lunes, mayo 14, 2018

VENEZUELA, PAÍS EXÁNIME

 Las noticias sobre Venezuela son tan alarmantes como extrañas. Cada una contiene una desmesurada mezcla de tragedia y absurdo.

 Todo venezolano (o toda persona que haya pasado una larga temporada en Venezuela) sabe que cualquier cosa, por muy rara, delirante o ilegal que parezca, puede ocurrir.

 Venezuela ya no es un país; es una superposición de desgracias y problemas para los que no existen soluciones fotogénicas.

 Los supermercados muestran estantes vacíos, pasillos enteros en los que se exhibe aire o productos a precios increíbles.

 En las farmacias no hay todos los medicamentos que se necesitan; hay gente, mucha gente, preguntando por un antibiótico o por un antihipertensivo o por un antihistamínico que no encuentra y que tiene que seguir buscando con urgencia.

 La economía venezolana está destruida. No hay dinero en efectivo. Es difícil de creer, pero hay muy pocos billetes en circulación. El gobierno ha intervenido de todas las maneras posibles el sistema financiero nacional: hay un severo control de cambios desde 2003 y una política de intervención de toda la actividad productiva basada en expropiaciones, fiscalizaciones y controles de precios. Además, a lo largo de los años, el gobierno central se ha dedicado a concretar operaciones financieras extrañas y arriesgadas cuyas consecuencias estallaron en octubre de 2017 bajo la forma malhadada de la hiperinflación.

 El día termina a las seis de la tarde. A esa hora las calles se vacían y quedan huérfanas de gente y de luz. Hay poco alumbrado público, pocas vallas publicitarias iluminadas, poca, muy poca, vida nocturna. Hay un silencio espeso en el aire. Todo el mundo está encerrado en su casa; duerme, cocina, cavila frente a una pantalla, rumia su tristeza y su desazón entre cuatro paredes. Mejor así que en la calle devenida en coto de gente extraña, de vagabundos semejantes a zombis, de niños olvidados y descalzos como los que ahora andan en grupo, molestándose unos a otros, gritándose o pidiendo algo de comer en las puertas de las panaderías.

 Ya no es conveniente sacar la basura antes de que pase el camión a recogerla. Sobra quien hurgue las bolsas de desperdicios en busca de alimentos y deje la acera llena de todo lo que contenían: fragmentos, pedazos, desechos que no tardan en corromperse y en convertirse en un llamado a las moscas del universo.

 En el paisaje, el hambre permanece junto al sol y las estrellas. Desgracia avasallante, desbordada, imperdonable.

 Venezuela es el país de los desmayos, de la gente huesuda que viaja apretujada en camiones de carga y no en autobuses porque no hay cómo sustituir un caucho o comprar una batería; también es un país lleno de suicidas, de personas que no pueden con el peso de la desazón y se abandonan a sí mismos en un último acto doloroso. Venezuela es un espacio extraño y afligido, enfrentado al horror que su población se otorgó a sí misma una y mil veces.

 A lo largo de estos años nada ha sido más fértil que la corrupción.

 Gobernada por el chavismo, Venezuela se transformó en un vórtice de negocios oscuros, en un botín infinito del que cientos de hienas (nacionales e internacionales) se han nutrido sin saciarse.

 La insondable oscuridad del alma. La falta de controles. La adicción que produce alimentarse de algo que parece no acabarse, de algo que aún en el hueso emana riqueza.

 Venezuela entera está llena de mostrencos edificios. El gobierno ha ejecutado un ambicioso y desordenado plan de viviendas que no sólo ha llenado el país de postales de Pyongyang, sino que ha subrayado el hecho de que a las viejas instalaciones de agua y luz no se les ha hecho el mantenimiento debido ni se les ha sustituido por otras nuevas y mejores. El resultado es que en toda Venezuela hay largos y vergonzosos apagones, y sólo circula agua corriente dos días a la semana.

 (Simular progreso. Simular eficiencia. Ésa es la divisa).

