lunes, julio 02, 2018

RESTAURACIÓN

 No. No estamos locos. Tenemos razones suficientes para haber perdido los papeles. El equilibrio entre deseos y oportunidades que define una vida normal quedó deshecho en nuestro país. Quien no lo entienda, que vaya a un supermercado en Venezuela y tome nota.

 Sí. Vivimos con una frustración continua que genera un estado de agresividad contra todo y contra todos; contra el gobierno y sus políticas barbarizantes; contra la ambigua y vacilante oposición; contra los sabios que tratan de convencernos de que lo que vemos no lo vemos; contra los adictos al voto; contra los que no quieren votar ni hacer nada; contra los emigrantes; contra los que nos quedamos; contra los que llaman a ponerse otra vez frente a la exuberancia de los gases y de las balas… Todos contra todos en una erosión interminable.    

 El clima adusto es absoluto porque no hay guía alguna que nos permita saber con exactitud quién, aparte de los militantes convencidos y de los asalariados a pleno sol, contribuye con sus acciones o sus omisiones a mantener al chabismo gobernando. Esa ceguera es el centro agónico de esta descomunal rabia que no halla cauce y que nos corroe a todos.

 El enemigo es el gobierno, pero el gobierno tiene tentáculos infinitos y muchas veces invisibles. Por eso se ha entronizado entre nosotros una demacrada y unánime desconfianza. No queremos oír nada que suene a más mareo ni a más procrastinación, porque si me dices algo que me suene a aquello que ya se probó y no funcionó o a que hay que hacer esta o aquella insensatez o que hay que mantener esta espera ruinosa, te riposto grosero, agresivo, sin freno alguno o me callo, no digo nada, me encierro en mí mismo y ya.

 La incomunicación impide la política y la ausencia de política le abre la puerta a horrores aún más profundos, aún más sórdidos, que los que hemos vivido hasta este instante.

 Ése es el drama sobre el drama que nos envuelve.

 Ése y que Venezuela parece haberse quedado sin ideas.

 No hay ideas aglutinantes mínimas. Hay fetiches verbales barnizados de legalidad que sólo sirven para distraer perdices. También hay discursos tremendistas que no incluyen ningún plan de acción viable, pero insultos y oraciones atolondradas sí, a borbotones.

 Tenemos que restaurar los puentes que unen a las personas, aquéllos que han sido pulverizados a lo largo de estos años enfermos. Confieso que no sé cómo se hace eso, y menos en este trance continuado y erosivo que se parece más a una derrota que a un juego abierto y en plena evolución. Sin embargo, no se vislumbra otra posibilidad. Hay que mantener el contacto con el prójimo, hablar, pensar, inventar… Restaurar lo elemental de la política que no es ni siquiera el diálogo (palabra crucificada en esta vida de jauría que llevamos), sino el reconocimiento de que no vivimos solos, de que a nuestro lado viven y desean y sufren otras personas.

 Restituir lo mínimo de lo mínimo: las formas de cortesía y la amabilidad en medio del terremoto.

 He ahí algo de algo en medio de tanta nada abrumadora.  

miércoles, junio 06, 2018

ARTÍCULOS PERVERSOS

 ¿Por qué en Venezuela hay supermercados repletos de productos, si en todas partes se habla de que hay escasez de alimentos? Dada la hiperinflación, no hay cómo renovar inventarios sin asumir pérdidas cada vez mayores. Casi todas las tiendas, casi todos los supermercados y abastos, no pueden asumir esos costos y entonces no adquieren mercancía ni materia prima o la adquieren a una velocidad mucho menor a la normal. Hay locales que abren sus puertas y apenas tienen algo que vender. También hay negocios grandes que ofrecen muchos productos, pero a precios exorbitantes. Abren porque tienen músculo para reponer la mercancía y porque sobre ellos pende la amenaza de la expropiación.

