jueves, marzo 01, 2012

LOS ÁRBOLES
There is unrest in the forest.
There is trouble with the trees…

Rush


Seres extraños los árboles; parecen explosiones verdes, titanes de brazos abiertos, colosos de innumerables dedos, bailarines mudos…

Veo maldad en todo, menos en los árboles.

Cuando no sepas de qué hablar, habla sobre ellos. Di que son los verdaderos dueños de la Tierra, que las demás criaturas vivimos porque ellos viven; que todos, de un modo o de otro, les pedimos algo prestado y lo hacemos nuestro hasta olvidar de dónde lo sacamos.

De los árboles podemos decir lo que se nos antoje (incluso que Dios es un árbol), y eso porque cada uno de nosotros es el guardián de un jardín particular en el que conviven el recuerdo y la experiencia de muchos árboles. En ese espacio situado en lo más recóndito de nuestra intimidad, se encuentran el chaguaramo debajo del que corrimos huyendo de otros niños, el mango al que trepamos para hacernos de sus frutos, el manzano que dibujamos mil veces en la escuela, el cedro en cuyo tallo roímos un corazón a navajazos, el jabillo contra el que estrellamos nuestro primer auto… Cada quien tiene su vergel, tupido o yermo, según sean su vida y su memoria.

La otra noche (una cualquiera, sin fecha ni hora determinadas) el azar trajo a la playa de tu televisor, cual mensaje cifrado en una botella eléctrica, un programa en el que el gordo Andrew Zimmern entrevistaba a uno de los chefs que trabajaba en El Bulli, ese restaurante de Ferrán Adriá que fue insignia de la gastronomía española hasta el año pasado. En la cocina o, más bien, en el laboratorio de tan insigne lugar, el gordo Zimmern admiraba el trabajo del chef que convertía —gracias al hidrógeno líquido— un piñón normal y corriente en una delicada espuma que pronto serviría como postre en un plato libre de adornos. Cuando la síntesis de la bellota está lista, el científico-chef le da al presentador una muestra del prodigio. Zimmern la prueba, cierra los ojos, paladea, se rebulle de contento, trata de hablar, pero no puede; sólo unos segundos después su cerebro encuentra las palabras adecuadas:
—Es el sabor… Es el aroma… Es… Es como… como tener un árbol entero en la boca.

Hay ciudades que parecen abandonadas de los árboles. Los ministros del orden detestan las raíces que se salen del subsuelo, rompiendo las lajas de concreto o creando grietas y pliegues donde sólo debe haber orden. Los árboles son árboles y son salvajes; no les interesan la civilización ni la burocracia ni las corbatas. Por eso los concentran en unos paraísos específicos y no dejan que surjan a su albedrío en cualquier avenida.

Tú, aunque no lo creas, tienes la suerte de vivir cerca de los árboles. A ti están dedicados los matices de esas frondas que estallan, como nubes, sobre las calles. Para ti es el caos de las nervaduras vegetales que contrastan con la frialdad de la ingeniería y su adicción a las líneas rectas. Tuyas son las montañas que parecen un solo árbol, uno en el que viven todas las hormigas, todas las ardillas, todas las abejas... ¿Y los pájaros? Los pájaros no.

Los pájaros son los árboles pensando.

lunes, febrero 20, 2012

NUESTRA VEDETTE
Diosa Canales está buena. ¿Cuál es el problema con que lo diga de manera tan poco poética, si es cierto?

Lo raro de este personaje comienza para mí cuando trato de ver qué hace, aparte de ejercitarse para seguir estando buena. No hace nada. No canta. No baila. No actúa. No hace pornos (Asia Carrera estaba buena, hacía pornos y tocaba piano. De Asia podemos afirmar que hacía de todo).

En honor a la verdad, hay que decir que Diosa es una maestra en promoverse a sí misma a través de la red. Ella es, a la vez, producto y vendedora, alfa y omega comercial, un desdoblamiento milagroso que hoy es posible gracias a esas hornacinas del exhibicionismo que son twitter y facebook.

Diosa (¿en serio se llama así?) es conocida en Venezuela porque está buena y porque sabe autopromoverse como pin-up girl contemporánea. Que se desnude en público no me molesta ni me escandaliza ni me provoca quejas de ningún tipo; al contrario. Ahora, lo que más me llama la atención de este personaje es su osadía y su sentido de la oportunidad.

