martes, febrero 02, 2016

DE LA DIFICULTAD DE CONCEBIR UN LIBRO

 Lo más difícil de producir un libro no radica en la solitaria escritura de párrafos afiebrados; tampoco en la edición dolorosa de las páginas que creemos perfectas; radica en la definición de la idea que lo justifica.

 Digo «definición» por decir algo. En verdad uno no «define» nada. La idea está ahí, rondándonos y un día, simplemente, la vemos junto a nosotros, la traducimos a palabras más o menos inteligibles, la cribamos y le otorgamos una forma capaz de mantener unidas las piezas que poco a poco hemos concebido. Ese núcleo fugaz, antes de convertirse en la médula de algo, tiene la velocidad de un espejismo; es esplendor inquieto que no debe perseguirse porque mientras más se le persigue, más evasivo se vuelve.

 La dificultad radica en cultivar una extraña forma de la paciencia (y de la fe, ¡cómo no!) que consiste en esperar algo que no sabes que es, pero que intuyes cercano. En el entretanto, el guía interior te dice que debes ser digno de ese encuentro; que debes prepararte para ver ese fulgor instantáneo cuando se presente, y así te dedicas a la lectura, a la audición de música, a la observación interesada de obras de arte y a todas esas actividades que nos ayudan a ver más allá de las triviales convenciones de la realidad. Como todo lo que tiene que ver con tales asuntos, lo más importante proviene de una actitud abierta al descubrimiento y a lo desconocido; no a la planificación milimétrica. En cualquier forma artística, la excesiva planificación conduce a versiones más o menos reconocibles del ridículo.

 Cuando pasas meses y años escribiendo páginas que no sabes dónde encajan, tiendes a desesperarte, a sentirte desclasado, más si no escribes cuentos ni novelas ni te dedicas al periodismo que vive prendado de sí mismo, hasta que un día aparece el conjunto de ideas capaz de hacer orbitar a su alrededor todo cuanto has vertido en palabras y de darle la coherencia suficiente como para lograr que tú mismo lo veas como un organismo único al que puedes llamar «libro».

martes, diciembre 22, 2015

DETESTO Volumen 4

a) La velocidad de internet en Venezuela. El mundo a la velocidad de la luz y uno sobre una mula inestable y temblorosa.

b) La diabólica mezcla arrogancia-ignorancia.

c) La ficción contaminada de realidad venezolana.

ch) Que la RAE no termine de dirimir la diatriba entre «solo» y «sólo» y que haya eliminado la letra de este apartado junto con la LL y la Ñ. Sres. de la RAE, ¿por qué no comienzan a andar sin calzoncillos debajo de los pantalones y dejan de fastidiarnos?

d) El doblaje obligado por quién sabe quién de casi toda la programación de la televisión por cable («Vacilón» por «Bazinga» es un crimen lingüístico imprescriptible).

e) Los editores de El Nacional que permiten la publicación de artículos, twitts y noticias con errores sintácticos y ortográficos de todo tipo.

f) Los fotógrafos de El Nacional que les toman las mismas fotos a todo el mundo y encima se molestan, si uno se los reclama.

g) Los periodistas que les hacen las mismas preguntas a todos sus entrevistados.

h) El triunfo de la neolengua mercadotécnica. Por ejemplo: la sustitución de «bienestar» por «calidad de vida».

i) Que hoy, 22 de diciembre de 2015, una franela de la Liga de la Justicia cueste 10.180 BsF, y la renovación del seguro médico 127.773 BsF. Yo digo como Charlton Heston: «¡Malditos, lo hicieron, malditos!».

j) Que el fútbol se haya vuelto una peluquería mundial.

k) La inefable mezcla de resignación, mansedumbre, miedo, humillación, viveza e incertidumbre que se encuentra en las colas, ante las puertas de supermercados y farmacias.

l) El uso de «saboteo» en lugar de «sabotaje». Andrés Bello se descoyunta en su tumba chilena.

ll) La palabra «spoiler». «Ay me muero si me “espoilean”». ¡Punta de inútiles!

m) El pachuquismo femenino o damas con sombreritos blancos.

n) Que ya no se pueda hacer el ridículo en paz porque terminas convertido en meme.