 Nunca faltan fieles podencos que escriben artículos sobre Venezuela diciendo que no entienden lo que ocurre porque a ellos les han hablado de que hay supermercados repletos de comida o porque vinieron hasta acá y se tomaron fotografías en tiendas surtidas. Eso sí: ni de vaina capturaron imágenes de los precios de las cosas ni de la factura que pagaron (si es que lo hicieron) ni hablan de que las cifras a pagar superan la capacidad de programación de las máquinas con las que se saca la cuenta y se expide la factura, y entonces, cuando llega a uno de esos límites, el cliente debe pagar para que, a su vez, el cajero abra una nueva cuenta que se cerrará si el monto alcanza otra vez el límite de la máquina. Sí: algo tan sencillo como pagar, es, en Venezuela, un proceso largo y engorroso que puede convertirse en algo peor si el punto de pago electrónico se desmaya o parpadea. Ah, pero de eso no habla el canalla que escribe sus reportes haciéndose el idiota y dejando correr la especie de que en este país no se sufre.

 Y tampoco habla de la falta de medicamentos o de los precios desorbitados de los que hay.

 O de la gente que debe viajar en camiones de volteo porque cada vez hay menos autobuses.

 O de las personas que se desmayan o enflaquecen porque no comen bien.

 O de las calles desiertas y oscuras de las ciudades venezolanas.

 Ni los tales periodistas ni los funcionarios del gobierno aceptan que todo aquél que se enferme, padecerá la enfermedad en sí y la angustia de no encontrar aquello que mitigaría o curaría sus dolores. El mensaje parece muy simple: «Tú que estás enfermo y eres débil, jódete». En ese sentido, el chabismo ha sido y es una efectiva y letal escuela del horror que nos ha enseñado todas las mezclas y variantes posibles del mal: el mal con la mediocridad, el mal con la mentira, el mal con mucha plata, el mal con carisma, el mal sin carisma, el mal con discurso malandro, el mal con discurso buenista, el mal con medias verdades, el mal ensañado contra los débiles, el mal acaramelado con los más fuertes, el mal dentro, el mal fuera, el mal seductor de tontos y vanos, el mal que no repara en acusar a sus víctimas, el mal que no teme al ridículo, el mal que se asocia con el mal internacional, el mal que vacía las tuberías de agua y los cables de electricidad, el mal disfrazado de ovejas, el mal que corrompe y se deja corromper, el mal, el mal, el mal...

 Como el mal está en todas partes, tenemos derecho a sospechar. Por ejemplo: estos periodistas dicen que en Venezuela hay de todo porque tal vez ellos trabajen para las mismas empresas importadoras que proveen las mercaderías que a precios escandalosos se ofrecen en todas partes: alimentos, medicinas, ropa, productos de limpieza, repuestos para vehículos... En la lógica abyecta del país sumido en el horror, no tiene nada de raro que los jefes de estos amanuenses se jacten de oponerse a la tiranía, aunque en verdad sean socios de los tiranos o los tiranos mismos.

 Todo es raro y perverso; feo en un grado anormal y apocalíptico.

 Cuesta un sistema solar; mantener el equilibrio emocional y la esperanza, pero no podemos hacer otra cosa que atravesar erguidos este desierto.

lunes, mayo 14, 2018

VENEZUELA, PAÍS EXÁNIME

 Las noticias sobre Venezuela son tan alarmantes como extrañas. Cada una contiene una desmesurada mezcla de tragedia y absurdo.

 Todo venezolano (o toda persona que haya pasado una larga temporada en Venezuela) sabe que cualquier cosa, por muy rara, delirante o ilegal que parezca, puede ocurrir.

 Venezuela ya no es un país; es una superposición de desgracias y problemas para los que no existen soluciones fotogénicas.

 Los supermercados muestran estantes vacíos, pasillos enteros en los que se exhibe aire o productos a precios increíbles.

 En las farmacias no hay todos los medicamentos que se necesitan; hay gente, mucha gente, preguntando por un antibiótico o por un antihipertensivo o por un antihistamínico que no encuentra y que tiene que seguir buscando con urgencia.

 La economía venezolana está destruida. No hay dinero en efectivo. Es difícil de creer, pero hay muy pocos billetes en circulación. El gobierno ha intervenido de todas las maneras posibles el sistema financiero nacional: hay un severo control de cambios desde 2003 y una política de intervención de toda la actividad productiva basada en expropiaciones, fiscalizaciones y controles de precios. Además, a lo largo de los años, el gobierno central se ha dedicado a concretar operaciones financieras extrañas y arriesgadas cuyas consecuencias estallaron en octubre de 2017 bajo la forma malhadada de la hiperinflación.

