martes, noviembre 04, 2014

DEFINICIÓN DEL PANDORISMO

 El «pandorismo» es una tendencia del pensamiento contemporáneo basada en la idea de demostrar por todos los medios que se es bueno, que no se piensa ni se habla mal del prójimo, que no se quiebra un plato, que se está más allá del bien y del mal. Si les parece, pueden verlo como una variante de lo políticamente correcto, como una conducta basada en el mito de Pandora, ese que habla sobre una mujer curiosa que abrió la caja donde estaban encerrados todos los males del universo. Cuando la señora Pandora creyó que la caja había quedado vacía, notó que algo que no era una miasma corrosiva se asomaba del fondo. Se trataba de la esperanza que flotaba y se esparcía lenta y tenue por el mundo hasta que los buenos y los que se las dan de buenos la tomaron para sí.

 Los «pandoros» se caracterizan por su bondadosabondad, por su deseo de convertirse en modelos a imitar y por su sempiterna reconcentración en asuntos de alta ciencia. Discutir sobre eventos mundanos, insultar a quienes lo merecen y dejar correr la furia que a muchos nos corroe, no son actividades que atañan a estos peritos de la simulación, a estos maestros en disfrazar de buen comportamiento su incapacidad para enfrentar a enemigos expertos en acciones ominosas que degradan nuestras vidas. Los pandoros saben cómo posponer lo inevitable, cómo marear a los furiosos y apagarles el fuego interior para que esperen, se acostumbren, se amansen y se rindan. 

 Con el cuento de la esperanza, los pandoros ayudan a esparcir los males por el anchuroso mundo. Al no mover un músculo por detener las calamidades, estos Tartufos les abren las puertas a desastres cada vez peores, y lo más grave es que, de tanto sacarles el cuerpo, de tanto evitar pelear por resolverlas, terminan beneficiándose del conflicto del que hablan mal todos los días. Sí: los pandoros son expertos en exprimir los frutos del horror, en quedar como administradores de la sabiduría que todo lo explica y que le dice al prójimo que espere, que tenga fe, que se organice, que trabaje, que sea bueno, que no se deje llevar por la ansiedad, que no haga nada porque lo mejor que puede hacer es esperar o distraerse del horror, oyendo los sofismas beatos que producen estos Ellsworths Tooheys contemporáneos, estos artistas en el arte de dominar a los demás a través de esa virtud que tiene la fortaleza de una nube.

 Los pandoros desecan el pozo del fuego que forma el brillo de los ojos. A través de sus sentencias, siembran la culpa, doman el espíritu y  reúnen a sus seguidores en torno a sucedáneos indignos del combate que hay que librar todos los días para ganarse la vida, para mantener la decencia, construir un futuro, sostener un país.

 Los cultores del pandorismo son variantes seglares de los abanderados religiosos que en muchos lugares del mundo todavía adocenan a las personas y acumulan un tipo de poder en el que reúnen con mesmerizante largueza lo espiritual y lo material. A diferencia de ese liderazgo munificente, los pandoros truecan almas en amebas, no para convertirlos en ovejas de un hipotético rebaño celeste, sino para convencerlos de que la vida no es más que lo que es bajo tal o cual régimen, que no hay por qué luchar, que no hay por qué morir, que no hay por qué reclamar ni gritar ni moverse, porque así de inexorable es la vida en esta democracia con sus elecciones siempre amañadas, «y si no me crees, yo te explico. Óyeme o mírame o fíjate y deja que te convenza o te expulse de mi lado y te ponga en la frente el estigma de los renegados». 

 La civilización produce maravillas, pero cuando lleva demasiado tiempo asentada, engorda y genera rarezas como los pandoros, anticuerpos bizcos que anulan las defensas de la propia sociedad contra los embates de la barbarie que asume formas distintas y cada vez más corrosivas. Para los pandoros, el objetivo no es mantener el hecho civilizatorio, es alcanzar y calentar un asiento en lo más alto. Su deseo es el regocijo que les producirá el reconocimiento de sus conciudadanos, no la liberación de su patria. Eso último les disgusta porque no es fotogénico; es sucio, arduo, difícil de concebir y tramitar.

 El pandorismo se ha vuelto inevitable. Todos los caminos conducen a la presencia de estos maniáticos suaves que pretenden explicarnos lo inexplicable y hacernos creer que perdimos la razón, que lo que vemos no es lo que vemos y que la solución al enredo gordiano en que vivimos consiste en «esperar», en «organizarse» según sus métodos y creencias, en «participar» solo en lo que ellos digan que es lícito participar y en «creer» en lo que ellos digan que hay que creer. Ante los pandoros solo cabe levantar una pared de indiferencia, pensar con ideas propias, ser nuestros propios guías, mantener encendida nuestra propia luz.

