jueves, marzo 31, 2005

EL ARTE DRAMÁTICO DE LA LUCHA LIBRE

No sé exactamente la fecha en que por primera vez vi la lucha libre; creo que fue en 1960 o 1961, cuando yo tenía diez u once años. La veía en blanco y negro, en la televisión, y tenía que hacerlo a escondidas porque mis padres me lo prohibían por lo fuerte y ruda que era.

Como la transmitían de noche, y a causa de la prohibición paterna, tenía entonces que fingir que me iba a la cama. Luego a escondidas encendía la televisión. Era fascinante... Los rudos y los buenos, los héroes y los villanos, las luchas de máscara contra cabellera, máscara contra máscara, las batallas campales, la lucha de relevos y sus llaves: la Doble Nelson (del Dr. Nelson), los múltiples golpes de puño muy cortitos del Tigrito del Ring; la Patada voladora, el piquete a los ojos, la palanca al brazo, la puesta de espaldas, el cangrejo...

Admiraba a estos gladiadores, todos ellos estupendos atletas, acróbatas y actores; ellos eran mis héroes. Era un placer dibujarlos cuidadosamente, colorearlos con mis lápices Prismacolor y luego recortarlos para jugar con ellos a las luchas, como muñequitos de papel durante horas...


Carlos Zerpa: Catálogo de la exposición Kick Boxer; Sala Mendoza, Caracas 1999


Cada sábado, a las ocho y media de la noche, dejo todo lo que estoy haciendo y me siento a ver la lucha libre que transmiten por televisión. No sé por qué, pero semejante espectáculo me fascina y me devuelve a un estado de irracionalidad infantil que me cuesta deshacer. Tal vez sea porque en la estructura discursiva de la lucha libre se encuentra incrustada la eterna lucha entre el bien y el mal, y porque definitiva y atávicamente no hay nada que nos atraiga más que una golpiza. Esos dos poderosos elementos son la base de un complejo espectáculo que combina la violencia, el deporte y la expresión teatral en medio de un tono hiperbólico arraigado en lo más profundo de las costumbres populares. Quien no esté dispuesto a leer en la lucha libre el compendio de todos estos valores, se perderá del encanto y de la diversión que los luchadores en el ring son capaces de prodigar con sus maneras exageradas, sus golpes de mentira y de verdad, sus tacles, zancadillas, puntapiés, llaves, proyecciones, saltos, trampas, coreografías, máscaras y disfraces.

Todo en la lucha funciona en el registro de la simulación. Todo es remedo y movimiento estudiado. Cada acción ha sido concebida para generar un producto que hable de una violencia que no es sangrienta sino de mentira, de una violencia teatral que, por un lado, legitima a la lucha libre, y por otro la unifica como obra, como espectáculo.

