martes, marzo 29, 2005

EL ALMA DE LOS JUGUETES

Jugar es crearse una realidad paralela, un tiempo cualitativo en el que se puede ser lo que se quiera: un vaquero, un policía, una amorosa madre o un futbolista famoso y consumado. El juego es un espacio dispuesto para que la imaginación se desborde y podamos ver las cosas desde nuevas perspectivas. Los juguetes (al igual que los objetos artísticos) son los instrumentos que posibilitan el desdoblamiento del ser que se produce cuando fantaseamos. Imaginar es un acto muy complejo que responde a tantos estímulos en nuestro entorno que no habría palabras ni tiempo capaces de enumerarlos. De ahí que los juguetes sean tan importantes en nuestra vida. Ellos, de algún modo, son estímulos controlados que ponen en marcha habilidades y talentos que, sin los juguetes, quizás permanecerían ocultos.

Es curioso, pero sólo se nos permite jugar, ser “artistas”, tener miradas muy particulares del mundo y hacer las conexiones intelectuales o lingüísticas que se nos vengan en gana, cuando somos niños. Es un lugar común creer que con la infancia viene un paquete de maravillas que expira cuando llega la adultez y nos volvemos serios y no queda más remedio que afrontar ceñudamente los rigores de la vida, sin importar si esa seriedad rinde verdaderos frutos o si sólo se trata de un parapeto que viene con las canas. Para no morir de aburrimiento ni de otros males filosóficos, habría que asumir con modestia que la vida entera vale la pena si se asume con la misma seriedad con la que los niños emprenden un juego cualquiera. Recuperar ese ensimismamiento que alguna vez sentimos al jugar con una muñeca o con veinte soldaditos de plástico sería lo más valioso que podría pasarnos en un momento como el que vivimos, signado por la banalidad y la estulticia institucionalizada.

En apariencia, el juego es una actividad sencilla que no requiere de mayores estímulos. Es fácil creer que nuestra imaginación es un animal que vive en nosotros una vida propia e independiente que se mueve y se reproduce sola sin nuestro concurso, como si a veces ella nos llevara hacia donde su voluntad quisiera. Lo delicioso de los juguetes es que son los primeros artefactos de nuestra vida que nos ayudan a acotar el acto imaginativo, a ponerle riendas a esa bestia silenciosa que por naturaleza tiende a la dispersión. Los juguetes no sólo acotan el acto imaginativo, también estimulan la posibilidad de hacer de ese acto un hecho consciente que permita una mirada oblicua a las cosas, a los problemas, al mundo. De ahí que sean instrumentos tan importantes, tan diseñados, tan provistos de variedad y lecturas.

Otro de los elementos que rodean al juguete, y que le dan su importancia en el ordenamiento de la cultura, es la responsabilidad que tiene cada uno de esos artefactos a la hora de objetivar nuestra propia individualidad. Jugamos con los juguetes a lo que de algún modo somos y a lo que de algún modo deseamos ser. Ni siquiera el que toma una piedra como parte de sus juegos deja de realizar una operación simbólica por medio de la cual su propia humanidad se extiende a las cosas, convirtiéndose por obra y gracia del juego en ellas. ¿Qué niña no ha jugado a “ser” la madre desenvuelta de una muñeca o la Barbie hermosa con la que pasa las horas muertas y los ratos de ocio? ¿Qué niño no ha convertido su soldado de plástico o su pista de carritos en una extensión de su propio afán de acción, de su propia violencia reprimida?

A simple vista parece raro, pero ese proceso en el que la propia individualidad se extiende hacia los juguetes es un simulacro de cómo en la adultez los seres humanos nos vemos en la obligación de extendernos hacia otro tipo de objetos que complementan nuestro cuerpo. Cuando somos adultos, usamos herramientas de toda clase para amplificar nuestras capacidades corporales; usamos lentes, audífonos, micrófonos, llaves, alicates, pinzas, cuchillos, destornilladores, computadoras, cámaras fotográficas, bolígrafos... Y lo mejor es que a semejante posibilidad de “extensión” corporal corre paralelo un proceso según el cual a cada objeto le adjudicamos un valor y una historia unida a la nuestra. Así nos encariñamos con las cosas, nos enamoramos de ellas hasta el punto de guardarlas con el único fin de recordar lo que vivimos teniéndolas a nuestro alcance.

A diferencia de las imágenes religiosas (y a semejanza de algunas obras de arte), cada persona le adjudica su propia simbología a los juguetes. Por eso podríamos afirmar que estamos hablando de artefactos poéticos, de objetos cuyo sentido permanece abierto hasta que cada quien lo llena de significado en un espacio vital que tiene sus propias reglas en el juego.

Líneas atrás afirmamos que entre el arte y el juego existe una suerte de hermandad cifrada en que ambos alejan a la gente de ese complejo laberinto en línea recta que es la cotidianidad. Sin embargo, en el arte no existe con tanta fuerza (a no ser en los propios artistas) un sentido de contacto físico y de disfrute con respecto al propio objeto que genera la entrada a otro tiempo y a otras leyes. En cambio, en el juego, esa posibilidad existe y es, en muchos casos, obligatoria. Se juega con un balón, con una muñeca de trapo, con un avión o un barco a escala, con un peluche, con unos bloques de Lego, con un palo o con un guante de beisbol; se juega con lo que sea y se toca y se manosea y se soba y se manipula precisamente porque el juego consiste en hacer algo “nuevo” con eso que se tiene en las manos.

