domingo, junio 19, 2005

UN NUEVO GÉNERO

La idea de las deponencias nació en 1997, cuando la Escuela de Filosofía de la Universidad de Los Andes nos invitó a Enrique Enríquez y a mí a participar en un Simposio Internacional de Estética que se celebró en Mérida entre el 25 y el 29 de noviembre. Nos invitaron para que conversáramos con el público sobre nuestra experiencia artística que, a la sazón, era poco tradicional y generaba más resultados polémicos que estéticos... Por esos días andábamos haciendo girar buena parte de nuestras neuronas y de nuestro trabajo alrededor de una idea muy seductora: el cruce entre el arte y los medios de comunicación, y la mejor manera que encontramos para divulgar nuestros descubrimientos en ese terreno fue organizarlo todo para transmitir un programa de radio desde el propio Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Ímber, en el marco del III Salón Pirelli de Jóvenes Artistas.

Enrique y yo diseñamos un espacio de humor con entrevistados y distintas secciones que se llamaría Corte de Pelo. El plan era transmitirlo todos los domingos de 12 del mediodía a 1 de la tarde por 92.9 FM, el tiempo que durase el Salón Pirelli. Lo único extraño de la producción era hacer radio en vivo ahí, en pleno museo, sentados en unas sillas a la vista del público. Para resolver esa tensión y convertirla en fortaleza, Enrique y yo nos fuimos a una tienda de disfraces y nos compramos un par de pelucas de goma que utilizaríamos en cada emisión de nuestro programa desde el museo. Debo decir que recuerdo Corte de Pelo como una de las experiencias más enriquecedoras de toda mi vida, y eso porque era la primera vez que hacía radio y porque era la primera vez que me veía dentro de los afanes del espectáculo con peluca amarilla incluida...

Desde el punto de vista de la producción, Corte de pelo fue un programa exitoso. La idea central era entrevistar a nuestro invitado y ponerlo a actuar en un radioteatro, aparte de pedirle que nos contara un cuento en el que debían aparecer dos o tres elementos que nosotros le señalábamos... Hagan ustedes el ejercicio. No es nada fácil que alguien venga y te diga que tienes que contar una historia de un minuto en la que aparezcan un camello, un asta de bandera y un par de calzoncillos...

Pues bien, por andar haciendo este tipo de gracias en el museo, Mauricio Navia, de la Escuela de Filosofía de la ULA nos invitó a su simposio. Allí nos vimos en la obligación de escribir algo que justificara la auténtica amabilidad que esos profesores nos prodigaron al invitarnos a ese serísimo encuentro de filósofos. Desde un principio, Enrique y yo estuvimos de acuerdo en todo lo que queríamos decir. El contenido de nuestra participación no nos preocupaba. El problema era cómo divulgarlo sin la típica aridez que despliegan todos los conferencistas y todos los académicos que preparan un material muy bien escrito durante un rato que se hace más o menos eterno, dependiendo de lo fastidioso del tópico tratado. Después de darle vueltas al asunto, nos dimos cuenta de que la mejor manera de participar en ese evento era haciendo lo mismo que hacíamos todos los domingos en la radio. La única diferencia es que esta vez prepararíamos un guión para ser leído en su totalidad, sin improvisaciones ni espacios en blanco. El éxito de lo que íbamos a hacer dependía del equilibrio entre el texto, que para nosotros debía ser a la vez denso y chistoso, y la entonación con la que lo leeríamos. Así nuestra presentación estaría a tono con lo que estábamos postulando y haríamos algo que no aburriera al público. Quizás en este último punto radique el principal encanto de las deponencias. El hecho de estar diseñadas para no aburrir hacen que su lectura en público (en medio de conferencistas, panelistas, moderadores y demás intelectuales de oficio) sea tomada siempre con regocijo. Además, en ellas siempre existe espacio para la reflexión seria, para la parodia de otros géneros, para el comentario agudo y para el cuento.