 Venezuela está llena de obras inconclusas. Quien recorra la Autopista Regional del Centro, entre Maracay y Valencia, verá kilómetros de enormes columnas que sostienen el aire o que sostienen inmensas estructuras de metal oxidado. Quien recorra la salida oriental de Caracas, notará los mismos pilares de vigoroso concreto, la misma corrosión en el metal de las formas abandonadas. Las dos ruinas precoces forman parte de un mismo proyecto ferroviario inconcluso y pospuesto, prometido decenas de veces para fechas que se olvidan. Sólo cuando se acercan unas elecciones presidenciales, se desempolvan los planos del tren, se contratan obreros y maquinaria pesada que producen el ensueño del movimiento y la inauguración de una lánguida estación de trenes que se suma a otras pocas ya existentes.

 (Simular que hay un tren. Simular que el país avanza. Simular y simular como en un enorme y prodigioso teatro).

 No sería correcto afirmar que Venezuela descubrió su vocación violenta gracias al chavismo.

 Digamos que la amabilidad del clima y la eterna sonrisa de la gente esconden una verdad que no puede ocultarse mucho tiempo: Venezuela es un país violento con un historial de sangre que se pierde en el tiempo.

 Basta ver las cifras de asesinatos y robos para darse cuenta de que más allá de la proliferación de armas ilegales, del narcotráfico y de los crímenes por venganza o por robos, hay un gusto casi morboso por tener una pistola al cinto o entre las manos. No hay nada que seduzca más a mucha (muchísima) gente en este país que atemorizar a otras personas porque se posee un arma. ¿Qué otra explicación hay para la eterna vocación militarista venezolana? ¿O para la proliferación de malandros?

 Es como si todos los complejos, todas las carencias, todos los resentimientos adquirieran la forma de un fusil o de un revólver.

 Ciertamente, cuando el chavismo llegó al poder, el problema de la delincuencia ya estaba fuera de control. Sin embargo, el gobierno central se comprometió a acabar con la pobreza y la impunidad, dos de las condiciones que estimulan el crecimiento del hampa. Pasó el tiempo y, en lugar de combatir el problema, se mostró laxo con los delincuentes y terminó fomentando la creación de grupos armados que sirvieran para acosar a los opositores o para defender al gobierno cuando la ocasión lo ameritara. En otras palabras: la delincuencia terminó siendo un arma de intimidación política.

 En general, la oposición venezolana no ha estado a la altura del desafío que para el país representa el chavismo.

 Su actuación a lo largo de estos veinte años ha sido errática, contradictoria y, en muchos casos, tibia.

 Ha sido incapaz de generar un mensaje alternativo a la retórica mesiánica propia del chavismo.

 Nunca pudo caracterizar con certeza al adversario. Sólo la consumación de la ruina le ha hecho comprender que el proyecto chavista consistía en arruinar al país para dominarlo con comodidad y perpetuarse en el poder. 

 Tal vez el miedo a la confrontación abierta o su procedencia escorada siempre hacia la izquierda le haya hecho actuar con tanta cautela y lenidad.

 Vacío. Se siente vacío. En todas partes vacío. Gente que se fue: amigos, conocidos, vecinos, compañeros, familiares. No se sabe con exactitud cuántos venezolanos se han ido. Unos dicen que tres, otros dicen que cuatro millones. Quién sabe. Lo único que queda es el vacío, el recuerdo, el hueco en el aire, la palabra lejana por Whatsapp. Los que se fueron hablan de la épica del emigrante. Los que se quedan no dicen mucho. Unos cuidan viejos propios y ajenos, otros cuidan casas y apartamentos, perros, gatos, jardines, negocios cada vez más ajustados. Nadie habla mucho de ellos. Tal vez crean que sus vidas no han cambiado, que son los mismos, que no tienen nada que contar, salvo su martirio para comprar queso o toallas sanitarias.

 Los niños con sus tapabocas que claman por la continuación de sus quimioterapias. Los hombres y mujeres flacos, doblados, secos, que gritan en plena calle por los instrumentos que les permitan continuar sus diálisis. Los viejos que reclaman el pago de sus pensiones. Las personas que piden sus antirretrovirales o los medicamentos que permiten el funcionamiento de un órgano trasplantado de otro cuerpo. Los más débiles se hacen fuertes, luchando más que por sus vidas, por sus respectivas dignidades.

jueves, abril 05, 2018

PLAN DE MEDITACIÓN

 Las discusiones de mi tiempo me producen una enorme incomodidad. Todas son tan elementales como urgentes: la destrucción de mi país, el éxodo venezolano, el feminismo radical, la erosión de las democracias... Yo quisiera hablar de otras cosas, pero, por lo visto, no se puede.