 El día termina a las seis de la tarde. A esa hora las calles se vacían y quedan huérfanas de gente y de luz. Hay poco alumbrado público, pocas vallas publicitarias iluminadas, poca, muy poca, vida nocturna. Hay un silencio espeso en el aire. Todo el mundo está encerrado en su casa; duerme, cocina, cavila frente a una pantalla, rumia su tristeza y su desazón entre cuatro paredes. Mejor así que en la calle devenida en coto de gente extraña, de vagabundos semejantes a zombis, de niños olvidados y descalzos como los que ahora andan en grupo, molestándose unos a otros, gritándose o pidiendo algo de comer en las puertas de las panaderías.

 Ya no es conveniente sacar la basura antes de que pase el camión a recogerla. Sobra quien hurgue las bolsas de desperdicios en busca de alimentos y deje la acera llena de todo lo que contenían: fragmentos, pedazos, desechos que no tardan en corromperse y en convertirse en un llamado a las moscas del universo.

 En el paisaje, el hambre permanece junto al sol y las estrellas. Desgracia avasallante, desbordada, imperdonable.

 Venezuela es el país de los desmayos, de la gente huesuda que viaja apretujada en camiones de carga y no en autobuses porque no hay cómo sustituir un caucho o comprar una batería; también es un país lleno de suicidas, de personas que no pueden con el peso de la desazón y se abandonan a sí mismos en un último acto doloroso. Venezuela es un espacio extraño y afligido, enfrentado al horror que su población se otorgó a sí misma una y mil veces.

 A lo largo de estos años nada ha sido más fértil que la corrupción.

 Gobernada por el chavismo, Venezuela se transformó en un vórtice de negocios oscuros, en un botín infinito del que cientos de hienas (nacionales e internacionales) se han nutrido sin saciarse.

 La insondable oscuridad del alma. La falta de controles. La adicción que produce alimentarse de algo que parece no acabarse, de algo que aún en el hueso emana riqueza.

 Venezuela entera está llena de mostrencos edificios. El gobierno ha ejecutado un ambicioso y desordenado plan de viviendas que no sólo ha llenado el país de postales de Pyongyang, sino que ha subrayado el hecho de que a las viejas instalaciones de agua y luz no se les ha hecho el mantenimiento debido ni se les ha sustituido por otras nuevas y mejores. El resultado es que en toda Venezuela hay largos y vergonzosos apagones, y sólo circula agua corriente dos días a la semana.

 (Simular progreso. Simular eficiencia. Ésa es la divisa).

 Venezuela está llena de obras inconclusas. Quien recorra la Autopista Regional del Centro, entre Maracay y Valencia, verá kilómetros de enormes columnas que sostienen el aire o que sostienen inmensas estructuras de metal oxidado. Quien recorra la salida oriental de Caracas, notará los mismos pilares de vigoroso concreto, la misma corrosión en el metal de las formas abandonadas. Las dos ruinas precoces forman parte de un mismo proyecto ferroviario inconcluso y pospuesto, prometido decenas de veces para fechas que se olvidan. Sólo cuando se acercan unas elecciones presidenciales, se desempolvan los planos del tren, se contratan obreros y maquinaria pesada que producen el ensueño del movimiento y la inauguración de una lánguida estación de trenes que se suma a otras pocas ya existentes.

 (Simular que hay un tren. Simular que el país avanza. Simular y simular como en un enorme y prodigioso teatro).

 No sería correcto afirmar que Venezuela descubrió su vocación violenta gracias al chavismo.

 Digamos que la amabilidad del clima y la eterna sonrisa de la gente esconden una verdad que no puede ocultarse mucho tiempo: Venezuela es un país violento con un historial de sangre que se pierde en el tiempo.

 Basta ver las cifras de asesinatos y robos para darse cuenta de que más allá de la proliferación de armas ilegales, del narcotráfico y de los crímenes por venganza o por robos, hay un gusto casi morboso por tener una pistola al cinto o entre las manos. No hay nada que seduzca más a mucha (muchísima) gente en este país que atemorizar a otras personas porque se posee un arma. ¿Qué otra explicación hay para la eterna vocación militarista venezolana? ¿O para la proliferación de malandros?

 Es como si todos los complejos, todas las carencias, todos los resentimientos adquirieran la forma de un fusil o de un revólver.

