lunes, abril 25, 2005

LA FIESTA DE LOS ORIFICIOS

La pornografía no me hace efecto desde que cumplí 25 años

Un borracho

Todo evento pornográfico es variación sobre un mismo tema: el sexo; sexo en todas sus formas, sexo pervertido, fogoso, por delante, por detrás, por arriba, por abajo, con hombres, mujeres, animales, muñecos, objetos, fetiches y demás variantes de lo mismo: de la piel, de los genitales, de los orificios corporales, del “old in and out” que engendra la vida toda la vida.

La pornografia es una forma de sexualidad sin celos y sin complejos. Todos lo hacen con todos y son felices, celebrándose sus hazañas. Sin embargo, y para que no queden dudas, hay que decir que no todo acto sexual es pornográfico. Para que haya pornografía debe haber una cierta malicia, una cierta travesura que se encuentra comprimida en las raíces griegas de la propia palabra que nombra el fenómeno cultural que aquí comentamos. “Pornographos” quiere decir “el que escribe sobre las prostitutas”, sobre las hetairas, heteras o, en buen cristiano, putas. Describir lo que hacen las putas o, más bien, las personas “licenciosas” (porque en este mundo hay también “putos”), lo que nos imaginamos de ellas, lo que queremos que nos hagan y lo que hacemos con uno de esos seres cuando tenemos la suerte de cruzárnoslos en el camino, es un acto siempre subversivo capaz de dinamitar, con inexplicable eficiencia, el orden del mundo. Y luego dicen que el sexo y hablar de sexo son actos sencillos como respirar, como tener tos o morirse...

Así como existe una “pornografía” en la que hubo, hay y habrá escritores dedicados a contar escenas de sexo descarnado; dibujantes, pintores prestos a pintar frescos pornográficos como los de las villas romanas; escultores listos para crear piezas con falos dignos de Priapo; fotógrafos, cineastas y programadores dispuestos a llenar la red digital de sitios “para adultos”, existe también una “pornofonía” que no sólo trata de las bandas sonoras llenas de los gemidos ficticios típicos de toda película porno, sino de que hubo, hay y habrá en todas partes alguien dispuesto a amenizar una reunión con un cuento verde extraído de su propia experiencia o de su propia fantasía. Hablar de sexo, oír las exageraciones de cama, reseñar la espectacularidad de las supuestas hazañas y creerse o no los cuentos eróticos de los otros es algo que la pornografía tradicional nunca considera de su dominio, pero seamos francos: el sexo nos mata. Queremos hablar de coitos, penes y vaginas porque son tópicos que nos preocupan. Por eso existen los bares y las compañías telefónicas que prestan el servicio de las llamadas “líneas calientes”.

El sexo, en cualquiera de sus variantes, es difícil, y la pornografía, con su eterna referencia a licenciosos, viciosos y adictos fornicadores, exhibicionistas y afines, es una manera de hacer que el sexo parezca fácil. He ahí su encanto y su trampa.

A estas alturas, es muy probable que unos cuantos se hayan reído de las afirmaciones anteriores. Quizás, luego de cerrar estas páginas, se hayan puesto a regar las matas o a ver televisión. Quién sabe. Quizás crean que el sexo es fácil, que uno anda por la vida teniendo relaciones sin conversar, sin involucrarse un mínimo con el otro, sin dar nada a cambio, sin someterse a ningún escrutinio, cuando menos, de la propia conciencia o del propio cuerpo. Tal vez piensen que el sexo es simple, tan simple como coser y cantar. Quizás lo sea para los miserables que se satisfacen solos o para aquéllos que no reparan en el prójimo, pero el sexo es complejo porque amerita interacción, y todo contacto verdadero con el otro es doloroso... Y no digan que no es así porque nadie se los creerá. Y menos si sabemos que, del Dr. Freud para acá, hay millones de sexólogos en el mundo entero que se lucran tratando y curando los traumas que los enredos del sexo producen...

