martes, junio 30, 2015

DETESTO VOL.3

a) La palabra «emprendedor».

b) Que los genios del mercadeo venezolano digan crowdfunding en lugar de «vaca».

c) El yoga en todas sus versiones.

d) El fútbol como actividad que estupidiza a la gente y acredita energúmenos como Messi (que ni saluda ni da la mano y, encima, a todo el mundo le parece un modelo de caballerosidad) o como Luis Suárez o como Arturo Vidal o como Gonzalo Jara y toda esa manada de patanes que no hallan qué hacer con su dinero, salvo tatuarse y pelarse la cabeza. 

e) El regreso de los dinosaurios, de las galaxiasgalácticas, de los minions, de Terminator (Schwarzenegger, a estas alturas, disfrazado de robot es patético) y de todo lo que uno ya vio, pero tiene que volver a ver porque sí.

f) El penoso doblaje de las series que transmite AXN.

g) Un megáfono en manos de un evangélico.

h) La gente demasiado entusiasta de la lectura y de los libros (parecen evangélicos).

i) La radio venezolana (música del pasado, programas hechos con los codos, noticias rayadas, humoristas devenidos en comentaristas políticos, simpatiquismo, sofismas en chancletas sónicas...).

j) La velocidad de conexión en Benesuela o «Fábula de la guaifai y la liebre». 

k) La gente que escupe en plena calle. (Idea para el cine nacional: un documental en blanco y negro y cámara lenta con imágenes de gente escupiendo. Podría llamarse Escupitina).

l) Los bancos. ¿Hay tres taquillas? Solo funciona una. ¿Hay tres escritorios? Solo en uno hay quien te atienda. ¿Hay seis cajeros automáticos? Ninguno da recibo y solo en uno puedes hacer depósitos. Trabajan de lunes a viernes, de 8:30 a 3:30, pero a la hora del almuerzo, apenas trabaja un cajero junto a un vigilante. Encima, los bancos se rigen por un extraño calendario en el que abundan las fechas patrias y las conmemoraciones religiosas.

ll) El veganismo. (¿De dónde salió esa vaina?). 

m) La moda vintage o el reciclaje de los clósets. La moda hipster o qué bella la miopía.

n) La lentitud de la cadena de pago. Así como se tardan en pagarte, te tardas en pagar. 

o) La gente que escribe como habla. «No abrimos los domingo». «Se visualizan bolso y cartera al salir». «Prohibido la entrada en short y bermuda».

p) Los papás que ponen a sus hijos a cantar y bailar reguetón. 

q) Otro homenaje a Gerd Leufert. ¿Hasta cuándo?

r) Caracas es una ciudad a la que le han aparecido brotes de Pyongyang en los últimos años: arquitectura comunista, bloques que en dos años (o menos) serán un prodigio de caries.

s) Saber que vivo en una versión pirata de 2015.

t) Los magnates bobisoberbios. El gafiparalitichismo gerencial. El idioneronismo autodestructor de empresas de comunicaciones.

u) Tener que oír y leer idioteces que empiezan con «Todavía no hemos aprendido nada».

v) La expansión de la corte de los milagros (o «Valle Inclán en chancletas»).

w) La etiqueta de la supervivencia venezolana: #yosalvomiculoyeldelosmíoslosdemásquesejodan. 

x) Vivir en una patria maleva y autoinmune.

y) Las calles ulceradas de las que cada cierto tiempo brotan aguas mefíticas.

z) Los crepúsculos dominicales.