 Que los pandoros gobiernen a quienes puedan. 

domingo, octubre 05, 2014

LA MÁQUINA DE SOPLAR

Peter Evans por C. Neil Scott
 Llegué a Peter Evans oyendo las transmisiones de un programa de radio cuyo conductor huye (y nos ayuda a huir) de la dictadura de la música que repiten en todas partes. Lo presentaba como a un marciano capaz de hacer todo lo que se puede hacer con una trompeta en las manos. Daba detalles de lo impecable de su técnica, de la velocidad de su fraseo, de su capacidad para dar saltos del registro más grave al más agudo sin sudar ni poner cara de enfermo. Hablaba también de lo agradable de su sonido, de la delicadeza que despliega en sus instantes líricos y de la implacable enjundia que caracteriza los momentos más salvajes de su música. Cuando lo oí por primera vez, pensé que de verdad se trataba de un extraterrestre con cuatro pulmones.

 Como a nadie le ha interesado precisar el lugar de nacimiento de Peter Evans, diré que nació en Talos IV, y a esa información añadiré los datos que pueden encontrarse en cualquier parte: que obtuvo el grado de Trompetista Clásico en el Conservatorio Oberlin, en Ohio, que se mudó a Nueva York en 2003, que toca por igual repertorios antiguos y contemporáneos; que ha grabado discos junto a bandas electroacústicas y agrupaciones tradicionales; que, además de su trompeta normal, usa una piccolo (la misma con la que toca obras del Barroco) para hacer música en la que se entremezclan y se expanden el jazz, la libre improvisación y la música contemporánea. En esas biografías también dice que ha formado durante años (y formará hasta 2015) parte del cuarteto Mostly Other People Do The Killing, que es miembro del International Contemporary Ensemble y que ha grabado junto a Mary Halvorson, Evan Parker, Rodrigo Amado, Mats Gustafsson, Nate Wooley y Agustí Fernández, entre muchos otros grandes.

 Obsérvese que con Peter Evans no valen los mitos extramusicales. En su biografía no hay historias terribles como aquellas que marcaron las vidas de los jazzistas de antaño; no hay cuentos de drogas ni de segregación racial ni de maltratos en tugurios llenos de narcotraficantes; no hay cuentos sobre permisos policiales para tocar aquí o allá; no hay historias de sofisticación ni trajes ni peinados. A ninguno de sus amigos lo molieron a palos ni la novia le disparó mientras se encontraba en el escenario. No hay nada que le otorgue a la música un carácter reivindicativo ni un aura legendaria ni un anecdotario a repetir en programas de radio y libros. En la biografía de Peter Evans solo hay reconcentración en la música, conciertos, giras, estudios, talento para reinventarla y llevarla a donde nadie la ha llevado jamás.

 Así como su vida no es pasto para el escándalo y su rostro es el de un sujeto que podría ser amigo de Sheldon Cooper, su música es una cascada que reta nuestra capacidad para definirla. La razón de esa dificultad radica en que sus referencias se mueven, en que las líneas que tejen la trama se dibujan con turbulenta rapidez y pasan de una sonoridad a otra en instantes, sin avisar ni pedir permiso. Una de las marcas de la concepción musical de Peter Evans es la incertidumbre y se pasea con fuerza a través de estructuras que nos permiten reconocer, de manera fugaz, distintos estilos y modelos. Por ejemplo: pones Cryptocrystalline y te encuentras con un cuarteto de trompeta, piano, contrabajo y batería que toca tres improvisaciones endemoniadas. Colocas cualquiera de las piezas de Ghosts y, de pronto, cuando crees reconocer que lo que suena, suena a jazz tradicional, aparece un soplido o un efecto electrónico que abre un continuo en el que se dibuja una compleja red de orlas que rematan en la presentación de unas células sonoras que se repiten con ligeras variantes, y tú, boquiabierto, piensas: «¡caramba, pero esto ya no suena solo a jazz; suena a jazz, Steve Reich y Philip Glass pasados por una licuadora!». Si sigues oyendo con atención, reconocerás en esa trama (tupida trama que forma un palimpsesto de muchas músicas) pequeños trozos de melodías conocidas, instantes musicales esbozados de manera tan precisa como febril. Otro ejemplo: Zebulon. Ponlo y te expondrás a un imparable alud de música mesmerizadora. El que la formación que toca en ese disco sea relativamente tradicional —contrabajo, batería y trompeta desconectados de laptops y demás aparatos— no hace que la música deje de mostrar arabescos, módulos casi fractales, repeticiones, motivos circulares creados en un devastador ejercicio de improvisación instantánea inspirado en la música que producen las máquinas, pero hecho a mano o, más bien, a pulmón, a soplido, como si el aliento no le correspondiera a los vivos o como si los vivos se trocaran en máquinas sopladoras y encontraran la manera de renovar el arte emulando a las máquinas y convirtiéndose a sí mismos en máquinas productoras de una música que hoy le parece extraña a casi todo el mundo, pero que responde a un planeta mecanizado hasta el delirio, aturdido y alérgico al silencio.