Uno de los temas más complejos y más interesantes que van ligados a la actividad sexual humana es el desnudo. Para nosotros, hombres y mujeres occidentales, lo normal no es andar por la vida en cueros; es estar vestidos. La gente se viste no sólo para cubrirse del frío o de los demás elementos: cubre su cuerpo para enviar mensajes, para comunicar cosas, para decir cuán interesante, glamouroso, millonario, conservador, liberal o idiota es. En ese particular, el desnudo humano parece bastante insípido. La piel tostada de un hombre cualquiera y la constelación de pecas que en el pecho lleve una mujer hermosa jamás tendrán el poder comunicativo de una chaqueta Armani o de un taller Chanel; mucho menos tendrán la posibilidad salvadora que ofrece la piel camuflada del camaleón, de la serpiente o de ciertas mariposas. Por muchos tatuajes que usemos, el desnudo humano es, comparándolo con la piel de un tigre o de una cebra, contundente en su debilidad. Vernos al espejo desnudos es ver a un ser extraño al que, para colmo, le enseñaron que quitarse la ropa es algo que se hace en privado, que mostrar los genitales en la calle es algo impensable y hasta vergonzoso. Verse desnudo en el espejo es raro, es ver a alguien que tiene los pechos caídos, que luce una barriga demasiado prominente, que tiene demasiados pelos aquí o allá, celulitis, las piernas demasiado cortas o demasiado largas, papada o joroba y que, para colmo de males, en su bajo vientre se dibuja un órgano sexual cuyo nombre tiene decenas de pseudónimos (graciosos algunos y vulgares los más).

“...La vieja sacó de su seno una redecilla tejida de hilos de variados colores con la que rodeó mi cuello. Luego amasó con su saliva un poco de polvo que levantó en su dedo medio y, pese a mi repugnancia, me señaló con ello la frente...

Acabado este embrujo, ella me mandó escupir tres veces y echar por tres veces en mi seno unas chinas que ella había encantado anteriormente y había envuelto en púrpura, y acercando sus manos comenzó a comprobar el vigor de mis ingles. Más rápido que la palabra, el nervio obedeció a la orden recibida y llenó las manos de la vieja con su enorme sobresalto. Ella entonces, llena de alegría, dijo:
—¿Ves tú, mi querida Crisis, qué hermosa liebre he levantado yo para otros?”

Petronio: El Satiricón, Cap. CXXXI


En la mayoría de las personas, el tema del desnudo es fuente de pudores y hasta de complejos que llevan a Calvin o a María a sentirse mal si no se ven a sí mismos como el modelo de belleza que inculcan los medios de comunicación. Desnudarse en público requiere de un valor, de una libertad que no todos en este mundo de reprimidos y de enfermos de doble moral poseen. Por eso, el desnudo verdadero, el que lo muestra todo, el que deja ver los rincones más oscuros de la anatomía, el que no se avergüenza de sus imperfecciones o trabaja para corregirlas, el que se aleja del traje de baño, de la pantaletica o del sostén chiquito que cubre lo que casi no puede cubrir, es siempre subversivo, siempre libertario, siempre envidiado y siempre bienvenido entre los fisgones sin oficio. Por eso, y porque las putas trabajan desnudas, el tema de mostrar el cuerpo sin ropas va unido al de la pornografía, y el público durante siglos así lo percibió; que le pregunten a los obispos romanos que, en el siglo XVII, comisionaron al artista Danielle Da Volterra (Il bragghetone) para que pintara unos velos que cubrieran los sexos de las figuras desnudas de la Capilla Sixtina pintadas por Miguel Ángel.

El desnudo subvierte el orden desde el momento en que cuestiona el prurito según el cual exhibir lo que debería permanecer escondido supone una pérdida del honor, y no hay nada que apetezca más en este mundo que camina dando tumbos entre la libertad y la idiotez, que apostar o vender la honra para ganar dinero fácil y obtener los favores fáusticos de la vida galante. De ahí que hoy exista una gran diferencia entre el desnudo tonto que muestra partes del cuerpo, como por accidente erótico, y el desnudo pornográfico que enseña con todo detalle el culo, el vello púbico, las tetas, el pene, la vagina, los testículos, la boca, la piel... Todo.

