Hace años iba a rumiar mis cuitas al Zoológico de Caricuao. Allí no hacía otra cosa que caminar mientras visitaba a los tigres olorosos, a los monos, a las cebras y a los cocodrilos. Semejante paseo era todo un placer por el piar de los pájaros, por la soledad y, sobre todo, porque me regodeaba en la lejanía de las discusiones bizantinas que suelen rodear a un estudiante universitario.
Un día, en una de esas caminatas, llegué al espacio destinado a los elefantes y la impresión fue tan grande como uno de ellos. De súbito abrí el pequeño morral en el que guardaba mis libros y saqué una barra de grafito y un cuaderno. Estaba solo. Aquellas maravillas casi mitológicas, aquellos seres que son como esculturas vivas, se movían, respiraban y caminaban sólo para mí y para mi deseo de atrapar su contundencia a través del dibujo.
Ese día pasé un buen rato a pesar de que no obtuve los resultados que esperaba. Las formas de semejante monumento vivo son más difíciles de entender de lo que parecen. Su piel rugosa, repleta de pliegues y de un indescriptible color mezcla de gris y marrón, distrae al ojo que pretende entender su anatomía colosal. Son demasiados huesos, demasiados entrantes y salientes, demasiadas proporciones a las que no estamos acostumbrados. Por eso sería mejor que me lo tomara con calma y continuase anotando las dudas que las formas de un elefante producen en un artista hasta que la fortuna y el ejercicio repetido me augurasen el éxito deseado.
Hace años me di cuenta de que dibujar es reproducir el recorrido de nuestra mirada; un trazo, una línea o un punto representan el movimiento de nuestros ojos. De ese modo debía entender lo que veía del elefante para poderlo dibujar. Tal fue la razón que me llevó a insistir en la observación de un modelo tan prodigioso, aparte, claro está, de que había algo inexplicable en esos animales que me atraía. Quizás fuera la reminiscencia de una grandeza, de una dignidad, que el mundo ha perdido para siempre, aunque aún la especie humana no haya sentenciado a los elefantes a la extinción.
¿Por dónde debía comenzar a estudiar a ese gigante cuadrúpedo? ¿Cuál sería el hueso que se convertiría en la llave capaz de explicar todo aquel cuerpo? Recuerdo que me llamaban la atención el hocico del animal, sus colmillos saliendo de la parte superior de la boca, las patas, las orejas planas y móviles, la fachada posterior del elefante parecida a la de uno de esos señores que se ponen los pantalones más arriba del ombligo. También me impresionaban el pecho y la barriga que caían en diagonal, bajando desde la parte posterior de las patas delanteras hasta la parte anterior de las patas traseras del monstruo que pacía lento y subía y bajaba la trompa, como si no hubiese nada más importante en este mundo.
Pasaron los días y mis libros universitarios se mezclaron con varios tomos dedicados a los paquidermos. Allí aprendí que hay una especie de elefantes africanos (Loxodonta africana cyclotis) y una de elefantes asiáticos (Elephas maximus) que se diferencian por varios detalles que el ojo distraído en tonterías no detecta. Los elefantes africanos tienen dos dedos en el extremo de la trompa, una pequeña joroba, el lomo cóncavo, los molares con vetas en forma de rombo y las orejas grandes. Los elefantes asiáticos tienen el lomo convexo, la cabeza bilobulada, las orejas pequeñas y un “dedo” en la trompa que cierran contra la parte ancha de la larga nariz. Supe, además, que las historias de los usos que el hombre le ha dado a ambas especies difieren notablemente. El elefante africano, por ejemplo, es, desde antaño, un ser casi indomesticable que le ha servido a los seres humanos como maravilla diseñada para sorprenderlo y para mostrarle cuán enigmática puede ser la naturaleza. De ahí que nuestro contacto con los elefantes africanos se vea siempre mediado por una barrera eléctrica (como sucede al verlos por Animal Planet), cuando los vemos a través de una frontera de agua y concreto (como sucede en los zoológicos) y cuando los observamos con una cámara fotográfica o una escopeta entre ellos y nosotros (como sucede en los safaris). Por el contrario, los elefantes asiáticos han acompañado y ayudado a los hombres a realizar las tareas más duras de la vida. Han servido como medios de transporte, como bestias hechas para el trabajo pesado (arar, rodar troncos, talar árboles... No hay nada más contraindicado para los paquidermos que cargar peso), como artistas de circo que se levantan en dos patas, elevan sus trompas y se encaraman sobre pelotas de colores.