Bien conocida es la creencia de que la objetivación de los hechos violentos en el arte y en el deporte contribuye a disminuir la violencia real en las sociedades, como si de una vacuna “anti-agresividad desmedida” se tratase. Esa función social explica por qué espectáculos tan sangrientos como el boxeo, las corridas de toros y la misma lucha libre perviven a través de los siglos. El origen de semejantes manifestaciones culturales se pierde en los vericuetos históricos más recónditos de las primeras civilizaciones. Ya en los frescos del palacio de Cnossos aparecían auténticas lidias de toros afanados en cornear jóvenes y arriesgados acróbatas. En la Ilíada y la Odisea aparecen personajes boxeando; en Roma hubo edificios enteros dedicados a todas las variantes posibles del pugilato y del pancracio, como llamaban los antiguos romanos al combate sin reglas, a la lucha libre... Hay algo misterioso en esas objetivaciones de la violencia que las hace necesarias para el desarrollo de la cultura. Los hechos violentos nos atraen, nos envuelven y nos tornan en adictos porque estimulan la curiosidad por aquello que más nos horroriza en esta vida pero que deseamos vivir a través de la experiencia de otro: el dolor. Al final de cuentas, lo que hace que disfrutemos el hecho estético implícito en cualquier circo del dolor es el proceso de catarsis que nace cuando podemos conocer ese sufrimiento físico sin padecerlo en carne propia. Quizás por eso sea tan difícil despegarse del encanto que produce cualquier objetivación de la violencia. Su condición imprescindible dentro del orden social las ha refinado tanto que hoy son a la vez una expresión de un alma colectiva sedienta de sangre y un discurso regido por unas normas bien codificadas con el único fin de objetivar esa tendencia morbosa que a los humanos gobierna. El elemento que mejor define a la lucha libre es el estiramiento de esas reglas. Estirarlas al máximo en función del espectáculo violento que cumple su papel en la organización social es, sin lugar a dudas, la premisa que explica no sólo la vigencia, sino la estética de la lucha libre. En consecuencia podemos decir que el maravilloso reino de los pancraciastas enmascarados y de sus trajes estrafalarios está hecho para que nosotros, los comunes mortales de a pie, sublimemos nuestras bajas y agresivas pasiones en un espacio tomado por actores-luchadores que simulan ser otros, que se disfrazan o se transforman para que los veamos como héroes, como villanos, como buenos o malos, como tipos rudos capaces de arreglar las cosas a puños, como gente que tiene una dimensión colosal y brinca y salta sobre su oponente, dañándolo y haciéndole volar con una proyección o una llave ensayada mil millones de veces hasta que se ve tan real que los que sabemos que en esas refriegas todo es coreografía decimos y aceptamos que aquello parece real y que nos impresiona.

Ciertamente, los mohines de un luchador son tan exagerados como los de un actor de teatro o como los de alguien simulando ser lo que no es, pero que el mismo formato le permite ser. En el mundo del pancracio la presencia depende de una mentira aceptada por todos los involucrados. El público, los anunciantes, los locutores, los árbitros y los mismos luchadores acuerdan un pacto según el cual todos manifiestan su fe inquebrantable en el espectáculo, sin importar que cada uno sepa que la lucha libre es puro simulacro. Esa convención que se trueca en fe explica, entre otras cosas, la razón por la cual los luchadores se convierten en auténticos ídolos de multitudes. Un luchador se vuelve grande en la medida en que su técnica para neutralizar, atacar y vencer a sus adversarios hace imperceptible el truco, el fraude implícito y acordado para que sólo florezca la violencia que todos vemos, que todos disfrutamos y que nos hace falta sentir reflejada. Es más: esa división tan frecuente entre los luchadores (técnicos contra rudos, buenos contra malos) encuentra su explicación en la misma idea. Un gladiador es del bando de “los rudos” cuando se vale de todas las mañas posibles para vencer a su rival y hacer que aflore en su acto la mera violencia sin el tamiz de las reglas que acotan el discurso. El encanto del pancracio se produce en el equilibrio precario de estas fuerzas en tensión, cosa que no sucede en el boxeo, en las artes marciales o en cualquier otro deporte en el que la competencia consiste en el combate ceñido a un reglamento.

Otro aspecto que también encuentra su asidero en la fe que le prodigamos a este arte violento es la caracterización de cada uno de los personajes. La lucha libre es el reino del simulacro que todos queremos creer y creemos no sólo porque en sus predios se escenifica una violencia física que satisface una necesidad atávica, sino también porque sus códigos visuales se solazan en el maquillaje, el disfraz, el enmascaramiento y la acrobacia circense; todos elementos salidos de la tradición del teatro, del carnaval y de las manifestaciones populares más hondas ante las cuales no podemos permanecer indiferentes dados su encanto y su poder comunicativo.