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 El gran tema venezolano es que existe la percepción de que no hay nada que hacer, que cuanto se ha intentado ha sido inútil, que ya el chabismo domina todas las instituciones que debía para perpetuarse en el poder sin mayores dificultades y por tiempo indefinido. No faltan quienes claman por repetir fórmulas ya gastadas y devenidas en chatarra, por usarlas como si fueran nuevas, como si no hubieran sido neutralizadas a través de la violencia y del fraude. 


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 ¿Qué es lo que no entiende la gente fuera de Venezuela que dice que no entiende lo que ocurre en Venezuela? 

 Cuando dicen que no entienden, ¿quieren decir que no entienden por qué la sociedad venezolana quiere salir de un gobierno que presume de darle ayuda y bienestar a los pobres? O ¿más bien preguntan que por qué nos quejamos si los propios venezolanos elegimos una y mil veces a los gobernantes que acabaron con nuestro país? 

 Cuando dicen que no entienden, deberían definir mejor qué es lo que no entienden, decirnos si de verdad quieren comprender (para no hacernos perder el tiempo), abrir sus mentes, arrellanarse en sus asientos y oír una historia de corrupción infinita e idiotez colectiva.


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 Estamos aquí, en las redes, expuestos, desnudos de mente y alma. La privacidad es, a la vez, un mito y una convención que regalamos a cambio de sentirnos acompañados, así sea a través de este raro vecindario de presencias fantasmales que nos hablan directo a la mente, como en una operación de alambicada telepatía.


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 Vuelvo a la incomodidad que me producen las discusiones de mi época. Suponíamos que había temas superados (o en pleno proceso de superación) y que podríamos abordar otros temas más complejos e interesantes mirando hacia el futuro, pero resulta que no. Estamos atascados en lo mismo de siempre, valga decir: los derechos humanos, lo público y lo privado, la identidad sexual, liberalismo Vs. autoritarismo, derecha Vs. izquierda...

 Nuestras vidas iban hacia delante y, de pronto, unos cuantos decidieron dar media vuelta y trazar rumbo hacia una versión triste y grotesca del pasado.


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 Hace unos días releí Los dominios del lobo, de Javier Marías.

 El material de esa novela es fascinante porque apela a nuestra memoria audiovisual, ésa que contiene horas de historias contadas a través de fotogramas. Tanto el material de escritura de la novela como aquello que vive dormido en nosotros, sus lectores, contiene la huella que ha dejado en nosotros un Hollywood ya remoto y en blanco y negro.

viernes, marzo 16, 2018

MÁS Y MÁS


 Voté decenas de veces durante estos años. Voté sin confiar en la imparcialidad del árbitro electoral venezolano. Tampoco me hice ilusiones ni tuve expectativas ni creí en las bondades de los candidatos a quienes les di mi voto. No participé porque fuera «un deber cívico», como reza uno de los tantos lugares comunes que salen a flote los días de las elecciones, sino porque era una manera de mantener vivo el sistema de equilibrios institucionales que, se supone, forjan la democracia.

 El chabismo aplicó sus trucos extraños en todas las elecciones. Mi idea era que todo lo que emanara del sufragio, se ganara o se perdiera, terminaba conteniendo al chabismo dentro del radio de la legalidad, hubiera o no sospechas de «magia».

 Y así fue durante años hasta que los cerebros de este experimento se dieron cuenta, en diciembre de 2015, de que su avance hacia la dominación total no sólo era lento, sino que corría el peligro de esfumarse. Con eso en mientes se aplicaron a perfeccionar su tecnología del fraude hasta que llegamos a un momento de máxima impudicia: el 30 de julio de 2017, el día de la elección de la Asamblea Nacional Constituyente.

 En la madrugada del lunes siguiente se anunció sin adornos y sin mayores explicaciones un número de votos que no se compaginaba con la notable ausencia de votantes.

 Luego se celebraron otros dos comicios: el de gobernadores y el de alcaldes, en los que también hubo toda suerte de irregularidades como el cierre arbitrario e injustificado de muchos centros electorales, traslado de votantes, cambio del horario, resultados alterados a favor de los candidatos del gobierno...

