martes, mayo 10, 2005

LONDRES PARA UN DIABÉTICO EMOCIONAL

Fui a la capital británica a hacer unas cuantas diligencias en la BBC. Los detalles me los reservo, pero la verdad es que negociar con unos expertos en el arte de las comunicaciones, más que un placer meramente pecuniario, es una experiencia abrumadora por la precisión y el sentido del tiempo que tienen los trabajadores de la British Broadcasting Corporation... Esa gente tiene al Big Ben metido en la cabeza. Digamos que mi viaje a la capital británica se produjo por un trámite que duró diez minutos. El resto del tiempo que pasé en el legendario edificio de la BBC (media hora), lo invertí en conversar con mi amigo, el señor Joseph Flannagan, un anciano encargado de amargarle la vida a los operadores que manejan las consolas de tan venerable institución, a quien conozco desde hace casi veinte años. El resto de mi estadía en la capital británica lo dediqué a mis habituales paseos.

En una de mis caminatas atravesé Camden Lock Market y entre los innumerables puestos de flores y de objetos de segunda y tercera mano que venden en ese mercado, me compré uno de esos bocadillos de pavo untado con mostaza de azafrán que venden unos malhumorados pakistaníes a quienes Dios dé alegría y salud para que sigan haciendo esos sandwiches portentosos que son mejores que los de Portobello.

Como corresponde a una ciudad de tanto brillo, Londres bullía como un panal de abejas en una exagerada primavera que alegraba a todos sus habitantes. Las calles estaban repletas de gente de todos los colores y de todas las procedencias. Oxford y Carnaby Streets eran una fiesta de multitudes, Gloucester Road (allí queda la vieja casa donde siempre me alojan mis amigos Arthur y Mollie) era un vecindario en el que sólo faltaban unos bailarines y unos cantantes actuando en sus jardines para sentirme en un musical de los años treinta. Cerca de Covent Garden, en los alrededores del Teatro de la Ópera, las multitudes entraban y salían de las tiendas, de las oficinas, de las bakeries y de todas partes, como poseídos por un rapto de felicidad que me parecía la mar sospechoso, sobre todo si tomamos en cuenta que aquella era la ciudad donde vivieron Jack el destripador y Joseph Merrick o la urbe donde se encuentra la London Tower, lugar en el que torturaron y mataron a unos cuantos y que hoy se encuentra rodeada de cuervos descendientes de aquéllos que en su momento comieron carne humana.

Tanta dulzura me tenía harto; lo confieso. Menos mal que a menos de una cuadra de Soho vi algo que me sacó de aquel meloso Londres. Era un suceso increíble porque contradecía el espíritu de perfección del que se enorgullecen los británicos de bien. Dos enormes autobuses rojos (sí, amigo lector; esos mismos que te estás imaginando: los autobuses de dos pisos que han quedado para la industria del sightseen) chocaron de frente y sus ocupantes, a pesar de que lloraban y se dejaban auscultar por los diligentes paramédicos que acudieron veloces al lugar del desastre, tomaban fotos y se prometían en distintos idiomas ir a Greenwich, a la Tate Gallery, a Picadilly, al Palacio de Buckingham, a Harrods y al Museo Británico en uno de los vagones del Underground.

A pocas cuadras de Soho, fui al que es mi sitio preferido en Londres y más en ese viaje en el que la ciudad no me prodigaba su habitual adustez y, por el contrario, me colmaba de una gracia primaveral tan inaudita que casi me sentía en mi Caracas natal. Me refiero, claro está, a Trafalgar Square.

Ver los cuatro leones que custodian la columna de 55 metros donde se encuentra la estatua del almirante Horace Nelson es para mí un reencuentro con esa clase de heroísmo que desapareció del planeta Tierra. Estar ahí y ver la placa donde se le rinde homenaje a un hombre que perdió el ojo derecho en la batalla de Calvi, el brazo también derecho en la toma fallida de Santa Cruz de Tenerife y finalmente la vida dirigiendo el ataque contra la flota franco-española en la batalla de Trafalgar el 21 de octubre de 1805, debería ser un llamado a la conciencia para que no seamos tan pusilánimes a la hora de defender con todas nuestras fuerzas nuestra honra y nuestra libertad.

¿Pero qué vamos a hacerle, si este mundo se nos aniñó y ya no produce hombres como Nelson, para quien las amputaciones terminaron siendo medallas que certificaban su presencia ante las balas? Al menos, Trafalgar Square es (junto con el Tower Bridge y Hyde Park), uno de los hitos de esta ciudad. No en vano ahí es donde se producen sus grandes manifestaciones políticas y sociales… Recuerdo que una vez me tocó recibir el año en Londres y me impresionó mucho ver que sólo durante unos segundos, después de las doce de la noche, la gente dejaba de lado la flema y se relajaba en el abrazo o en el apretón de manos que todos nos prodigábamos. Luego, aupados por la policía, cada quien se iba a su casa en silencio.

Volviendo al Londres primaveral en el que sólo faltaban Chaplin y la violetera de City lights, creo que no pude con tanto enamorado caminando en las riberas del Támesis ni con tanta gente fanatizada por el advenimiento de algo tan normal para un ciudadano del trópico como es la luz del sol. En esos días la gente se edulcora y yo, queridos lectores, necesito de la insulina que venden en los bares. Por eso no dudé y me metí en uno de los pubs ubicados en el West End, pedí una Newcastle Brown Ale y no sé cómo ni por qué terminé hablando con un escocés que se horrorizó cuando le conté que en Venezuela le ponemos hielo al whisky… Su horror valió la pena porque me contó un cuento estupendo con el que pienso terminar esta crónica londinense.

Según este amigo escocés de barbas incendiadas y modales truculentos, un día fue a la casa del tío Albert, un familiar de su esposa cuya mansión en plena campiña escocesa tiene una bodega repleta de barriles del licor que nos había hermanado (aunque yo esa tarde tomaba cerveza). En esa oportunidad su familia debatía sobre una de esas minucias que rodean al tema del whisky (¡beatus ille, que discuten sobre semejantes asuntos!) y de pronto el tío Albert fue con mi nuevo amigo a la biblioteca, movió un cuadro de la pared y apareció una caja fuerte de la que extrajo, sin complicarse la vida, un pequeño vaso y una hermosa botella que contenía, según él, el mejor whisky del mundo. Sin decir palabra, el tío Albert salió de la casa hacia el jardín, donde corría un hilillo que en algún lugar de la comarca se transformaría en un brioso río. Allí le dio el vaso a mi barbado compañero, le sirvió un pequeño shot y le pidió que se esperase un instante. Luego sacó de uno de los bolsillos de su pantalón un pequeño gotero, se agachó, tomó una pequeña muestra del riachuelo, se levantó, descargó las ínfimas gotas en el vaso con el whisky y le pidió que se lo tomara.

La cara del escocés era una gloria. Una gloria de las que no se ven hoy en día y menos en este mundo lleno de ciudades azucaradas.