En el desnudo pornográfico, hay algo que produce el efecto más demoledor del mundo: la exhibición desprejuiciada de un monstruo húmedo y peludo con dos labios que, como Escila y Caribdis, se tragan todo a su paso. A diferencia del desnudo calificado de erótico, el desnudo de la pornografía muestra en toda su extensión ese algo que nos imaginamos, ese fascinante instrumento engendrador de vida que tratamos de ver —con la visión de rayos X de Superman— por debajo de la ropa y de nuestros pudores. Aunque la pornografía sea una fiesta de todos los orificios corporales, el órgano sexual femenino gobierna en ese reino donde todos los huecos son hurgados. Ni siquiera el ano, con toda su carga de placeres escatológicos la mayoría de las veces desconocidos, suscita la curiosidad hipnótica que ese aleph, que ese hueco de los huecos, produce. He ahí, en ese deseo oscuro y secreto que nos impulsa a imaginar una vagina o una interacción entre nosotros y los orificios de los que nos rodean, la fuente de todo evento pornográfico.

“...¿Los descubrimientos se producen por casualidad? Nunca por casualidad. Cabral sabía muy bien a dónde iba. Uno siempre quiere descubrir algo y yo al final lo descubrí, después de muchos días. Aquel día, cuando metí el dedo en aquel canal viscoso y ardiente, que más parecía una máquina rudimentaria de trinchar carne, aquel día descubrí algo espantoso. Era la vagina dentada de los antiguos, que siempre pensé que era una ficción literaria o una invención de los apóstoles de la represión sexual, pero que estaba allí, a mi disposición, royendo mi dedo después de haber devorado mi verga. ¡La vagina dentada! ¡Cielos! Mi alma se llenó de horror...”.

Rubem Fonseca: El gran arte


La imaginación (nuestra imaginación) es el espacio donde se gesta la pornografía cada vez que algo o alguien la estimula. ¿Qué hombre no ha visto alguna vez a una mujer hermosa y se ha imaginado a sí mismo refocilándose con y en ella? ¿Quién no ha tenido fantasías eróticas con tetas y nalgas descomunales, con bocas de labios —horizontales y verticales— y lenguas prodigiosas que se pasean por todo nuestro cuerpo? ¿Qué mujer o qué “hombre al que le gustan los hombres” no le ha visto el culo a un sano espécimen y se ha visto en un trance de posesión física cercano al éxtasis y a la muerte?

La pornografía comienza en la imaginación y busca su cauce a través de cualquier medio que le permita expresarse sin que esto signifique un coito, una fornicación con el primer ente que se nos cruce en el camino. ¿De qué otra manera se explica la necesidad que todos sentimos por hablar de sexo, por contar lo que hemos visto, vivido o fantaseado? ¿Qué explicación hay para que la mitad del repertorio universal de chistes sea dedicado al tema del sexo? ¿Qué, sino un impulso pornográfico, lleva a los hombres a contar sus experiencias sexuales?

Eso nos lleva a detener nuestra reflexión y contar una breve historia protagonizada por un amigo al que llamaremos Carlos Javier para ocultar su verdadera identidad.

Un día cualquiera, Carlos Javier se encontraba en su oficina lidiando con unos enrevesados documentos que esa misma tarde debían ir a parar a un juzgado penal. Su apuro y sus cuitas laborales eran tantas que muy pronto le dijo a Flor, su vieja secretaria, que tomara nota de cualquier mensaje que le llegara durante ese mediodía porque él, aparte de almorzar, iría un momento al “banco”. Así, serio y silencioso como siempre, Carlos Javier bajó al vestíbulo de su edificio, saludó con un manoteo a los muchachos de la recepción y se fue con paso seguro hacia la calle. Allí se tropezó con los transeúntes y esperó a que el semáforo detuviera a los infinitos vehículos que a esa hora convierten en infierno a toda la ciudad. Cuando por fin cruzó la congestionada avenida, se dirigió al edificio que queda frente al suyo. Entró y se puso a esperar el ascensor. Ya en el piso quince, miró la puerta amarilla que dice “Fairchild y Asociados” y se dijo a sí mismo que la solución al dolor que sentía en el cuello estaba a un timbre de distancia.