 Ciertamente, cuando el chavismo llegó al poder, el problema de la delincuencia ya estaba fuera de control. Sin embargo, el gobierno central se comprometió a acabar con la pobreza y la impunidad, dos de las condiciones que estimulan el crecimiento del hampa. Pasó el tiempo y, en lugar de combatir el problema, se mostró laxo con los delincuentes y terminó fomentando la creación de grupos armados que sirvieran para acosar a los opositores o para defender al gobierno cuando la ocasión lo ameritara. En otras palabras: la delincuencia terminó siendo un arma de intimidación política.

 En general, la oposición venezolana no ha estado a la altura del desafío que para el país representa el chavismo.

 Su actuación a lo largo de estos veinte años ha sido errática, contradictoria y, en muchos casos, tibia.

 Ha sido incapaz de generar un mensaje alternativo a la retórica mesiánica propia del chavismo.

 Nunca pudo caracterizar con certeza al adversario. Sólo la consumación de la ruina le ha hecho comprender que el proyecto chavista consistía en arruinar al país para dominarlo con comodidad y perpetuarse en el poder. 

 Tal vez el miedo a la confrontación abierta o su procedencia escorada siempre hacia la izquierda le haya hecho actuar con tanta cautela y lenidad.

 Vacío. Se siente vacío. En todas partes vacío. Gente que se fue: amigos, conocidos, vecinos, compañeros, familiares. No se sabe con exactitud cuántos venezolanos se han ido. Unos dicen que tres, otros dicen que cuatro millones. Quién sabe. Lo único que queda es el vacío, el recuerdo, el hueco en el aire, la palabra lejana por Whatsapp. Los que se fueron hablan de la épica del emigrante. Los que se quedan no dicen mucho. Unos cuidan viejos propios y ajenos, otros cuidan casas y apartamentos, perros, gatos, jardines, negocios cada vez más ajustados. Nadie habla mucho de ellos. Tal vez crean que sus vidas no han cambiado, que son los mismos, que no tienen nada que contar, salvo su martirio para comprar queso o toallas sanitarias.

 Los niños con sus tapabocas que claman por la continuación de sus quimioterapias. Los hombres y mujeres flacos, doblados, secos, que gritan en plena calle por los instrumentos que les permitan continuar sus diálisis. Los viejos que reclaman el pago de sus pensiones. Las personas que piden sus antirretrovirales o los medicamentos que permiten el funcionamiento de un órgano trasplantado de otro cuerpo. Los más débiles se hacen fuertes, luchando más que por sus vidas, por sus respectivas dignidades.

jueves, abril 05, 2018

PLAN DE MEDITACIÓN

 Las discusiones de mi tiempo me producen una enorme incomodidad. Todas son tan elementales como urgentes: la destrucción de mi país, el éxodo venezolano, el feminismo radical, la erosión de las democracias... Yo quisiera hablar de otras cosas, pero, por lo visto, no se puede.


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 El gran tema venezolano es que existe la percepción de que no hay nada que hacer, que cuanto se ha intentado ha sido inútil, que ya el chabismo domina todas las instituciones que debía para perpetuarse en el poder sin mayores dificultades y por tiempo indefinido. No faltan quienes claman por repetir fórmulas ya gastadas y devenidas en chatarra, por usarlas como si fueran nuevas, como si no hubieran sido neutralizadas a través de la violencia y del fraude. 


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 ¿Qué es lo que no entiende la gente fuera de Venezuela que dice que no entiende lo que ocurre en Venezuela? 

 Cuando dicen que no entienden, ¿quieren decir que no entienden por qué la sociedad venezolana quiere salir de un gobierno que presume de darle ayuda y bienestar a los pobres? O ¿más bien preguntan que por qué nos quejamos si los propios venezolanos elegimos una y mil veces a los gobernantes que acabaron con nuestro país? 

 Cuando dicen que no entienden, deberían definir mejor qué es lo que no entienden, decirnos si de verdad quieren comprender (para no hacernos perder el tiempo), abrir sus mentes, arrellanarse en sus asientos y oír una historia de corrupción infinita e idiotez colectiva.


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 Estamos aquí, en las redes, expuestos, desnudos de mente y alma. La privacidad es, a la vez, un mito y una convención que regalamos a cambio de sentirnos acompañados, así sea a través de este raro vecindario de presencias fantasmales que nos hablan directo a la mente, como en una operación de alambicada telepatía.