 La impronta de las máquinas aparece de muchas maneras en el trabajo de Peter Evans. En algunas de sus formaciones un músico se dedica a intervenir el sonido, a crear atmósferas y texturas, a añadir efectos, a producir pequeñas o grandes distorsiones. Lo resaltante es la discreción de ese procesamiento de datos, la naturalidad (si cabe la palabra) con la que se asume la intervención inmediata del material sonoro, el diálogo entre las posibilidades de los aparatos y el trompetista que se inspira en las máquinas. Use o no electrónicas, el resultado es extraño no solo por el sonido total, sino por las estructuras narrativas que se exponen al público, que no son las tradicionales. Me explico en la siguiente digresión: estamos acostumbrados a una narrativa elemental en la que hay un principio, un nudo, un desenlace y un final. Eso que vale para la narración de una historia, vale también para cualquier pieza musical porque no se trata de seguir la secuencia de unos hechos determinados, sino del placer físico que produce la intuición de un orden que surge, se desarrolla y termina. Sin embargo, en la música del trompetista no suele producirse ese orden porque los recursos que utiliza, generan un continuo en el que muchas veces no hay cénit o no se viaja hacia un punto culminante porque todo él es cénit y punto culminante desde el principio, de manera que nuestra capacidad para intuir en qué parte de la pieza nos encontramos, se desintegra, y no todos los oyentes soportan permanecer así, desnudos ante la música y en una total incertidumbre.

 La música de Peter Evans es heredera refinada de la corriente artística que incluyó el ruido a las artes. Si las calles están llenas de camiones y de gritos, de carros y de motos; si en cada esquina los taladros revientan las aceras y demuelen los edificios; si en todas partes los tractores y los martillos empujan la tierra y muelen las piedras, ¿cómo pretenden que toda la música que se produce en este tiempo sea bella y tralalá? Así que, por más que se haya graduado de trompetista clásico y toque el repertorio de Johann Sebastian Bach al derecho y al revés, no le pidan a Peter Evans que interprete lo mismo de siempre y que encima toque bonito. Él sabe que lo que hace es la continuación extremada de lo que hicieron los dadaístas y los futuristas hace cien años, de lo que hicieron muchos de los miembros de Fluxus (como Peter Brötzmann, por ejemplo), de los rockeros del pasado y algunos del presente, de lo que ha hecho y hace Merzbow, de lo que hicieron algunos representantes del free jazz, de lo que hace tanta gente dedicada a ampliar nuestra idea de la música, porque, al final, de eso trata todo: de una música ampliada, de una música más allá de las músicas a las que nos hemos acostumbrado y a las que creemos inamovibles, cerradas a la evolución y, peor aún, modelos a repetir porque sí, porque al auditorio le gusta, se siente cómodo, porque el canon dice que así es como es y ya.

 ¿Cuánto tarda el gran público en asimilar aquello que late en lo más hondo de una obra brillante que hoy le parece críptica e incómoda? No creo que exista un tiempo específico para que ese largo trámite se cumpla. Ni siquiera es seguro que la humanidad se dé por enterada de que determinado material expresa mejor que otro las obsesiones de una época. Lo que sí sé es que lo que hace cien años lucía raro y escandaloso, hoy forma parte de nuestras vidas. De manera que no hay por qué dejar de creer que algún día el gran público se percatará de que la desnudez ante la música (y ante el arte en general) es pasajera y que no hay dictadura que valga para detener la evolución de las formas.

miércoles, octubre 01, 2014

PAISAJE

 Los que se fueron, se fueron y los que nos quedamos, huimos al fondo de nosotros mismos. ¿Quién se ocupa del lugar?


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 El aire está lleno de huecos. A donde vayas, los verás. Nadie que se haya quedado en la patria puede dejar de verlos. No son sombras. Son huecos que se mueven y que tienen las formas de los que se fueron.