Ligia, una hermosa mujer madura muy bien arreglada, lo recibió, le dio un beso, le dijo que pasara, que qué maravilla su presencia, que hacía tiempo no las visitaba, que él ya era de la casa y sabía cuál era el procedimiento, que si quería un whisky, que se sentase en una de las poltronas de cuero porque ya venía Amanda con el menú para que él mismo escogiera su masaje.

Al rato, cuando ya Carlos Javier se sentía a años luz de los problemas jurídicos que dejó en su despacho, apareció Amanda tallada en un bonito traje anaranjado. Ella lo saludó, le mostró el menú y escuchó la misma pregunta y el mismo monólogo que siempre hacía Carlos Javier:
—¿Qué será mejor para esa tarde: el masaje “Oriental”, el “Latino” o el “Completo”? Vamos a tomar el mismo de la otra vez.

Y Amanda se sonreía, sabiendo que las tensiones de aquel hombre elegante que daba buenas propinas desaparecerían en breve; que desaparecerían como desaparecieron cuando vino aquella primera vez en la que descubrió que con tan sólo cruzar la calle, frente a su oficina, encontraría un paraíso en el que, por un módico precio, le darían un condón, un albornoz, una mamada y un baño que lo dejaría feliz durante el resto del día; tan feliz que no dudó en llamar de inmediato a su amigo Carlos Ignacio para invitarle una copa y contarle con todo detalle cómo eran las tetas “naturales” de Amanda, cómo estuvo el combo masaje-puñeta-felación-jacuzzi, cómo era la oficina convertida en refinado sitio de lenocinio y cómo era la cara de felicidad que tendría al volver a su nido de papeles y ocupaciones aburridas. De nada vale vivir en carne propia una sesión de sexo satisfactorio si no puedes contársela a tus amigos...


Bien. Frente a un producto pornográfico cualquiera, hay muy poco que imaginar. Cuando ante nosotros se desarrolla el eterno juego de la vulva omnívora y del erguido cíclope que se comporta como una bestia feroz (pero boba), no hay nada que hacer. Sólo nos queda mirar, si es el caso, u oír, si nos lo están contando. Sólo cuando el hecho sexual ha pasado, comienza la imaginación a trabajar, a procesar esos culos desnudos que tenemos en la memoria.

A pesar de lo que digan algunos puristas pacatos, la pornografía, como todos los productos culturales que valen la pena, es una representación del mundo que estimula procesos mentales capaces de influir en la conducta de la gente, en sus manías, en sus comportamientos íntimos y sociales. Su fuerza radica en estimular el pensamiento, los recuerdos, la imaginación. De ahí que la imagen pornográfica siempre tenga público, que sea tan seductora y que nos haga detenernos ante su presencia. No importa que lo pornográfico cumpla un mismo libreto o que la calidad de los tinglados escenográficos o argumentales que lo rodean sean de segunda o de tercera. Lo que interesa es el centro de la pornografía: las variantes del coito, y además las mil y una maneras de presentarlo. Esto es tan cierto que día a día la industria pornográfica inventa géneros que supuestamente responden a las necesidades sexuales del público, cuando en verdad todo apunta a que cada género es producto de un ejercicio imaginativo cada vez más calenturiento hecho por gente que vive calculando los beneficios que obtendrían estimulando el vicio de la imaginación sexual ajena. Hoy podemos encontrar pornografía que trata de estirar por todos los medios la “normalidad” del acto sexual y los elementos que intervienen en una interacción común y corriente. De eso habla el porno sadomasoquista, el pedofílico, el zoofílico, el coprofílico, las snuff movies, las películas con las famosas chicks with dicks, las que contienen fist fucking, gang bangs (o todos contra uno), las que muestran deformidades físicas, las que incluyen “tramas”, las que se hacen llamar “softs” y pare Ud. de contar.

