sábado, abril 09, 2005

SHAPESHIFTER (Por Enrique Enriquez)

En septiembre del año 2001, luego de tomar dos aviones en nuestras respectivas ciudades, tras haber rebasado todos los chequeos de seguridad que la natural histeria post Torres Gemelas hizo parecer indispensables, y viajar en autobús por cuatro horas desde Ciudad de México, mi amigo Roberto Echeto y yo llegamos a Morelia, Michoacán.
Pisar el suelo de la estación de autobuses y sentir que entrabamos en una película de Robert Rodríguez fue la misma cosa. La diferencia estaba en que nosotros eramos “el mariachi”.
Roberto y yo caminamos por las calzadas de Morelia, cada uno con una bolsa tejida en la mano, ambas regalo del director del Museo Ex-Teresa. En aquellas bolsas, junto con un par de calzoncillos y un cepillo de dientes, iban nuestras armas.Llegamos a “Solaris”, una fundación dedicada a la fotografía y las artes digitales a la hora prevista. Nuestro anfitrión Juan Pablo Arroyo nos recibió cordialmente, y tras invitarnos unas tortas de mole y un agua de Jamaica, nos condujo a una sala de cine en el tercer piso de esta casa de trescientos años que desde hace poco sirve de cuartel general a Solaris. Allí nos esperaba nuestro público, ávido de escucharnos hablar sobre animación digital.
Subimos a escena bolsas en mano, nos sentamos, y en perfecta sincronía sacamos de ellas unos lentes de Groucho Marx que nos colocamos sin decir palabra. Así, transfigurados en el judío más famoso de la historia después de Jesucristo, cambiamos de forma frente a un montón de extraños como lo hacen los shamanes, los drúidas, las selkies de escocia, los hombres delfín del Amazonas, las mujeres zorro del japón y los hombres lobo de Hollywood. Tomamos nuestra “poción” de goma, nuestro peyote de plástico, y convertidos en seres de otro mundo hablamos por un par de horas de cosas muy serias ante cuarenta pares de ojos que perdieron la lubricación de tanto abrirse atónitos.
Viajamos miles de kilómetros durante días, sólo para ese momento.