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 La patria es un talud espiritual que remata en un vórtice listo para tragarnos a todos.


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 El canto de los grillos dice «eres de aquí», «eres de aquí», «eres de aquí», «eres de aquí», «eres de aquí», «eres de aquí», «eres de aquí».


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 El sonido de la lluvia ya no está. Lo perdimos junto a la noche. 


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 El lugar está lleno de árboles que tratan de consolarnos. A veces (solo a veces) entendemos el mensaje cifrado en el color de sus frondas y nos reconciliamos, por un rato, con el paisaje.


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 Entre dos lajas de concreto crece una pequeña planta. Ojalá sea un espinoso jabillo cuyas raíces algún día quiebren la acera y se extiendan hacia el asfalto, doblándolo y rompiéndolo con implacable tenacidad.


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 Las guacamayas, gritos que acompañan gritos (de colores). La selva siempre con nosotros.


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 La lluvia arrastra las montañas; convierte las piedras en leones que rugen en la noche hambrienta.

 Y nadie duerme.


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 Chaguaramo: sábado por la mañana convertido en árbol.


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 Al lado de mi edificio hay dos torres de oficinas cuyo diseño se basa en la superposición y desfase de varios volúmenes. Cuando las observo, me parece que una mano de viento gigante les hace cosquillas y que lo que vemos, es la risa del conjunto expresándose a través del concreto.


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   Tan fértil es este valle que, debajo de los puentes, nacen árboles que crecen al revés. Mientras sus raíces viven aferradas a la estructura del concreto armado, sus ramas peinan el suelo y se ríen.


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 Vivimos en un punto cuyo olor nos ata.

 No sentimos inquietos fuera del punto.

 Lejos del olor.  


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 Cada semilla contiene las ramas, las hojas, el viento.

 Cada semilla contiene los nidos, las espinas, las nubes.

 Cada semilla contiene las sombras, las nubes, el sol.

 Cada semilla se contiene a sí misma, repetida y distinta, miles de veces.


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Los mangos no llueven en silencio; caen y estallan; abollan los techos; tejen en el suelo una alfombra ácida.

 Son tercos los mangos.

 Tercos, primitivos, generosos.


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 Un aire roto recorre los muros de la casa. Hace meses sus antiguos dueños se despidieron de ella y la despojaron hasta de las telarañas. Hoy las hormigas de cráneos amarillos muelen lo que fue un hogar.  


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 La ciudad está llena de palas destructoras de jardines, de máquinas que erigen monumentos a la aridez.


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 Las grúas son bailarinas estáticas que quieren ser árboles, pero no pueden. 


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 Las frondas se tocan, se abrazan; forman cúpulas y túneles, sombras que protegen a las sombras incendiadas.


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 El minuto abandona su órbita y se transforma en colibrí. Ahora, entre filamentos, exhibe su infradelgada fortaleza, su felicidad.


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 Un río de barro corre al lado de un río estacionario. Dos cuadras más arriba o más abajo, corre otro río de vacas que se muerden y se matan entre ellas.

 En la ciudad yerma un caudal de lágrimas surca el mundo de las puertas para dentro.

 Y no tiene fin.


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 En la construcción las grúas creen que son un bosque.


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 Hay pinos despeinados en este valle. Más de los que creemos. ¿Quién los trajo a esta inagotable insolación?


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 Las nubes pasean lentas y distintas.

 Cirros.

 Cúmulos.

 Estratos.

 Nimbos.

 Todos sus nombres son inmunes a los taladros.


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 El calor aquí es un estado de ánimo, una nube invisible que alarga la distancia entre la voluntad y los hechos.

 En la metafísica de nuestra barbarie siempre estará el calor.


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 Las luciérnagas rodean los edificios negros; se preguntan por qué ya no quieren ser como ellas.

 Se sienten solas las luciérnagas. Prefieren ser luz en la luz que luz en la nada.


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 ¿De qué color serán las flores de un valle regado con sangre?


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 Al norte de la ciudad queda un árbol al que todos confunden con una montaña.


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 Y ahí estará siempre la belleza áspera del valle, indiferente a lo que nosotros, vacas negras, hombres de lava, hagamos o dejemos de hacer.

 La imagen de Caracas es de Lenín Pérez Pérez.

miércoles, septiembre 24, 2014

HUMOR PARA COMBATIR EL OLVIDO

El libro 70 años de humor en Venezuela viaja por la ocurrencia criolla con curaduría de Roberto Echeto


¿Por qué este libro abarca solo 70 años del humor en Venezuela? 
 Porque pertenece a una colección que se llama así, 70 años. El porqué de ese nombre es simple: trabajamos con el archivo hemerográfico de El Nacional, que abarca desde la fundación del periódico hasta hoy. 