ñ) La proliferación de tatuajes, tatuadores y gente tatuada. Pronto veremos un Ministerio del Tatuaje. (En la intimidad de estos paréntesis declaro que nunca entenderé por qué los que se afanan en ser distintos hacen lo mismo que otros que quieren ser distintos).

o) Los virtuosos que se escandalizan cuando descubren que la política alevosa no puede combatirse con perfumes verbales.

p) Los ingenuos que creen que, después del 6 de diciembre de 2015, no flota ninguna amenaza sobre Venezuela.

q) Que nadie se sienta responsable del desastre económico venezolano, que vayas a los centros comerciales y los encuentres atiborrados de gente comprando mercaderías a precios inauditos.

r) Las vacaciones navideñas que morigeran a la ciudadanía, la aflojan y la vuelven indiferente a cualquier desmán que produzcan los mandarines demediados.

s) La futilidad del rock venezolano. Algún día inventarán un engendro semejante a la Villa del Cine que seguramente se llamará «La Villa del Rock».

t) Que el estado de bienestar del que se ufana Europa sea la más volátil de las ilusiones.

u) Sentirme como rata de laboratorio cada vez que quitan el agua. ¡Cernícalos! ¡Otarios! ¡Engendros!

v) Los ojos vidriosos de quien oye que te robaron el caucho de repuesto de tu carro y prepara su propio relato de cómo le robaron la batería al suyo.

w) Los apotegmas políticos de Rafael Cadenas. No hay nada más difícil que escoger las palabras adecuadas para hablar de nuestra escuela nacional del horror.

x) Que peleemos más por la razón que creemos tener que por llegar a la verdad.

y) Las entrevistas a Yordano.

z) Tener alumnos que se consideren a sí mismos helechos.

Bonus track: discutir con gente que sabe cómo es todo.

jueves, diciembre 10, 2015

HAY QUE HABLAR DEL HAMBRE EN ESTOS DÍAS

 El resultado de las elecciones del 6 de diciembre es un tema importante, pero el del hambre que puede desatarse en un país con inflación y escasez lo es más. 

 La posibilidad de no tener qué comer en el futuro hizo que mucha gente despertara de la hipnosis chabista. Creo que la sociedad venezolana debe sentarse a meditar sobre esa triste e incómoda verdad. ¿Cómo es posible que tuviéramos que llegar a los extremos que llegamos para que una enorme multitud mesmerizada se diera cuenta de que la embaucaron, la usaron y, por si fuera poco, le arrebataron el sustento? ¿No es un asunto sobre el que deben pronunciarse las instituciones educativas, los medios de comunicación, los gremios organizados y todo ciudadano con dos dedos de frente?

 Si el hambre es lo único que saca a las sociedades del sueño populista, y los políticos opuestos al gobierno sabían que íbamos hacia él (aunque lo adornaran hablando de esperar y de construir una inmensa mayoría de votos), entonces no está de más exigirles a esos mismos políticos que asuman sus responsabilidades, le hablen claro a toda la sociedad venezolana, ofrezcan soluciones y emplacen a los desvencijados mandarines actuales a que contribuyan a resolver sin dilaciones el más delicado de los asuntos, el que puede hacer que se esparzan formas del horror aún desconocidas por nosotros.

viernes, diciembre 04, 2015

UN MUNDO INDIRECTO

 En estos días he estado tratando de fijar la fecha en que la gente dejó de entender los asuntos artísticos. Pienso que alargándola un poco, esa fecha es 1960. Desde ahí corren dos fenómenos paralelos: 1) el arte dejó de producir experiencias directas; es decir: obras para el deleite sensorial y 2) no todo el mundo tiene herramientas para lidiar con el rodeo que plantea el arte contemporáneo. Ese rodeo consiste en que la obra te plantea un reto que resuelves con una mezcla de conocimiento e imaginación, y luego, si resuelves el reto, alcanzas el deleite que ya no es solo sensorial, sino sensorial e intelectual.