Hay dos puntos de encuentro en el destino de ambas especies que, por vergonzosos, no dejan de ser interesantes. Uno es el uso que desde tiempos remotos se le ha dado a los elefantes en el verdadero oficio más antiguo del planeta: la guerra. Como ejemplo de semejante verdad están las pinturas de elefantes asiáticos cubiertos con armaduras de metal en la India, y las crónicas de Tito Livio sobre la guerra entre cartagineses, montados sobre una multitud de elefantes, y un ejército de romanos a caballo y a pie:
“...Al día siguiente, mostrando los bárbaros menos ardor por lanzarse en medio, se reunieron las tropas cartaginesas y franquearon el desfiladero no sin desastre, pero con una pérdida mayor de acémilas que de hombres. En lo sucesivo, los montañeses, ya menos numerosos, lanzaban asaltos de bandoleros más que verdaderos combates, bien contra la vanguardia, bien contra la retaguardia, según se lo permitía lo favorable del terreno o según que los cartagineses demasiado avanzados o retrasados les ofrecían alguna oportunidad. Por lo que a los elefantes se refiere, si bien avanzaban con gran lentitud a través de unos caminos estrechos y de abruptas pendientes, por otra parte garantizaban la seguridad de la columna en marcha, porque los enemigos, que no estaban acostumbrados a verlos, tenían miedo a acercarse a ellos. Al cabo de ocho días se llegó a la cumbre de los Alpes a través de caminos impracticables y de cambios de ruta debidos bien a la mala fe de los guías, bien, cuando no se tenía confianza en ellos, a guías improvisados que conjeturaban la marcha a seguir adentrándose por valles que no conocían...”
Tito Livio: La aventura de Aníbal, Madrid, Aguilar, 1963, Cap. XXXV, Pp. 89-90
El otro punto de fuga en esta perspectiva histórica de la vergüenza es la cacería de elefantes en aras de arrancarle los colmillos para comercializar el marfil y convertirlo en bolas de billar, joyas, esculturas, monumentos y demás objetos que, por muy hermosos que sean, no le llegan por los talones a la belleza y a la complejidad de un elefante, y es que esos animales son esculturas vivientes; son obras perfectas que caminan y respiran como un fuelle vivo y lento que le hace pensar al espectador en el tamaño de los órganos que están latiendo e irrigando sangre, sustancias alimenticias y demás fluidos vitales dentro de ese cuerpo que parece una cueva viva llena de viento en la que cabríamos unos cuantos seres humanos.
Varias veces volví al rincón de los elefantes (¿se puede llamar así al espacio donde habitan estos seres?) en el Zoológico de Caricuao y la sensación era cada vez más interesante en tanto me daba cuenta de que conocer los detalles anatómicos y hasta históricos de semejantes bestias me permitía entender mejor su estructura anatómica. Fue así cómo mis dibujos se fueron haciendo más precisos. Adquirí seguridad a pesar de que los elefantes, por muy lento que se muevan, nunca se quedan quietos, posando para ti como si estuvieran disecados o en las fotos de los libros. Un elefante se mueve, da vueltas, sube y baja la trompa. A veces lo hace para llevarse un alimento al hocico; otras para echarse tierra en el lomo, levantando una nube de polvo a su alrededor. A veces toma agua y se vuelve una regadera, un surtidor gigante que comparte el líquido —su líquido— con todos los que gozamos haciéndole compañía, quedando bañados con el agua “pesada” que salió de su nariz.
Cuando estamos cerca de un elefante y nos dedicamos a observarlo (sea para regocijarnos con su presencia o para representarlo a través del dibujo o de la fotografía) corremos un peligro que tiene que ver con la densidad de su piel (paquidermo, en griego, significa piel densa), con el cuero gris que cubre la anatomía del monstruo. Ver esos pliegues que moldean al animal, puede resultar peligroso porque podemos creer que lo más representativo del elefante se encuentra en eso que vemos primero: su piel, esa dermis hecha de rayas verticales, horizontales y diagonales, de dibujos inconclusos que hablan de una aspereza tan dulce que hipnotiza. Al igual que la superficie de todos los objetos, la del elefante desata todo su poder seductor para perder a los artistas en la belleza de la dermis y no en la complejidad de la estructura. Por eso, cuando dibujemos elefantes, debemos apartar el asombro natural que su presencia nos impone y convertir ese estado de respeto, de sobrecogimiento general, en fuerza que abone nuestra capacidad de observación, nuestra curiosidad y nuestro deseo por saber cómo funcionan, cómo se imbrican, cómo se mueven unas formas tan perfectas como las de esos animales.