 Bonus Track: Los bancos que te piden una clave para entrar a una web donde te pedirán una clave para que te den una clave para hablar por teléfono con un operador para cambiar la clave.   

martes, junio 23, 2015

LA CONJURA PERPETUA

Fox Mulder siempre tuvo razón

 «Tlön, Uqbar, Orbis tertius» trata sobre una silenciosa conspiración acometida por una cofradía de especialistas en diversas disciplinas. Su plan extendido a lo largo de varios siglos consistió en escribir una réplica de la Enciclopedia Británica dedicada a reseñar la vida, la geografía, la historia, las ciencias, la filosofía, la lingüística y las artes de Tlön, un planeta creado por ellos mismos. La idea era publicar la enciclopedia, dejar tomos en determinadas bibliotecas y hacer que incautos y anónimos bibliófilos terminaran preguntándose por el origen de semejante libro. En su plan no cabía el escándalo. Su objetivo era sembrar un tenue caos bibliográfico, introducir una mínima anomalía en el universo sin esperar las consecuencias, lo que convierte a esta logia de sabios secretos en un sindicato de exquisitos humoristas. El gesto de crear lo inútil adquiere un carácter subversivo cuando se le coloca de manera subrepticia al lado de lo útil. La posibilidad de sembrar la confusión, de subvertir el orden dado, adquiere las dimensiones de un hecho estético cuando el gesto absurdo es de una magnitud tan sutil que puede confundirse con la normalidad. De manera que a lo creado le resulta fácil desplegarse y desatar todo el poder sugestivo del que sea capaz.

 ¿Qué mueve a determinados creadores a diseñar obras así: la inconformidad, el hastío, la sensación de que se le puede añadir algo al mundo que acelere el advenimiento de una era mejor o solo se trata del placer que produce el corrosivo cuestionamiento de lo que ya existe? En el cuento solo el financista del sindicato expone de manera críptica y altisonante el objetivo que, al menos desde su punto de vista, tiene la vasta empresa: «...demostrar al Dios no existente que los hombres mortales son capaces de concebir un mundo...».

 Jorge Luis Borges podría compartir con los cofrades secretos de su cuento el discreto espíritu avieso que mueve sus actos. La forma de «Tlön, Uqbar, Orbis tertius» es muestra de ello. Que casi toda la historia se base en el comentario acucioso de una fracción de un libro imaginario es algo que abruma a los lectores acostumbrados a que un cuento debe cumplir tales o cuales requisitos o usar tales o cuales recursos acreditados por una preceptiva siempre autoritaria y tradicional; no se les pasa por el seso que tienen entre manos un relato que fuerza los límites de géneros literarios como el cuento y el ensayo, de subgéneros como la literatura fantástica y la ciencia-ficción, de actitudes comunicativas como narrar y comentar, de estados de la conciencia como la ficción y la propia realidad. No se dan cuenta de que el objeto literario que llevan consigo está diseñado de tal manera que sus formas son tan permeables y tan sujetas a ser intervenidas como aquello de lo que tratan sus páginas.

 La parte más inquietante del relato comienza cuando suponemos acabada la obra de los cofrades enigmáticos y, sin embargo, en distintos lugares aparecen extraños artefactos de los que solo tiene noticia el narrador que ha intuido y descubierto la muda conjura. ¿Quién dejó en la biblioteca de Memphis un tomo de la segunda enciclopedia de Tlön? ¿Quién introdujo en el mundo la brújula con anotaciones en uno de los alfabetos tlonianos? ¿Cómo llegó a manos del joven escandaloso de la posada rural el cono de inédita aleación? ¿Cómo se multiplicaron y diseminaron los objetos de ese planeta enteramente inventado por un grupo de sabios? ¿Cómo se filtró Tlön en la realidad hasta el punto de modificar sus usos, ciencias, idiomas y costumbres, y cambiarlos por los del planeta ficticio? ¿Organizó la umbría logia semejante invasión o fue un proceso que adquirió algún tipo de autonomía? El narrador no da detalles, pero sugiere que las multitudes se entregan con facilidad a cuanto les sugiera un orden o una simetría. De manera que no tiene nada de extraño que todo lo que proviniera de la enciclopedia se saliera de su ámbito libresco y tomara poco a poco la realidad.

