sábado, septiembre 16, 2017

VOCES A TRAVÉS DE LA ESTÁTICA

 Vacío. Venezuela produce formas inéditas de vacío.

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 Venezuela produce combinaciones inéditas de emociones. Es imposible sentirse sólo apesadumbrado o sólo contento o sólo iracundo. Digamos que la vida es una combinación de emociones, pero en la Venezuela contemporánea, todas esas emociones juntas y mezcladas permanecen en un estado de exacerbación constante. Así cuando nos preguntan que cómo estamos, podemos, para bien de las relaciones humanas, decir que estamos bien o mal, cuando en verdad nos sentimos asustadosarrechosdesesperadosdeprimidos o indignadoshartostristesorgullosos o esperanzadosmolestosmolidosalegreszombis o aturdidosapagadosansiososaterrados. 

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 Venezuela produce imágenes dolorosas y absurdas al mismo tiempo, imágenes dignas de Dostoievski y de la picaresca española.

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 En Venezuela abundan los mendigos, los pedigüeños de una sola pierna, los ancianos de pies llagados, los pícaros que medran entre los desperdicios, los vendedores andantes de café y matas, los jóvenes de todas las edades abandonados a su suerte...

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 El presente venezolano es el resultado de una ristra inabarcable de malas decisiones. Quienes hoy sufren y lloran, ayer se rieron enamorados de las truculencias de unos indecorosos irresponsables.

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 Al país enfermo lo narran, a la distancia y por instrumentos, miríadas de sabios doctores. 

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 Sobran los opinadores, los gestores de aguaceros retóricos capaces de de justificar lo injustificable y de enredarse tratando de explicar que lo que se ha desarrollado en Venezuela es una tiranía y no una dictadura (o viceversa), como si, para efectos prácticos, hubiera diferencias reales. Parte de nuestro drama radica en el redituable onanismo de los intelectuales que pretenden explicarlo.

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 Durante años se incubó entre nosotros una desesperación que los hechos han venido justificando con su acento de sangre. Para cualquier venezolano normal sobran las explicaciones, pero para los ciudadanos de otros mundos nuestro sufrimiento es nuevo. Tuvieron que morir ciento cincuenta y siete personas, en cuatro meses de protestas, para que en el espacio exterior comprendieran las razones de nuestra angustia y reconocieran que no había exageración alguna en nuestros llamados de atención.

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 En Venezuela se sufre por la indetenible carestía de todos los bienes y servicios, por la escasez de alimentos en automercados y abastos, por la falta de medicamentos en farmacias y hospitales, por la violencia desembozada que practican contra la población tanto los delincuentes como los cuerpos de seguridad oficiales. También se sufre por el deterioro de toda la infraestructura pública, por los cortes de agua, por los apagones, por la intermitencia y lentitud de las telecomunicaciones, por la escasez de efectivo que vuelve engorrosas las operaciones más sencillas.

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 Sí. Leyeron bien: no hay suficiente billetes en circulación. En un banco sólo puedes retirar hasta veinte mil bolívares.

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 Venezuela abismo. Venezuela vórtice. Venezuela laboratorio y espectáculo.

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 Es Venezuela un país perdido de sí mismo, hinchado (aún en la desgracia) de soberbia.  

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 Venezuela sólo produce malas noticias y emigrantes que dieron su país por perdido. 
  
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 Entre todos los males difíciles de digerir en 2017 el más reciente es la incomprensión entre las fuerzas que se oponen a la tiranía. Unos no se dan por enterados de que deben explicarle a la población la importancia de toda acción política y otros no salen de su creencia febril de que los políticos son unos traidores corrompidos. Un país sin fe se hunde más y más en su propio fango.

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 No entiendo la idea de traición que manejan algunos de los sectores que adversan al mandarinato. ¿De verdad esos sectores creen que pueden (con palos, gritos y piedras) arrebatarle el poder al pestilente magma dominante y luego formar, así, como si nada, una estructura de gobierno con la suficiente auctoritas para hacerse respetar, ser reconocida en el orbemundo, sostenerse en el tiempo, lidiar con el tremedal socioeconómico venezolano y llevar al país a la necesaria estabilidad para que haya elecciones limpias y libres en el lapso más corto que sea posible?

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 La sociedad venezolana ya hizo todo lo que estaba en sus manos para resolver pacíficamente su propio problema y no sólo no lo logró, sino que puso ciento cincuenta y siete muertos, miles de heridos y cientos de personas detenidas y torturadas. Todavía hay quien le exige acción y novedad.