Fíjense: en los primeros días de enero, Diosa fue a la cárcel de El Tigre, se retrató con los reos, les llevó afiches autografiados, los invitó a que siguieran su cuenta twitter y a que se comunicaran con ella a través de su PIN. El año pasado posó desnuda en la versión venezolana de la famosa publicación de Hugh Heffner y publicó un libro. Cada quince o veinte días asiste, como invitada, a programas de radio en los que se quita las bragas y se las ofrece como trofeos a los oyentes. Al menos una vez a la semana sacude la red local con una sentencia provocadora sobre sexo y moral que se destaca entre los miles de mensajes gastados y truculentos que circulan en nuestro país. Cada tantos días difunde una nueva foto con o sin ropa, tal como es ella: enana, voluptuosa, un poco virola, inteligente, sexy…

Perdonen si les parece que exagero, pero el uso que hace Diosa Canales de los medios con que cuenta, me hace verla como una discípula perdida de Andy Warhol.

Aunque no baile ni cante (y probablemente tampoco sepa quién fue Andy Warhol), Diosa es la diva de su propio espectáculo; una artista en un tiempo en el que lo importante del arte se encuentra más en el saber exponerse que en el saber hacer. Ese es su detalle más perturbador, sobre todo si lo contrastamos con el país extravagante en que vivimos, un país en el que mucha gente cree que el silicón y la depilación son las llaves de la fama y del éxito, aunque no se recite el monólogo de Ofelia sobre las tablas ni se sepa sacar una raíz cuadrada ni se haya leído un libro jamás.

Si asumimos como cierto que cada artista es reflejo de su sociedad, el ejemplo de Diosa Canales nos dice que vivimos en un lugar donde lo que importa es mantenerse bellos, «saber moverse» y trepar y trepar y trepar hasta donde la ambición y la vergüenza lo permitan.

Lo demás no interesa o le interesa a unos cuantos que andamos por ahí, cansados de la locuacidad (y de la buena suerte) de las estrellas de nuestra farándula.

viernes, febrero 10, 2012

TRÍPTICO MORAL
¿Qué se hace con la maldad que se ha visto, que se ha padecido en carne propia, que se ha propinado a otros, que se ha intuido o que nos han contado? La respuesta es sencilla: se le mantiene colgada de la memoria, se le olvida o se le transforma en algo útil a través del arte.

El mal existe y, aunque buena parte de nuestro mundo luche todos los días por disolver lo que queda de la moral, cualquier persona sensata estará de acuerdo en afirmar que el mal, en su definición más sencilla, consiste en infligirle, a propósito y de manera artera, daño, dolor, pena, desgracia y horror al prójimo. Gente que haga eso sin mayores miramientos hay de sobra en este planeta. Así que el mal existe. No se hagan los desentendidos ni se crean superiores porque se han leído tres o cuatro libros.

La existencia de la maldad y de sus infinitas y posibles encarnaciones, podría ser la idea medular de estos monólogos agrupados en el volumen Lo escuché llorar en mi boca. Tríptico de Caracas. Quien se acerque a estas obras tendrá la oportunidad de conocer (si es que no las conoce ya) tres concreciones del mal a la venezolana. En la primera, la que le da el nombre al libro, el lector se encontrará con la confesión de una mujer presa. En la segunda («Bang»), un sicario otoñal cuenta detalles de su oficio. En la tercera («Venezuelan standoff»), asistimos al monólogo de la mujer que cree estar participando en un juego de seducción.

Si con la presentación somera de estas historias no les basta para creer en la idea que las motivó, obsérvese la dedicatoria que se encuentra en el pórtico del libro. Que las páginas siguientes estén dedicadas a San Ignacio de Loyola, soldado de la fe católica, fundador de la Compañía de Jesús y héroe de la contrarreforma, parece ser una confirmación de que esas páginas fueron escritas para que conozcamos algunas concreciones del mal, meditemos y aprendamos a defendernos a partir de ese conocimiento. En ese sentido este libro podría concebirse como una serie de ejercicios espirituales en los que se nos muestra una ristra de males (el maltrato a la mujer, la «ética» del asesino y el engaño como piedra angular de las relaciones interpersonales) para que sepamos de su existencia y comprendamos que no somos inmunes a su influjo. Cada monólogo contiene una traca de situaciones extremas que pueden molestar al lector demasiado sensible o a ese que cree que la vida es un sinfín de nubes felices porque nunca supo o se le olvidó que el horror está a la vuelta de la esquina.