 Esa enorme y desvergonzada operación no tuvo mayor resistencia. Entre los partidos políticos paralizados y las miríadas de venezolanos que decidieron irse a otros países quedamos indefensos.

 Voté mientras fue útil. Haberlo hecho me da la tranquilidad que necesito para decir que votar hoy no tiene sentido. La perversión radica en que los mandarines lograron voltear la red. Hoy, quienes quedaríamos confinados en los límites fijados por la dictadura seríamos nosotros, si votamos en estas elecciones contaminadas por todo tipo de ardides.

 El reto de la oposición venezolana consiste en inventar un mecanismo político que tenga la fuerza de una elección legítima; es decir: que represente la voluntad de la mayoría de los venezolanos.

 Como ven, el juego está trancado. Sobra la gente que cree que no hay manera de determinar la legitimidad de esa mayoría sin que un organismo minado de chabismo, como el propio Consejo Nacional Electoral, lo refrende.

 Ése es la gran trampa de la que se benefician los perpetuadores de la indecisión, los sabios que medran en medio de nuestra desgracia.

 Y los mandarines, por supuesto.

 Hasta hoy, de parte de los representantes de la oposición oficial (tanto los moderados como los radicales) no hemos oído nada interesante, ni una sola idea distinta a cuanto es normal y tradicional.

 Tal vez no lo sepan o no lo crean, pero nunca está de más repetirles (y repetirnos) que de lo mismo sólo sale lo mismo.

 Y todos sabemos lo que eso significa en nuestro caso.

 Más erosión.

 Más y más abismo.

 Más y más horror.

miércoles, marzo 07, 2018

ÉSTE ES EL FINAL

 El extraño silencio que flota en el aire es tan denso como preocupante. Deberíamos rebelarnos contra esa forma de la desesperanza, pero es difícil (muy difícil) salirnos del estado preocupado y meditabundo en que nos encontramos. Es como si nos tuvieran encerrados dentro de nosotros mismos, repasando guarismos inconcebibles o trazando planes delirantes para adquirir tales o cuales bienes perentorios o para concretar la huida, dejando todo lo valioso de este mundo: gente mayor, amigos y mascotas u objetos enormes como casas y locales que serán pasto para invasores de los reinos vegetal y animal, incluidos los humanos sinvergüenzas.

 Tengo para mí que éste es el verdadero momento de resistir, que en este instante resistimos los embates simultáneos de la basura conceptual que lanzan con persistente perversidad el madurato y el solipsismo gafo de la oposición formal representada por la Mesa de la Unidad Democrática. Pero ése soy yo, que dice que hay que resistir. A mi alrededor la gente claudica; se va; abandona; se rinde. No la culpo. La entiendo. Las cosas están muy jodidas en este infierno que no tiene pies ni cabeza y uno no es quién para decirle a otro nada de nada. Yo sólo sé que no me gusta y que detesto este silencio neutro en el aire, que es (lo digo una vez más) el momento de resistir y de unirse y de inventar acciones que emplacen a los jirones de esta sociedad siempre aletargada a moverse y, en este caso más, porque es por su propia supervivencia. 

 Mucha, muchísima, de la gente que se va no sabe que se va buscando en otro país la libertad que perdió (o contribuyó a borrar) en el suyo. Disfrazan, queriendo o sin querer, esa premisa, con discursos sobre ganar plata o sobre poder comprar alimentos y medicinas, como si eso que es tan concreto y tangible, no tuviera nada que ver con un bien tan abstracto como la libertad.

 Es cierto: en las encuestas, la gente no entiende de abstracciones como democracia y libertad; entiende de carne y antibióticos, pero a la hora de emigrar, la gente se va a donde hay todo eso y más, que es precisamente donde hay libertad. De manera que esta situación le está ofreciendo lecciones a las personas; lecciones gratuitas y dolorosas, pero lecciones serias al fin que pueden resumirse en la fórmula sencilla de que hay abundancia y trabajo donde hay libertad. Espero que las asimilen, a ver si superamos de una vez por todas y, a punta de sufrimiento, las consecuencias de todas las estupideces que muchos han cometido y apoyado en estos dieciocho (rumbo a los diecinueve) años. Sí. Leyeron bien. Otros prefieren obviar ese detalle, pero yo no. Muchos de los que hoy huyen del hambre y de la miseria y de la enfermedad, apoyaron a los creadores y azuzadores de este enorme naufragio devenido en dictadura, convirtiéndose a sí mismos en forjadores anónimos de sus propias y respectivas desgracias. Hoy se van, pero bastante que contribuyeron al hundimiento de este barco, haciéndose los sordos ante todo lo que uno les dijo y les escribió de mil maneras.