“...Yo, que no necesitaba ninguna invitación para ello, ligeramente embriagado por el mucho vino añejo, excitado por el perfume con el que me había embadurnado y viendo la hermosura sin tacha de la jovencita, me acuesto. Pero tenía el enorme problema de no saber cómo iba a montar a un ser humano, pues desde que me había convertido en asno no había tenido relaciones sexuales de las habituales entre asnos ni tampoco había montado a una burra. Y además me hacía sentir un miedo desmedido el pensar que la mujer, al no poder contenerme, resultara desgarrada y yo tuviera que cumplir una bonita condena por homicida.

Pero ignoraba que mis temores eran infundados. En efecto, la mujer, incitándome con muchos besos, y además apasionados, cuando vio que yo perdía ya el control, como si estuviera acostada junto a un hombre me abrazó y levantándome me recibió en su interior. Yo, cobarde de mí, estaba todavía temeroso y trataba de retroceder poco a poco, pero ella me agarraba del costado para que no me retirase y ella misma seguía a aquello que se le escapaba.

Y cuando me convencí de que la mujer todavía requería de mis servicios para su placer y disfrute, en adelante me dediqué a servirle sin temor, considerando que para nada era yo peor que el adúltero amante de Pasifae. La mujer tenía tal disposición para el sexo y era tan insaciable del placer de nuestras uniones que se pasó la noche entera conmigo...”

Luciano de Samosata: “Lucio y el asno”; Relatos fantásticos



Aparte de esa necesidad por crear nuevas variables de lo mismo, aunque éstas resulten extremas y hasta repulsivas, la industria pornográfica se caracteriza por jugar al circo; es decir: por explorar y explotar los límites normales del cuerpo humano. De ahí que existan obras pornográficas donde aparecen las más extrañas posiciones y las más raras combinaciones de participantes en el acto sexual: hombres con hombres, mujeres con mujeres, transexuales con mujeres, transexuales con transexuales y un gato, un hombre con dos mujeres, una mujer con cuatro hombres, un hombre de pie metiéndosela a una mujer de espaldas mientras le hace un cunilingüis a otra que tiene sentada entre su cuello y su pecho... El sexo espectacularizado es una actividad que se manieriza fácilmente; es un reducto de la cultura —como tantos otros— que al quitarle su carácter utilitario (la procreación), adquiere un valor estético que pocos están dispuestos a aceptar.

De todo ese mundo condenado a las catacumbas del vicio, el único elemento que no se asume con espectacularidad —a menos que se trate de otro fenómeno circense— es el pene. Si el espectador mira con atención, en todo evento pornográfico el miembro masculino actúa como el objeto que viene a horadar los orificios. Su modestia, si cabe el término, se debe a que la especie humana no concibe o, más bien, no ve como normal un pene que no funcione. Para todo hombre no existe ni puede existir un órgano sexual masculino que no funcione, que no sirva para entrar en otros cuerpos; es imperdonable. Por eso, y por razones anatómicas que hacen que el pene esté más expuesto al mundo, las vergas de los actores porno no tienen, ni de cerca, el mismo nivel que los chochos de las actrices. En el desnudo de ellas siempre hay sorpresas, rincones, detalles que nos hacen querer resolver el enigma de lo femenino. El desnudo de los hombres es siempre directo, no da lugar a la imaginación, a dudas o a misterios. Hay en él un estar ahí demasiado rotundo como para que su presencia cause sorpresa. En el cine porno, la eterna escena de eyaculación, del cum shot sobre el cuerpo o, casi siempre, sobre el rostro del otro participante de la relación (iba a decir “sobre la actriz”, pero no hay que olvidar el respeto por las “minorías”) es el único gesto “espectacular” que se le permite al pene.

