sábado, marzo 26, 2005

AL BARBERO CON CARIÑO

Nada como ir a cortarse el pelo. Sentarse en una de esas sillas giratorias que retan al tiempo y dejar que el barbero te cubra el torso con una capa que te proteja del filo fastidioso de los pelillos cortados, son de esas actividades siempre agradables que no tienen sorpresas ni grandes emociones. Ir a la barbería es solazarse en un placer que no tiene nada de misterioso. Allí vas a algo específico: a cortarte el pelo o a rasurarte la barba; no más, aunque hay barberías donde te ofrecen los servicios de una manicurista que te corta las uñas y te retira la cutícula por un módico precio.

Decía que lo mejor de ir a una barbería es que se trata de una acción placentera en la que, por obligación y voluntad, nos dedicamos un tiempo a nosotros mismos, y lo más interesante es que cada uno de estos establecimientos contiene detalles que nos hablan de la creación de un espacio narcisista fuera de la realidad cotidiana. Nótese, por ejemplo, que en toda barbería hay espejos que nos invitan a mirarnos, a reconocernos con todas nuestras bellezas y fealdades. En la barbería nadie le busca las connotaciones metafísicas ni psicoanalíticas a los espejos. Allí son instrumentos para configurar una apariencia física, para convertir al cuerpo en un formato artístico en el que intervendrá un artesano que es el barbero, y un artista que es el cliente, que además decide qué tipo de peinado desea o qué otro servicio requiere.

Hace unas líneas afirmamos que los barberos son unos artesanos que trabajan sobre un formato que es el cuerpo, pero en realidad son unos artesanos que trabajan sobre un formato que es la cabeza. Esto, aunque parezca una tontería, define por qué nos parece tan placentero, tan extraño y tan importante el tiempo que nos tomamos en una barbería. La cabeza es la parte de nuestro cuerpo donde se encuentra el cabello a cortar y las barbas o los bigotes a afeitar. Cuando estamos en la barbería, el barbero despliega su arte sobre la testa, mientras nosotros nos miramos el rostro en el espejo y supervisamos la labor del artesano. Resulta revelador notar que en ese momento asistimos a la creación de un retrato, de una obra viviente que no es eterna porque el pelo se despeina, se moja, crece y se cae. Quizás ese trabajo sobre la cabeza explique el silencio que reina en las barberías. Allí sólo hay hombres meditando como si se encontraran en un monasterio. Ir a la barbería es un acto que nos saca de la realidad y nos introduce en nosotros mismos, como hacen las obras de arte.

Si las barberías son espacios eminentemente masculinos en los que reina una atmósfera de meditación, las peluquerías son todo lo contrario. En ellas abundan el cuento, el chisme, la intriga, las carcajadas y la extroversión en casi todas sus formas. Mientras la barbería estimula el examen de conciencia de sus clientes y la rapidez como norma esencial de trato y servicio, la peluquería propone la lentitud y la necesidad de convertir la belleza física en espectáculo. Son dos mundos opuestos, como hombre y mujer. Son dos espacios que estimulan en nosotros la vivencia de otra realidad, y lo mejor es que lo hacen a través de la interacción con algo tan simple como el pelo.

El pelo, según todos los diccionarios, es un filamento sutil y cilíndrico que nace y crece entre los poros de la piel de los animales. Desde tiempos remotos se le da a la tenencia o no de vellos en el cuerpo humano infinidad de significados. Para algunos, tener una cabellera o una barba abundante era señal de sabiduría y de virtudes espirituales (piensen en la imagen que la iconografía cristiana se ha hecho de Dios: un señor mayor de luengas barbas y cabellera abundante). Para otros, como los griegos, una pelambre tupida y descuidada era signo inequívoco de barbarie. Aunque nos cueste creerlo, aún somos herederos de tales concepciones. En nuestra época tener o no tener vellos en el cuerpo, llevar o no llevar barba, usar tal o cual peinado, suponen un acto comunicativo que dice cómo somos, como vemos el mundo, qué sabemos de la vida... Si no lo creen, piensen en la punzante plasticidad de los peinados punks, en los guerrilleros barbados de Cuba, en las mujeres que llevan pelos en las axilas o en la curvilínea contundencia de los copetes tipo Elvis Presley (contundencia sinuosa que, dicho sea de paso, se relaciona con el diseño de los automóviles de la segunda mitad del siglo XX).