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 Vuelvo a la incomodidad que me producen las discusiones de mi época. Suponíamos que había temas superados (o en pleno proceso de superación) y que podríamos abordar otros temas más complejos e interesantes mirando hacia el futuro, pero resulta que no. Estamos atascados en lo mismo de siempre, valga decir: los derechos humanos, lo público y lo privado, la identidad sexual, liberalismo Vs. autoritarismo, derecha Vs. izquierda...

 Nuestras vidas iban hacia delante y, de pronto, unos cuantos decidieron dar media vuelta y trazar rumbo hacia una versión triste y grotesca del pasado.


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 Hace unos días releí Los dominios del lobo, de Javier Marías.

 El material de esa novela es fascinante porque apela a nuestra memoria audiovisual, ésa que contiene horas de historias contadas a través de fotogramas. Tanto el material de escritura de la novela como aquello que vive dormido en nosotros, sus lectores, contiene la huella que ha dejado en nosotros un Hollywood ya remoto y en blanco y negro.

viernes, marzo 16, 2018

MÁS Y MÁS


 Voté decenas de veces durante estos años. Voté sin confiar en la imparcialidad del árbitro electoral venezolano. Tampoco me hice ilusiones ni tuve expectativas ni creí en las bondades de los candidatos a quienes les di mi voto. No participé porque fuera «un deber cívico», como reza uno de los tantos lugares comunes que salen a flote los días de las elecciones, sino porque era una manera de mantener vivo el sistema de equilibrios institucionales que, se supone, forjan la democracia.

 El chabismo aplicó sus trucos extraños en todas las elecciones. Mi idea era que todo lo que emanara del sufragio, se ganara o se perdiera, terminaba conteniendo al chabismo dentro del radio de la legalidad, hubiera o no sospechas de «magia».

 Y así fue durante años hasta que los cerebros de este experimento se dieron cuenta, en diciembre de 2015, de que su avance hacia la dominación total no sólo era lento, sino que corría el peligro de esfumarse. Con eso en mientes se aplicaron a perfeccionar su tecnología del fraude hasta que llegamos a un momento de máxima impudicia: el 30 de julio de 2017, el día de la elección de la Asamblea Nacional Constituyente.

 En la madrugada del lunes siguiente se anunció sin adornos y sin mayores explicaciones un número de votos que no se compaginaba con la notable ausencia de votantes.

 Luego se celebraron otros dos comicios: el de gobernadores y el de alcaldes, en los que también hubo toda suerte de irregularidades como el cierre arbitrario e injustificado de muchos centros electorales, traslado de votantes, cambio del horario, resultados alterados a favor de los candidatos del gobierno...

 Esa enorme y desvergonzada operación no tuvo mayor resistencia. Entre los partidos políticos paralizados y las miríadas de venezolanos que decidieron irse a otros países quedamos indefensos.

 Voté mientras fue útil. Haberlo hecho me da la tranquilidad que necesito para decir que votar hoy no tiene sentido. La perversión radica en que los mandarines lograron voltear la red. Hoy, quienes quedaríamos confinados en los límites fijados por la dictadura seríamos nosotros, si votamos en estas elecciones contaminadas por todo tipo de ardides.

 El reto de la oposición venezolana consiste en inventar un mecanismo político que tenga la fuerza de una elección legítima; es decir: que represente la voluntad de la mayoría de los venezolanos.

 Como ven, el juego está trancado. Sobra la gente que cree que no hay manera de determinar la legitimidad de esa mayoría sin que un organismo minado de chabismo, como el propio Consejo Nacional Electoral, lo refrende.

 Ése es la gran trampa de la que se benefician los perpetuadores de la indecisión, los sabios que medran en medio de nuestra desgracia.

 Y los mandarines, por supuesto.

 Hasta hoy, de parte de los representantes de la oposición oficial (tanto los moderados como los radicales) no hemos oído nada interesante, ni una sola idea distinta a cuanto es normal y tradicional.

 Tal vez no lo sepan o no lo crean, pero nunca está de más repetirles (y repetirnos) que de lo mismo sólo sale lo mismo.

 Y todos sabemos lo que eso significa en nuestro caso.

 Más erosión.

 Más y más abismo.