Más allá de las anécdotas particulares de cada una de las historias de este Tríptico de Caracas, hay algo que sorprende y que llama a la admiración. Se trata de la naturalidad con la que se expresan sus personajes, de la normalidad con la que cuentan sus vidas y sus pareceres, las bajezas, las abominaciones en las que han estado o están inmersos. Evidentemente, esa manera de confesarse, tan profunda, tan reveladora de la manera de ser más íntima de cada personaje, pertenece al talento inobjetable y sorprendente de Joaquín Ortega, el autor de estos monólogos audaces.

Si alguien se viera en el aprieto de definir la fuente de ese talento, de esa capacidad para crear personajes tan reales y a la vez tan emblemáticos de un tiempo y de una realidad particular, debería empezar por decir que en Joaquín bulle una inquietud que encuentra su cauce en la multiplicidad de actividades que realiza (Joaquín estudia un doctorado en ciencias políticas, conduce un programa de radio, escribe artículos para periódicos y revistas, es un consultor político y creativo…). Esa inquietud tiene que ver con una habilidad natural para observar y analizar su entorno, y dejar constancia minuciosa de sus detalles tanto auspiciosos como terribles, tanto particulares como universales. En Joaquín se combinan con pasmosa armonía el sentido del humor y el sentido trágico de la vida, la habilidad para producir la caricatura verbal más grotesca y la altura para expresarse con una elegancia absoluta, la capacidad de usar un lenguaje lleno de referencias eruditas y de hablar con la sabiduría que otorga la calle. Esa combinatoria de elementos disímiles es el secreto de estos monólogos; lo que les da profundidad; lo que los hace tan poderosos y desconcertantes.

Cuando todos los que conocemos a Joaquín, tuvimos noticia de este libro, esperábamos algo que llamara a la risa y a la alegría de vivir, pero en cambio recibimos la vastísima sorpresa de un pequeño y concentrado volumen lleno de dramas morales capaces de golpearnos donde más nos duele y de ponernos a pensar en esas cosas que no nos gusta pensar todos los días.

Este Tríptico de Caracas representa no sólo un gran momento en la escritura de Joaquín Ortega, sino un llamado de atención contra la ligereza que se ha esparcido por el mundo con la volatilidad de un gas venenoso.

Aunque duela, hay que leerlo.

miércoles, febrero 08, 2012

HISTORIAS DEL HORROR LABORAL CONTEMPORÁNEO
Sandro Chia; Cabeza
Primera
El jefe del jefe lo llama para decirle que debe despedir a media nómina porque en el último semestre se vendió un cuarenta por ciento menos que el año pasado y eso hace insostenible la situación de la empresa tal como está.

El jefe le pregunta a su jefe si, a pesar del régimen de inamovilidad laboral que decretó el gobierno, la empresa puede darse el lujo de salir de tanta gente.

El jefe del jefe le contesta que sí, que en el banco hay dinero suficiente para ofrecerle a cada empleado una jugosa compensación a cambio de que renuncie.

El jefe mira a su jefe y se queda en silencio.

El jefe del jefe le pregunta que qué le pasa.

El jefe le dice a su jefe que nada, que se quedó pensando en que si hay tanta plata disponible para pagar esas liquidaciones, entonces la situación no está tan mala y quizás se pueda hacer algo para no tener que salir de tanta gente.

El jefe del jefe le dice que no lo joda y que vaya a hablar con el jefe de recursos humanos para iniciar los trámites de la operación despedida.

El jefe sale de la oficina de su jefe cabizbajo; no entiende por qué la empresa no invierte en otra cosa el dinero que pagará en liquidaciones. Pero pronto se dice a sí mismo que esa empresa no es suya y que mejor hace lo que tiene que hacer y ya.


Segunda
La secretaria del jefe oyó lo que se dijo en el directorio; sabe que la compañía saldrá de buena parte del personal.

Esa mañana no se siente bien. Le duele algo que no sabe qué es, pero ella dice que es la cabeza.