Un peinado cualquiera puede tener la calidad de una escultura y la fuerza comunicativa de un grito (que lo diga alguien con greñas o con afro). Moldear los cabellos, decidir si una chiva se lleva rala o cuidada, si se lleva completa o en forma de candado, supone un acto comunicativo. Una barba larga, por ejemplo, enuncia que quien la lleva quiere ocultar su rostro detrás de una máscara peluda. Una barba podada a ras de la piel habla del gusto por difuminar una sombra, casi un dibujo, sobre la cara. Una barba en forma de candado o perilla subraya la boca, como si se le trazara una fachada y se le subrayase su carácter de portal del cuerpo. Por su parte, la barba hirsuta y descuidada, como la que nos afeitamos la mayoría de los hombres todas las mañanas, habla de descuido, de dejadez, que en muchos casos, se nos presenta como producto premeditado, como una liviandad en las costumbres que suelen mostrar los cantantes o las grandes estrellas de cine o televisión para que el público intuya que ellos están por encima de las convenciones, y esto lo expresan a través de la simple decisión de afeitarse o no.

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Y ahora, para distraernos un instante, leamos un cuento de barbería que se llama "La resurrección del barbero".

Desde su silla giratoria, don Roque se miraba en el espejo. Se veía a sí mismo cubierto con una impecable capa de tela blanca y se detallaba el rostro moreno y algo cansado. A su lado, Nicola sorbía los últimos centímetros de un cigarro, mientras le ponía una nueva hojilla a la máquina eléctrica. Ambos se preparaban para dar inicio a un pequeño ritual: el del corte de pelo.

Como barbero, Nicola era silencioso y voraz. En sus manos cincuentonas, una cabeza pasaba de la pelambre descuidada a la poda medida en pocos minutos que podían hacerse más, dependiendo de los caprichos o de la conversación del cliente. Nicola era de esos barberos que no decían palabra si no se les hablaba. Por eso sus colegas de la Barbería Estrella lo tenían por un hombre prudente en quien se podía confiar.

Esa mañana del sábado en que Roque se miraba los lunares, las facciones y los pliegues de la cara, habría transcurrido tranquila como todas las visitas que una vez al mes le hace a su barbero. Sin embargo, ese día ocurrió algo que marcó la vida de los dos hombres.

Hacía rato que Nicola le había mojado la testa a don Roque y le cortaba el pelo con un peine y una navaja. La acción era rápida. El barbero movía sus manos con la precisión de un artista que sabe darle forma al cabello con una, dos o tres pasadas de cuchillo pero de pronto, los mechones de pelo dejaron de caer al piso. Nicola detuvo sus manos y se quedó mirando un punto en el espacio entre él y el espejo. Don Roque lo miró con extrañeza y se dijo a sí mismo que nunca le había visto un semblante parecido a su barbero. Ya estaba abriendo la boca para preguntarle a Nicola si le sucedía algo cuando, sin decir palabra, el italiano se desplomó.

Don Roque y todos los que estaban ese día en la Barbería Estrella se abalanzaron preocupados sobre el cuerpo inerte de Nicola. Sus colegas buscaron agua, sacudieron toallas para darle aire y hasta intentaron salir a la calle en busca de un médico. Sin embargo, fue Roque quien se dio cuenta de que aquel italiano fumador necesitaba algo más que buenas intenciones y agua con azúcar. Por eso se quitó la capa blanca llena de pelillos picosos y le pidió ayuda a otro barbero para que entre los dos cargasen a Nicola y se lo llevaran a una clínica. Cuando Roque y el Antonino lo cargaron, todos vieron que su rostro se había puesto azul, pero gracias a que Roque condujo sin escrúpulos su Mustang amarillo hacia el hospital, la desgracia no pasó a mayores. Nicola había sufrido un infarto y fue atendido a tiempo en una sala de emergencias de color blanco igual al de las capas de la barbería, gracias a la acción de un cliente que no sólo actuó a tiempo, sino que tuvo la bondad de pagar el ingreso del barbero a la clínica.

Pasó un mes y muy pronto el émulo de Fígaro recuperó la salud. Nicola se reía con las pequeñas bromas que sus colegas le jugaban (eran frecuentes las preguntas sobre si le iba a afeitar las barbas a San Pedro o si le iba a aplicar un enjuague a los ángeles). Cada vez que Roque iba a visitar a su barbero, a éste se le salían unas lágrimas de gratitud que Roque trataba de enjugar diciéndole que se tenía que recuperar pronto para que terminara la afeitada que dejó a medio camino.

Más rápido que tarde, Nicola regresó a su peine y a sus navajas. Eso sí: jamás le volvió a cobrar un céntimo a Roque, el cliente que le había salvado la vida.