Para salir a la arena de combate el luchador, como el mago o el artista de cine, cambia su verdadero nombre y su verdadera identidad por la del personaje que pisa el escenario y se somete a la dura tarea de prestar su cuerpo para que otros vivan una ilusión que encuentra su fachada en una vestimenta concebida para impresionar, para gritarle a los otros que no se es un hombre normal, que se es un gigante moral ataviado para la pelea, para ser héroe y ganarse la admiración de todos. A pesar de lo que parezca, ese recurso no es nuevo. Los valientes soldados de las culturas antiguas se vestían con las galas más extremas para cumplir el objetivo de asustar al contendor y minarle la autoestima a fuerza de presencia. Esa caracterización diseñada para impresionar explica el uso que tales guerreros hacían de trajes estrafalarios y de toda suerte de adminículos, entre los cuales podríamos contar amuletos, escudos, cascos, estandartes y armas de distintas naturalezas. En su justa escala (nunca en la dimensión de los samurais japoneses o de cualquier otro héroe ataviado para ir a la guerra), la lucha libre hereda de los guerreros clásicos el uso del maquillaje, de la máscara y de la exageración controlada de los propios ademanes para convertirse en algo más que una persona predispuesta a la violencia física y convertirse en una entidad gloriosa a la que nada ni nadie pueden hacerle daño. En este sentido la máscara del propio luchador es el elemento que mejor resume esta simbólica metamorfosis. Las máscaras hablan de ese proceso de mímesis y transformación por el que un hombre común y corriente se transmuta en otro y se le abre la posibilidad de vivir un pedazo de vida que no es la suya. En la lucha libre cubrirse el rostro no sólo connota esa tendencia natural; connota además la certeza de asustar al contendor y de hacerse más fuerte presentándole una armadura natural que simula el hueso del cuerpo fuera de la propia carne.

La máscara y el disfraz, al ser los únicos elementos que marcan la presencia del luchador, se convierten en su piel, en su estructura, en su asidero ontológico sin el cual el pancraciasta no existiría porque su vestido marca sus señas y su propia existencia. Por eso la máscara y el disfraz se instituyen en un exoesqueleto que no sólo genera su presencia en la arena, sino que gigantiza al gladiador, cubriéndole con una neblina de gloria y leyenda que lo hace invencible y lo asocia con la muerte misma. La máscara es, entre otras cosas, el honor del luchador, la parte intocable que se cuida tanto como el alma y que se teme perder en la derrota. Este es el sentido que tuvo el hecho de disfrazarse para ir al campo de batalla en culturas que vieron en la guerra un hecho ritual de trascendencia religiosa. Tal es el misterio que cargan consigo las máscaras africanas, los tatuajes faciales mahoríes y el elaborado y fastuoso vestuario de los caballeros tigres y águilas de las guerras floridas aztecas. La identidad visual de la lucha libre es heredera directa de esta tradición porque su discurso depura la violencia y la une a un hecho plástico que se tangibiliza en el arte mismo de la máscara decorada con los más diversos motivos, dándole una identidad propia al personaje-luchador que no será en ningún caso un hombre común, y menos después de haberse sometido, como los insectos, a esa metamorfosis que comienza siendo de la apariencia y termina cambiando la personalidad.

Por otra parte, la lucha libre es un reino diseñado para exhibir las posibilidades del cuerpo humano. Todos los deportes fueron creados, en el fondo, para poner a prueba nuestro ser hecho de carne temporal y huesos débiles. Los luchadores también modelan su estampa para tornarla eficiente en las tareas propias de la actividad practicada. Así, la lucha libre es una exhibición corporal en la que se muestra un catálogo de cuerpos masculinos y femeninos mucho más variado que en otros deportes. En la lucha hay gordos, hay flacos, hay tipos con el torso y los brazos tallados en gimnasios, mujeres flaquitas, hombres menudos melenudos, enanos barrigones, algunos con tatuajes y el rostro maquillado, otros con trajes ceñidos o con tangas, muñequeras, licras y objetos que acompañan a las máscaras; las máscaras siempre... Siempre las máscaras...