En el fondo, “nuestro invento” no es más que una variante del guión radiofónico, de la ponencia, del performance y del discurso público típico de políticos y autoridades en general. Sin embargo, lo que le da fuerza es tener elementos de todos esos géneros y no ser propiamente ninguno de ellos. Al final las dos cosas que terminan de darle vida propia a las deponencias son el elemento humorístico y el deseo de decir verdades desnudas (o con poca ropa) en vivo, en un espacio donde mucha gente las oiga. Por eso le pusimos ese nombre: “deponencias”... En el fondo hay un deseo morboso, casi escatológico, por decir barbaridades, por mezclar géneros, por divulgar mensajes que por igual se manejan en distintos registros y se adaptan a distintos públicos.


Primera deponencia
27 de noviembre de 1997
Centro Cultural Tulio Febres Cordero, Mérida, Venezuela

Enrique: Señores representantes de las autoridades universitarias.

Roberto: Comité organizador del Simposio Internacional de Estética.

Enrique: Ponentes que han venido del exterior.

Roberto: O los que vinieron por Venezuela como Zapato 3 en el concierto de Soda Stereo...

Enrique: Filósofos en uso o en desuso.

Roberto: Investigadores fatigables o infatigables.

Enrique: Artistas curados o sin curar.

Roberto: Curadores en busca de cariño.

Enrique: Fanáticos del Magallanes.

Roberto: Fanáticos del Caracas.

Enrique: Estudiantes interesados.

Roberto: Estudiantes obligados a venir.

Enrique
: Autoridades en lo civil.

Roberto: Autoridades en lo contencioso administrativo...

Enrique: Ánima de Lady Di...

Enrique y Roberto: ¡Buenas días!

Enrique: Antes de proseguir, les recordamos a todos aquéllos que nos escuchan aquí, en vivo y directo, desde el Centro Cultural Tulio Febres Cordero...

Roberto: En este Simposio Internacional de Estética...

Enrique: Que esta deponencia llega a ustedes gracias a Estética Magalys...

Roberto: Lo mejor en limpieza de cutis, masaje y depilación con cera fría.

Enrique: Esta deponencia también llega a ustedes gracias a CAAAARNE.

Roberto: Una publicación que circula mensualmente encartada en el periódico Urbe porque “chaborro es vanguardia”.

Enrique: Y que trata de constituirse en un espacio disponible para todo aquél que esté interesado en la idea de un cruce entre la noción de artes plásticas y los medios de comunicación.

Roberto: ¿Para qué vamos a ir a un museo, si en una revista hay imágenes y sensaciones más fuertes y más reveladoras que en una exposición tradicional?

Enrique: Y nadie te dice que no se puede fumar.

Roberto: Además, una revista es más barata que una obra de Eugenio Espinoza.

Enrique: CARNE también tiene para ustedes los Productos Carne, diseñados por el Profesor Joaquín Ortega en el FCI (Frankfurter Carne Institute) en su sede de Mucurubá.

Roberto: Productos Carne tiene para usted el Esteticómetro...

Enrique: El único medidor de vivencias estéticas que usted puede conectar a la obra de arte y saber cuánta densidad poética está sintiendo al encararse con aquella propuesta.

Roberto: Este artefacto funciona con dos bornes, una agujita y un medidor que le indicarán si usted debe tomarse un Lexotanil para no morirse contagiado por la angustia del hombre contemporáneo ante la soledad del espacio pictórico.

Enrique: Y bien amigos, ya entrando en materia nos pidieron que viniéramos aquí a hablar de arte y estética y no sabemos si podemos hacerlo.

Roberto
: Sobre todo porque yo, desde chiquito, no he visto nada de eso en este país.

Enrique: Vemos sí, un gran interés de algunos sujetos tal vez poco aptos para estudiar ingeniería, medicina o contabilidad...

Roberto: Que nos han montado un gran simulacro de movimiento cultural, igualito al de cualquier otro país del mundo.

Enrique: No sabemos si nadie, en un país como éste, necesita pintores ni danzarinas de ballet, pues pensamos que tal vez su existencia sólo se explique a través de un fenómeno al que hemos dado en llamar el “Síndrome del ñame y la sandalia”.

Roberto: Desde hace algo más de un año, la moda ha decretado de buen gusto el que las mujeres usen unas sandalias de escasísimo cuero y elevados tacones, cosa que ha sido asumida por nuestras damas con rapidez y regocijo, supongo que un poco por nuestros calores...

Enrique: Y otro tanto porque de algún modo esta prenda repotencia a la “mamita” que cada uno lleva adentro.