 El cuento trata de cómo se expande el pensamiento; de cómo las modas y las creencias permean con lenta insistencia aquello que se supone inalterable y lo horadan hasta desintegrarlo y volverlo irreconocible. Así funcionan las ideas que cambian el mundo; así, sin que nadie se dé cuenta y, casi siempre, sin que nadie controle la totalidad del proceso, trasponen el perímetro de lo teórico y se vuelven concretas; así transcurren nuestras vidas; así transcurren las ocurrencias de unos cuantos en el tiempo. Es curioso comprender que vivimos en un mundo cuyo núcleo alguna vez estuvo en las mentes de unos cuantos, y eso mismo lo pudo afirmar cada generación del pasado, lo puede afirmar cada generación viva y podrá afirmarlo cada generación futura.


 «Tlön, Uqbar, Orbis tertius» es una cima de la literatura universal que nos hace saber que, en este mismo instante, alguien (embozado y erudito) diseña nuestro porvenir. Tal vez nosotros mismos, sin saberlo, trabajemos a sus órdenes y estemos creando un insondable mañana.

domingo, junio 14, 2015

BAJO EL CIELO SECO

 Leo La caza del octubre rojo, de Tom Clancy. Quiero compararlo con «Gente en conserva», de Chuck Pahlaniuk, y, por supuesto, con 20000 Leguas de viaje submarino. Las comparaciones producen hallazgos que iluminan y renuevan cada una de las obras relacionadas, y a nosotros, por supuesto. Lo difícil no es comunicar los descubrimientos; es mostrar la legitimidad del tipo de imaginación que se pone en práctica cuando se llevan a cabo semejantes ejercicios y el placer que ellos le deparan a quien se atreve a realizarlos.

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 Cuando comiencen a quejarse del desastre económico venezolano, recuerden que, el año pasado, muchos de ustedes clamaron por un tipo de paz que terminó siendo exigua y fraudulenta.  

 En otras palabras, paz mediocre = horror disfrazado.

 Se acercan otros tiempos de humo y ruido. Si vuelven a pedir paz, asegúrense de que esta vez no sea un remedo ni un infeliz chantaje que mantenga vigente este oprobioso hundimiento en que vivimos.

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  Hace tres días falleció Ornette Coleman. Todavía, a estas alturas, hay gente que «no entiende» o, peor, que «no soporta» su disco, de 1961, Free Jazz, ni buena parte de su obra.

 Puedo comprender que algo no le guste a todo el mundo. También que haya quien afirme que para oír músicas improvisadas y free jazz, debe encontrarse en un mood particular. Lo que no comprendo es que se tengan por novelerías propias de mentes dadas al fraude y no como piezas que forman parte de una música que tiene más de un siglo de historia.

 En teoría, el público tolera mejor los lenguajes visuales abstractos que los lenguajes musicales abstractos. Aquí debo hacer dos precisiones: 1) Subrayo «tolera mejor», lo cual no quiere decir que los acepten ni que les gusten. Todavía hay muchas personas alrededor del mundo que no se han enterado de que el Cuadrado negro sobre negro, de Malevich, o las obras de Duchamp, ya tienen un siglo entre nosotros. Tampoco se han enterado de que Albers, Mondrian, Rothko y Pollock son clásicos del siglo XX. 2) Toda la música es abstracta. Sin embargo, para entendernos mientras dure este soliloquio, asumamos que lo abstracto en la música viene dado por un cuestionamiento a la melodía. Eso fue lo que hizo Ornette Coleman: «volvió abstracto» el jazz, acabó con la sujeción a la melodía y a las tramas armónicas que se suscitan a partir de la exposición de un tema; acentuó la improvisación por encima del arreglo; redefinió la importancia del ritmo, disolvió el swing, reordenó las estructuras… Es decir: amplió el concepto mismo de la música.

 Nadie abre tantos caminos sin ser un gigante y, aun así, hay quien se atreve a mirarlo con desdén.