Otro de los placeres que acompañan el dibujo de los elefantes es que al estar a su lado, el artista se anula, se vuelve invisible, se hace nada a los ojos de los demás, evitando así esa sensación en extremo irritante que genera todo artista cuando trabaja en lugares públicos y suscita la curiosidad de esos transeúntes que se detienen a su lado a ver cómo dibuja tal o cual detalle y hace preguntas y cuenta alguna anécdota, se asombra ante los logros o se espanta de los errores. Ante un elefante, el público se olvida del mundo y sólo centra su atención sobre esa bestia que barrita y que es capaz de aplastar sin esfuerzo —y hasta sin querer— a un hombre distraído.
Una experiencia fascinante, luminosa y enriquecedora desde todo punto de vista debe ser la de ir a Nairobi o a Kinghasa, y hacer todo lo posible por colarse en un safari organizado por expertos cazadores o por fotógrafos de National Geographic y tener la oportunidad de ver a los elefantes en su medio natural y dibujarlos y verlos sin esa atmósfera extraña, como de exhibición de rarezas, como de museo de la vida que tienen todos los zoológicos del mundo, y que hace que uno se olvide de que los animales viven en alguna parte y que ellos están hechos para vivir en ese hábitat salvaje. No debe ser igual, no debe sentirse lo mismo, dibujar a un paquidermo en un zoológico que en una llanura africana donde los elefantes andan en manadas y se cuidan entre ellos y son capaces de enfrentarse a esas fieras llamadas “reyes de la selva” a pesar de que los elefantes puedan aplastarlos o atravesarlos con sus colmillos largos y combados, si los amenazan de muerte o les invaden su territorio.
Aunque el carácter o la expresión de las líneas que hacen al dibujo de un elefante no se vean influidas —al menos a simple vista— porque el artista esté o no en Zaire, en Zanzíbar o en el mismísimo Kilimanjaro, hay que decir que la recopilación de datos sobre el modelo a dibujar es de vital importancia para esa consubstanciación inevitable que se da entre el artista y su objeto de estudio, porque un artista es una persona que se compenetra —quiéralo o no— con las formas de su modelo, con su olor, con su manera de ser, de comportarse, de comer, de tomar agua, de aparearse, de parpadear, de dormir, de descansar, de comunicarse, de caminar y de vivir su vida por la sencilla razón de que la estructura de ese modelo cambia cada vez que realiza un simple mohín.
¿Y qué justifica ese querer acercarse a un objeto para dibujarlo? Pues, en principio, no otra cosa que la necesidad de entenderlo, de sentir que nuestra vida adquiere un nuevo sentido cuando se extiende a los objetos, a los animales, a las personas que nos rodean con el fin de estudiarlos, de saber cómo funcionan y, en segundo y más profundo término, para introducir la memoria de esas formas en nosotros y hacer que nos sigan a todas partes como si fueran un Padre Nuestro, un poema o un pensamiento íntimo que compartimos con pocos amigos.
Yo he dibujado cientos de veces al hermoso monstruo que es el elefante y lo he hecho para que me acompañe a lo largo de mi vida, para que esté conmigo siempre y para que pueda dibujarlo en el tamaño que sea y con el material que sea cuando la ocasión lo amerite o cuando me provoque. Tal vez muy pocos seres humanos entiendan la colosal dimensión del placer que esto supone. Es muy probable que tengan que dedicarse a observar al monstruo durante horas, y en silencio, para saber, siquiera un poquito, que el tamaño del elefante es, apenas, una medida del placer que supone dibujarlo.
Y que conste: no hay cabeza ni sensibilidad en las que no quepa uno de estos monstruos...
Caracas, 19 de agosto de 2003
Un día, en una de esas caminatas, llegué al espacio destinado a los elefantes y la impresión fue tan grande como uno de ellos. De súbito abrí el pequeño morral en el que guardaba mis libros y saqué una barra de grafito y un cuaderno. Estaba solo. Aquellas maravillas casi mitológicas, aquellos seres que son como esculturas vivas, se movían, respiraban y caminaban sólo para mí y para mi deseo de atrapar su contundencia a través del dibujo.