 Si te pones a ver, 70 años es un lapso interesante. No es tan rimbombante como un siglo, pero abarca perfectamente la vida de una persona.

 70 años es un bonito número para la memoria.


 ¿En qué consistió tu trabajo como curador?
 En definir el concepto del libro y de la investigación; en revisar y escoger el material; en llamar a los humoristas, buscar las imágenes, darle coherencia a todo ese gran rompecabezas y en soportar los dolores de cabeza que me produjo tener que seleccionar un número limitado de textos y viñetas.

 En todo ese trabajo me acompañó Rafael Osío Cabrices, quien fungió de editor del libro y voz de la conciencia que a cada rato me decía «bróder, recorta, recorta».
  

 ¿Descubriste a algún humorista o talento desconocido para ti antes de este trabajo?
 No sé cómo explicar esto. Tengo años recopilando material humorístico: revistas, suplementos, libros, periódicos… De manera que el trabajo de los humoristas venezolanos no me resulta ajeno. No «descubrí» a nadie esta vez.


 ¿Existen algunos temas recurrentes en el humor venezolano? 
 El costumbrismo y la política. 

 Venezuela se burla de sus costumbres todos los días; de las decentes y de las indecentes, de todas, para bien y para mal. 

 Desde siempre, los humoristas venezolanos han diseñado chistes para comentar las barbaridades que hacen nuestros políticos, lo cual no tiene nada de raro, sobre todo si consideramos que han existido muy pocas revistas independientes dedicadas al humor y que los periódicos han sido los espacios mayoritarios que el azar y la voluntad de algunos editores le otorgaron al humor. En otras palabras, como el asunto principal de quienes trabajan en los medios donde se publica el material humorístico es la política, el humor no puede substraerse a ese objetivo. 

 Por otro lado, el humor necesita un terreno común entre el humorista y su público. Sin ese territorio de referencias compartidas, los chistes no funcionan. En nuestro país, la figura de los políticos es tan determinante en la vida colectiva, tan pesada en el devenir de nuestra sociedad, que es, por sí sola, una fuente inagotable de referencias y de signos que todos lo que somos de aquí entendemos y padecemos todos los días.
    

 ¿Son los políticos las «víctimas perfectas» del humor venezolano?
 Los políticos no son víctimas del humor. Los ciudadanos normales y corrientes somos víctimas de los desastres que producen las imposturas, las debilidades y las idioteces que cometen los políticos y los investidos de algún tipo de poder. El humor es la única venganza que podemos permitirnos las personas decentes contra esos que nos hacen la vida imposible, sean políticos o no.


 ¿Te atreves a hacer una lista de los 5 nombres más relevantes en el humor venezolano? (y explicar cada uno).
 Aquiles Nazoa, Pedro León Zapata, Jaime Ballestas, Rubén Monasterios y José Ignacio Cabrujas. A modo de capricho añadiré a Leoncio Martínez.

 No creo que haga falta explicar el trabajo de estos seis maestros ni decir por qué agrupo sus nombres en esta lista. Sin embargo, para que no digas que escurro el bulto, te diré que te fijes en tres detalles: 1) Los seis tienen una obra diversa. No se concentraron en una sola actividad ni en un solo género ni en un solo medio. 2) Los seis participaron (cuando no fundaron, dirigieron o pertenecieron al consejo directivo) de varias de las publicaciones humorísticas más importantes y exitosas del país. 3) Cada uno a su ritmo expandió las posibilidades del humor, utilizando los recursos estilísticos y técnicos de que disponía en su momento para llevarlas a cotas donde nadie las había llevado antes ni las ha llevado después. 4) Todos manejan una abrumadora mezcla de cultura universal con referentes locales cotidianos. 5) El trabajo de cada uno es un rasero para medir lo que hacen otros humoristas.


 No parece que estos años recientes sean los mejores para el humor venezolano en la televisión ¿Es así?
 El humor en televisión no formó parte de la investigación. Sin embargo, es inevitable hacer las conexiones. Muchos de los humoristas reunidos en el libro trabajaron en ese medio. 

 Estos últimos veinte años han sido terribles para toda Venezuela. La televisión debería cuestionarse cuánta responsabilidad tiene en todo este disparate, sobre todo por no prestarle atención a la calidad ni a la densidad de los contenidos que difunde.

 Esa crisis es más ostensible en unos programas que en otros. En los programas dedicados al humor es imposible soslayar la carencia de formación de los actores, de los escritores y hasta de los gerentes encargados de armar los equipos de producción de esos espacios.  

