jueves, junio 23, 2005

EL HOMBRE INTERMITENTE

Juan Atómico se movía rodeando con sus brincos y sus lances violentos al pobre sparring agobiado a golpes en el ring. En cada embestida del enorme boxeador, el pobre muchacho, con sus piernitas casi adolescentes, temblaba adolorido ante la vista y el silencio de Don Claudio, un empresario viejo, fúnebre y elegante que ofreció desde antaño la viva estampa del cáncer a quienes lo acompañaron en el negocio del boxeo.

Aquella tarde las cosas lucían aburridas. Juan Atómico derrumbó, como siempre, al sparring y a todos los que se pusieron los guantes para medirse con él en los combates de entrenamiento. Al mismo tiempo, un hombre gordo como de treinta años tocaba un cuatro en el rincón más oscuro del gimnasio. Una ola de calor reducía el aire a cenizas. Hacia las tres y media hizo su entrada Gorila luciendo con elegancia su máscara y un saco de lana gris. Venía jovial, sonriente, venturoso. Traía en sus manos un pequeño maletín negro y un sobre manila amarillo que dejó en una mesita frente al viejo chupado por su cigarrillo.
—¿Cómo está, Don Claudio? —Preguntó Gorila sacudiendo el sobre—. Aquí está lo que nos pidió. El jefe me dijo que se lo entregara en sus propias manos.

El viejo extendió uno de sus flacos brazos amortajados en una chaqueta oscura y atajó el delicado envío. En el ring, Juan Atómico bailoteaba burlándose del entrenador y del pobre muchacho noqueados en la lona.
—¡Don Claudio, a ver si me manda unos hombres de verdad! Éstos que me envió no comen completo —gritó el boxeador orgulloso.
—No te la eches, Juanito. El día menos pensado te atropella una gandola —repuso el gordo rasgando su instrumento.
—¿Qué quieres, Manteca? Suelta esa mierda y ponte unos guantes.

El viejo sólo miraba. Miraba a su boxeador y luego recorría con las cuencas huecas de sus ojos el techo sucio de aquel gimnasio. Cinco, diez, quince segundos le pasaron violentos en aquella actitud meditabunda. De pronto, algo le iluminó el rostro y le hizo sonreír mientras señalaba con la línea austera de su brazo a Gorila.
—¿Qué pasó, mi don? —Preguntó el duro mensajero desde su máscara, pero Don Claudio no contestó palabra. Lo único que hizo fue señalarlo y sonreírle con una mueca traviesa.

En ese momento, dos tipos vestidos de chaqueta oscura se acercaron a Gorila. Uno de ellos, el que cubría sus ojos con unos Rayban rayados, le dijo:
—Que dice el jefe que te subas al cuadrilátero.
—¿Quién? ¿Yo? —Preguntó Gorila.
—¿Quién más? —Contestó el otro de los sujetos.
—¿Yo?
—Tú mismo —y le mostró una navaja brillante que tenía empuñada en el bolsillo de la chaqueta.
—Pero, ¿y si no traje ropa?
—Eso lo arreglamos ahora mismo —dijo el de los lentes, llevándoselo a un vestidor contiguo al área donde se encontraban las gradas y el ring. En ese lugar desvistieron a Gorila, le dieron unos ridículos pantaloncillos azules que parecían de su talla y le colocaron unos guantes negros que pesaban como plomo. Cuando lo invitaron a quitarse la máscara y a dejarla colgada en un gancho de aquella sala mal iluminada, recibieron un no tan rotundo por respuesta que decidieron dejarle su rostro de hule. Así, con aquella estampa casi ridícula, salieron al cuadrilátero...
—Jefe, aquí está el hombre. No se quiso quitar la máscara. Si usted quiere se la quitamos― dijo el tipo de los lentes.
—Si me la quitan, no peleo un carajo y me voy a mi casa. ¿Ustedes creen que yo le tengo miedo a su navajita?

El viejo hizo una señal con el brazo. En realidad no le importaba para nada el hecho de que Gorila pelease con su máscara terciada en el rostro.
—¡Jefe, yo le pedí que me pusiera a pelear con un hombre de verdad, no con un mono!— Gritó Juan Atómico muerto de la risa.
—¡Ahí tienes a tu gandola! —Dijo Manteca afinando su instrumento musical.
—¡Qué gandola ni qué niño muerto! A éste también me lo despacho rápido.

Gorila se sentó en un pequeño banco que le ofrecieron en la que sería su esquina. Uno de los muchachos que le ayudó a colocarse el protector bucal se irguió como árbitro de la contienda. Cuando alguien tocó la improvisada campana hecha con una botella de Coca Cola vacía, Juan Atómico y su enmascarado contendor se fueron saltando al centro del ring. En ese instante, Gorila levantó los brazos y gritó:
—¡Un momento! ¡Paren este relajo! Yo no peleo, si no callan el cuatro.
—¡Manteca! —Espetó Atómico.
—Yo no peleo con fondos musicales. Esta vaina no es una película.
—¡Éste sí se queja! —Exclamó el de los Rayban.
—¿Qué quiere que haga, Don Claudio? A mí no me gusta la música... Además, aquí se supone que ustedes me colocaron estos guantes y estos calzoncillos para verme a mí, no al miserable fracasado que toca el cuatro.

Don Claudio miró alrededor y con una seña le pidió a Manteca que se sentara a su lado. Cuando el silencio se hizo en toda la sala, volvió a sonar la campana de la botella y al fin comenzó el combate. Gorila se cayó tres veces, pero al final le reventó la nariz a Juan Atómico y lo mandó al hospital con una hemorragia severa que avisaba fractura. Don Claudio no hizo sino reír a carcajadas hasta que tuvo que intervenir para evitar que el odio se propagara como pólvora en su gimnasio. Cuando todo estuvo arreglado, el viejo se dirigió con amabilidad a Gorila, le propinó una cachetada débil y paternal a la que agregó las gracias por haberle prodigado un rato de solaz a un inocente anciano. Luego le dijo que ya podía ponerse su ropa e irse cuando quisiera.

Gorila salió de aquel antro sintiéndose feliz de haber puesto en su sitio a un maldito afeminado de los que tanto abundan en este mundo enfermo de orgullo y estulticia salvajes.
Breviario galante; 2004.