Digno de resaltar es que existan juegos capaces de convertir al propio cuerpo en juguete (¿qué otra cosa hace la gente cuando practica algún deporte o cuando juega a Policías y Ladrones o al Escondite?). Recomendable sería que los juguetes y la predisposición a jugar traspasaran el límite de la niñez, y se extendiesen a la vida entera como algo más que simples pasatiempos o como métodos para ganar dinero (a veces no muy santo que digamos), como pasa con los juegos de envite y azar.

Sin embargo, y a pesar de todo, hay adultos para los que los juguetes no dejaron de existir con el arribo de las arrugas y de los achaques. Para la gente que piensa así, la infancia es más un espacio cultural que un asunto de fechas y calendarios. En tal sentido, la mencionada continuidad se desarrolla en los términos de una operación nostálgica que transforma al juguete en una escultura, en una pieza para ser exhibida y contemplada como si fuera digna de un museo. De ahí que en los rincones más elocuentes de nuestras casas y oficinas descansen unos monstruos de plástico, unos superhéroes mudos mostrados a modo de algo más que simples trofeos adquiridos en la infancia. Quien colecciona muñecos para contemplarlos, generalmente los asume como esculturas, como piezas que, a pesar de tener una ergonomía para niños y una producción industrial, le despiertan algo, una curiosidad, una sensación extraña muy parecida a la que generan ciertas obras de arte. Quizás sea nostalgia, melancolía o una identificación estética con el juguete y su materialidad; tal vez se trate del recuerdo de cuando podíamos contener el mundo en nuestras manos o de cuando olíamos el maravilloso olor de esos artefactos en el momento en que eran nuevos y aparecían ante nuestros ojos guardados en sus respectivas cajas… Sea lo que sea, hay adultos que ven en ciertos juguetes lo mismo que ven en las obras de arte, y eso es importante en tanto supone una ampliación de lo que tradicionalmente llamamos “artístico”. A las esculturas clásicas las recorremos; a los juguetes los utilizamos, los ponemos a funcionar en nuestros juegos, los tocamos y le agregamos nuestra propia pátina de historias y desgaste. Quizás cuando colocamos a los juguetes en “situación de museo” en nuestras casas y oficinas no estemos enseñando tanto al juguete como a esa pátina que habla sordamente de nosotros.

A pesar de lo que creamos, la “esculturización” de los juguetes no representa la única manera en que estos objetos han trascendido al mundo de los adultos. Como los propios juguetes son concebidos para satisfacer unas necesidades específicas, nada tiene de extraño que el diseño industrial conciba decenas de artefactos de uso cotidiano adaptándoles premisas formales propias de los juguetes. Tal es la razón de que nuestro mundo esté repleto de aparatos cuyas formas recuerden los colores, las proporciones, los artilugios y hasta la magia de los objetos con los que jugábamos cuando éramos niños. De ahí que en el mercado haya coloridos condones, que en las tiendas de artículos para el hogar abunden cubiertos, manteles, abrelatas, vasos, botellas, vajillas y demás parafernalia, diseñados con esa estética siempre amable de los adminículos con los que pasamos las horas más alegres de nuestra niñez.

Como ya comentamos, manipular un juguete, o solazarse jugando, supone además el estímulo de infinidad de aptitudes. Nuestros movimientos, nuestras percepciones, y nuestra imaginación son distintos cuando jugamos; se amplían, se encienden, se hacen más ágiles. Por eso, y porque la alegría siempre vale la pena, hay que llevar la actitud del juego a flor de piel, convirtiendo el acto vital en una aventura, en un invento que nos permita entender, después de todo, que el fin del juego (y del arte) es ayudarnos a ver más allá de lo aparente y de lo normal.

En el juego y en el arte hay un trabajo sobre las formas que, al trasladarse a la propia vida, le dan una riqueza que la existencia, por sí sola, no tiene, a menos que nosotros se la demos. El arte y el juego estimulan que permanezcamos abiertos a todo, y eso es porque hacen de nuestro propio cuerpo un instrumento para llenar de sentido —de nuevos sentidos— nuestra experiencia vital. Así, la gente de todas las edades encontrará siempre su juguete y jugará y seguirá jugando con pistolas de agua, con carritos Matchbox, bicicletas, muñecas de trapo, triciclos, aviones a control remoto, rompecabezas, patinetas, libros, mazos de cartas, pelotas, computadoras, monitores, máquinas de pinball, lápices, papeles, peonzas, cámaras, escopetas y revólveres de mentira, disfraces, espadas, juegos de ajedrez, damas chinas, Ludo y Monopolio, amén de los “juguetes sexuales” con los que algunos adultos complementan su vida.

Lo importante de todo esto es jugar y llevar a flor de piel los datos de esa experiencia. Tal vez no la hagamos mejor, pero sí más divertida.