Ella mira a sus compañeras de administración, a los muchachos de ventas, al gordito de sistemas, a la señora que limpia, al asistente del abogado, quien, de paso, es buen bailarín, a la gente del almacén…

Y lo que le duele, le duele más, pero no dice nada. Se queda en su puesto y empieza a hacer su trabajo.


Tercera
El jefe la invita a sentarse, le habla de lo dura que está la cosa y que por eso mismo, porque la cosa está dura, la empresa decidió prescindir de sus servicios, pero que, como ella y todo mundo sabe, hay un decreto de inamovilidad laboral por lo que no la despedirán, sino que, a cambio de una buena compensación económica, ella deberá firmar su propia renuncia.

Durante todo este discurso la mujer ha permanecido en silencio y con el rictus de quien piensa en hijos, deudas y en todo lo que cruza la mente al tiempo que un inútil en corbata te dice que la empresa debe prescindir de tus servicios.

Ella no lo mira. Mira el cuadro que está detrás de su silla sin decir palabra ni mover un músculo de su cara. Él habla y habla sobre lo dura que está la situación económica, sobre lo difícil que es mantener el barco a flote. De pronto, cuando las metáforas marineras se agotan y la oficina queda sumida en el silencio de esos casos, ella lo mira a los ojos y le pregunta:
—¿Cuánto me van a dar?
—Ciento cincuenta mil bolívares.

Ella sigue en silencio. Mira otra vez los colores horribles del cuadro abstracto que parecen traducir a manchas lo que le dice el jefe.
—Es una buena compensación… Por seis años de trabajo es una buena compensación… La economía va mal… La empresa tiene que adaptarse… Pero no es una mala compensación… ¿Qué te parece?

La mujer se queda en silencio. Cierra los ojos, toma aire y mira fijamente al inútil de su jefe.
—Es muy poca plata.
—¿Poca?
—Hay inamovilidad laboral…
—¿Ciento cincuenta mil? ¿Poca plata?
—Yo vivo en un refugio desde el año pasado. Las lluvias se llevaron mi casa. Ustedes me compran otra casa y yo, con todo gusto, les firmo lo que ustedes quieran.
—¿Una casa? Eso es una locura…
—Una casa por mi firma. Ustedes verán.
—Pero eso no se puede.
—Bueno —en ese momento ella se levanta—, entonces nos vemos mañana, jefe. Y tranquilo, que yo no le digo nada a nadie.

Y salió tranquila, pensando en que si al día siguiente el jefe la vuelve a llamar, le repetirá que quiere una casa y, además, le dirá que tiene casi tres meses de embarazo.


Cuarta
Willy no está contento.

En los tres últimos meses vio cómo botaron a casi todos sus compañeros de trabajo.

Vio también cómo, a pesar de que los cesantearon, se fueron relativamente contentos porque los indemnizaron muy bien.

Luego de conversarlo con su insomnio de tres noches, había decidido proponerle a su jefe que lo botaran a él también.

El jefe le dijo que no; que si quería irse, que renunciara, pero que a él no lo botarían ni le darían ninguna compensación económica; que si se iba por su propia voluntad, le saldría su liquidación simple, como lo estipulaba la ley.

Willy no está contento.


Quinta y última
Estar desempleado es horrible. Las horas corren lentas y se siente envidia de los que van de un lado a otro, yendo al trabajo, viniendo del trabajo, tratando de llegar temprano a todas partes.

Eso lo entiende ahora el ex cobrador de la empresa que ahora tiene seiscientos cincuenta mil bolívares en su cuenta de ahorros, pero no haya qué hacer con sus días.

Tal vez pague algunas de sus deudas y se asocie con su cuñado para abrir un kiosco de periódicos en alguna esquina.

Quién sabe.

martes, enero 31, 2012

«NO VEO POR QUÉ HE DE PRIVAR MI PALADAR DE ESCRITOR A LA HORA DE INVENTAR HISTORIAS»
Juan Carlos Chirinos por Daniel Mordzinski; Paris, octubre de 2010
Juan Carlos Chirinos habla sobre Nochebosque, su novela más reciente, y reflexiona en torno a las extrañas (y a veces prejuiciadas) relaciones entre ser escritor y haber nacido en tal o cual país.