 Esa conjunción siempre ha estado presente en el arte, pero quién sabe por qué meandros de la comodidad humana se ha perdido en el desván del olvido. Quien ve el David de Miguel Ángel puede «ver más» si conoce la historia bíblica. Conste que esa escultura plantea algo interesante para cualquier hijo de vecino que la vea. Por ejemplo: si el David es de ese tamaño, ¿qué dimensiones tendría un Goliat hecho por Miguel Ángel? En este caso, lo intelectual, entendido como una mezcla entre imaginación, conocimientos y creatividad, complementa nuestra admiración por lo sensorial; es decir por el extraordinario tratamiento del mármol representando la figura humana que estimula nuestros sentidos de la visión y del tacto, y nuestra percepción de un objeto extraordinario en relación con el espacio que ocupa.

 Lo sensorial en el arte plantea la inmediatez en la recepción. Es fácil creer que no hace falta saber nada de nada para sentirse abrumado por la belleza de un Rubens o aterrado por un Goya o erotizado por un Egon Schiele. En cambio, para «entender» una obra de Alighiero Boetti, hay que esforzarse, y no todo el mundo está dispuesto a hacer ese esfuerzo. Esa exigencia le plantea a mucha gente la nostalgia por un arte que cree directo, por una experiencia artística inmediata, que no amerita esfuerzos ni operaciones mentales de ninguna especie.

 1960 es, más o menos, el final de las artes directas. A partir de esa fecha, todo arte directo es viejo y todo arte mental es sospechoso.


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 El arte actual incluye sus propios comentarios. La obras incluyen sus propias explicaciones; su propio diálogo. Hay una enorme conversación alrededor de las obras; una plática muda que surca el tiempo y el espacio. Dependiendo de la calidad de las palabras, ese rumor puede ser tan o más sugestivo, tan o más interesante, tan o más enriquecedor que los propios objetos artísticos.



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 Hace rato leí una entrevista a Lee Konitz. Me impresiona ver cómo un artista de 88 años que ha visto y revisto la música moverse a través de los años, no se tome demasiado en serio los conceptos de la música (o del arte) actual. Conste que «lo que se hace ahora» no se limita a Lady Gaga ni a Miley Cyrus ni a Daft Punk. Esos ya son viejos. Todo lo mainstream es viejo. Por eso mismo es mainstream. Lo nuevo tiene un componente de experimento o de cosa rara que nadie, ni siquiera los maestros tipo Konitz, se toma en serio. A Lee Konitz lo vi en NY hace seis años. Me impresionó que estuviera tan cerca del free jazz sin habérselo propuesto ni querer llegar a esa solución. Simplemente haber tocado y tocado su saxofón a lo largo de los años lo ha hecho arribar a ese sonido tan particular que tiene. La incomprensión y la indiferencia hacia lo que se hace en el presente me llaman mucho la atención.


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 En el aire hay una rara nostalgia por un tiempo en que los medios para producir objetos artísticos eran limitados. Esa limitación sacralizaba todo cuanto se relacionase con la producción de obras de arte: los materiales, las técnicas, los propios artistas... Hay un público que denuesta de todo aquello que exceda esos límites, que se indigna si se le habla de la posibilidad de crear obras con otros y diversos medios distintos a los sagrados y tradicionales.


 ¿Qué se les dice a los creyentes de esa extraña y concreta fe? Que el arte no está en los materiales ni en las formas, que los materiales y las formas son medios para expresar el río oscuro que nos recorre.

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  En Instagram todo el mundo es artista conceptual y no lo sabe (o no lo asume). Todo el mundo toma fotos y las acompaña con pequeños mensajes escritos.

