sin siquiera saludarme se fueron a la cocina, y entre los cuatro, cargaron la lavadora.

—¡Ahí está, coño de tu madre! ¡Te lo dije! ¡Ahí está! —Me gritó con su voz tunante.

Yo, sin decir nada, me arrodillé, miré debajo de la lavadora, metí el brazo y saqué la tapa del sumidero.

Luego sin decir nada, Raúl y sus amigotes bajaron la lavadora y la dejaron en su puesto.

Como a la media hora me llamaron para que me tomara una cerveza con ellos y les pidiera perdón por mi desconfianza.