El tema del cuerpo en la lucha libre se torna interesante porque es diverso y porque en cierta forma caricaturiza el afán de músculo que hay en otros deportes. En la lucha lo que importa es la exposición espectacular del cuerpo al dolor. Allí no interesa si ese formato de carne en movimiento se define en términos de belleza o esbeltez; interesa cómo se expone al daño, cómo lo sufre y cómo lo supera, cómo se utiliza para agredir, para diversificarse y extender sus posibilidades en forma de contorsiones que anulan y paralizan al enemigo, brincos y saltos mortales, gritos que horrorizan al público, sangre fingida o real que baña la lona y exacerba el brío de la multitud. La lucha libre es un lugar donde el dolor queda definido como una exageración de la vida... Y tanta vida mata a cualquiera...

Todo esto nos lleva a pensar que la fuerza del espectáculo de la lucha libre radica en la conjunción de sus variables visuales con esa instancia del arte literario que consiste en diseñar personajes atractivos que tengan una historia y que lleguen a desarrollarla en el cuadrilátero. Cada luchador es un personaje caracterizado según la historia exagerada que él mismo o que alguien ha inventado para que salga y la represente con todas sus galas en ese espacio de ficción que es el ring. Allí, en el ensogado, aparecen los nombres más estrambóticos, los relatos más increíbles y misteriosos de luchadores que se transforman en auténticos ídolos por sus hazañas supuestas y reales, por su manera de lanzarse sobre el enemigo, zumbar patadas, proyectarse por los aires, golpear y recibir con honor el triunfo o la derrota en cada combate. El nombre del personaje-luchador resume también sus credenciales guerreras. Por tal motivo no debe extrañarnos que en el mundo del pancracio aparezcan luchadores caracterizados con nombres como El Santo, El Tinieblas, El Caníbal, El Huracán Ramírez, La Momia Azteca, La Momia Inca, Perro Aguayo, Blue Demon, El Enterrador, El Exótico Rosado, El Doctor Nelson, La Muerte II, Billy El Hermoso, El Rayo de Jalisco, Hulk Hogan, El Tigrito del Ring, Owen Hart, Cavernario Galindo, Dark Búfalo, Peter El Conde, Yocozuna, El Rapaz de Portugal, Mil Máscaras, El Dragón Chino, El Gladiador Croata, El Patrullero 2000, Bassil Battah con su famosa pinza libanesa, El Chiclayano, El Gran Lotario, Rencor Latino, Bret “Hitman” Hart, Astro Junior, El Tritón, Bernardino Lamarca, El Pantera, El Arcángel, El Hijo Del Santo, Máscara Sagrada, Abismo Negro, El Galáctico, Rey Bucanero, El Gigante González, Ludwig Borga, King Kong Bundy, Lex Lugar, El Satánico, Tarzan Boy, Emilio Charles y pare usted de contar.

El colorido de la lucha libre, evidenciado en sus disfraces y en su capacidad caracterizadora, varía según el lugar donde se desarrolle. Todos los luchadores asumen por mandato del espectáculo su personaje cuando suben al ring; sin embargo esa asunción de la otredad depende de variables culturales que enriquecen de distinta manera el show. En México, por ejemplo, el sintagma de la lucha libre hereda la riqueza icónica del pasado azteca. La hiperbólica imaginería de esta lucha rememora a los guerreros vestidos en honor a Quetzalcoatl, al dios sol, a la gran serpiente emplumada que funcionó como elemento unificador de toda una cultura. A diferencia de la lucha libre mexicana, el género en los Estados Unidos presenta una imaginería cargada con toda la perfección de la que puede hacer gala un país desarrollado. Todos sus detalles hablan de un espectáculo hecho para entretener utilizando y mezclando datos de la iconografía cinematográfica, del rock y de las propias utopías culturales de los norteamericanos. A diferencia de la que se da en México, esta lucha subraya hasta el cansancio el campo ficcional en que se mueve, logrando que nada se salga de sus cotas y que todo sea un show de violencia controlada que sólo se abre a las estrategias de mercadeo que utilizan la imagen de los héroes de la lucha libre para colocarla en cajas de chicle o en muñecos destinados a los niños. Por el contrario, la lucha mexicana, con su arraigo popular, ha creado a lo largo de los años un espectáculo cuya fuerza se expande a otros países y a otras instancias de la cultura, generando personajes que rayan en el delirio, dado su carácter de héroe y gloria nacional. Tal es el caso de El Santo, el más grande de los luchadores mexicanos, cuya existencia como personaje del ring trascendió sus propios límites marcados por la lona y las cuerdas, convirtiéndose en héroe de cine, cómics y fotonovelas. Curioso resulta observar cómo el ciudadano común le dio su confianza y su fe a un enmascarado salido de los predios de la lucha libre; tanto que la cultura popular hizo suya la potestad de asumir al Santo como el justiciero de los pobres, como el hombre con características sobrehumanas capaz de reivindicar el gusto y las necesidades estéticas de los débiles sociales. Esto trae a cuento otro de los detalles más interesantes de la lucha libre referido a quiénes son los que disfrutan de su existencia.