 Ante las críticas, los genios de la gerenciagerencial televisiva siempre adujeron que ese tipo de programas, pobre en contenidos, era el que el público venezolano quería ver y, bueno, ya vemos los resultados y todo lo que ha ocurrido con la televisión de este país… 

 Damas y caballeros, sépanlo: el humor vive de nuestras referencias y de nuestros conocimientos. Si nuestras referencias y conocimientos son pobres, nuestro humor será pobre. 


¿Qué encontraron en el mundo digital en materia de humor?
 Talento, afán de renovación y falta de patrocinantes. 

 La falta de patrocinio es una de las constantes del humor venezolano, lo cual no se compagina con aquello de que somos una sociedad abierta y dada a la risa y al humor. Los chistes, los dibujos, los cuentos, los artículos y los videos serán muy buenos, pero no hay quien pague por difundirlos.  

 Mientras mejor es el humor, más fuerte pega y más residual es su efecto en la memoria colectiva. A nuestros empresarios —siempre tan valientes y preclaros— casi nunca les agrada que sus productos se vean asociados a chistecitos y menos si tratan sobre los protagonistas de la vida pública nacional o si tocan los temas que nuestra sociedad considera álgidos.  

 Más allá de esa anécdota sombría, en los medios digitales encontramos maravillas de publicaciones que asumen la continuación de lo hecho en otros medios más tradicionales. 


 En Internet hay plataformas como El Chigüire Bipolar o El Mostacho que concentran bastante la atención pero también mucha gente haciendo sus cosas de forma «independiente» ¿Hay algún caso destacable de esto último?
 ¿Qué significa ser independiente en esta materia: tener una cuenta en Twitter, escribir tus chistes y obtener la atención de miles de seguidores? ¿Cómo evaluamos esa independencia con respecto al tema que nos ocupa? Más allá de las particularidades tecnológicas, ¿en qué se diferencia una web de humor hecha en 2014 de los periódicos murales que en los sesentas administraban Otrova Gomas y Luis Britto García? ¿Qué diferencia existe entre la independencia que permiten los medios digitales de hoy y la que tenían aquellos medios hechos con los recursos más precarios porque, entre otras cosas, nunca obtuvieron patrocinios?

 El reto que tienen por delante los humoristas que trabajan desde las redes es ver cómo superan la fragmentación y el aislamiento del público en un país que atraviesa un desastre socio-político de increíbles proporciones, con unos medios que acentúan justamente el encierro y el solipsismo. El humor a través de Twitter o desde páginas web puede que le llegue a mucha gente, pero eso no significa que subraye la calidad del material ni que estimule, sobre todo, su trascendencia y su naturaleza corrosiva (si es que la tiene). El humor es un asunto colectivo cuya importancia va mucho más allá de unos mensajitos de texto en un teléfono o de unos enlaces para ir a tal o cual espacio en la red. En realidad va mucho más allá de una momentánea explosión de risas y de un «Me gusta» en Facebook. 


 ¿El stand up fue incluido en este libro? ¿Cuáles son las diferencias entre el stand up americano y el nuestro?
 No se incluyó el stand up en la antología. Se trata de una antología de humor impreso. 

 Algún día alguien hará una recopilación de lo mejor del stand up nacional, aunque adivino la enorme dificultad que tendrá quien se dedique a recabar el material escrito, si es que alguna vez existió o si lo archivaron con el debido celo. Esa, aparte de las referencias culturales y sociales, es una de las grandes diferencias del humor nacional con respecto al humor de otros lugares: el respeto por el oficio, la conciencia de que el trabajo del humorista que se presenta en escena va más allá de la propia escena.


 ¿Existe algún talento al que, actualmente, debamos seguirle la pista?
 Creo que hay que seguirle la pista al trabajo de todos los humoristas y esperar el inevitable proceso de criba que se da con el paso del tiempo. 

Boris Felipe; El Mundo Economía y Negocios; Caracas, 22 de agosto de 2014

miércoles, junio 25, 2014

CONTRA LA DESINTEGRACIÓN GENERAL

 En medio de la lluvia de bombas lacrimógenas que tuvimos entre febrero y abril de este año, recibí de amigos y de gente cercana varios volantes que hablaban sobre la necesidad de asistir a unas reuniones donde psicólogos y especialistas se dedicarían a aconsejar a los padres sobre qué hacer, cómo tratar y cómo hablarles a sus hijos sobre los acontecimientos que ocurrían a nuestro alrededor.