 Más y más horror.

miércoles, marzo 07, 2018

ÉSTE ES EL FINAL

 El extraño silencio que flota en el aire es tan denso como preocupante. Deberíamos rebelarnos contra esa forma de la desesperanza, pero es difícil (muy difícil) salirnos del estado preocupado y meditabundo en que nos encontramos. Es como si nos tuvieran encerrados dentro de nosotros mismos, repasando guarismos inconcebibles o trazando planes delirantes para adquirir tales o cuales bienes perentorios o para concretar la huida, dejando todo lo valioso de este mundo: gente mayor, amigos y mascotas u objetos enormes como casas y locales que serán pasto para invasores de los reinos vegetal y animal, incluidos los humanos sinvergüenzas.

 Tengo para mí que éste es el verdadero momento de resistir, que en este instante resistimos los embates simultáneos de la basura conceptual que lanzan con persistente perversidad el madurato y el solipsismo gafo de la oposición formal representada por la Mesa de la Unidad Democrática. Pero ése soy yo, que dice que hay que resistir. A mi alrededor la gente claudica; se va; abandona; se rinde. No la culpo. La entiendo. Las cosas están muy jodidas en este infierno que no tiene pies ni cabeza y uno no es quién para decirle a otro nada de nada. Yo sólo sé que no me gusta y que detesto este silencio neutro en el aire, que es (lo digo una vez más) el momento de resistir y de unirse y de inventar acciones que emplacen a los jirones de esta sociedad siempre aletargada a moverse y, en este caso más, porque es por su propia supervivencia. 

 Mucha, muchísima, de la gente que se va no sabe que se va buscando en otro país la libertad que perdió (o contribuyó a borrar) en el suyo. Disfrazan, queriendo o sin querer, esa premisa, con discursos sobre ganar plata o sobre poder comprar alimentos y medicinas, como si eso que es tan concreto y tangible, no tuviera nada que ver con un bien tan abstracto como la libertad.

 Es cierto: en las encuestas, la gente no entiende de abstracciones como democracia y libertad; entiende de carne y antibióticos, pero a la hora de emigrar, la gente se va a donde hay todo eso y más, que es precisamente donde hay libertad. De manera que esta situación le está ofreciendo lecciones a las personas; lecciones gratuitas y dolorosas, pero lecciones serias al fin que pueden resumirse en la fórmula sencilla de que hay abundancia y trabajo donde hay libertad. Espero que las asimilen, a ver si superamos de una vez por todas y, a punta de sufrimiento, las consecuencias de todas las estupideces que muchos han cometido y apoyado en estos dieciocho (rumbo a los diecinueve) años. Sí. Leyeron bien. Otros prefieren obviar ese detalle, pero yo no. Muchos de los que hoy huyen del hambre y de la miseria y de la enfermedad, apoyaron a los creadores y azuzadores de este enorme naufragio devenido en dictadura, convirtiéndose a sí mismos en forjadores anónimos de sus propias y respectivas desgracias. Hoy se van, pero bastante que contribuyeron al hundimiento de este barco, haciéndose los sordos ante todo lo que uno les dijo y les escribió de mil maneras.

 Vuelvo al oprobioso silencio.

 Alguna vez escribí que los amigos que se fueron dejaron huecos en el aire. Hoy, que el vacío se ha apoderado de casi todo, lo que queda es el silencio, el viento que arrastra hojas, la corrosión que se aloja en todo aquello que no tiene el mantenimiento debido porque no hay quien mantenga nada o porque cuesta cifras inabarcables.

 La ruina. El reino de la ruina. La consecuencia de la idiotez ilimitada. Lo peor es que quienes se suponen llamados a proponer ideas que combatan este pobre estado de cosas andan mareando la perdiz, dedicados con ahínco a la indecisión feroz o a la decisión igual de feroz, pero por acciones inútiles contra el mal y el horror.

 Es hora de preguntarnos seriamente si este desastre que vivimos es el final de nuestro país; el destino que nos aguardaba luego de años de ignominiosa guachafita.

viernes, marzo 02, 2018

MEDIO SOL AMARILLO

 Medio sol amarillo, de Chimamanda Ngozi Adichie, trata sobre la desgracia. 

 Sobre la desgracia que se va apoderando de la normalidad de la vida.