 La música y todas las artes evolucionan, se mueven, cambian, como cada uno de nosotros. Veamos si somos capaces de mutar con ellas o si nos convertimos en torpes muñecos de barro y paja.

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 La erosión del paisaje exterior anula nuestros muros emocionales. Por eso nos hemos transformado en criaturas anaerobias dadas al llanto. Solo ahora nos damos cuenta de que todo (incluyendo las palabras, los objetos, las instituciones, los cuerpos) sucumbe al poder corruptor del ácido semántico.

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 Esta semana se discutió con vigor digno de mejores causas (como suele ocurrir en este lar sombrío) sobre si la ignorancia que exhiben los mandarines es producto de una larga y refinada meditación o si es el resultado de la estulticia más rotunda. Unos se afanan por explicar que las operaciones perversas del mandarinato están diseñadas por unos genios del mal que quieren hacerse pasar por brutos para confundir a quienes no comulgamos con su credo ruinoso y así emboscarnos y molernos a placer. Otros se burlan del estilo sibilino de los comisarios, de su humor involuntario, de su simulación del habla llana y cotidiana, de sus consejas signadas por la más peligrosa ignorancia. ¿Quién tiene la razón? No lo sé. Creo que la estulticia es estulticia doquiera que se presente y que la acción del mandarinato (mezcla de violencia desembozada, pan, vano circo, regalos)  que hemos visto durante todos estos años sirve para que sus gestores alcancen, a través del miedo y del dolor, aquello que no alcanzan ni alcanzarán solo con las palabras.

 Quizás el problema no radique en si los comisarios se hacen pasar por toscos o si de verdad son brutos. Tal vez el núcleo del asunto se encuentre en que semejante disputa demuestra cuán desguarnecidos estamos y con cuánta urgencia necesitamos el diseño y la difusión de mensajes cuyas marcas sean la sensatez, el aplomo, la generosidad, el arrojo y el conocimiento asentado de gente seria y acreditada. 

 Si no hacemos nada al respecto, al mundo entero lo gobernarán los mensajes más idiotas.

sábado, mayo 30, 2015

DIÁLOGO INCÓMODO

—¿De qué trata todo esto?
—Del poder. De eso trata la política.
—...
—¿Qué?
—¿No trata de nada más?
—No.
—¿Y la gente?
—¿Qué pasa con la gente?
—¿No se supone que los políticos son servidores públicos y esas cosas?
—Sí. Pero primero es el poder. Sin poder eres un mosquito.
—...
—Así ha sido siempre. Al menos de Agamenón para acá.
—Qué asco.
—¿Asco por qué?
—Bueno porque los políticos te engañan y te hacen creer cosas.
—Si te engañan, es porque eres idiota. Ellos quieren que les des el poder. Tú les das el poder y, a cambio, ellos se encargan de pagar para que otros recojan la basura y te cuiden de los ladrones.
—¡Ja!
—Hemos llegado a un punto de vileza en el que los que buscan el poder, no quieren dar nada a cambio.
—...
—Y los que otorgan el poder no están interesados en exigir nada con tal que los mantengan cebados y entretenidos.
—Sí... Hace calor, ¿verdad?
—Sí. Siempre hace calor. 

jueves, abril 30, 2015

DEL GUIÑO A LA MÁQUINA MENTAL O CÓMO CUENTA SUS HISTORIAS MARIO BELLATIN

 A los libros se llega cuando se tiene que llegar. La vida de cada lector tiene su propio ritmo. Unos se afanan por lo que acaba de salir de las imprentas y otros, como yo, leemos lo que buenamente nos provoca, sea viejo, nuevo, clásico o rareza desacreditada en el tremedal de modas y estilos. Dicho esto, declaro que llevo días leyendo dos libros de Mario Bellatin. Antes no había tenido el gusto. Sabía de la rareza de sus historias y de la exuberancia de las prótesis que usa para suplir la ausencia de casi todo su brazo derecho por Rafael Osío Cabrices, quien insistió en que debía fijar mi atención en el trabajo de este autor mexicano nacido en 1960.