 Lo que me interesa de ese descubrimiento es el peso que tiene la voluntad de ser artista, cosa que hoy en día parece ser la única diferencia entre ser artista o no.

 La plataforma ofrece las herramientas para que cada quien intervenga y exponga sus fotografías, lo que hace que podamos expresarnos con nuestras imágenes sin tener que detenernos demasiado en consideraciones formales. A partir de este punto el tema da un giro: si no quieres decir nada o no tienes nada que decir, se notará. Si quieres decir algo con la imagen así sea de un gato, se notará también. Tener cosas propias que decir (y decirlas) es el meollo de todo.

 Esa es la gran contradicción de todo este mundo de redes en el que los individuos que pueden expresar su entera individualidad, terminan hablando de lo mismo: de las hermanas Kardashian, de Donald Trump, del iphone 8 u 11, o de cualquier otra trivialidad que alborote los ánimos y los haga sentir como parte de una comunidad global.


 Creo que hay que reivindicar la individualidad, la soledad y la autonomía.

jueves, noviembre 19, 2015

EL SENTIDO DE LA LECTURA

 Interrumpir la concentración en los tópicos habituales.

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 Ceder el dominio de nuestra voz interior a cambio de entretenimiento y de que nos presenten mundos que no conocemos.

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 Bajar la guardia, desnudar nuestro pensamiento.

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 Hacer nuestras ideas de otros.

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 Prepararnos para hacer que otros hagan suyas nuestras ideas.

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 Renovar las imágenes que definen nuestro mundo.

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 Ayudarnos a comprender la experiencia humana.

domingo, noviembre 08, 2015

INÉDITA GRAVEDAD

 De todas las crisis que hemos visto a lo largo de estos años, la que hoy padece la universidad pública venezolana es quizás la más grave. Se trata de una crisis política y laboral al mismo tiempo. Laboral porque nadie aporta el dinero que necesita la institución para funcionar. Política porque los mandarines tratan de aprovechar el entuerto para acabar con la autonomía de las universidades y transformarlas en espacios para controlar (más) a la sociedad.

 Las distintas facultades reciben asignaciones no solo exiguas, sino desactualizadas con respecto a los abisales marcadores económicos que asuelan al país, lo que redunda en sueldos vergonzosos para los profesores y para los distintos trabajadores, en minúsculas dotaciones para la investigación, la actualización, la producción y divulgación de conocimiento; es decir: para todo aquello que caracteriza a cualquier universidad. El resultado de esa agonía es el convencimiento casi unánime de la comunidad universitaria de que en semejantes condiciones no puede haber clases, y, hasta la fecha, no las hay.

 Una diferencia entre esta convulsión y otras que también han sido nefarias, es que el Ministerio del Odio no cuenta con el dinero necesario para hacer lo que le gustaría; no tiene fuelle para cerrar las universidades venezolanas autónomas y convertirlas en satélites ideológicos; tampoco tiene fuerza para salvar su cara roturada en piedra negociando con el personal universitario y otorgarle una fracción de lo que pide. De manera que al Ministerio del Odio solo le queda el lado feo de esta historia: enviar legiones de malevos embozados a las universidades a que destrocen e intimiden, a ver si algunos de sus contrincantes flaquean y se rinden.

 Otro detalle notable con respecto a zozobras anteriores es la ausencia de estudiantes en la ecuación. No podía ser de otro modo, si el año pasado terminaron denostados hasta el cansancio por sus verdugos y abandonados por políticos y eternos pedidores de sosiego (por cierto: el sosiego del que se contentaron en 2014 trajo el insondable desastre de 2015).

 Este nuevo afán universitario representa un desafío sin precedentes para la sufrida y siempre irresponsable sociedad venezolana. Mientras los profesores no dan clases porque de verdad los salarios son de una desfachatez increíble, los mandarines evalúan cómo transmutar el ausentismo magisterial en algo semejante a la huelga que les permitió apoderarse de la industria petrolera. La operación actual no se perfila tan fácil. Las arcas no contienen las riquezas de 2002, lo que puede hacernos pensar que si no hay mayores cambios, la universidad pública está condenada a desvanecerse sin que nadie haga algo.