 Por supuesto: nosotros no asistimos a ninguna de esas reuniones. Aquí consideramos que la honestidad y, en algunos casos, la crudeza son mejores que cualquier rodeo conceptual dispuesto para tratar lo inexplicable.

 Lo inexplicable es y punto. No hay que darle tantas vueltas. 

 Hoy, esos mismos que me enviaron aquellos volantes se van o se fueron de Venezuela; dejaron, en algunos casos, esposos, hijos, casas, negocios... Nos dejaron. Dejaron a sus padres, a sus hermanos, a sus perros... Dejaron sus afanes, sus libros. Lo dejaron todo y no nos hicieron llegar ni un pequeño panfleto ofreciendo ayuda psicológica ni espiritual a quienes hoy nos sentimos abandonados por esos familiares y amigos que partieron (y partirán) a otras landas a buscarse sus vidas.

 La cruda honestidad con la que hablamos de las bombas lacrimógenas servirá para hablarles a nuestros hijos sobre estos abandonos masivos, pero no estoy seguro de que sea suficiente para ayudarnos a asimilar el fenómeno ni atenuar las cárcavas que producirá en quienes nos quedamos. 

 Lo inexplicable (la muerte, el abandono, el horror, la ruina) es y no hay que darle tantas vueltas.


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 La patria es donde me gano la vida.

 Donde no pueda ganarme la vida, no es mi patria.


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 La imaginación es una facultad mental o espiritual (vaya usted a saber) que transmuta las sensaciones y los conocimientos en imágenes que se combinan y recombinan a cada instante. 

 Una idea no es más que la recolección (porque casi siempre es involuntaria) de una de esas mixturas que sirve como materia prima a procesos de mayor complejidad. 

 Crear consiste en conectar imágenes crudas, unir ideas propias y ajenas con el fin de modelarlas y transformarlas hasta crear un discurso coherente.

 Detrás de las imágenes acabadas, hubo imágenes crudas de las que apenas tenemos noticia a través de bocetos y borrones perdidos en libretas.


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 La batalla de Carabobo sin agua.


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 La batalla de Carabobo con chinos.


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 La batalla de Carabobo a oscuras. 


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 La batalla de Carabobo con futbolistas.


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 La batalla de Carabobo con leguleyos.

  
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 La batalla de Carabobo con gente que mata por un teléfono.


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 La batalla de Carabobo en leggins (aunque la de 1821 también fue en leggins). 


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 Ayer me enteré de la suspensión del concurso de cuentos de El Nacional. Si la noticia es cierta, nos encontramos ante otra de esas pérdidas, ante otro de esos huecos en que se nos ha transmutado la vida en estos años. 

 «La crisis económica», dirán los organizadores del concurso. 

 «La crisis de papel», acotarán los dueños del periódico. 

 «¡La censura!», gritarán los políticos. 

 «La gente no lee», dirá el asesor. 

 El inexorable desastre, que existe y está aquí, en mi propia casa, como en las de casi todos los venezolanos, también se ha trocado en la excusa ideal para quienes no quieren hacer nada, para quienes no tienen el temple ni la fe ni la determinación ni la necesidad de producir cosas poderosas a pesar de las carencias y del horror mentado una y mil veces, y se rinden y se entregan a la molicie del twitter y, en definitiva, le dejan todo a los mandarines para que lo destacen o lo conviertan en una caricatura desteñida de lo que alguna vez fue.

 Como todo hay que decirlo, es hora de que los dolientes del concurso de cuentos de El Nacional (los escritores, los lectores de los cuentos, los miembros de los jurados) abandonen el éxtasis místico de ojos virados que les producen los libros, y expresen sin chistecitos ni faramallas su indignación, si es que de verdad la sienten. 

 Nota al margen añadida el 29 de julio: no eliminaron el concurso de cuentos de El Nacional. Retrasaron su lanzamiento porque uno de los infalibles organismos del gobierno cuestionó el uso de la palabra concurso, so pena de tener que seguir los reglamentos a que están obligados los organizadores de rifas y demás actividades de entretenimiento. De manera que ya no se llama concurso de cuentos, sino jornada de cuentos. 

 'Patafísica de la mediocridad, pues.

miércoles, junio 04, 2014

FANTASMA

  No me gusta usar móviles sofisticados. Prefiero las tecnologías baratas y libres de periquitos. Con que pueda llamar a mi casa, me conformo.   

  Ayer, en un rato de ocio, puse a cargar el Nokia desportillado que me sirvió antes del Samsung de juguete que uso ahora. Cuando estuvo listo, me puse a revisar la libreta de contactos y me llevé una extraña sorpresa. La mitad (o más) de los nombres anotados en ese aparato pertenecen a personas, amigos y conocidos, que ya no viven en Venezuela.