 Vuelvo al oprobioso silencio.

 Alguna vez escribí que los amigos que se fueron dejaron huecos en el aire. Hoy, que el vacío se ha apoderado de casi todo, lo que queda es el silencio, el viento que arrastra hojas, la corrosión que se aloja en todo aquello que no tiene el mantenimiento debido porque no hay quien mantenga nada o porque cuesta cifras inabarcables.

 La ruina. El reino de la ruina. La consecuencia de la idiotez ilimitada. Lo peor es que quienes se suponen llamados a proponer ideas que combatan este pobre estado de cosas andan mareando la perdiz, dedicados con ahínco a la indecisión feroz o a la decisión igual de feroz, pero por acciones inútiles contra el mal y el horror.

 Es hora de preguntarnos seriamente si este desastre que vivimos es el final de nuestro país; el destino que nos aguardaba luego de años de ignominiosa guachafita.

viernes, marzo 02, 2018

MEDIO SOL AMARILLO

 Medio sol amarillo, de Chimamanda Ngozi Adichie, trata sobre la desgracia. 

 Sobre la desgracia que se va apoderando de la normalidad de la vida.

 En Nigeria, en la década de los sesenta del siglo pasado, se gestó un malestar social que se tradujo en la división del país en dos grandes grupos: los del norte, hausas musulmanes, y los del sur, igbós cristianos. La crisis tuvo un primer pico con los dos golpes de estado que llevaron a cabo los militares igbós contra el gobierno de los hausas, a quienes acusaban de corruptos. La respuesta del gobierno fue más allá de la justicia y se tradujo en matanzas que se extendieron por todo el país hasta que la dirección política de los igbós decidió romper con Nigeria y fundar un estado independiente: Biafra.

 Medio sol amarillo trata sobre los años que duró el sueño de esa república mínima, desde su gestación alrededor de mesas plenas de entusiasmo hasta su rendición definitiva en medio del hambre y de la desesperación de la guerra.

 De más está decir que la lectura de este libro ha sido dura para mí, que vivo en un país deshilachado en el que sobra gente que azuza toda clase de odios y que realiza infinitas acciones pavorosas contra el prójimo cada día. 

 De esta novela me impresionó la destreza narrativa de su autora para contar un trozo doloroso de la historia de su país a través de la presentación de las menudencias más pequeñas de la vida. Sí, en este libro leemos escenas pavorosas, pero también leemos sobre la preparación del arroz jollof o de una sopa picante o del garri o del ñame o de los anacardos. Leemos la gran historia a través de la historia pequeña, la de la gente normal, la de las víctimas de toda guerra, la de la gente que trata de mantenerse cuerda y viva a pesar del horror interminable.

 Medio sol amarillo es una advertencia sobre la fragilidad del orden en que vivimos. Orden al que creemos, quién sabe por qué, seguro e inamovible.

martes, enero 23, 2018

EL RECTÁNGULO DE RUBLIOV

 En la mitad inferior de su icono de la Santísima Trinidad, Andrei Rubliov dejó encriptado un mensaje que contiene una declaración de principios. Se trata del dibujo de un rectángulo áureo.

 ¿Por qué el monje Rubliov dejó semejante mensaje? 

 Tal vez tratara de mostrarnos que el problema conceptual de esa pintura es más complejo que el formal.

 Quienes conocen el icono de la Santísima Trinidad, de Andrei Rubliov, saben que representa la escena del Antiguo Testamento en la que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, bajo la forma de tres ángeles exactamente iguales, reciben la hospitalidad de la casa de Abraham. Obsérvese que esta obra no se limita a ilustrar el episodio bíblico, sino que resume en una imagen el más complejo de los conceptos cristianos. 

