miércoles, agosto 10, 2005

A MÍ SÓLO ME SONRÍEN LAS BORRACHAS

La moto se deslizaba sobre el viejo asfalto caraqueño. Fronio conducía con ánimo plácido la hermosa Vespa anaranjada que hacía que el paisaje de siempre le pareciera una maravilla de luz y placer. A cada vuelta de rueda, Fronio se imaginaba que su paseo era por Roma y así aparecían ante sus ojos verdes el Panteón, San Pedro, la Fontana di Trevi y el Foro de Trajano.

Fronio iba feliz en su avispa Vespa sin alas y sin enjambre de tráfico porque era domingo, y los domingos son igual de aburridos en todas partes. Por eso Fronio había decidido visitar a Enzo y vivir en calma su único día libre de la semana. Quería almorzar tortellinis en salsa vongole o raviolis al pesto y sentarse a ayudar a su amigo a arreglarle los faros rotos al viejo Fiat de la casa. El domingo era un día perfecto en casa de Enzo porque todo el mundo se iba a la playa y los dos amigotes podían pasar el tiempo contándose cosas frente al mapa, tomando vino y oyendo música.

Fronio llegó a la hora de siempre, tocó el timbre como siempre, destapó la botella de vino como siempre y puso la moto en el mismo sitio de siempre. La única diferencia con respecto a otros domingos es que esa vez Fronio se trajo una pequeña y añeja maleta negra de la que sacó un muñeco pelirrojo que fue la sensación de la tarde. Enzo estaba encantado con el muñeco y con que Fronio le explicara cómo era eso de aprender a hablar por la tapa de la barriga sin mover los labios.

La verdad era que Fronio estaba comenzando a aprender el arte de la ventriloquía y no podía explicarle muchas cosas a su amigo porque apenas y había leído los dos primeros capítulos del manual que explicaba cómo ejercer con solvencia el arte de animar lo inanimado.

Y entonces aquella tarde comenzó muy bien entre el manoseo del muñeco, la descorchada del Masi Bardolino 1997 y la reparación de los faros del Fiat reventados en un accidente que Enzo contó sin dejar de lado la faena, la copa y las herramientas.
—Nada. Yo me fui a buscar a Vera un poquito más tarde de la hora convenida y en un dos por tres ya estábamos discutiendo. Tú sabes cómo es la vaina. Cuando uno no se da cuenta de algo, de un detalle, de un cambio en el peinado, de una sacada de cejas o de lo que sea, se arma la grande, se arma el peo porque uno es un distraído y un coño de madre que no está pendiente de ellas sino de otras vainas menos importantes. Pero yo ayer no tenía ganas de pelear. Palabra que no tenía ganas de pelear. Yo la escuchaba y la escuchaba y no respondí ni uno sólo de sus ataques. Yo, lentamente, fui haciendo que el Fiat se fuera, como quien no quiere la cosa, por la autopista hacia El Valle. Tú sabes. Hacia allá; bien lejos; hacia la Panamericana; hacia donde uno va y hace la gracia... Yo manejaba y Vera me decía y me decía cosas que yo no oía porque me estaba haciendo el loco, el guasinaris, el yo no fui, hasta que llegué y detuve el carro en el motel con nombre de ciudad norteamericana al que vamos siempre y pasó lo que tenía que pasar: que Vera dejase la vaina, se bajara del carro calladita la boca y se tragara su rabia contra mí, que si a ver vamos no hice sino tardarme un poquito más de la cuenta por andar viendo el partido de fútbol que terminó una hora más tarde por culpa de la lluvia.
—Ajá y ¿cómo fue que le rompiste los faros al carro? —Preguntó Fronio con la copa de Barsolino en la mano izquierda y con el muñeco en la mano derecha—. Porque déjame decirte que, según lo que me has contado pareciera que Vera le cayó a patadas a esos bombillos.
—Nadie me va a creer que en el hotel nos fue de lo mejor; que nos dimos unos besos; que gozamos una bola inventando vainas y que el lío de las luces vino después, en la carretera... Resulta que luego de cinco horas de dulce encierro... Pásame el alicate, hazme el favor... Luego de cinco horas de encierro nos vamos y nos montamos en el carro, cogemos carreterita vía Caracas, todo bien y de repente prás, prás, prás... Tremendo coñazo. No sé de dónde carajo, Fronio querido, salió de esa carretera un cocodrilo con el que chocamos y le rompimos los faros al carro.
—¡Coño, qué mentiroso eres! ¿Cómo va a haber un cocodrilo en la carretera Panamericana? ¿Tú te volviste loco? ¿No habrás pisado a un borracho?
—No. De verdad. Era un cocodrilo. Pregúntale a Vera. Era grandísimo y venía cruzando la vía. ¿Tú crees que a mí se me ocurriría semejante vaina?
—Francamente sí.
—Yo no soy tan mojonero.
—¿No? ¿Y la vez que me dijiste que te ibas a Madrid por un año y te despediste de todos con besos, abrazos y hasta con lágrimas y después, a los dos días, agarro y te veo muy orondo caminando por Plaza Venezuela.
—Eso fue un error de la agencia de viajes.
—¿Y la vez que nos dijiste que estabas produciéndole un disco a un grupo argentino en las Bahamas?
—Eso fue verdad.
—¿Verdad?
—Sí, tan verdad como lo del cocodrilo.
—Coño, Enzo, ¿cómo va a ser verdad un cocodrilo caminando por la Panamericana? Sé decente, caramba. La carretera Panamericana no es ni de vaina como Miami o como un lugar de ésos, donde hay cocodrilos por todas partes.
—Tú di lo que quieras, pero anoche atropellamos a un cocodrilo.
—¿Y quién puso ese bicho ahí?
—Yo no sé, pero ahí había un cocodrilo.
—Sí, seguro los malandros de la zona están criando lagartos con fines delictivos.
—¿A qué te refieres?
—A que esa gente cría cocodrilos para lanzarlos a la carretera y producir accidentes que hagan que los conductores se bajen de sus carros y así poder asaltarlos.
—¿Qué comes que adivinas? Eso fue lo mismo que yo pensé.
—¿O sea que después que atropellaste al cocodrilo, salieron tres tipos de los matorrales. Uno te apuntó a la cabeza, otro agarró a Vera y la violó detrás de un arbolito y el tercero le puso un cepo y una cadena al saurio y se lo llevó para su casa?
—No exageres, coño. Así tampoco fue la cosa.
—¿Y entonces cómo fue, “míster exagerado”?
—Atropellamos al bicho y ya. Nos detuvimos un momento y lo vimos sacudiéndose todo. Yo no creo que lo hayamos matado. En verdad no íbamos ni a sesenta.
—Ahh... Si lo que me acabas de contar es verdad, es un buen cuento y si es mentira, también.