 He tenido conmigo El gran vidrio y Tres novelas, dos libros poderosos cuyo interés radica en el diseño de un universo en el que importa más el tejido literario (es decir: el texto) que aquello que se cuenta. No me malentiendan. No quiero decir que Bellatin sea un autor de «obras experimentales» llenas de artificios. Quiero decir eso: que lo importante de estos libros (al menos en una primera lectura) no se encuentra en las historias que cuentan; está en la escritura precisa, fría y demoledora que se nos muestra inocente, cuando la vemos acostada en sus páginas.

 Pero vamos por partes. ¿Por qué interesa el texto?

 El gran vidrio contiene: «Mi piel luminosa», «La verdadera enfermedad de la sheika» y «Un personaje en apariencia moderno». Tres novelas reúne «Salón de belleza», «Jacobo el mutante» y «Bola negra». Es decir: dos volúmenes en los que se nos presentan seis relatos, a cuál más inquietante y extraño con su presentación de elementos inconexos, con personajes que cambian frente a los lectores, que en un momento son mujeres y, de pronto, pasan a ser hombres, o jóvenes que, un párrafo más allá, se transforman en ancianos... Perplejidad es la sensación más recurrente que se tiene al leer estos relatos. Perplejidad que no surge de lo fantástico ni de sus variantes, como ocurre con otros autores que cultivan el terror o la fantasmagoría. Bellatin propone un tipo de tramas irresolutas, flotantes, en las que algo de la sensibilidad lectora queda suspendido, paralizado en un limbo donde se agolpan distintas sensaciones. Ese truco (si es que podemos llamarlo así) funciona unas veces mejor que otras, depende de la novela y de lo que trate, del tipo de personajes que actúe y de las peripecias en las que se vea envuelto.

 Quisiera ahondar unos milímetros en la idea de la perplejidad y la suspensión. Hay autores que descolocan al público para luego darle un mazazo y sorprenderlo. Eso no ocurre en las historias de las que hablamos. Aquí no hay sustos ni sorpresas; hay tejido literario, escritura en la que ocurren pequeñas situaciones cuyo desarrollo a veces deshace nudos y, a veces, no. Bellatin maneja una estética del fragmento, de lo incompleto que, tengo para mí, se asocia con su brazo invisible, con esa extremidad que se completa con los garfios barrocos (auténticas esculturas) que a veces exhibe. Sus historias son como prótesis esta vez no físicas, sino espirituales, de sí mismo. En sus relatos está él, aparece, se nombra; deja claro que sus personajes son máscaras de él mismo reflejándose en un espejo imaginario. (Entre paréntesis: en «Un personaje en apariencia moderno» la mujer de treintitantos años que protagoniza la historia finge una parálisis para entrar en el metro sin tener que hacer una larga fila. De pronto, se encuentra con alguien que ella conoce: un periodista cultural. Ella masculla su mala suerte. El periodista no ve a la mujer que aparenta la atrofia muscular; ve a Mario Bellatin dando semejante espectáculo frente a un oficial de policía). Ustedes dirán que no hay sorpresa en ello, que los relatos contenidos en El gran vidrio, están agrupados además por el rótulo Tres autobiografías como subtítulo.

