martes, julio 19, 2005

LOS LOROS TAMBIÉN SE VAN DE FARRA

Damas y caballeros, el domingo en la mañana Raúl, mi loro, aprovechó uno de mis parpadeos y se fue volando por la ventana.

Durante todo el día no pudimos rescatar a Raúl. La pasamos entre muertos de la risa y lamentándonos porque el loro del coño ése no hizo otra cosa que pegar chillidos desde el techo de la parte de atrás del edificio. Como era de esperarse, nadie nos ayudó. El conserje tiene salida para ese techo, pero no tiene escalera. El que sabe donde está la escalera, no tiene la llave. El que tiene la llave se fue a la playa... Y así.

El caso es que durante todo el domingo Mariana y yo decidimos no amargarnos la vida por el loro. Si lo volvíamos a ver, bien, y si no, pues se jodió.

El domingo transcurrió con el loro chillando abajo. Quizás tuviera hambre o se estuviese refocilando con una paloma... Quién sabe. Lo cierto es que no dejó de gritar a todo gañote hasta que el sol comenzó a descender.

Así pasó la noche entera.

Mariana me preguntaba a cada rato que qué pasaba si el loro se topaba con un gato... Yo le decía: "nada, mi amor. Llegará al cielo de los loros. Duérmete tranquila".

Amaneció y Raúl comenzó a chillar, como hace todos los días.

Ya estábamos prestos para bajar a buscarlo (claro, primero enfrentándonos a la burocracia del edificio en pos de la escalera), cuando Mariana se asomó a la ventana y lo vio en el primer piso del edificio de al lado montado en un tendedero. Así que nos fuimos para allá, tocamos el timbre del apartamento 11 y nos abrió una señora italiana de lo más amable. Le explicamos, nos dijo que ahí ciertamente estaba el loro y nos abrió la puerta.

Cuando el loro nos vio, empezó a pegar brincos de contento. Lo agarramos y nos devolvimos a la casa... Todo eso a las 8 de la mañana.

¡Joder!