Los dos amigos continuaron tomándose la botella de vino. Enzo terminó de arreglarle los faros al Fiat y Fronio continuó manipulando el muñeco de ventrílocuo que lo miraba y parecía preguntarle que cómo era posible que perdiera el tiempo de aquella manera tan estúpida. Fronio ejercitaba su mano derecha dentro del muñeco y de inmediato éste parecía cobrar una vida independiente, una vida de ser humano con ojos que te helaban la sangre cuando te le quedabas mirando mucho tiempo. Fue ahí cuando Fronio se vio a sí mismo como un tonto que se la pasaba hablando estupideces con un sujeto que vivía contando mentiras de cocodrilos y hoteles lujuriosos donde todo era risas y luces de neón sabrosas. Fronio miraba al muñeco y pensaba que cómo era posible que él gastara sus domingos jugando a preguntarse —a la manera de un concurso para necios sin oficio— dónde quedaban las capitales de los países más raros del mundo frente al enorme mapa de la biblioteca del papá de Enzo. Y la explicación era ninguna; era que él, en la superficie y no en el fondo, era un vago, un fracasado que soñaba con aprender a ser ventrílocuo e irse a Inglaterra a una escuela de circo donde aprendiera a ser el mejor ventrílocuo del mundo y quizás a ser el trapecista que trabajase con una mujer gorda que lo cargara a él y que lo ayudase a hacer sus rutinas sobre un trapecio a unos cuantos metros de altura. Y entonces se dio cuenta de que tener a ese muñeco era como tener en frente, y en plan de espectáculo, al Corazón de Jesús que su mamá había colgado en la pared principal de su casa a modo de recordatorio espiritual para la familia, a modo de conciencia para que te portases bien y no imaginaras cosas horribles nunca, so pena de que del Corazón de Jesús brotara sangre de verdad y el propio Jesucristo allí pintado llorase lagrimones salados.
—¿Y la niña con la que estabas saliendo? —Preguntó Enzo.
—Debe estar bien.
—¿Qué le pasó?
—Nada. A mí sólo me sonríen las borrachas.
—Qué bonita frase.
—Y lo peor es que es real.

Los dos amigos continuaron en la misma onda toda la tarde. Enzo puso a hervir el agua para los espaguetis, trajo unos discos y colocó algunos en el equipo para que sonaran y les hicieran la vida más amena. Fronio pasó el resto del día mirando y moviendo a su muñeco.