  La gente que no está, que se fue, deja huecos por todas partes. Huecos como los que quedan en una fotografía cuando se recorta el retrato de alguien y se deja la silueta. En este caso la vida, los lugares, las calles, se llenan de huecos, de gente que estuvo y ya no está, que se fue y te dejó con los vanos, con las memoria de lo que se hizo en determinada calle, en tal casa, en tal edificio. Es así como, de pronto, te das cuenta de que vives en una ciudad (o en un país) fantasma.

  Vivir entre vanos está bien. Uno se acostumbra. Lo raro es que cada cierto tiempo me pregunto si quienes se fueron, te ven como un hueco en la fotografía de su propia y nueva realidad.

lunes, mayo 19, 2014

A.R. Penck: Rinoceronte
 Cuando oigan que alguien dice «porque más pronto que tarde» es que fracasamos.

 Cuando oigan que alguien dice que «no debemos convertirnos en aquello que combatimos» es que fracasamos.

 Cuando oigan que alguien repite la oración «hay que organizarse» es que fracasamos.

 Cuando oigan que alguien dice algo sobre «la luz al final del túnel» fracasamos.

 Cuando oigan que alguien propone «introducir el caso ante las autoridades competentes» es que fracasamos.

 Cuando oigan que alguien dice «la oposición no ha hecho sino crecer» es que fracasamos.

 Cuando oigan que alguien sentencia «a pesar de todo, hay que sentarse a dialogar», fracasamos.

 Cuando oigan que alguien dice «tenemos que hacer algo» es que fracasamos.

 Cuando alguien dice algo sobre la brutalidad de los mandarines es que fracasamos.

 Cuando oigan que alguien pronuncia o escribe la palabra «polarización», fracasamos.

 Cuando oigan que alguien repite una y otra vez la palabra «inconstitucional» es que fracasamos.

 Cuando llaman a un abogado «constitucionalista» para tratar cualquier asunto es que fracasamos.

 Cuando alguien dice que «hay que esperar a que la gente se desencante de esto», fracasamos.

 Cuando alguien dice cualquier cosa y remata con «de lado y lado» es que fracasamos.

 Cuando alguien repite «no hay estado de derecho» es que fracasamos.

 Cuando oigan a alguien diciendo que «tenemos que buscar otras formas de lucha» es que fracasamos.

 Cuando alguien apunta que «este no es el país que queremos» volvimos a fracasar.

 Cuando alguien propone «que todos somos hermanos y que debemos unirnos» es que fracasamos.

 Cuando alguien muy cercano les diga «estoy buscando opciones en otro lado», ya saben que fracasamos.

 Cuando alguien habla sobre «la comunidad internacional», fracasamos.

 Cuando alguien habla del «palo a la lámpara» o del «trapo rojo» es que fracasamos.

 Cuando alguien manifiesta «estamos mal, pero podemos estar peor» es que fracasamos.

 Cuando alguien sale con que «esto no es una dictadura, sino una autoritarismo con ropaje democrático», fracasamos.

 Cuando alguien menciona la existencia de una «agenda de la violencia», fracasamos. 

 Cuando alguien canta «yo me quedo en Venezuela porque soy optimista» fracasamos.

 Cuando se usa «imperio» por «Estados Unidos», fracasamos.

 Cuando alguien discute la importancia o no de «tener bolas» en el ejercicio de la política es que fracasamos.

 Cuando alguien dice algo sobre «militares institucionalistas», fracasamos.

 Cuando alguien dice que «hay que sentarse a ver cómo se comen entre ellos», fracasamos.

 Cuando alguien repite que al gobierno «se le cayó la careta democrática» es que fracasamos.   

 Cuando alguien pronuncia o escribe la palabra «tolerancia» nos encontramos ante otro fracaso.

 Cuando alguien dice «todavía no hemos aprendido nada» es que fracasamos.   

 Cuando alguien, a estas alturas, habla de que «hay que subir cerros», fracasamos.

 Cuando alguien habla de «guarimbas» y las opone a «barricadas» es que fracasamos.

 Cuando alguien habla de «lo social» para arriba y de «lo social» para abajo, es que fracasamos.

 Cuando alguien dice que lo que ocurre en Venezuela es «incomprensible», fracasamos.

 Cuando alguien habla de «la derecha» y de «la izquierda» es que fracasamos.

 Cuando alguien suspira y dice «por lo menos estamos vivos», volvimos a fracasar.