¿Cómo surgió Nochebosque?
Una tarde en que iba caminado hacia uno de mis talleres, por una arboleda muy bonita, que oscurecía la calle. Pensé en Caperucita Roja; se me ocurrió una frase, y la apunté en el celular. No voy a decirte aquí cuál fue esa frase, porque me pareció tan nítida que tengo la sensación de que si la digo, se pierde toda la «gracia» de la novela. Quizá sea una superstición. Luego, una mañana en otra clase, para explicarles a los presentes cómo se prepara una novela, les esquematicé la que luego sería la estructura de Nochebosque. Creyeron que era algo que ya tenía hecho. No era cierto. Lo improvisé en ese momento; luego lo copié y me lo llevé a mi casa, a mi computadora, para convertirlo en un texto.

Nochebosque contiene, en clave de literatura fantástica, algunos objetos que se encuentran presentes en otras de tus obras (la nieve, la casa perdida en el paraje solitario...). ¿Qué pasó ahí: trasladaste esos objetos al mundo alucinado del relato fantástico o fueron ellos quienes te dieron la pauta sobre qué tipo de historia contar?
Creo que tiene que ver con algo en particular: La poesía de Eugenio Montejo. El niño malo cuenta hasta cien y se retira nació de Los árboles ese hermoso poema de Montejo. En Nochebosque también usé un poema de Montejo, En el bosque, como una de las «guías» del texto. Y que conste que entre ambas novelas median once años y dos novelas más, que permanecen inéditas. A partir de las imágenes montejianas, y teniendo la naturaleza «salvaje» como escenario en ambas —y el hogar incrustado en esa naturaleza— quizá hasta era previsible que se repitieran elementos: la nieve, la casa solitaria, los osos. Pero deben de haber algunas otras razones por las cuales esos elementos se repiten; lo fantástico, por ejemplo, que también se halla en la novela anterior, y mis preferencias en torno a lo fabulado, a lo mítico, por encima de un realismo puro, o político, o comprometido. No sé; si me pongo a pensar en ello, se me ocurren muchas razones para comprender cuáles son los patrones de mi escritura, y sinceramente no sé si eso es aconsejable.

¿Escribiste un relato fantástico por razones meramente literarias (porque te atrae el género) o hay algo más? Te lo pregunto porque hay quien dice que la literatura fantástica se refiere, de manera elusiva e indirecta, a hechos y circunstancias reales.
Esto no lo sé con certeza. Un amigo, ensayista y traductor estadounidense, Jonathan Blitzer, me dijo que le parecía curioso que yo hablara —y discutiera— tanto de política y de la situación de hoy en día, que tuviera tantas inquietudes en torno a la reflexión intelectual del mundo, pero que mis novelas se alejaran de la realidad con tanta nitidez. De hecho, él tradujo «Cabalgata de walkirias», que es de los poquísimos relatos míos en que toco de frente un tema «político» (un golpe de Estado), pero incluso este cuento es bastante metafórico. Tal vez esté algo contaminado con la idea de que la literatura tiene su propio universo; y estoy seguro de que me siento incómodo cuando alguien pretende que, porque soy venezolano —o peor, latinoamericano, ese tipo de gentilicios falsos que me disgustan tanto—, o porque soy mestizo, o porque soy de una determinada generación, estoy obligado a escribir sobre lo mío, esto es, mi tierra, mi historia política, mi historia nacional. Pues no; yo escribiré sobre lo que tenga que escribir cuando lo tenga que escribir en el formato que decida escribirlo y cuando a mí me apetezca hacerlo, desde una distopía fantástica como Robinson Crusoe hasta la novela criollista más histórica que se me ocurra, sobre Guacaipuro, pongamos por caso. Esto desde luego, no me aleja de la pasión que siento por la Historia, y por la historia de mi país, pues de lo contrario no habría escrito una biografía sobre Francisco de Miranda. Pero pareciera —a veces me lo parece— que llamarme Juan Carlos Chirinos, haber nacido en Valera y ser mestizo me obliga a escribir sólo ficción que verse sobre determinados temas, y me condena a evitar otros, esos temas «que no me corresponden». ¿Pero quién decide cuáles me corresponden y cuáles no? Aquí pienso que si Harry Potter estuviera firmado por Pepa Muñoz, a la gente le chocaría y se vería en dificultades para considerar verosímil Hogwarts, o si El niño del pijama de rayas  estuviera bajo la autoría de Paco Pérez, la gente pensaría que se trata de un libro de humor. Y visto así, se percibe un leve —y sin leve— tufillo etnocéntrico, absurdo de toda forma para mí, pues habiendo tenido acceso al amplio abanico de la literatura, del tarén pemón al haikú japonés, del relato «sucio» estadounidense a la exquisitez tolstoiana, del realismo documental y crítico a los experimentos de Jarry, no veo por qué he de privar mi paladar de escritor a la hora de inventar historias. Yo siento curiosidad por muchas cosas; culpa de mi dispersión genética: quiero escribir literatura gótica y novela histórica y ciencia ficción e intriga política; parafraseando a Terencio, quiero hablar de todo lo humano porque soy humano. Aunque tal vez esa sea una manera de convertir la literatura fantástica en un reflejo de hechos y circunstancias reales, siendo apocalípticamente integrado, como Ramos Sucre.

