jueves, agosto 04, 2005

UNA VOCECITA

Para los artistas, las obras del pasado suponen una fuente inagotable de ideas, pero para los espectadores comunes y corrientes representan unas cordenadas con las que se le da sentido a la vida y se crean referencias de todo tipo. Así los códigos de barras nos recuerdan las obras cinéticas de Soto; las latas de sopa, las etiquetas y los empaques de los productos en el supermercado nos remiten al Pop Art (cosa que en algún momento fue al revés); las mujeres de narices torcidas y huesos largos envían nuestros pensamientos a los cuadros de Picasso; las miríadas de luz de una pantalla electrónica nos lanzan con violencia al recuerdo de un mosaico bizantino; unas nalgas voluptuosas y solazadas en su propia celulitis nos traen a la memoria al gran Rubens; una estancia oscura apenas iluminada con velas nos remite a los cuadros de Caravaggio, un traje de Versace, a los cuadros de Botticelli; una larga e interminable despedida luego de una fiesta o de una reunión invoca siempre al Ángel exterminador de Buñuel...

Y así podríamos continuar largo rato, buscando referencias.

Al final, nuestra vida adquiere sentido cuando la cotejamos con las obras de arte que conocemos. Para eso sirven los artistas: para ayudarnos a crear standards y puntos de comparación.