Ese día pasé un buen rato a pesar de que no obtuve los resultados que esperaba. Las formas de semejante monumento vivo son más difíciles de entender de lo que parecen. Su piel rugosa, repleta de pliegues y de un indescriptible color mezcla de gris y marrón, distrae al ojo que pretende entender su anatomía colosal. Son demasiados huesos, demasiados entrantes y salientes, demasiadas proporciones a las que no estamos acostumbrados. Por eso sería mejor que me lo tomara con calma y continuase anotando las dudas que las formas de un elefante producen en un artista hasta que la fortuna y el ejercicio repetido me augurasen el éxito deseado.
Hace años me di cuenta de que dibujar es reproducir el recorrido de nuestra mirada; un trazo, una línea o un punto representan el movimiento de nuestros ojos. De ese modo debía entender lo que veía del elefante para poderlo dibujar. Tal fue la razón que me llevó a insistir en la observación de un modelo tan prodigioso, aparte, claro está, de que había algo inexplicable en esos animales que me atraía. Quizás fuera la reminiscencia de una grandeza, de una dignidad, que el mundo ha perdido para siempre, aunque aún la especie humana no haya sentenciado a los elefantes a la extinción.
¿Por dónde debía comenzar a estudiar a ese gigante cuadrúpedo? ¿Cuál sería el hueso que se convertiría en la llave capaz de explicar todo aquel cuerpo? Recuerdo que me llamaban la atención el hocico del animal, sus colmillos saliendo de la parte superior de la boca, las patas, las orejas planas y móviles, la fachada posterior del elefante parecida a la de uno de esos señores que se ponen los pantalones más arriba del ombligo. También me impresionaban el pecho y la barriga que caían en diagonal, bajando desde la parte posterior de las patas delanteras hasta la parte anterior de las patas traseras del monstruo que pacía lento y subía y bajaba la trompa, como si no hubiese nada más importante en este mundo.
Pasaron los días y mis libros universitarios se mezclaron con varios tomos dedicados a los paquidermos. Allí aprendí que hay una especie de elefantes africanos (Loxodonta africana cyclotis) y una de elefantes asiáticos (Elephas maximus) que se diferencian por varios detalles que el ojo distraído en tonterías no detecta. Los elefantes africanos tienen dos dedos en el extremo de la trompa, una pequeña joroba, el lomo cóncavo, los molares con vetas en forma de rombo y las orejas grandes. Los elefantes asiáticos tienen el lomo convexo, la cabeza bilobulada, las orejas pequeñas y un “dedo” en la trompa que cierran contra la parte ancha de la larga nariz. Supe, además, que las historias de los usos que el hombre le ha dado a ambas especies difieren notablemente. El elefante africano, por ejemplo, es, desde antaño, un ser casi indomesticable que le ha servido a los seres humanos como maravilla diseñada para sorprenderlo y para mostrarle cuán enigmática puede ser la naturaleza. De ahí que nuestro contacto con los elefantes africanos se vea siempre mediado por una barrera eléctrica (como sucede al verlos por Animal Planet), cuando los vemos a través de una frontera de agua y concreto (como sucede en los zoológicos) y cuando los observamos con una cámara fotográfica o una escopeta entre ellos y nosotros (como sucede en los safaris). Por el contrario, los elefantes asiáticos han acompañado y ayudado a los hombres a realizar las tareas más duras de la vida. Han servido como medios de transporte, como bestias hechas para el trabajo pesado (arar, rodar troncos, talar árboles... No hay nada más contraindicado para los paquidermos que cargar peso), como artistas de circo que se levantan en dos patas, elevan sus trompas y se encaraman sobre pelotas de colores.
Hay dos puntos de encuentro en el destino de ambas especies que, por vergonzosos, no dejan de ser interesantes. Uno es el uso que desde tiempos remotos se le ha dado a los elefantes en el verdadero oficio más antiguo del planeta: la guerra. Como ejemplo de semejante verdad están las pinturas de elefantes asiáticos cubiertos con armaduras de metal en la India, y las crónicas de Tito Livio sobre la guerra entre cartagineses, montados sobre una multitud de elefantes, y un ejército de romanos a caballo y a pie:
“...Al día siguiente, mostrando los bárbaros menos ardor por lanzarse en medio, se reunieron las tropas cartaginesas y franquearon el desfiladero no sin desastre, pero con una pérdida mayor de acémilas que de hombres. En lo sucesivo, los montañeses, ya menos numerosos, lanzaban asaltos de bandoleros más que verdaderos combates, bien contra la vanguardia, bien contra la retaguardia, según se lo permitía lo favorable del terreno o según que los cartagineses demasiado avanzados o retrasados les ofrecían alguna oportunidad. Por lo que a los elefantes se refiere, si bien avanzaban con gran lentitud a través de unos caminos estrechos y de abruptas pendientes, por otra parte garantizaban la seguridad de la columna en marcha, porque los enemigos, que no estaban acostumbrados a verlos, tenían miedo a acercarse a ellos. Al cabo de ocho días se llegó a la cumbre de los Alpes a través de caminos impracticables y de cambios de ruta debidos bien a la mala fe de los guías, bien, cuando no se tenía confianza en ellos, a guías improvisados que conjeturaban la marcha a seguir adentrándose por valles que no conocían...”