“...Y no bien estaban fuera bálano, prepucio y glande cuando ya ella me estaba masturbando, pero tal como ella procedía, era más hacerme una paja que masturbarme; yo me masturbaba, ella me hacía una paja, y aunque había mucho más arte en mi modo, había efectividad en su manera porque enseguida estaba consiguiendo ese murmullo inaudible para un segundo que precede a la venida, esa agitación que viene antes de la eyaculación, ese momento en que el pene busca una penetración que no existe más que en la imaginación de su glande, la ha estado buscando hacia un coño y ahora sabe que no la conseguirá, idea fija en su prepucio que desecha, y circunciso él solo, bálano sin vagina, como con vida propia (con individualidad, en efecto) va a producir los movimientos siempre bruscos, siempre hacia arriba, siempre convulsos, que por una simpatía incomprensible del apéndice vermicular pasan al cuerpo y la agitación se generaliza, como se estaba propagando ahora en que el pene, al revés de la pila de agua de la Plaza de Alvear, se convierte en un surtidor, en regadera, fuente natural brotando, manando, regando las inmediaciones, saltando por sobre la fila delantera, finalmente en manguera que dispara en chorro hasta la impoluta pantalla, borrando a los actores, bañando a las actrices, desdibujando a los personajes (que me maten simiente), pegando en el espaldar de los asientos de adelante, cayendo sobre mis piernas, en un movimiento inverso, cada vez menos intenso, ella sosteniendo el guisopo de mi pene asperjando apenas ahora y es entonces que oigo las frases que me ha estado diciendo esta muchacha, murmurando primero, después hablando alto, luego gritando: Vas a ver...”

Guillermo Cabrera Infante: La Habana para un infante difunto



El semen es uno de los elementos de la pornografía que relacionan al sexo con el mal y lo monstruoso. Quizás sea la exposición de un fluido que debe estar dentro del cuerpo, que nunca debe aparecer fuera de la carne. Es como la exposición de la sangre: si ella aparece a la vista de todos es porque algo horrible ha sucedido. En el caso del semen, esa muestra de algo íntimo, de algo que no debe estar expuesto, genera las sensaciones más contradictorias del mundo. Por un lado, su presencia denota, como el punto final en un párrafo, la culminación de una actividad, el sello de una despedida que se supone gozosa. Por otro, el semen es, a la vez, exceso de vida al ser abundante y generoso, y señal de muerte al formar parte de algo que los hombres llevan dentro de su cuerpo al igual que las vísceras. Por eso, por la contradicción de vida y muerte, de goce y vicio, la pornografía golpea al espectador, por eso es un arte que siempre subvierte el orden de la sociedad.

Antes se decía que la pornografía era mala porque generaba malos pensamientos y perversiones extrañas. Hoy se piensa lo mismo, y se afirma que quien no tenga dos dedos de frente —o veintiún años de edad— debe exponerse a lo pornográfico. Lo peor es que los malos pensamientos vienen sin importar si se ven escenas sexuales o no... El sexo nunca es malo en sí. Lo malo radica en creer que es tan fácil como aparece en la pornografía. Y es que esa “facilidad” tiene menos que ver con el desempeño sexual (ya complejo de por sí) que con el acto siempre peligroso de relacionarnos con el prójimo.

La pornografía es, casi siempre, una religión para solitarios, para ociosos que deciden alquilar una porno o llamar a una “línea caliente” en lugar de tomarse el trabajo de salir con alguien, conversar, generar las empatías necesarias y tener sexo con vino, responsabilidad, condón y de más. Conste que ese trabajo hay que tomárselo hasta para conseguir prostitutas... Quizás ése sea uno de los verdaderos daños que produce la pornografía: el convertirnos en solitarios observadores del riesgo y de la felicidad de otros. Ante eso, la visión de una polla erecta o de un panoche húmedo es una tontería.

“...—Escucha, nena...
—¡Que te den por culo!
—Escucha, nena, contempla...

