There is unrest in the forest.
There is trouble with the trees…
Rush
Seres extraños los árboles; parecen explosiones verdes, titanes de brazos abiertos, colosos de innumerables dedos, bailarines mudos…
Veo maldad en todo, menos en los árboles.
Cuando no sepas de qué hablar, habla sobre ellos. Di que son los verdaderos dueños de la Tierra, que las demás criaturas vivimos porque ellos viven; que todos, de un modo o de otro, les pedimos algo prestado y lo hacemos nuestro hasta olvidar de dónde lo sacamos.
De los árboles podemos decir lo que se nos antoje (incluso que Dios es un árbol), y eso porque cada uno de nosotros es el guardián de un jardín particular en el que conviven el recuerdo y la experiencia de muchos árboles. En ese espacio situado en lo más recóndito de nuestra intimidad, se encuentran el chaguaramo debajo del que corrimos huyendo de otros niños, el mango al que trepamos para hacernos de sus frutos, el manzano que dibujamos mil veces en la escuela, el cedro en cuyo tallo roímos un corazón a navajazos, el jabillo contra el que estrellamos nuestro primer auto… Cada quien tiene su vergel, tupido o yermo, según sean su vida y su memoria.
La otra noche (una cualquiera, sin fecha ni hora determinadas) el azar trajo a la playa de tu televisor, cual mensaje cifrado en una botella eléctrica, un programa en el que el gordo Andrew Zimmern entrevistaba a uno de los chefs que trabajaba en El Bulli, ese restaurante de Ferrán Adriá que fue insignia de la gastronomía española hasta el año pasado. En la cocina o, más bien, en el laboratorio de tan insigne lugar, el gordo Zimmern admiraba el trabajo del chef que convertía —gracias al hidrógeno líquido— un piñón normal y corriente en una delicada espuma que pronto serviría como postre en un plato libre de adornos. Cuando la síntesis de la bellota está lista, el científico-chef le da al presentador una muestra del prodigio. Zimmern la prueba, cierra los ojos, paladea, se rebulle de contento, trata de hablar, pero no puede; sólo unos segundos después su cerebro encuentra las palabras adecuadas:
—Es el sabor… Es el aroma… Es… Es como… como tener un árbol entero en la boca.
Hay ciudades que parecen abandonadas de los árboles. Los ministros del orden detestan las raíces que se salen del subsuelo, rompiendo las lajas de concreto o creando grietas y pliegues donde sólo debe haber orden. Los árboles son árboles y son salvajes; no les interesan la civilización ni la burocracia ni las corbatas. Por eso los concentran en unos paraísos específicos y no dejan que surjan a su albedrío en cualquier avenida.
Tú, aunque no lo creas, tienes la suerte de vivir cerca de los árboles. A ti están dedicados los matices de esas frondas que estallan, como nubes, sobre las calles. Para ti es el caos de las nervaduras vegetales que contrastan con la frialdad de la ingeniería y su adicción a las líneas rectas. Tuyas son las montañas que parecen un solo árbol, uno en el que viven todas las hormigas, todas las ardillas, todas las abejas... ¿Y los pájaros? Los pájaros no.
Los pájaros son los árboles pensando.





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