 Un relato es una memoria inventada, un simulacro de experiencia. En el caso de Bellatin ese simulacro tiene su lugar en la página con la sintaxis atropellada de la memoria; atropellada, fragmentaria, cambiante. El texto es el espacio donde se desarrolla esa memoria artificial. Por eso, porque reproduce las formas de la memoria, no siempre existe una relación causa-efecto en los hechos o, al menos, no una relación directa como suele ocurrir en una narrativa más tradicional. A veces, el lector se enfrenta con relatos donde ocurren hechos desconectados o que no concluyen o que apenas esbozan un paralelismo fugaz con una o varias situaciones que ocurren en la propia historia. Esa yuxtaposición, en apariencia azarosa, de eventos descoloca a más de un lector y le hace suponer que está ante a una escritura fraudulenta o frente a un narrador que no sabe lo que hace o que se encuentra, a estas alturas, (re)enamorado del surrealismo, de la literatura del absurdo y de las novelas que hablan de novelas. La pregunta que me hago frente a tales diatribas es ¿por qué toleramos la yuxtaposición con más facilidad en la poesía que en la narrativa? ¿Por qué la toleramos bien en la primera, aunque los objetos yuxtapuestos no tengan mucho que ver entre sí, y no en la segunda? Es una pregunta que cada quien debería responder.

 Tomemos como ejemplo «Bola negra», donde hay una relación directa entre las muertes del profeta Magetsu y del insecto que captura el entomólogo Endo Hiroshi. Obsérvese, además, la mención a los dientes negros de la madre del protagonista, la visita al dentista del padre, la desaparición de la última muela de la cocinera de la casa. Quienes lo hayan leído, saben que las relaciones entre esos elementos son extrañas, directas, en algunos casos y lejanas en otros, aunque siempre perturbadoras. La inquietud que producen se debe a que se alinean en una lógica que une dientes a creencias religiosas no muy explicitadas. Así el narrador nos muestra raros paralelismos, pequeñas extravagancias cuyos enlaces parecen salidos de un misticismo oscuro. Las tensiones en estos textos no se expanden desde el principio hacia el fin como ocurre en los relatos tradicionales; se extienden hacia dentro, hacia los significados ocultos de las propias palabras. Esa condición se acentúa en las historias en las que el autor añade imágenes fotográficas, como ocurre en «Jacobo el mutante». En esa novela breve las peripecias del rabino bañista se mezclan con la referencia a una novela apócrifa de Joseph Roth y a unas fotos en blanco y negro. El resultado es desconcertante. Las imágenes muestran unos paisajes anodinos en los que aparecen pequeños objetos que ayudan a crear unos vínculos apenas perceptibles con el texto. Si el lector no les presta la debida atención, no les encontrará sentido a las fotografías. Si la lectura no es todo lo abierta (lo osada, lo libre, lo desprejuiciada) que se necesita para condensar texto e imagen en un mismo proceso de comprensión, el relato pierde parte de su fuerza.


 Quizás la obra de Bellatin enjuicie nuestras creencias sobre lo que es narrar de manera efectiva o cuestione el dogma de que el designio secreto de una historia (aparte de crear un mundo autónomo y coherente) es acentuar la importancia de una determinada secuencia de eventos o la reacción emocional que producen las peripecias de unos héroes creíbles o la inexorable naturalidad con la que lo inesperado nos debería arrollar al final de una narración. Tal vez nos encontremos ante un tipo de escritura que busca otras maneras de contar, otros modos que amplíen y complementen los ya existentes, que jugueteen con ellos, que los estiren, que los reten, que los hagan funcionar a otros ritmos, que los hagan crear nuevas texturas y densidades. Eso es lo que se percibe al leer estos relatos raros que apelan a una lógica fragmentaria hecha de símbolos y a la que se accede guiándose más por un tipo de intuición desnuda que por nuestro talento deductivo. Así como existe un arte conceptual hecho de los pensamientos que suscitan las instrucciones que un artista emite (casi siempre) con precisa brevedad, Bellatin parece proponer una «ficción conceptual», que introduce pequeñas órdenes en nuestras mentes lectoras para que las imágenes que pueblan sus cuentos se «muevan» y sigan su propia lógica a contramano de la lógica cotidiana y de lo que nosotros creemos o queremos. Lo importante (lo verdaderamente importante) de su obra no ocurre en las páginas que la forman; ocurre en alguna parte oscura de nuestra intimidad de lectores quebradizos, más o menos sugestionables, prestos a dejarnos llevar por el horror y la maravilla. El folio impreso (el texto) es el vehículo del mensaje cifrado, del guiño que enciende nuestra involuntaria capacidad para asociar ideas, para aceptar las mutaciones de los personajes, de los ambientes y de las situaciones; para acatar el poder devastador de ciertas metáforas y abandonarnos a lo que haya que abandonarnos, sea esto la incertidumbre, el miedo, la sorpresa, la conmiseración o lo que sea que produzca en nosotros cada una de estas aceradas ficciones conceptuales.

