jueves, mayo 05, 2005

LA MÁQUINA DEL GLAMOUR

Para Maya Dyurich

El mundo de la moda impresiona. Como tantos otros espacios de la cultura, su influencia se encuentra escondida debajo de una multiplicidad de eventos que solapan sus logros. Para verle la médula hay que hacer como el arqueólogo cuando excava en el sitio donde sospecha que hay objetos valiosos e identificar las distintas capas que rodean y hacen importante al tesoro.

Eso que llamamos “fashion” es un complejo universo que va más allá de la simple confección de vestidos y de la frivolidad que con ligereza le atribuimos; es una sucesión de acontecimientos relacionados con la posibilidad de diseñar la apariencia de la gente en determinada época, de inventar cada cierto tiempo cómo se verá el público usando tal o cual vestido, tal o cual maquillaje, tal o cual corte de pelo, tal o cual modelo de calzado, tales o cuales carteras, zarcillos, collares, cinturones y demás accesorios confeccionados con tales o cuales materiales.

La moda es una compleja red de disciplinas que surge cuando la industria (con toda su maquinaria y todos sus medios de producción y distribución) ha logrado satisfacer una necesidad básica del ser humano: proveerse los recursos que refuercen la función de su piel, crear las prendas que protegerán su cuerpo de las inclemencias del clima. Una vez llegados a ese punto en el que lo urgente ha sido resuelto, en el mundo de la confección del vestido surge la posibilidad de preguntarse qué sucedería si combináramos materiales de distintas procedencias, si mezclásemos cuero con hilo, seda con nylon, poliéster con algodón, plumas y bisutería con pieles de animales reales o con pieles de imitación... Nace también la posibilidad de cuestionarnos que sucedería si utilizáramos tintes naturales en tejidos sintéticos, si mezclásemos la sobriedad de un corte cualquiera con la arrugada informalidad que ofrecen ciertas telas, y aún más: qué sucedería si diseñásemos nuevos cortes, nuevas costuras para los mismos adminículos de siempre; es decir: variantes de los pantalones, de las camisas, de las franelas, de las faldas, de las chaquetas, de las corbatas, de los sombreros, de los zapatos, de los chalecos, de los calcetines, de la ropa interior y de todas las demás prendas que existen desde hace siglos. En otras palabras, y al igual que sucede con todas las actividades humanas, cuando logramos cubrir las necesidades básicas, nace la oportunidad del experimento, de la pregunta, del ensayo y del error, de la manipulación imaginativa de las herramientas y de los materiales.

El mundo de la moda es complejo porque sus temas centrales tienen que ver con el estudio y diseño de nuestra apariencia, con el uso de los colores, texturas, costuras o bordados. La moda no sólo tiene que ver con el arte, sino que se vuelve arte porque su propia configuración como actividad humana se basa en una constante reflexión sobre la forma a partir de la cual se dará la búsqueda de una variante, de una posibilidad nueva que nos permita cuestionar los hitos (morales, sentimentales, formales y sociales) que conforman nuestra manera de ver la vida.

Cuando una persona se viste, puede asumir dos actitudes: una, escoger la ropa y el modo de lucirla por necesidad, porque nadie debe salir desnudo a la calle. Dos: al vestirnos tenemos la oportunidad de comunicar cómo nos sentimos, cómo somos y cómo queremos que nos vean. Sea cual sea nuestra manera de abordar el tema de la moda, siempre tenemos la libertad de escoger cómo queremos vivir el fenómeno. Podemos hacerlo preocupándonos por lo más elemental (si nuestra humanidad cabe en ese pantalón) o complicando las premisas del acto de vestirnos, convirtiéndolo en una manera de seducir o golpear visualmente a quienes nos rodean. Podemos ver el vestido como un fastidio necesario o como una oportunidad para transformarnos en objeto de admiración o, al menos, de referencia para los demás.

Los productos de la moda no contienen el germen de la trascendencia que pretenden los de las bellas artes. Muy al contrario, su validez, su belleza y su fuerza son efímeros. El uso cotidiano, con su lógica de quita y pon, atenta contra la posibilidad de darle una dimensión trascendente a la ropa que nos ponemos. Tal vez sea eso lo que nos dicen una y otra vez las fotografías de Helmut Lang, de Inez Van Lamsweerde, de Mario Testino, de Fran Beaufrand o de cualquiera de los grandes fotógrafos que se han dedicado a retratar los diferentes sucesos que tienen que ver con el diseño y la confección del vestuario que utilizamos. No es casual que la fotografía sea un arte que se ha desarrollado en paralelo con la industria de la moda. No hay que ser demasiado agudo para darse cuenta de que la única manera de registrar la existencia, la coherencia y la realidad de una colección de ropa es a través de la cámara fotográfica.