 El cuadro, concebido entre 1424 y 1428, está lleno de detalles que se esconden detrás de la aparente simpleza de la imagen. Para empezar, los colores del atuendo de cada ángel le adjudican los atributos que le corresponden como Padre, como Hijo o como Espíritu Santo. No hay manera de saber quién es quién en la imagen sino viendo con atención los pormenores no sólo de la ropa, sino de los objetos que los rodean. La composición del cuadro es tan compleja como refinada. Obsérvelo con detenimiento. Establezca todas las relaciones que quiera (o pueda) entre los ojos de los ángeles o entre sus manos o entre sus pies o entre las formas que se producen al seguir las líneas principales que fijan las posiciones de sus cuerpos. Note que ante nuestros ojos (o ante nuestra imaginación capaz de «ver» a través de las formas) surgen triángulos, octágonos, rectángulos, líneas que se cruzan en el aire y crean espacios. En apariencia, se trata de una obra a medio camino entre la representación convencional de la iconografía bizantina y un planteamiento espacial cercano al de los primeros pintores del Renacimiento italiano, cuando en realidad, sugiere decenas de recorridos visuales, de líneas invisibles que forman la compleja composición del cuadro y cuyo interés el propio Rubliov se encargó de subrayar cuando dibujó un rectángulo áureo en un punto medular de la obra.

 De nuevo debemos preguntarnos: ¿qué hace esa figura tan simple y tan densa a la vez en ese cuadro? ¿Acaso el artista nos revela una suerte de camino hacia las profundidades de la espiritualidad a través de la geometría o se trata de un documento donde deja asentada su creencia de que en la estructura de las formas hay un universo de belleza inédita por explorar? 

 No hay ni puede haber respuestas exactas.

 Sólo preguntas.

 Preguntas imaginativas e imprecisas como sólo las puede producir un documento místico y poético.

miércoles, enero 10, 2018

MAC Y SU CONTRATIEMPO

 Mac y su contratiempo, de Enrique Vila Matas, es una novela dichosa y plena de virtuosismo desgarbado, señal inequívoca de que su autor ha alcanzado la plenitud de su oficio, la cúspide de su propio proyecto.

 Al leer su obra, uno detecta que ese proyecto funciona más o menos igual: cada libro nace a la sombra de un libro (ora real, ora inventado) al que se lee, se parodia, se admira y se critica a la luz de una historia que va surgiendo en la medida en que el texto nos muestra el comentario del libro, llamémoslo «sombrilla», del que autor y narrador se han apropiado sin miramientos de ninguna clase. Eso ocurre en París no se acaba nunca, en Bartleby y compañía, en El mal de Montano y en muchos de sus novelas. En Mac y su contratiempo el narrador se toma el trabajo no ya de comentar un libro, sino de reescribirlo y de usarlo para enmascarar una historia de la que no podemos decir que sabemos mucho porque apenas se nos ofrecen unas breves pinceladas.

 Mac y su contratiempo es, en apariencia, la historia de un aprendiz de escritor que dedica sus días de desempleado a redactar un diario en el que da cuenta no sólo de las dificultades que trae consigo su nuevo oficio, sino de las estampas con que se topa en el barrio donde ha vivido durante años. Así, entre reflexiones sobre literatura y humoradas varias, transcurre la novela hasta que Mac, el protagonista y narrador, nos anuncia que se le ocurrió la brillante idea de reescribir el libro de otro escritor, quien, además, es su vecino. Desde aquí Vila Matas juega con la historia (y con nosotros) sin miramientos de ninguna clase. Quien lea sus párrafos se enfrentará a varios registros de escritura, unos más atildados que otros, unos ganados no sé si por la oralidad o, al menos, por esa forma desgarbada de reseñar un relato sin ofrecer demasiados detalles, y otros más concentrados en narrar con elegante eficacia lo que hay que narrar y nada más. De ese modo se nos cuenta una historia (fragmentaria y compleja, eso sí) dentro de otra historia, hasta que llegamos a un punto en que nos damos cuenta de que quizás podamos leer lo que acabamos de leer al revés; es decir: la historia dentro de la historia quizás no estuviese dentro sino fuera y, además la que se suponía contenedora, en realidad era contenida por la otra.