martes, abril 14, 2015

EL NÚCLEO VORAZ

 Quienes desean escribir sobre cualquier asunto, deben apropiarse del tema que desean tratar; hacerlo suyo hasta convertirlo en una parte de sí mismos. Porque de eso trata este oficio: de transformar los datos en células propias para luego transmutarlas en palabras también propias, vivas, que los contengan y nos contengan; reproducir nuestra experiencia; hacer que otros vivan una cuota de su indescifrable complejidad.

 Las palabras unidas en oraciones y párrafos hablan de lo que hablan y hablan también de lo que somos y de nuestras relaciones con los eventos del mundo. Esa memoria contenida acaso encriptada— en las líneas que trazamos puede ensancharse y contener, además de las efemérides patrias o la nomenclatura de los huesos, la minuciosa gradación emocional que una experiencia nos produjo en algún instante del anchuroso pasado. De eso también trata este asunto: de dotar la expresión de palabras que comuniquen las sensaciones que hemos experimentado a lo largo de nuestros días. En ese proceso cada vocablo pierde su habitual sencillez y se convierte en un objeto tan preciso o tan mudable, tan opaco o tan brillante como se requiera.

 Lo que interesa es retratar la multiplicidad de lo vivido, entendiendo por tal aquello que nos cala y comienza a circular dentro de nosotros como un río oscuro de sensaciones dormidas. El objetivo es develar aquello que permanece debajo de la piel, guardando u ocultando su propio nombre; mostrar su volumetría, sus sombras, su densidad. Se escribe para traer de las honduras aquello que permanece inerte y fluyendo hacia el olvido, la materia residual de nuestras emociones, el cieno primigenio del que estamos hechos y que nos une a los demás, aunque no lo sepamos.

 Viajar a la noche personal es el oficio invisible, la tarea perpetua de cuyos métodos no se habla porque cada quien los ejerce como mejor puede. La soledad de los párrafos contiene las trazas de ese tránsito. No se trata de huellas exactas, de oraciones nítidas donde se declaran sin pudor afanes y agonías. Se trata, más bien, de una cualidad que adquieren las formas cuando son el producto de una búsqueda en el lugar de las sombras. Todo lo que sale de allí tiene una dignidad especial, un carácter hondo, un vacío que les permite resonar, cual eco, y hacer que aquello que signifique, lo haga en distintos niveles.

 Así como cada persona es el país por donde corre el río que arrastra las sensaciones dormidas, en cada página hay una landa dispuesta para que esa corriente distinta comience a fluir. He ahí el lugar infinitesimal donde ocurre el posible misterio de la literatura: el infradelgado silencio entre una palabra y otra, el vasto lago donde desemboca el río y se producen la transformación de las partículas en palabras, el desplazamiento y la combinatoria de los significados, el abrazo a veces díscolo entre las formas gramaticales; todo a la vez, en un instante blanco.

 En ese espacio (que también es tiempo) microscópico se forja la materia que hace único al texto, la cualidad innombrada que le da su brillo y su ritmo, que permite convertir en música el sentido de las palabras y en sentido su música.

 Así, nuestra escritura adquiere algo parecido a una vida propia capaz de irradiar aquello que deseemos que irradie: quizás belleza o dignidad o fulgor sobre algún asunto de nuestro interés.