 Maleza y animales salvajes depredándose unos a otros aparecen en el futuro de varios de nuestros campus universitarios.

 Eso o algunas postales de Pyongyang.

lunes, noviembre 02, 2015

LA NECESARIA DIGNIDAD DE LA RECEPCIÓN

 Desde hace tiempo creo que el grueso del público no es digno de disfrutar de ciertas obras. Lo demuestra una actitud que rebaja la valía de las cosas y las transforma en abono para chistes o en materia dispuesta para la indiferencia, esa temible forma de olvido anterior al recuerdo. A veces el proceso abrasivo se produce por simple ojeriza o por la ingenuidad inútil que hace el mal queriendo hacer el bien, o por la audacia que acoraza los gestos de los ignorantes, como cuando un periodista inmune a la pena o al pudor le pregunta lo mismo a cada uno de sus entrevistados sin ver quién es ni qué ha hecho ni mucho menos haber estudiado la obra por la que se produce la entrevista.

 La dignidad en la recepción de las obras es un tema sobre el que nunca se discute porque se le considera producto de un diálogo entre el espectador y las obras. Sin embargo, la responsabilidad a la hora de construir las condiciones para que esa conversación privada y silenciosa se produzca, no recae solo en el público, que debe prepararse para recibir y procesar todo tipo de información; recae también en los medios dedicados a la difusión de productos culturales, medios que deberían tratar con el mayor respeto, la mayor generosidad y el máximo conocimiento, aquello que intentan presentar a sus audiencias.

 No es posible que nos encontremos con tanta aplanadora, con tanta repetición de lugares comunes, con tanto extracto de Wikipedia, con tanta cordialidad que sirve de burladero para no tener que decir nada interesante sobre ninguna obra.

 Vivimos en una época de lectores que no leen con ojos propios y entusiasmados o que leen entusiasmados más por las conexiones sociales que genera la lectura de determinado material que por convicción propia. Lo mismo sucede en museos y galerías: se mira de reojo, y de pasada, el trabajo de los artistas mientras se saluda a la gente y se toman fotos con las obras de fondo. Sí, siempre ha sido así. No hay nada nuevo en el retrato de esta situación, pero cabe preguntarse cuál es el espacio para pensar sobre nuestra cercanía con las obras. ¿Dónde y ante quiénes hacemos públicas nuestras meditaciones sobre ellas, si es que las tenemos y deseamos cotejarlas?

 Con las obras musicales el juego de las distracciones es más punzante. Vayan a un concierto y vean cuántas personas se desviven por tomar videos desde sus teléfonos celulares. Observen cómo el centro de esa experiencia no tiene nada que ver con la propia música o tiene que ver, pero por caminos tortuosos y plenos de anécdotas, como si la música importara menos que contar a amigos y conocidos que se asistió a la presentación de tal o cual artista de fama mundial. Algo semejante ocurre con la gente que usa la música como máquina del tiempo, como pretexto para rememorar su propio pasado, tornándola en la banda sonora de la memoria personal, como si no pudiera ser eso y más que eso a la vez. Lo que une ambos ejemplos es que la experiencia musical entendida por su valoración del instante presente (cargado de datos a descifrar y relacionar), queda relegada, como queda relegado todo aquello que necesita de nuestra atención para existir.

 Ser dignos de recibir información significa estar preparados para que lo que recibimos, prospere y se ramifique en, y desde, cada uno de nosotros, pero si nuestra mayor preocupación consiste en ser figurantes en el gran desfile de la vanidad universal, esperemos sin demasiada sorpresa a que alguna forma inextricable de la barbarie irrumpa en nuestras vidas y las altere a voluntad. 

 No se trata de merecer; se trata de mantener fértil, para las ideas, para el conocimiento, para la belleza, el barro que irremediablemente somos.