 En Nigeria, en la década de los sesenta del siglo pasado, se gestó un malestar social que se tradujo en la división del país en dos grandes grupos: los del norte, hausas musulmanes, y los del sur, igbós cristianos. La crisis tuvo un primer pico con los dos golpes de estado que llevaron a cabo los militares igbós contra el gobierno de los hausas, a quienes acusaban de corruptos. La respuesta del gobierno fue más allá de la justicia y se tradujo en matanzas que se extendieron por todo el país hasta que la dirección política de los igbós decidió romper con Nigeria y fundar un estado independiente: Biafra.

 Medio sol amarillo trata sobre los años que duró el sueño de esa república mínima, desde su gestación alrededor de mesas plenas de entusiasmo hasta su rendición definitiva en medio del hambre y de la desesperación de la guerra.

 De más está decir que la lectura de este libro ha sido dura para mí, que vivo en un país deshilachado en el que sobra gente que azuza toda clase de odios y que realiza infinitas acciones pavorosas contra el prójimo cada día. 

 De esta novela me impresionó la destreza narrativa de su autora para contar un trozo doloroso de la historia de su país a través de la presentación de las menudencias más pequeñas de la vida. Sí, en este libro leemos escenas pavorosas, pero también leemos sobre la preparación del arroz jollof o de una sopa picante o del garri o del ñame o de los anacardos. Leemos la gran historia a través de la historia pequeña, la de la gente normal, la de las víctimas de toda guerra, la de la gente que trata de mantenerse cuerda y viva a pesar del horror interminable.

 Medio sol amarillo es una advertencia sobre la fragilidad del orden en que vivimos. Orden al que creemos, quién sabe por qué, seguro e inamovible.

martes, enero 23, 2018

EL RECTÁNGULO DE RUBLIOV

 En la mitad inferior de su icono de la Santísima Trinidad, Andrei Rubliov dejó encriptado un mensaje que contiene una declaración de principios. Se trata del dibujo de un rectángulo áureo.

 ¿Por qué el monje Rubliov dejó semejante mensaje? 

 Tal vez tratara de mostrarnos que el problema conceptual de esa pintura es más complejo que el formal.

 Quienes conocen el icono de la Santísima Trinidad, de Andrei Rubliov, saben que representa la escena del Antiguo Testamento en la que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, bajo la forma de tres ángeles exactamente iguales, reciben la hospitalidad de la casa de Abraham. Obsérvese que esta obra no se limita a ilustrar el episodio bíblico, sino que resume en una imagen el más complejo de los conceptos cristianos. 

 El cuadro, concebido entre 1424 y 1428, está lleno de detalles que se esconden detrás de la aparente simpleza de la imagen. Para empezar, los colores del atuendo de cada ángel le adjudican los atributos que le corresponden como Padre, como Hijo o como Espíritu Santo. No hay manera de saber quién es quién en la imagen sino viendo con atención los pormenores no sólo de la ropa, sino de los objetos que los rodean. La composición del cuadro es tan compleja como refinada. Obsérvelo con detenimiento. Establezca todas las relaciones que quiera (o pueda) entre los ojos de los ángeles o entre sus manos o entre sus pies o entre las formas que se producen al seguir las líneas principales que fijan las posiciones de sus cuerpos. Note que ante nuestros ojos (o ante nuestra imaginación capaz de «ver» a través de las formas) surgen triángulos, octágonos, rectángulos, líneas que se cruzan en el aire y crean espacios. En apariencia, se trata de una obra a medio camino entre la representación convencional de la iconografía bizantina y un planteamiento espacial cercano al de los primeros pintores del Renacimiento italiano, cuando en realidad, sugiere decenas de recorridos visuales, de líneas invisibles que forman la compleja composición del cuadro y cuyo interés el propio Rubliov se encargó de subrayar cuando dibujó un rectángulo áureo en un punto medular de la obra.

 De nuevo debemos preguntarnos: ¿qué hace esa figura tan simple y tan densa a la vez en ese cuadro? ¿Acaso el artista nos revela una suerte de camino hacia las profundidades de la espiritualidad a través de la geometría o se trata de un documento donde deja asentada su creencia de que en la estructura de las formas hay un universo de belleza inédita por explorar? 

 No hay ni puede haber respuestas exactas.

 Sólo preguntas.

 Preguntas imaginativas e imprecisas como sólo las puede producir un documento místico y poético.