lunes, mayo 23, 2005

RUBIAS FLOTANTES

Todas las mujeres están locas... Resulta que el S.S. Mauritania era un barco de bandera marroquí que venía cargado de cambures. La tripulación viajaba asustada porque lenta e inexplicablemente fueron desapareciendo todos los alimentos de la nave.

Al principio creyeron que dentro del mismo Mauritania venían unos polizones escondidos en las bodegas, en los camarotes o en las mismísimas salas de máquinas. El capitán ordenó una exhaustiva revisión del barco, pero pronto tuvo que desviar sus sospechas porque nadie encontró viajeros clandestinos en ningún área del inmenso carguero. Entonces se declaró el estado de emergencia: todos y cada uno de los miembros de la tripulación serían sometidos a una milimétrica requisa que daría con los indicios necesarios para capturar al responsable de los hurtos de comida. Todo el mundo estuvo de acuerdo, y de manera muy optimista los tripulantes del Mauritania observaron cómo todas sus pertenencias fueron revisadas por el personal autorizado. Lo malo fue que ni siquiera con esta medida apareció un simple indicio que dijera quién era el responsable de tales robos. Fue en ese punto cuando los tripulantes de la nave comenzaron a asustarse y a creer en fantasmas...

Como medida extrema, el capitán ordenó racionar los alimentos. También dio estrictas instrucciones a sus oficiales para que la comida fuese vigilada y tasada cada día con manos y ojos severos. Digamos que así pudo la gente del S.S. Mauritania paliar la situación y viajar el tiempo que les quedaba. Sin embargo, lo insólito ocurrió cuando el enorme carguero atracó en el Puerto de Rimini y se iniciaron las labores de descarga.

Con la grúa sacaron de la bodega una tonelada de plátanos, y al ponerla en el piso, todos aquellos frutos de concha amarilla y negra fueron abriéndose con lentitud. De cada plátano no salió, como siempre, la carne blanca, cilíndrica y dulce que los mortales nos comemos; salió una mujercita blanca y rubia que venía desnuda en sus veinte centímetros de longitud. Las seis toneladas de plátano que traía el barco se fueron abriendo, y al rato un ejército de mujercitas lindas poblaba el suelo del puerto italiano ahora sorprendido y atolondrado ante semejante prodigio de la feminidad. Las mujeres no hacían otra cosa que bostezar, que reírse, que mirar hacia todas partes gozando mientras el mundo entero se preguntaba cómo fue posible semejante prodigio.