Roberto: Pues bien, a nosotros nos llama la atención que este objeto tenga un poder tan definitivo a la hora de legitimar “la belleza” de una dama, que su uso llega a pasar inclusive por encima de la más mínima noción estética.

Enrique: Con espeluznante frecuencia, se topa uno con mujeres en la calle cuyos juanetes optan fácilmente a la categoría de sexto dedo y que sin embargo portan unas sandalias lo más descubiertas posibles, dejando ver unos pies que aclaran completamente la figura metafórica del ñame.

Roberto
: Y nos resulta sumamente curioso este modo de pensar en el que se asume sin revisarlo dos veces que al portar una sandalia ya se es bella, aun cuando se oponga ese concepto de belleza a la noción estética que supuestamente venden esos mismos objetos de consumo; o que al andar con el ombligo afuera ya se encaja con el patrón estético imperante, independientemente de si se tiene grasa en la barriga.

Enrique: O que al cumplir con un horario de trabajo ya se trabaja; o que si tenemos ópera, pintores, escultores, libros y ballet, tenemos actividad cultural.

Roberto: Si intentásemos leer al país desde las manifestaciones artísticas que en él han sucedido...

Enrique: Tendríamos una radiografía perfecta de cómo es París o Nueva York, pero nunca podríamos desentrañar cuál es la verdadera naturaleza de lo venezolano.

Roberto: A menos que nos contentemos con diagnosticarnos como un país eternamente dependiente y por lo tanto estéril en lo cultural.

Enrique: Espérate, Roberto, recuerda que en estas conferencias siempre es bueno citar a alguien.

Roberto: Bueno, entonces... como dijo Charlton Heston en la última escena del Planeta de los Simios: “Lo hicieron, malditos, lo hicieron”.

Enrique: En todo caso, si nos permitimos toda esta digresión signada por la moda es porque vemos en esa actitud algo que conspira contra la posibilidad de que nuestros objetos artísticos devengan en productos culturales. Para seguir citando, como dijo Sadel en Hojas Mustias: “estamos sentenciados en el foso del olvido”.

Roberto: Un producto cultural es un objeto comunicativo y mercadeable, capaz por sí solo y por el ordenamiento de sus formas de hablar de la sociedad que lo genera.

Enrique: En Venezuela los artistas fabricamos objetos artísticos sustentados en la premisa de legitimarnos como artistas, de que nos crean. Hacemos lo mismo que se hace en otras partes y manejamos los mismos códigos y materiales para parecer tan artistas como los de aquellos países que veneramos. Venezuela es la Etiopía de las ideas.

Roberto: Nosotros dos no estamos muy seguros de poder hablar de “esa cultura” porque no estamos interesados en ese proceso de legitimación personal.

Enrique
: Nos interesa la idea de producto cultural como una herramienta que ayude al individuo a relacionarse con su contexto, llámese éste nación, país, territorio, hogar...

Roberto: Nos interesa la idea de producto cultural como herramienta fundamental en la confección de la noción de identidad.

Enrique: Un producto artístico siempre llama a lo poético, a lo inaprensible, a lo yermo.

Roberto: En cambio, un producto cultural es algo mucho más complejo. Su ambición no es apenas generar un goce estético, sino el aglutinar una serie de valores (históricos, tradicionales, culturales) con los que un grupo humano se sienta plenamente identificado.

Enrique: Los países medianamente organizados poseen elementos que le permiten al individuo común sentirse parte de un espíritu colectivo con una manera de ver el mundo; en fin, le da un criterio de pertenencia a una nación.

Roberto: ¿Y nosotros aquí qué producimos?

Enrique: Nosotros sólo producimos la negación de lo que produjimos, o como diría Charles Chaplin:

Silencio. Roberto y Enrique se limitan a abrir la boca y a no decir nada durante unos cuantos segundos. Luego comienzan a leer...

Roberto: En ese contexto de nada, sólo pueden surgir manifestaciones espontáneas pero inocuas y débiles a la hora de cargar consigo la responsabilidad de representar una cultura.

Enrique: Como por ejemplo, la pasión venezolana por la fiesta, el único elemento que homologa nuestros intereses. El único proyecto colectivo exitoso y sostenido a lo largo de años.