¿Estarías de acuerdo con Israel Centeno en afirmar que cada vez importa menos de dónde sea un escritor porque, a fin de cuentas, quien escribe, lo hace a partir de una raíz común que es la propia literatura?
Sí, es exactamente lo que estaba pensando al contestar la pregunta anterior; todo mana de la literatura —esa raíz común—, y quien se coloca ante su fluido se expone a toda ella, sin distinciones ni categorías. Y si lo dice Israel Centeno, ese maestro de la literatura en español de nuestra contemporaneidad, no puedo sino sentirme bien respaldado.

¿Te sientes un escritor venezolano o esa categoría dejó de tener sentido para ti?
Me siento venezolano. Ese es el origen de mi identidad. Y me siento escritor. Ese es mi trabajo.

¿Qué buscas como narrador al usar referentes de la literatura para niños y jóvenes?
Quizá, pienso ahora,  busco recuperar esa sensación de absoluto de cuando era un lector niño, de cuando fui un lector adolescente. Esa sensación que me encontré en Platero y yo (Jiménez) —el primero libro que leí en mi vida—, La rosa y el anillo (Thackeray), Ana Isabel, una niña decente (Palacios), El túnel (Sábato), El amor en los tiempos del cólera (García Márquez), María (Isaacs), los cuentos de Guillermo Meneses y tantos otros libros que me empujaron hacia donde estoy ahora. Tengo la impresión de que si logro atrapar esa sensación primigenia y lejana, lo que escriba será más auténtico, más cercano a lo que permanece en mi cabeza y que es sinónimo de esta frase: «el nítido alborozo de la primera lectura».
Juan Carlos Chirinos nació en Valera, Venezuela, en 1967. Es el autor de las novelas El niño malo cuenta hasta cien y se retira y Nochebosque; de los libros de cuentos Leerse los gatos, Homero haciendo zapping y Los sordos trilingües, así como de las biografías La reina de los cuatro nombres, Miranda, el nómada sentimental, Alejandro Magno, el vivo anhelo de conocer y Albert Einstein, cartas probables a Hahn. Vive y trabaja en Madrid.

viernes, enero 27, 2012

LA NECESARIA SERIEDAD DE LA MÚSICA
En el siguiente apunte no pretendemos rebanarle méritos a algo que los tiene de sobra, sino subrayar la particular relación entre el público y la música en la desaforada época que nos ha tocado vivir.

Mucha gente valora el trabajo de las orquestas juveniles como instituciones que alejan a los muchachos del ocio y de los vicios, pero muy pocas personas ponderan la música, que es, a fin de cuentas, la verdadera razón de ser de las orquestas del mundo entero. En Venezuela son muy pocos los asistentes que salen de un concierto dirigido por Gustavo Dudamel hablando de lo que les pareció, por ejemplo, el tercer movimiento de la Quinta Sinfonía de Mahler. Casi todo el mundo sale alabando al director y reduciendo la experiencia de la audición a dos o tres anécdotas simpáticas que no tienen nada que ver con la música que se acaba de escuchar.

¿Por qué en un país que se enorgullece de tener un sistema nacional de orquestas en el que se les enseña a los jóvenes a estudiar e interpretar con seriedad distintos repertorios, no se habla ni se discute ni se reflexiona a puertas abiertas sobre la música? ¿Es eso normal?