La lucha es un arte de la acrobacia, de los golpes y de la honorabilidad de la máscara cubriéndole el rostro al luchador. A pesar del registro violento en que se manejan tales elementos, la lucha libre existe en un espacio cultural influido por una visión infantil de la vida en la que hay buenos y malos, monstruos, superhéroes, piruetas y gamberros envueltos en una imaginería en la que todo parece de juguete. Por eso no falta quien diga que la lucha es una versión edulcorada y para niños del boxeo, un espectáculo real, en el que los contendores sí se parten a golpes la crisma en un cuadrilátero en el que no entran máscaras ni pantomimas, y en cambio sólo cabe la habilidad desnuda de cada boxeador. En este sentido la lucha libre que conocemos hoy en día es un entretenido entremés que prefigura manifestaciones de la violencia objetivada mucho más sangrientas y discutibles (como las que aparecen en el cine, la televisión y otros ámbitos de nuestra cultura contemporánea) con las que todo individuo se topará, aún sin querer, cada día de su vida[1].

Al tener la apariencia de un simulacro, la lucha libre le brinda al público la oportunidad de pensar que la violencia que está frente a sus ojos es sólo un juego y que, por más ferocidad que vea, todo es artificio y mentira ensayada mil veces. El encanto de la lucha es justamente no ser real y dar paso a un espacio de ficción donde caben la mitología infantil y el regodeo en todo el excedente de información visual de la lucha libre que no es más que arte presentado en forma de máscaras, disfraces, exageraciones, gritos, silbidos, pelucas, abucheos, furor físico, rabia fingida, golpes y letanías de presentador oficial anunciando el nombre de los oficiantes, cuyas acciones narrarán unos locutores encargados de añadirle emoción a aquello que de por sí ya la tiene, sobre todo si el público está conformado por niños, por gente ingenua que cree en todo lo que ve o por tipos que, como yo, quieren entrenarse en el arte de ver belleza donde aparentemente no la hay.
La lucha libre es un espacio en el que vive suspendida una temporalidad inocente muy parecida a la que vivimos siendo niños. Allí perviven actitudes de cuando creíamos que el mundo era moral y transparente sin dejar de ser un juego ni un lugar para reírse o disfrazarse en paz. Por eso me gusta la lucha libre, porque es un universo ficticio igual al que nos construíamos con nuestros juguetes, con nuestros amigos, con nuestras ganas de convertirnos en otros, en héroes, en seres indestructibles que realizan sus hazañas en el lugar sin límites de nuestra imaginación.

[1] Hay que destacar que en México y en otros países hispanoamericanos la lucha libre entretuvo a niños y jóvenes mucho antes de que el cine, por medio de las cintas de dibujos animados, dejara su huella en el alma de la gente. Por eso no debe extrañarnos que en estos países los héroes del pancracio formaran parte de la memoria colectiva mucho antes que los muñecos de Disney, de la Warner Brothers o de cualquier otra gran compañía. Lo mejor es que las comiquitas trajeron consigo y divulgaron el mismo tipo de violencia teatral que desde siempre explotaron los ídolos de la lucha libre.