Roberto: A ese respecto, y como diría el Doctor en Ciencias Políticas Carlos Abreu: “fichera fea se muere de hambre”.

Enrique: Y bueno, amigos, no olviden que esta deponencia es cortesía de Tomás Beteta, Doctor en Cirugía Estética...

Roberto: Que no se diga que Beteta dejó sola a una dama en su lucha por sus lolas...

Enrique: ¡Muchacho, vas a tener que ir a la Bienal de Literatura, aquí mismo en la Mariano Picón Salas!

Roberto: Y volviendo al tema...

Enrique: Tal vez en Venezuela no haya malos artistas o autores, sino malos publicistas. Malos especialistas en el trabajo de potenciar esas manifestaciones artísticas para amplificarlas y situarlas en capacidad de oponerse a la avalancha de productos culturales foráneos.

Roberto: La herencia izquierdosa de nuestros intelectuales, que los ha llevado a desdeñar los medios de comunicación y a verlos como elementos satánicos, nos ha situado en la posición de consumidores de cultura, de eterno público.

Enrique: O como diría Oscar Yanes; “de asomados”.

Roberto: Se nos ocurre pensar que, asumiendo los medios de comunicación como material a ser intervenido por el artista, estaremos en capacidad de amplificar la figura del creador como constructor de conciencia.

Enrique: Lamentablemente, nuestros creadores e intelectuales no están entrenados para insertarse en los medios de comunicación.

Roberto: ¿Pueden imaginarse a un filósofo conduciendo un programa de radio o de televisión?

Enrique: ¿Te imaginas a un filósofo narrando un partido de béisbol, o una pelea?

Roberto: Aquélla donde Tyson le arrancó la oreja a Hollyfield, para citar a Carlos Zerpa...

Enrique: Sería algo así (poner voz de filósofo): En el inconmensurable tropos poiético y poético del cuadrilátero cuadrado, están, o más bien son (porque una cosa es ser y otra estar) los dos gladiadores, descosiendo la meta-costura de sus guantes densos y acompasados al son del movimiento telúrico y metempsicótico de los brazos...

Roberto: Que golpean transvanguardística y metafóricamente a la conciencia vivencial, vívida y yuxtapuesta del oponente antitético.

Enrique: De pronto, Tyson abraza y constriñe el ser y la nada post ontológica del verbo hecho carne del pobre Hollyfield...

Roberto: Y le muerde epicúreamente el lóbulo de la oreja dionisíaca y luego la expectora y la esputa con soberbia hibris...

Enrique: Y lo peor es que está hablando de un negro que se comió a otro negro.

Roberto: ¿Por qué crees tú que aquí en Venezuela nunca veremos una valla gigante en la autopista con la cara de Rafael Cadenas anunciando su nuevo libro de poemas?

Enrique: La respuesta que un típico intelectual venezolano daría a esa pregunta es que eso no es así en ningún otro lugar del mundo, y que como eso no pasa allá, no tiene por qué pasar aquí.

Roberto: El problema es que nos negamos a imaginarnos el mundo distinto a como es.

Enrique: Esa es la perfecta definición del bruto.

Roberto: ¿Cuál?

Enrique: La incapacidad de desprendernos de los paradigmas.

Roberto: Como diría Cirilo, el negrito de Carrusel (en mexicano): “nooo, yo decía”...

Enrique: Concretando, en un contexto de fin de siglo donde para algunos la noción de goce estético ha mutado del goce individual frente a la obra de arte a una experiencia de goce compartido que nos hace sentir parte de “algo”, se hace inevitable revisar la idea de objeto artístico y confrontarla con la idea de modelo de comunicación.

Roberto: El objeto artístico está hecho en la soledad y lamentablemente va a parar a la soledad. No necesita un modelo de comunicación a través del cual vehicularse. En cambio, el producto cultural vive y se hace desde una estructura mediática sin la cual pierde toda fuerza y todo interés.

Enrique: Un objeto artístico posee una significación poética individual innegable, pero estructuralmente es incapaz de trascender esa individualidad. Un buen producto cultural, para ser asumido como tal, debe poseer una significación estética (si quiere ser leído desde ese punto de vista), pero estructuralmente trasciende lo individual y reformula la relevancia del fenómeno cultural frente al individuo y a lo cotidiano.