Atención: no estamos diciendo que en el seno de las orquestas no se converse. Decimos que una enorme fracción del público no parece interesada en esas conversaciones y que lo que en verdad parece interesarle es lo que de personajes de farándula han ido ganando los líderes de ese movimiento orquestal, valga decir: la lluvia de diplomas que reciben tanto en su país como en otros países, las constantes menciones en las páginas sociales de revistas y periódicos, la reiterada aparición en actos protocolares, el uso de sus respectivas imágenes para fines publicitarios, etcétera, etcétera.

Desde aquí no podemos decir a ciencia cierta cómo era la relación entre la gente y la música en otras épocas. Tampoco podemos asegurar de manera tajante cómo es en otros lugares del mundo. Lo que sí es cierto es que el acercamiento del público venezolano a la música orquestal (tanto antigua como contemporánea) es muy extraño. Valoramos de ella la disciplina que infunde en quienes la estudian y la posibilidad de convertirla en un arma para luchar contra flagelos sociales, pero no la hacemos parte de nuestras vidas en largas y atentas audiciones… Aunque vaya a los conciertos de la orquesta dirigida por Dudamel, mucha gente no compraría (ni bajaría de la red) sus discos y tampoco oiría esa música en su carro o en su casa. En realidad, va al concierto porque Dudamel es un personaje de farándula y no porque le interese la música de verdad.

Tal vez nos haga falta intentar elevarnos a la altura de las orquestas y dejar de creer que al mundo lo mueve la frivolidad. Tal vez también haya que abrir más canales musicales, más salas de conciertos y hacer que la presencia de la música orquestal sea tan diversa y tan elocuente como la del reguetón o la de cualquier otro estilo musical.

La música no anda sola; necesita de nosotros, los oyentes, y más vale que seamos serios, como ella misma, o algún día transitaremos (en eso también) los caminos de la nada y del ridículo.

viernes, enero 20, 2012

LA SIMULTANEIDAD PERDIDA
Hace años, cuando era joven y buenmozo, iba al cine a ver películas culturales. Fellini, Pasolini, Rosellini, Visconti, De Sica, Cavani, Kurosawa, Bergman, Chaplin, Keaton, Wiene, Murnau, Lang, Ozu, Ray, Kubrick, Tarkovski, Deren... La verdad es que era feliz viendo cine cultural en salas culturales de arte y ensayo donde todo era cultural. Hoy, por decisión propia, no voy al cine a ver películas culturales. En realidad, casi nunca voy al cine. Hoy, cuando puedo decidir qué película ver en televisión (tengo una esposa y dos hijos), por lo general escojo una llena de tiroteos, explosiones y chistes malos. A veces, cuando paso por City Stars, y están dando alguna película vieja con Gregory Peck o con Antony Quinn, me quedo viéndola contento, pensando además en que eso es lo más cerca que puedo estar del cine cultural.

Digo que es lo más cerca porque en City Stars no pasan cine europeo. Aunque el año pasado vi (o volví a ver) en ese canal Il Gattopardo… Y debo decir que fui feliz. Fui feliz porque la riqueza de ese cine (del italiano en particular y del que yo llamo «cultural» en general) ya no existe.

Yo me siento orgulloso de las escenas que de esas películas culturales guardo en mi memoria, pero, llegados a este punto, debo decirles que no es exactamente de mi relación con esa filmografía que deseaba hablarles.

Comencé diciéndoles que cuando era joven y buenmozo iba a ver películas culturales en cines de arte y ensayo, pero no les dije que las veía en tres o cuatro salas de las que hoy no queda ni una sola funcionando. Ir a aquellos cines era una experiencia múltiple. No sólo ibas a ver obras maestras de la cinematografía mundial, ibas a agarrarle la mano, a besar y a abrazar a tu novia, a ver exposiciones o a ver libros en cualquiera de los museos y de las librerías cercanas; ibas a conversar con amigos a quienes te encontrabas por casualidad en la entrada o en la salida de la función; ibas a pasar de manera productiva las horas muertas de la tarde, a conocer gente, a intercambiar opiniones, a ver lo que pensaron otros seres humanos sobre la vida y la muerte en otras latitudes y hablar sobre eso con tu jeva y con tus panas frente a unas cervezas que podías tomarte o no, después de la ida al cine.