Tito Livio: La aventura de Aníbal, Madrid, Aguilar, 1963, Cap. XXXV, Pp. 89-90
El otro punto de fuga en esta perspectiva histórica de la vergüenza es la cacería de elefantes en aras de arrancarle los colmillos para comercializar el marfil y convertirlo en bolas de billar, joyas, esculturas, monumentos y demás objetos que, por muy hermosos que sean, no le llegan por los talones a la belleza y a la complejidad de un elefante, y es que esos animales son esculturas vivientes; son obras perfectas que caminan y respiran como un fuelle vivo y lento que le hace pensar al espectador en el tamaño de los órganos que están latiendo e irrigando sangre, sustancias alimenticias y demás fluidos vitales dentro de ese cuerpo que parece una cueva viva llena de viento en la que cabríamos unos cuantos seres humanos.
Varias veces volví al rincón de los elefantes (¿se puede llamar así al espacio donde habitan estos seres?) en el Zoológico de Caricuao y la sensación era cada vez más interesante en tanto me daba cuenta de que conocer los detalles anatómicos y hasta históricos de semejantes bestias me permitía entender mejor su estructura anatómica. Fue así cómo mis dibujos se fueron haciendo más precisos. Adquirí seguridad a pesar de que los elefantes, por muy lento que se muevan, nunca se quedan quietos, posando para ti como si estuvieran disecados o en las fotos de los libros. Un elefante se mueve, da vueltas, sube y baja la trompa. A veces lo hace para llevarse un alimento al hocico; otras para echarse tierra en el lomo, levantando una nube de polvo a su alrededor. A veces toma agua y se vuelve una regadera, un surtidor gigante que comparte el líquido —su líquido— con todos los que gozamos haciéndole compañía, quedando bañados con el agua “pesada” que salió de su nariz.
Cuando estamos cerca de un elefante y nos dedicamos a observarlo (sea para regocijarnos con su presencia o para representarlo a través del dibujo o de la fotografía) corremos un peligro que tiene que ver con la densidad de su piel (paquidermo, en griego, significa piel densa), con el cuero gris que cubre la anatomía del monstruo. Ver esos pliegues que moldean al animal, puede resultar peligroso porque podemos creer que lo más representativo del elefante se encuentra en eso que vemos primero: su piel, esa dermis hecha de rayas verticales, horizontales y diagonales, de dibujos inconclusos que hablan de una aspereza tan dulce que hipnotiza. Al igual que la superficie de todos los objetos, la del elefante desata todo su poder seductor para perder a los artistas en la belleza de la dermis y no en la complejidad de la estructura. Por eso, cuando dibujemos elefantes, debemos apartar el asombro natural que su presencia nos impone y convertir ese estado de respeto, de sobrecogimiento general, en fuerza que abone nuestra capacidad de observación, nuestra curiosidad y nuestro deseo por saber cómo funcionan, cómo se imbrican, cómo se mueven unas formas tan perfectas como las de esos animales.
Otro de los placeres que acompañan el dibujo de los elefantes es que al estar a su lado, el artista se anula, se vuelve invisible, se hace nada a los ojos de los demás, evitando así esa sensación en extremo irritante que genera todo artista cuando trabaja en lugares públicos y suscita la curiosidad de esos transeúntes que se detienen a su lado a ver cómo dibuja tal o cual detalle y hace preguntas y cuenta alguna anécdota, se asombra ante los logros o se espanta de los errores. Ante un elefante, el público se olvida del mundo y sólo centra su atención sobre esa bestia que barrita y que es capaz de aplastar sin esfuerzo —y hasta sin querer— a un hombre distraído.