····

Volviendo a la reflexión sobre el tema de las barbas y de los pelos, notemos cuán determinante es tener o no vellos en el cuerpo según nuestra cultura. Hasta hace unos años, por ejemplo, el ideal de virilidad que se manejaba era el del hombre velludo, de pelo en pecho y barbas gruesas. Casi como un resabio de tiempos antiguos en los que el Cid, Rodrigo Díaz de Vivar, resumía su honor en la barba como las mujeres lo resumían en su virginidad, la abundancia de vello en el cuerpo masculino era signo de hombría, de valor, de fuerza y respeto. Hoy esto ha cambiado. De nuevo se ha impuesto el ideal contrario: el que reza que la abundancia de vellos representa algo sucio y salvaje. Al parecer, la clave para resolver este enigma de nuestro tiempo tiene que ver con la necesidad de sentirnos jóvenes, con el deseo muy marcado en nuestra época de vernos a nosotros mismos como unos eternos adolescentes, como unos imberbes a los que el mercado y los medios de comunicación conminan a vestirse y a comportarse como unos Peter Pan a los que el tiempo no hace mella. Para eso, para que los años “no pasen”, están los cirujanos plásticos y la legión de maquilladores, estilistas, depiladores, manicuristas, pedicuristas, peluqueros, masajistas y lava-cabezas que trabajan en esos deslumbrantes centros de belleza integral que suelen ser las peluquerías.

La peluquería, como dijimos antes, es un mundo femenino (con todas sus Medeas, Antígonas, Clitemnestras, Electras, Yocastas, Heras, Penélopes, Julietas, Desdémonas y Ateneas comiéndose unas a las otras) en el que se trabaja sobre un formato que es el cuerpo. Quizás este pequeño detalle sea el detonante que dispare el manierismo y —¿por qué no decirlo con entera responsabilidad?— el afeminamiento generalizado que experimenta la cultura contemporánea.

En cada peluquería hay toda clase de aparatos destinados a intervenir la superficie del cuerpo. Si no lo creen, recuerden esos yelmos calurosos y semiesféricos que son los secadores de pelo, debajo de los cuales hierve el sentido de belleza física de las mujeres. Recuerden también los rollos, los tintes, los enjuagues, los frascos de champú y acondicionador, la gelatina para moldear peinados estrambóticos, las cremas humectantes, las pinzas para las cejas, la cera depilatoria, los instrumentos para la limpieza de cutis, los pinceles de maquillaje, el rimmel, los lápices labiales, las tijeras, navajas, peines, cepillos, pinturas de uñas y demás artefactos. Tanto instrumental sólo habla de una especialización del oficio capaz de extenderse a todo lo que se relacione con la apariencia física de toda la sociedad. Así que no es nada extraño que el afeminamiento de la moda, de las maneras y de la vida contemporánea brote de esas versiones contemporáneas del harem y de la gruta de Calipso que son las peluquerías o salones de belleza. Tanto se ha extendido el poder cultural de estas instituciones que hoy es normal ver que los hombres se depilen y muestren su anatomía de gimnasio con el mismo nivel de detalle, que pone sobre el cuidado de su cuerpo una mujer que se prepara para exhibirse en un concurso de belleza o en un viaje a la playa.

La admiración por ese ideal de cuerpo depilado, de piel lisa y apariencia siempre joven, siempre fuerte y elástica, representa uno de esos elementos de la cultura contemporánea que cargan todo el peso de la contradicción. Por un lado, esa cultura habla de la tolerancia, del respeto hacia el otro, del ecologismo y del entendimiento entre todos los seres humanos, y por otro habla de que ser gordo es malo, de que ser barbudo es feo, de que no depilarse las piernas, los sobacos y el pecho es señal de algo burdo y deleznable. En ese ideal de ser humano musculoso y lampiño hay algo parecido a la apariencia que mostraban las estatuas propias del socialismo nazi...

Frente al arte multidisciplinario y a la vida que bulle en todo salón de belleza, destaca la reaccionaria tranquilidad de la barbería. Allí, la acción del barbero se limita a tres o cuatro actividades, entre las cuales no destacan el divismo, la lisonja desmedida a sus clientes ni el amaneramiento que lleva a alimentar el lugar común de que todos los peluqueros son homosexuales. Por el contrario, los buenos barberos suelen ser dados al silencio y a una actitud estoica dispuesta más a escuchar que a hablar, más a servir que a estorbar, lo cual acerca el oficio del barbero al del barman, a ese psicólogo de los fracasados y de los maridos cornudos.