 Menudo y extraordinario enredo… Ustedes comprenderán mis palabras, si leen la novela hasta el final. Lo digo no porque sea enredada, sino porque los libros de Vila Matas divagan sobre distintos asuntos (unos más interesantes que otros), construyen ramas entretenidas que alcanzan todo su esplendor y se acaban sin aportar mucho que digamos a la columna central de la novela. Cuando le preguntan al autor sobre esta característica de sus libros, dice que lo hace porque detesta las tramas concentradas y adaptables al formato de una tertulia telefónica. Tal vez tenga razón, pero creo que el abuso de las misceláneas en una novela genera dispersión y es muy probable que no sólo no cumpla con el propósito de evitar que sus relatos se diluyan en la trivialidad de las anécdotas fáciles de repetir, sino que nos empuje a olvidar buena parte de lo que hemos leído, lo que, a su vez, viene a cuestionar si hicimos bien o no en valorar con tanto entusiasmo los libros de Vila Matas.

 Allá cada quien con sus gustos y su memoria.

jueves, noviembre 30, 2017

SILOGISMOS DESORBITADOS

 En 2011 Hernán Figueroa escribió una crónica en la que hablaba de dos caballeros indios que vinieron a Venezuela a dictar un curso sobre seguridad digital en Banesco. Entre las divertidas e interesantes peripecias que contaba, Hernán refirió unas palabras que le dijo uno de los visitantes al ver a un mendigo caraqueño: «Ese señor no es pobre. En la India se dice que alguien es pobre de verdad cuando no tiene zapatos».

 Está de más decirles que en estos días vuelvo a cada rato a ese recuerdo. Basta con salir a la calle para ver gente descalza. Chacao, que es donde vivo, está minado de jóvenes que deambulan por ahí sucios, feos, con mirada y rictus de cactus, viviendo como en otra dimensión, la dimensión de los pies sucios, las manos y los gestos demasiado rápidos, la falta de amor, belleza y alimento, la dimensión hostil que devuelve a las personas a una existencia primitiva.

 Por todas partes encontramos las señales de una lógica desorbitada, las conclusiones de un silogismo hecho de premisas estrafalarias. Locura tras locura no puede resultar en nada que no sea más locura. En el país que se supone gobernado por un grupo henchido de preocupación por los pobres, abundan los olvidados de pies negros, y uno no puede menos que recordar a los indios de la crónica de Hernán Figueroa porque los pies de los jóvenes callejeros de aquí estuvieron calzados hasta hace no mucho y, supongo que si hurgáramos en sus vidas, sabríamos que, con limitaciones, también tenían el abrigo protector tanto de sus cuerpos como de esa fracción de humanidad que la rudeza callejera nubla y envilece.

 Hoy, como nunca, las calles de mi país son lugares de tránsito roto, de apuro triste y oscuro, espacios marcados por una erosión que no es sólo física, sino reflejo de una fealdad interior siempre corruptora y madre de los más grotescos planteamientos.

 El absurdo trágico se cuela por todas las rendijas de la vida. En estos días no hay servilletas en los supermercados. La duplicación semanal de los precios muele todo plan. Los carniceros mueven cuchillos en el aire; cortan carne invisible; venden pollo y chuletas. Sobran los coloquios y las conferencias en las que los economistas se hinchan de prestigio repitiendo lo que ya sabemos: que entramos en una gigantesca nube de hiperinflación. Cuando les preguntan qué debemos hacer, dibujan lemniscatas con las manos, se enredan, hablan el idioma de los laberintos, pero jamás dicen que lo único que podemos oponer al poder corrosivo que nos embarga la felicidad es el amor, el amor más puro y rotundo hacia el prójimo.

 Vivimos tiempos en los que cada individuo parece retraído sobre sí mismo, tratando de salvarse y de salvar a los pocos (muy pocos) a quienes considera «los suyos». Los demás (los pies negros, los huérfanos de amigos y familia) que se las arreglen como puedan, que inventen y medren, que soporten la lluvia de infatuaciones que cae sin tregua desde hace dieciocho largos años sobre todos nosotros. Con personas que no ven por las personas, sino por sus propios ombligos no hay nada que hacer; no hay país ni política ni proyecto que prospere.

 En el desfiladero de la pobreza, nos hemos deslizado hasta tocar cotas de las que nos habíamos alejado hace mucho tiempo y que en otras culturas se miden en pies descalzos. ¿Con qué se medirán las cotas que nos esperan, si no detenemos este viaje veloz y pertinaz a las profundidades? Nadie lo sabe, pero es fácil imaginar variantes llenas de más y más dolor, más y más locura, más y más devastación.