sábado, junio 18, 2005

¡MALDITOS, LO HICIERON, MALDITOS!

Últimamente, cuando paseo por Caracas, me da por rememorar a Charlton Heston gritando “¡malditos, lo hicieron!” al final del Planeta de los simios. El lector recordará que Charlton Heston gritó a todo gañote semejante jaculatoria llorando frente a la Estatua de la Libertad derruida en una playa del futuro, cuando se dio cuenta de que el planeta donde estaba era la Tierra luego de una masacre nuclear. Cada vez que paseo por Caracas y veo los iconos arquitectónicos de mi ciudad convertidos en ruinas, grito lo mismo que Charlton Heston y le agrego un “otra vez” resignado porque sé que a la vuelta de la esquina volveré a recordar la escena final de la bendita película de los monos, que dicho sea de paso, me da dolor de cabeza cada vez que la veo.

Aquí en Caracas los edificios más hermosos no envejecen. La música de los taladros no los deja. Es como si le tuviéramos asco a lo vetusto, a lo que hay que cuidar. Resulta horroroso ver cómo los edificios que alguna vez fueron orgullo de nuestra ciudad se encuentran hoy sólo en las fotos de los libros de arquitectura. Es obsceno también que la gente que no mueve un dedo por cuidar nuestro patrimonio arquitectónico, vaya a otras ciudades del mundo y vuelva hablando maravillas de las construcciones antiguas que allá sí cuidan. No sé cómo no les duele tanta blandura de espíritu...

En Caracas tumban un edificio bello y funcional todos los días y lo peor es que no lo sustituyen por algo mejor, sino por un mamotreto horrible de dudosa calidad constructiva. En menos de un decir “seibó” arrasaron con las casas diseñadas por Mujica Millán en Campo Alegre y con los simpáticos conjuntos residenciales de Las Mercedes; tumbaron el edificio Galipán, comenzaron la demolición del Centro Comercial El Trebol en Los Dos Caminos y por si fuera poco, le arrancaron el portentoso indio a la fachada de la Tasca Maracaibo para sustituirlo por un anuncio de pollos en brasa. ¡Qué barbaridad! Lo peor es que este afán demoledor no ha terminado. Por ahí anunciaron la destrucción del Hotel Ávila... Seguro lo tumban y construyen un adefesio como el Sambil o como el hotel Four Seasons en Altamira, que si a ver vamos parece la poceta de Godzilla.

Yo quiero que alguien me explique por qué no restauran la estatua del Rey del Pescado Frito, por qué a las torres de Parque Central les crecen unos champiñones verdes en las paredes y por qué en las escaleras del piso 15 de la torre norte del Centro Simón Bolívar siempre hay miles de huesitos de pollo tirados en los escalones. También quisiera que alguien me explicara por qué aquí las construcciones se vuelven ruinas antes de ser inauguradas (verbigracia el “Partenón” de materiales prefabricados que queda en la avenida Casanova) y por qué todas las construcciones del estado terminan siendo meaderos públicos, como la sede de la Biblioteca Nacional al lado del mismísimo Panteón. ¿No será que somos unos insensibles que no cuidamos lo que tenemos? ¿No será, sencilla y llanamente, que somos unos cochinos?

No hay derecho a que el Hotel Humboldt esté cerrado y sin mantenimiento, a que la Universidad Central de Venezuela esté tan ruñida como está, a que haya que esperar a que en cualquier momento se produzca una desgracia (o a que Pedrito Fernández done su quijada para ponerla como cuña) en el puente de la autopista a La Guaira. Tampoco hay derecho a que las calles estén brotadas de buhoneros vendedores de porquerías (provoca soltar un león de El Pinar en la Plaza Bolívar) ni a que las escaleras mecánicas del Metro se echen a perder así, sin más ni más, sin que nadie proteste ni le duela la ciática.

Me niego a aceptar como normal que la vida en Caracas sea este salvajismo, este no querer nuestro patrimonio, este reventar paredes para no tener que repararlas, este eterno recordar a Charlton Heston llorando en su playa.