Entonces sacó el gran martillo... Era púrpura, descapullado, infernal, y basculaba de un lado a otro como el péndulo de un gran reloj. Gotas de semen lubricante cayeron al suelo.

Rocío de Miel no pudo apartar sus ojos de tal instrumento. Después de un rato dijo:
—¡No me vas a meter esa condenada cosa dentro!
—Dilo como si de verdad lo sintieras, Rocío de Miel.
—¡NO VAS A METERME ESA CONDENADA COSA DENTRO!
—¿Pero por qué? ¿Por qué? ¡Mírala!
—¡La estoy mirando!
—¿Pero por qué no la deseas?
—Porque estoy enamorada del Niño.
—¿Amor? —dijo Big Bart riéndose—. ¿Amor? ¡Eso es un cuento para idiotas! ¡Mira esta condenada estaca! ¡Puede matar de amor a cualquier hora!...”

Charles Bukowski: “Deje de mirarme las tetas, señor”; Se busca una mujer



Hace años un grupo de mujeres protestó porque les atrajo, como bandera feminista, la idea de que la pornografía era un producto de la cultura en el que se explotaba a la mujer. Si bien es cierto que hay de todo en la viña del Señor (y más si es malo), y hubo, hay y habrá explotadores, también es cierto que en el mundo de la pornografía se adora, se idolatra, se venera a la mujer. ¿Cómo no hacerlo si todos quieren rendirse ante sus cuerpos desnudos, ante sus escondrijos olorosos a biología? En casi todo evento pornográfico la figura femenina es la que lleva las riendas de la situación sexual; es la que se abre, la que se cierra, la que dispone y la que genera, a fin de cuentas, el interés hacia el producto pornográfico. No es casual que el estrellato de las actrices sea más duradero y más contundente que el de los actores porno. Ellas, con sus jadeos de mentira, con su desparpajo sobreactuado, su voluntario-voluntarísimo proceder y su jerarquía de supermujeres, le están diciendo al mundo que les encanta follar, y que no hay nada en este mundo que se los impida. A los hombres sólo les queda un par de opciones: decirle a todos sus amigos que ellos son los que dominan a su pareja durante la relación sexual y ver a Traci Lords, Savannah, Jenna Jameson, Asia Carrera, Danni Ashe, Linda Lovelace, Moana Pozzi, Cicciolina o Ginger Lynn (por sólo nombrar a unas cuantas putas famosas) fornicando en la pantalla como unas salvajes... Quizás en esas conversaciones quede espacio para rendirle homenaje a Ron Jeremy, John Holmes y Rocco Sifredi por haberle clavado su cuchillo a todas las actrices anteriores...

La pornografía es un reino infinito que a cada momento está a punto de desbordarse de su espacio de ficción para llenar la realidad con su vicio de fantasía. De hecho, el sexo sin ese impulso de imaginación, de perversidad, de vocación artística, puede convertirse en algo mecánico y hasta aburrido. De ahí el eterno éxito de la industria pornográfica. Algunos piensan que en ella se encuentra un respaldo para esa imaginación que no hay que perder y que hay que refrescar siempre. Por eso en los anaqueles de los clubes de video nunca falta uno reservado para la pornografía, y lo mismo sucede en los catálogos de las grandes casas editoriales del mundo, en las ofertas de la televisión por cable y en algunos horarios de la tele abierta. Necesitamos vivir nuestras fantasías sexuales y por eso cada día abren —con hermosas letras de neón rojas— más sex live shows y más tiendas donde venden condones de todos los colores, formas y sabores, artefactos para la estimulación, dildos, vibradores, máscaras de cuero, látigos, cadenas, lencería y muñecas inflables que son tan voluptuosas, tan prestas a dar y recibir placer como nos imaginamos que hacen los seres que pueblan nuestros sueños húmedos. Hay pornografía y se ofrece pornografía porque cada persona y cada hogar necesita algo, aunque sea una pizca, de ella para sobrellevar el peso de la vida aburrida que nos rodea.