 Lograr el dominio de las formas, volverlas materia dúctil que nos exprese… La (adictiva y siempre difícil) razón de ser de este oficio raro que nos esclaviza y nos hace felices.

martes, marzo 24, 2015

PASEO INTERIOR

 Los días corren pesados. A donde volteo, veo degollinas. Por eso me dedico a la lectura ansiosa, como no había hecho ni me había pasado antes. Leo, devoro folios, me voy de mí mismo a ratos porque la ansiedad de lo real pesa como un mar de lava. Leer me salva por instantes. El mundo arde, pero yo no estoy. Las calamidades se suceden mientras el sofá de mi sala muestra un hueco que tiene la forma de mis huesos en el acto de la lectura. No estoy. Camino por los abetos y los arces junto a Cósimo Piovasco de Rondó. Acompaño a Mario y a la sheika en la búsqueda del plomero que debe reparar la fuente de la mezquita. Veo los sapos demediados, las flores cortadas por la mitad en el mundo del vizconde de Terralba. Y no es que soy feliz en esas tierras; es que soy; me siento yo mismo, ligero, ajeno a las truculencias que llenan los días.

 Siempre me burlé de quienes hablaban de la lectura como quien hablaba de una forma laica de redención. Me parecía que exageraban, que aquello no era más que una manera barroca de referirse a una actividad sobre la que cuesta mucho disertar sin ponerse pedante. Hasta este momento de mi vida, leía porque leía, porque me gustaba, porque me dejaba llevar con fascinación a las entrañas de los libros, pero esa minúscula sed ha cambiado en los últimos tiempos. En estos meses (o quién sabe con exactitud desde cuándo), siento la necesidad de huir, de salvarme, de encontrar cobijo en mundos menos extraños que este que habito, y entonces me digo que sí, que era verdad lo que decían todos aquellos de quienes me burlaba, que la lectura salva. Sus palabras tenían razón, pero la mayoría de esos declarantes no; simplemente repetían lo que es fácil repetir: que la lectura es buena y que salva y que ayuda a que uno sea mejor persona y toda esa monserga loca e interminable que hace que casi todos los que no leen, terminen por huir de los libros.

 Pero mi caso es distinto. La salvación de la que hablo no es retórica; es real, aunque no sé si la alcanzo (creo que no). Lo que busco es suspender la acción corrosiva de esa invisible sustancia viscosa que se ha apoderado del planeta. Por instantes, muy breves, lo consigo. El efecto se acaba cuando cierro el libro. Sin embargo, algo de la lectura que funciona como una armadura mínima, queda en mí y me protege de las sorpresas que producen las conductas humanas. Leer nos hace conscientes de que, en todo momento, cualquier cosa puede ocurrir, incluso lo bueno, y eso ofrece una calma fugaz pero propicia para que el guía interior mire más allá de las apariencias y se resista a la tristeza.

 Los libros de estos días no han sido distracciones ni compañeros de solaz; han sido escudos contra la desesperación. La historia del cura sin nombre que huye de la autoridad de un país sumido en la locura, el relato de la familia cuyos integrantes fueron convertidos en monstruos, el cuento del niño al que su madre exhibía desnudo porque su piel era fosforescente, me han rescatado todos estos días; me han puesto a pensar en que no todas las vidas tienen que estar sumidas en el horror. Leer nos ayuda a ponerle nombre a aquello que nos quema, a recordar que el fuego es pasajero, que dentro de cada persona hay algo que no puede ser tocado sin que ocurran desgracias.

 La escritura tiene algo que brilla en las catástrofes: en los predios de las páginas el mundo se mueve a una velocidad distinta, a un ritmo austero que nos cobija y nos ayuda a recuperar el centro de la gallardía, un detalle esencial cuando la balsa de la vida se hunde con nosotros encima.
La tortilla es para celebrar los diez años de este blog.