El mundo de la moda, como todo lo que tiene que ver con el diseño, no puede liberarse del peso de su función. Diseñar es un acto que se lleva a cabo para satisfacer una necesidad, y, en el caso de la moda, las prendas de vestir no son la excepción: todas cubren el cuerpo, lo modelan, le resaltan sus características y le brindan la posibilidad de hacerlo más o menos llamativo, dependiendo del gusto y de las pretensiones de cada quien. Sin embargo, a toda esta práctica se le suma el trabajo sobre las formas y sobre los materiales que mencionamos en líneas anteriores. Esa creación de infinitas posibilidades (cada una más interesante, más creativa, más delirante que la otra) para cubrir, abrigar y convertir al cuerpo humano en un objeto más comunicativo de lo que por sí solo puede llegar a ser, es consecuencia de la satisfacción de una necesidad, del cumplimiento de una función, pero también de una voluntad que, en el caso de ciertos diseñadores de moda como Rey Kawakubo, Karl Lagerfeld, Gianni Versace, Miuccia Prada, Jean Paul Gautier, John Galliano, Roberto Cavalli, Kenzo o Valentino, no puede ser tildada de otra manera que de artística, sobre todo porque toman la palabra en el movedizo terreno de la eterna discusión entre arte y diseño y cumplen con creces los postulados de cada uno, alcanzando, además, cotas de perfección funcional y formal que hacen que arte y diseño se fundan en un sólo objeto ambicioso y hasta bello.

El universo del vestuario adquiere sentido y deja de ser una fiesta de la frivolidad cuando entendemos que su fuerza radica en la conjunción de esos dos ejes. Nos vestimos para poner nuestro cuerpo a tono con los cambios del clima, pero también nos vestimos porque buscamos la belleza, porque queremos combinar el color de nuestra piel con el color de alguna tela, realzar nuestra presencia utilizando cierto tipo de dobleces, de plisados, de cortes en la tela… La belleza que buscamos cuando nos vestimos es una belleza práctica y cotidiana, que define qué esperamos de la vida y qué somos capaces de hacer para alcanzar nuestras metas. Por eso, entre otras cosas, aceptemos de una vez por todas que nuestra apariencia refleja quiénes somos, y aceptar eso supone que nuestro guardarropa tiene una importancia decisiva en nuestras vidas…

Pero, cuidado, como en toda búsqueda de lo bello, podemos caer obnubilados y hacer el ridículo. Ese es el riesgo que corre siempre (al menos de Platón para acá) todo amante de la belleza. En otras palabras, el simple hecho de ponerse una chaqueta de Balenciaga o una camisa Gucci diseñada por Tom Ford no hace elegante a nadie. Para que un traje le quede bien a su portador, debe adaptarse a su cuerpo. Traje y dueño deben ser uno sólo en una comunión de cuerpo y tela. Quizás deberíamos agregarle a semejante sentencia que su validez no se limita a la ropa y que se extiende hacia los demás accesorios; es decir: todo lo que conforme el atuendo debe guardar relación de equilibrio, proporción y medida con el cuerpo que lo porta. Lo contrario es un disparate a la hora de vestirse.

La relación entre el cuerpo humano y la vestimenta, como hemos visto, es uno de los elementos más fascinantes del mundo de la moda. Uno forja al otro, lo alimenta y lo eleva a cotas de perfección insospechadas. Puede que una pieza de haute couture, de Gyvenchi o de Chanel no luzca igual en una señora de medidas normales que en una modelo como Esther Cañadas, Naomi Campbell o Jessica Miller, sin embargo, si ese o cualquier otro traje se diseña, se entalla y se cose a la medida, no hay razón para pensar que a la señora de medidas normales no le vaya a quedar bien y no vaya a lucir radiante en su ocasión.

Pero, esa relación no se agota en sí misma ni se limita al tema de los metros de tela ni a los centímetros de hilo a usarse en una falda. La relación cuerpo-vestido va mucho más allá, dirigiéndose a zonas de las que pocas veces hablamos. Una de ellas es la que tiene que ver con los movimientos que ejecutamos o que aprendemos a ejecutar cuando portamos tal o cual prenda. Vestirse no es sólo cubrir nuestro cuerpo; es también buscar una belleza para nosotros mismos, para lucirla y para ponerla a funcionar en nuestro beneficio; es colocarse una piel de otros colores y de otras texturas sobre nuestra piel; es combinar nuestro físico y nuestra manera de ser con la ropa, el calzado, el perfume y el peinado que llevamos para generar una “atmósfera” a nuestro alrededor.

¿Cómo definir esa “atmósfera”? ¿Qué nombre ponerle para no usar los ya gastados (y un poco ambiguos) “elegancia”, “estilo”, “charm”, “chic” o “no sé qué”? Hay quien llama glamour a esa extraña y atractiva aura que rodea a quien sabe combinar bien su ropa, su físico y sus maneras. En el fondo, esa atmósfera no es más que una estética del comportamiento que sólo puede generar de manera consciente quien se sepa comportar, quien se sepa vestir y quien sepa mantener a su alrededor ese “aire” que le es agradable a quienes se le acercan… Parece algo sencillo, pero no lo es.