En torno al tema de los pelos, de las barbas, las barberías y los barberos no podemos dejar de hablar de las pelucas. En nuestro mundo la calvicie se combate con infinidad de tónicos capilares o, en último caso, con esos postizos que disimulan la piel libre de pelos. También hay caballeros un tanto ingenuos que se dejan un mechón de cabellos en uno de los lados de la cabeza para peinárselos sobre la calva. Decimos que son ingenuos porque creen que nadie se da cuenta de su alopesia galopante... Esto nos lleva a pensar que el uso de pelucas, peluquines y otros mostachos están regidos por esa norma de la moda y de la vida que no está escrita en ninguna parte, pero que reza que todo aquello que fracasa en su intento de ser útil o de ser bello está signado por el ridículo, la estulticia y la mediocridad. De ahí que no haya nada tan risible como esos hombres que usan la peluca diseñada sólo para cubrir la parte anterior de la testa. El bisoñé, como todos las invenciones de su especie, es un amago que resume en sus propias formas la objetivación de la mentira, del engaño que pretende proferirse a sí mismo y a los demás quien no se atreve a aceptar con entereza su propia calvicie.

Muy al contrario de lo que creemos, los peluquines, bisoñés y afines, no están hechos con el pelo que se acumula en el piso de la barbería mientras el barbero realiza su faena. ¿Cuántas veces habremos imaginado que los mechones que barre el encargado de la limpieza van a parar a una especie de fábrica universal de pelucas de donde salen los postizos que utilizarán las damas de un cortejo nupcial, los pacientes con cáncer que pierden el pelo por culpa de la quimioterapia y los transformistas para hacer sus numeritos en la calle o en las boites destinadas a tal fin? Cientos, miles de veces. Y es que el pelo tiene un carácter de cosa viva, de cosa sana que se alimenta de nosotros, que vive en nosotros, que es parte vital de nosotros en tanto nos identifica. De ahí, de que las pelucas y bisoñés actuales sean hechos con fibras sintéticas, con materiales que no son ciertamente humanos, proviene la deshonestidad del peluquín y su ridiculez inmanente.

Curioso es que a pesar de lo artificial, de lo posado, de lo falsas que son las pelucas de todo tiempo y lugar, ellas carguen consigo un peso comunicativo que, en ocasiones, es tan fuerte que adquiere la categoría de símbolo, como sucede con las pelucas blancas de los jueces británicos o como la de los antiguos jerarcas europeos que tenían en la peluca una especie de signo de concentración de poder, aparte de un remedio para los piojos que de seguro abundaban en sus cortes y palacios.

Así es que, amigos lectores, si algún día deciden ponerse una peluca, asegúrense que sea para disfrazarse o para pasar un buen rato de solaz con amigos y conocidos. Ni siquiera entre mujeres, la peluca se ve bien; como le sucedió una vez a una señora muy coqueta que se puso su peluca para ir a una fiesta. Todo iba de lo mejor, pero al rato de estarla pasando bomba, se bebió unos tragos de más y la peluca terminó en una bandeja de canapés gratinados mientras ella hablaba de sus viajes a Martinica y a otras islas del Caribe con un caballero poco escrupuloso e igualmente borracho.

Ver gente con postizos siempre es embarazoso como le sucedió a Michael cuando fue con su novia al curso prematrimonial que, según el Derecho Canónico de la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana, tienen que hacer los novios antes de contraer nupcias. Resulta que Michael y Guillermina estaban sentados en la última fila de un salón pequeño pero bien iluminado en el que un sujeto, más aburrido que entregado al pastoreo de los futuros esposos, les hablaba del método del ritmo y de la importancia de la familia y bla, bla, bla...

El caso es que Michael y Guillermina comenzaron a fijarse en las parejas de noviecitos que tenían delante de ellos y pronto, entre tanta nuca, encontraron el detalle que les proporcionaría diversión en medio de tanto “Dios es Amor” y de tanto San José, la Virgen y El Niño. Allí, en el cogote de un novio cristiano cualquiera, se asomaba a todas luces un peluquín que colgaba como una extraña ave, como un pequeño zopilote posado sobre la cabeza de aquel novio que, a pesar de su rara calvicie, había encontrado a su media naranja. A partir de ese momento, para Michael y Guillermina el curso prematrimonial adquirió un nuevo sentido y ya no sería recordado como un pesado escollo en el camino de la felicidad conyugal.

Para concluir, debemos dejar en claro que la barbería es un espacio de afirmación de la masculinidad; un espacio modesto pero necesario en medio de esta cultura contemporánea cada vez más débil de carácter y más sometida a la tiranía de lo bullicioso y de lo efímero.

El barbero, en su local decorado con fotos desteñidas de modelos anónimos, es un artífice de esa mancha hecha de pelos que nos moldea la personalidad. Todo peinado es un marco de referencia del cual nos asimos para equilibrar nuestro atuendo, nuestra presencia, nuestra propia personalidad. De ahí que este artista silencioso y olvidado por la cultura merezca un aplauso siempre.