Roberto: Tómese como ejemplo Los Simpsons. En esa serie (o si se prefiere, en ese producto cultural) el trabajo sobre las formas (el trabajo estético) es de una calidad innegable y a la vez, su valor comunicativo tiene la fuerza suficiente para aglutinar los valores de casi todo el mundo occidental...

Enrique: Curiosamente partiendo de un discurso absolutamente local... El creador venezolano desdeña lo local; desdeña su propio entorno como sujeto y objeto de su reflexión; habla de lo universal como punto de partida y al final genera productos frágiles.

Roberto: Los Simpsons es un producto universal construido sobre la base de referencias locales.

Enrique: Incluso podríamos afirmar que Los Simpsons constituye una manifestación cultural costumbrista...

Roberto: Que al ser vehiculado a través de un sistema de medios de comunicación de un país que le da importancia a los medios, es capaz de seducir a cualquier individuo del planeta.

Enrique: Esa seducción se puede constatar, aparte de la maravillosa serie televisiva, en cachuchas, franelas, juegos de video, vasos, discos y cuanta chuchería sea posible imaginar.

Roberto: Como dijo Neil Armstrong: “Échate Irudoid”.

Enrique: En Venezuela los medios de comunicación están desatendidos.

Roberto: Están en manos de gerentes y de periodistas que subestiman al público...

Enrique: No hay conciencia verdadera de su alcance; se supone que apenas sirven para informar y recrear...

Roberto: Dejan vacío el espacio y se convierten en amplificadores ideológicos de estructuras de poder más organizadas que la nuestra.

Enrique: Ni los gerentes ni los dueños de medios ni el poder político venezolano se han percatado de que quien dicta al individuo lo debe esperar de la realidad, y cómo debe relacionarse con ella, es el medio de comunicación.

Roberto: Y como aquí nadie está preocupado por eso, ese control viene desde afuera.

Enrique: Sólo así se explica que en Maracaibo haya galanes que usen chaquetas de lana.

Roberto: Y que invariablemente todas las mujeres piensen que están gordas porque no son como las muchachas de Bay Watch.

Enrique: Por citar sólo dos ejemplos tontos.

Roberto: Sólo puede calificarse como un gesto irresponsable la ausencia de intelectuales en los medios de comunicación.

Enrique: De irresponsabilidad y de comodidad.

Roberto: Nos resistimos a imaginarnos al artista como un sujeto dedicado a la decoración de interiores...

Enrique: Lo suponemos idóneo, por su entrenamiento y por su sensibilidad, para influir sobre la calidad de los mensajes que se transmiten a través de los medios.

Roberto: La responsabilidad de la pobreza formal y conceptual e nuestros medios de comunicación...

Enrique: Y por lo tanto del carácter frustrante de nuestro contexto...

Roberto: Es nuestra.

Enrique: Nuestro arte autocomplaciente y onanista no le interesa a nadie, simplemente porque él mismo no está interesado en nadie más allá del pequeño grupúsculo de supuestos entendidos.

Roberto: Sólo en ese gueto el simulacro resiste.

Enrique: Hay que erradicar del vocabulario de nuestros creadores las frases: “no me comprenden”, “aquí no hay interés por el arte”, “es que aquí no hay las condiciones para hacer lo que yo quiero”.

Roberto: Como dijo Clint Eastwood: “Yo sólo lo hago con humanos”.

Enrique: Como dijo Tin-Tán: “Lo que vaya a pelarse, que se vaya cociendo”

Roberto: Como dijo Cantinflas: “¿Cómo dice que dijo?”

Enrique: Como dijo Freddy Galavís: “A la mía que le pongan huevo”.

Roberto: Como dijo mi vecinita: “Mamá, cómprame un Tamagotchi”.

Enrique: Como dijo Doña Florinda: “Vámonos, Tesoro, no te juntes con esta chusma”.

Roberto: Y como dijo el Doctor en Ciencias Políticas Carlos Abreu...

Enrique: Y ésta sí es de verdad...

Roberto: El problema que hay con lo bellas que son las mujeres merideñas...

Enrique: Es que no hay tiempo para amarlas a todas.

Enrique y Roberto: Gracias.