Para ser glamouroso de verdad hay que tener un don especial que no se limita a que se use una corbata Versace, una bufanda Donna Karan, un par de zapatos Bill Blass, una cartera Christian Dior, un perfume Yves Saint Laurent o un anillo Cartier. Tampoco se limita a que la persona haya viajado a todas partes, a que tenga una abultada cuenta bancaria o a que sea dueño de una vida rica en experiencias extraordinarias que contar. En realidad, para ser glamouroso se necesita saber combinar variables como las anteriores y hacerlo, además, de un modo tan natural que no se note ni de cerca un hálito de simulación que convierta en caricatura el intento. Por eso es tan difícil generar glamour. Por eso hay tan poca gente glamourosa en este mundo. Por eso (por tratar de generar glamour a juro) el mundo de la moda es, a veces, tan barroco, tan amanerado y tan extraño.

La búsqueda de eso que hemos convenido en llamar glamour es el punto cero del eje de coordenadas que conforman a la moda. Los diseñadores fungen como cabezas visibles de unas empresas que le ofrecen al público la posibilidad de armar su propio rompecabezas del glamour. No en vano ellas mismas producen prendas de vestir y de calzar, cremas para el cuerpo, gafas, joyas y demás accesorios para que cada quien los combine a su manera frente a su espejo y se arme una “atmósfera” que será única e irrepetible como lo es cada persona.

Detengámonos en este punto.

La producción de las casas de moda se diversifica cada día y no se agota nunca porque una de sus premisas es la renovación constante, lo que produce una sensación abismal de novedad, sello inequívoco del fashion. Para ello, y en la medida en que crece, cada firma asume los distintos modos de producción que van desde la costurera que cose a mano con toda la delicadeza del mundo hasta la enorme máquina que produce cientos y miles de prendas en pocos minutos. Todo diseñador que se precie, debe ofrecerle al público no sólo la posibilidad de la pieza única cortada a la medida, hecha en leotardo, angora, corduroi, seda, tricefato o tricot, y que luce bordados, drapeados, encajes, chifones, canutillos, lentejuelas y demás, sino la pieza semi-exclusiva, casi numerada del prêt-à-porter, la prenda producida en serie más cientos de aditivos que pueden llegar a incluir productos de tocador, tintes de pelo y quién sabe cuántos objetos más. Tómese cualquier firma (Marc Jacobs, Ángel Sánchez, Narciso Rodríguez, Dolce & Gabanna o Isaac Mizrahi, por ejemplo) y se verá que su catálogo se diversifica cada año, porque la variedad es otro de los elementos más importantes de este negocio.

Digan lo que digan, el tema de la moda es complicado. Detrás de la presencia de esas hermosas modelos caminando serias y radiantes luciendo ropa en una pasarela, o de esos diseñadores que hablan de sus colecciones y de los motivos que las hicieron ser como son, hay una intrincada red de profesionales que se las arregla para borrar las trazas de la complejidad de su propio trabajo, escondiéndose detrás de una supuesta extravagancia y de un aparente desdén por las ideas. El mismo término “moda” tiene dos acepciones. Por un lado, nos habla de las diferentes caras de la industria textil, de los distintos productos con los cuales podemos cubrir nuestros cuerpos. Por otro, nos señala una duración, una temporada —que, por lo general, corre paralela a las estaciones del año— en la que determinados cortes de tela, ciertas combinaciones de colores o de materiales tienen vigencia y nos permiten sentirnos como parte de algo, de una comunidad que acepta las reglas de ese sistema. Cuando ese período se acaba, los diseños que tanto nos sirvieron para cubrirnos o para comunicarnos con los demás, se vuelven obsoletos y son sustituidos por otros, creando así un complejo fenómeno en el que la fugacidad del tiempo se convierte en una variable que va unida a la forma y al deseo de comunicarnos con los demás.

Mientras una colección se encuentra vigente, el diseño de las mangas, de las perneras, de los hombros o de las solapas, nos inunda por todas partes. Digamos que sus detalles más pequeños o los estampados que exhiben o los mensajes de alegría, ensimismamiento, rabia o deseo que podemos expresar con una camisa o una falda, se repiten y se repiten en otras prendas hasta el cansancio, logrando que la ropa luzca muy parecida o, al menos, con el mismo sabor hasta que la repetición de lo mismo la vuelve cosa trivial y fastidia vestirse del mismo modo que el vecino o que cualquier otra persona. Como por arte de magia, es justo en ese momento de hastío cuando surge una nueva “moda”, una nueva colección que viene a renovar el panorama conceptual y formal de la ropa, permitiendo que, a la vez, renovemos el abanico de emociones que queremos transmitir a través de esa segunda piel que nos ponemos encima.

Lo dicho: el mundo de la moda no es tan frívolo como parece ni sus protagonistas son los expertos en glamour que dicen ser.

En todo caso, valga el homenaje a todos aquellos artistas que se dedican a hacernos la vida más rica y más interesante con la indumentaria que se diseña y se cose todos los días en sus talleres.

Caracas, 2003-2005.