domingo, junio 05, 2005

LOS TRENES ELÉCTRICOS

Hace dos noches tuve uno de los sueños más interesantes que he tenido en toda mi vida. Soñé que sostenía en mis manos una pequeña maleta anaranjada en la que llevaba un tren amarillo de metal y plástico.

Yo iba por la calle con mi maleta, y a mí mismo, que era el dueño del sueño, me causaba curiosidad aquella imagen. Digamos que se apoderó de mí una extraña sensación de querer saber a dónde me dirigía dentro del sueño. Así que arrellané la cabeza en la almohada y de pronto me vi persiguiéndome a mí mismo por las calles voluptuosas de mi cerebro. En semejante actividad estuve un buen rato hasta que el Roberto Echeto soñado entró en el lugar más maravilloso de la tierra. Se trataba de una casa enorme donde había un mesón de madera gigantesco que cubría toda la extensión de la planta baja. Sobre esa tabla se dibujaban las líneas curvas y rectas de metros y metros de numerosos rieles de trenes a escala. Era un sitio donde tú llegabas pagando una cantidad exigua de dinero y podías poner a rodar tu propio tren en miniatura el tiempo que quisieras. Lo mejor era que había mesoneros que te traían sandwichs o refrescos, y tú podías pasar allí horas embebido con la belleza de tu tren o con la elegancia de los modelos de los colegas que estuvieran a esa hora rodando el suyo.

Cuando me desperté, sentí nostalgia verdadera. Había visto trenes hermosísimos. Vi locomotoras negras, vagones viejos y nuevos, trenes que eran reproducciones de trenes que eran reales en el tejido de mi imaginación... A todos los vi rodando alrededor de aquella mesa plagada de maquetas de colores delicados, y entonces me quedé en mi almohada, pensando que no tenía por qué sentirme triste. El Roberto del sueño la estaba pasando muy bien con sus trenes de juguete en una ciudad más divertida y más interesante que la mía.