Una experiencia fascinante, luminosa y enriquecedora desde todo punto de vista debe ser la de ir a Nairobi o a Kinghasa, y hacer todo lo posible por colarse en un safari organizado por expertos cazadores o por fotógrafos de National Geographic y tener la oportunidad de ver a los elefantes en su medio natural y dibujarlos y verlos sin esa atmósfera extraña, como de exhibición de rarezas, como de museo de la vida que tienen todos los zoológicos del mundo, y que hace que uno se olvide de que los animales viven en alguna parte y que ellos están hechos para vivir en ese hábitat salvaje. No debe ser igual, no debe sentirse lo mismo, dibujar a un paquidermo en un zoológico que en una llanura africana donde los elefantes andan en manadas y se cuidan entre ellos y son capaces de enfrentarse a esas fieras llamadas “reyes de la selva” a pesar de que los elefantes puedan aplastarlos o atravesarlos con sus colmillos largos y combados, si los amenazan de muerte o les invaden su territorio.
Aunque el carácter o la expresión de las líneas que hacen al dibujo de un elefante no se vean influidas —al menos a simple vista— porque el artista esté o no en Zaire, en Zanzíbar o en el mismísimo Kilimanjaro, hay que decir que la recopilación de datos sobre el modelo a dibujar es de vital importancia para esa consubstanciación inevitable que se da entre el artista y su objeto de estudio, porque un artista es una persona que se compenetra —quiéralo o no— con las formas de su modelo, con su olor, con su manera de ser, de comportarse, de comer, de tomar agua, de aparearse, de parpadear, de dormir, de descansar, de comunicarse, de caminar y de vivir su vida por la sencilla razón de que la estructura de ese modelo cambia cada vez que realiza un simple mohín.
¿Y qué justifica ese querer acercarse a un objeto para dibujarlo? Pues, en principio, no otra cosa que la necesidad de entenderlo, de sentir que nuestra vida adquiere un nuevo sentido cuando se extiende a los objetos, a los animales, a las personas que nos rodean con el fin de estudiarlos, de saber cómo funcionan y, en segundo y más profundo término, para introducir la memoria de esas formas en nosotros y hacer que nos sigan a todas partes como si fueran un Padre Nuestro, un poema o un pensamiento íntimo que compartimos con pocos amigos.
Yo he dibujado cientos de veces al hermoso monstruo que es el elefante y lo he hecho para que me acompañe a lo largo de mi vida, para que esté conmigo siempre y para que pueda dibujarlo en el tamaño que sea y con el material que sea cuando la ocasión lo amerite o cuando me provoque. Tal vez muy pocos seres humanos entiendan la colosal dimensión del placer que esto supone. Es muy probable que tengan que dedicarse a observar al monstruo durante horas, y en silencio, para saber, siquiera un poquito, que el tamaño del elefante es, apenas, una medida del placer que supone dibujarlo.
Y que conste: no hay cabeza ni sensibilidad en las que no quepa uno de estos monstruos...
Caracas, 19 de agosto de 2003






5 comentarios:
Querido Roberto
Gracias!!!... estuve paseandito por allí sin tener acceso a computadoras y me encuentro que has posteado el texto de los elefantes que para mí es una de las mejores cosas que he leído en mi vida. A mi me ancantan los elefantes y verlos libres es algo indescriptible. Demasiada maravilla.
Una historia de las "Elefantas" de Caricuao. Se llamaban Margarita y Ruperta. Una de ellas murió (no se cual).
Lo interesantes es que una de ellas aprendió a salir de su exhibición. Había un pequeño foso que la separaba de la caminería y ella aprendió a colocar las patas en los sitios precisos para saltar ese espacio y salir a recorrer el parque.
El director le dijo a las autoridades de Inparques que había que modificar el espacio para que no se saliera. Le contestaron que era imposible que la elefanta repitiera esa hazaña.
Obviamente, lo seguía haciendo. Así que tuvieron que instalarse a fotografiarlo paso a paso para presentarlo a las autoridades y les creyeran.
A mí también me gustan los elefantes...
muy hermoso... creo que al igual que Saint Exupery no he dibujado algo más allá de boas abiertas y boas cerradas...
Que bueno tu post. Me gusta como escribes, facilito de leer.
Me hicistes recordar la escena de una batalla en la película "Alexander," cuando su caballo se para en dos patas y el elefante de su contendor hace lo mismo. Bellísima la escena, épica. Lo mejorcito de la película.
Saludos.
ESTO ES UNA PUTA MIERDA
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