Yo me pregunto: ¿dónde hace todo eso que yo hacía en una sola salida la gente que hoy en día es joven y buenamoza? ¿Dónde vive esas experiencias? ¿Dónde experimenta aquella multiplicidad de estímulos que ocurría en una sola tarde? Frente a un televisor de pantalla plana viendo una película quemada no será, en un Multiplex o en una reunión del PSUV tampoco. Tal vez yo sea un viejo ingenuo y cada generación encuentre sus espacios para abandonarse a la belleza, pero en Venezuela (aunque creo que lo mismo pasa en todo el mundo) hay cada vez menos lugares donde llevar a cabo esa indispensable operación por la que, sin darnos cuenta, maduramos y levantamos (película a película, libro a libro, conversación a conversación, cerveza a cerveza, exposición a exposición) el muro de nuestra propia identidad. Quizás la ausencia de esos espacios contribuya a la abundancia en las calles de tantas y tantas personas descarriladas, insensibles, aniñadas, huecas de información e inmunes a la belleza y a la civilidad.

Ya dije lo que quería decir. Así que termino aclarando algo que no dije en el primer párrafo.

En mi lista de cineastas no incluí a Buñuel. El cine de Luis Buñuel es tan grande (y tan venenoso) que ninguna etiqueta le cuadra bien. Así que dejémoslo por fuera y disfrutemos sus películas en formato Blu-Ray y prendámosle velas como lo que es: un gran maestro.

sábado, enero 14, 2012

LA OLA
Quieres escribir algo que no suene a queja ni a lección ni a modelo. Tratas con todas tus fuerzas, pero no te sale. Al menos de manera natural, no te sale. Algo que no sabes qué es, no te deja. Todo lo que se te ocurre tiene un toque profesoral, un aire echón, un no sé qué demasiado reflexivo que se apodera de cuanto escribes. Quisieras huir de ti mismo; correr, abrazar la primera frivolidad que se te cruce en el camino, pero no puedes.

Lo intentas. Otra vez lo intentas. Miras por la ventana. Ves la multitud. Te escandaliza la uniformidad de los gustos. Entre la gente reconoces el uso repetido de cuatro o cinco prendas, de cuatro o cinco accesorios, cuya combinatoria marca la concreción del mal gusto… Quién sabe si del «mal gusto» o de un gusto para vestirse que no te agrada y que se te antoja salido de mazmorras.

En eso tienes razón. Aquí el atuendo para cada día parece extraído de celdas en perpetuo eclipse, de prisiones que disuelven todo sentido de la proporción y de la armonía.

Tal vez por eso vivas como un viejo amargado, despotricando contra todo aquello que no te satisface y que curiosamente es todo o casi todo lo que ves en la calle. Porque (seamos sinceros) a tu mundo se lo ha tragado una ola de fealdad en la que impera un tumulto físico y conceptual, un desorden del que sólo salen engendros. Tu calle, por ejemplo, está llena de umbrales a los que sólo se accede si traspones rejas antecedidas de otras rejas. Los barrotes, la homogeneidad del vestuario, los ojos desiertos de la gente, hacen que te sientas en una cárcel del tamaño de una ciudad, en un sitio donde impera una estética penitenciaria cultivada por gordos mal afeitados y por mujeres con escotes de los que brotan tatuajes de hadas madrinas.

¿Cómo no vivir enfurecido ni nostálgico en medio de un rebaño que camina de espaldas a la belleza? Porque eso es lo que te sucede: sientes nostalgia de lo que no ves a tu alrededor. Sientes nostalgia de algo que consideras perdido y que buscas con desesperación en tus discos y en tus libros.

Ahora miras el techo. Nadie puede decir con exactitud cómo estás ni qué planes tienes. Ya no dibujas ni escribes ni te ríes con la misma facilidad de antes. La cárcel con escala de ciudad te ha oxidado. La cercanía del rebaño te ha vuelto más hosco, aunque, en honor a la verdad, siempre fuiste así, traspapelado, raro, abstruso… Y mira que no hay antro mental ni cepo psíquico que pueda encerrarte porque, aunque hoy lo dudes, eres más que cualquier muro.

Tú haz lo que quieras, pero no pierdas la fe en ti mismo ante la incertidumbre y la fealdad que producen los miembros de este rebaño. Sigue haciendo lo que sabes hacer y que te saca de la hostilidad de los siglos. No permitas que la ola rompa tus vidrios ni transforme eso que eres en gelatina.

Sigue reinventando el mundo a tu manera.

Aunque no lo creas, alguien, en alguna parte, te dio ese don.

Aprovéchalo.

Y sé feliz.