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 El gran logro de cuatro meses de protestas fue demostrarle al orbemundo la verdadera naturaleza del mandarinato y hacer que las instituciones internacionales (prodigios de proverbial lenidad) intervengan para evitar una desgracia mayor. Esa intervención es lenta y brumosa, y además responde a intereses distintos a los de los venezolanos. De manera que la nave sigue encallada y hundiéndose con muchos de nosotros a bordo.

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 En Venezuela se entronizó una extraña forma de silencio sin eco. Es el ruido de la tiranía, que vacía de vida la vida.

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 El silencio tirano es ruido reverso y ahogado, vida sin vida. Tristeza. Desazón. Rabia. Incertidumbre.

lunes, junio 19, 2017

EL SUEÑO BRUTO

 ¿Qué tiene por alma aquél que lleva consigo una bomba y se vuela a sí mismo en un aeropuerto o en una sala de conciertos? ¿Qué pensamientos pasan por su mente? ¿Qué clase de horrores vio o vivió para hacerse daño a sí mismo y hacérselo a tanta gente? ¿Cómo se combate esa enfermedad? ¿Cómo se le dice: «Ven, hermano. Intégrate a esto que es mejor y más humano que aquello en lo que crees»? ¿En verdad, dónde está eso que es mejor?

 Si ponemos el problema fuera de la luz socio-religiosa, que es el enfoque tradicional de estos asuntos, lo que queda es discutir sobre teología, porque lo que está detrás de cada ataque yihadista es la versión de Dios que tiene un grupo fanatizado hasta los huesos. Veamos: el Dios de los grupos terroristas actuales es el Dios iracundo y vengador que se cierne sobre los que ellos creen los injustos de la tierra; es decir: sobre los que tienen otros dioses, otras versiones de Dios o no creen en ningún dios.
  
 ¿Qué se le opone al Dios iracundo de las escrituras sagradas? ¿Cómo combatimos a quienes se consideran los instrumentos de un Dios implacable? ¿Qué se les ofrece? ¿Qué se les dice?

 Tal vez la ira divina de la que estos terroristas suicidas son los brazos materiales sea una respuesta a las políticas que otras sociedades han propiciado en los países donde cunden estos fanáticos. Quizás la irracionalidad de su proyecto tenga su excusa o su explicación en el comodín teológico de un Dios furioso.

 Sea como sea, debemos preguntarnos por qué tanta gente se mata matando y por qué a tanta gente le importa un bledo matar.  

 ¿Qué tiene por alma aquél que lleva consigo una bomba y la deja en uno de los baños para damas de un centro comercial? ¿No se supone que las conversaciones de paz entre el gobierno y las fuerzas irregulares desembocaron en un documento que fue celebrado con fuegos de artificio y hasta premiado con el Nóbel? ¿El tratado trae consigo una cláusula en la que se les permite a los irregulares poner una bomba por aquí y otra por allá de vez en cuando? Paz era paz, ¿no? Claro, a lo mejor quien puso esa bomba no pertenecía al grupo que firmó el tratado de paz, sino otro, porque para cometer actos terroristas, por lo visto, sobran grupos y sobra gente dispuesta a matar gente.

 En este caso, el motivo de la bomba no lleva la máscara de Dios. Hasta el momento no se ha dicho por qué la instalaron y la hicieron estallar, pero suponemos que dirán que fue para reivindicar al pueblo, para avisarle a la sociedad que las fuerzas X están preparadas para entrar en acción y desestabilizar el orden corrupto y blablablá, blá y blá. Quienes ponen bombas, siempre lo hacen invocando algo a lo que consideran superior: Dios, el pueblo, la lucha anticorrupción... Nadie les dice que no hay nada superior a la vida.

 ¿Qué tiene por alma el funcionario que dispara bombas lacrimógenas a la cara o al pecho de la gente en medio de una manifestación, a la cabeza de un perro durante un allanamiento, a las personas que se encuentran dentro de un espacio cerrado? ¿Qué defienden esos agentes del terror? ¿Qué justifica el que maten y ahoguen a quienes, se supone, deberían defender?  

 No hay respuestas.

 Lo único que podemos hacer, por el momento, es mantener la hostilidad contra los cultores de la muerte; condenar sus acciones, decirles con hechos y con palabras, una y mil veces, que el reino bruto (la utopía con armas y permiso ilimitado para matar) con que sueñan, no nos interesa.

sábado, junio 10, 2017

LA GRIETA

 No podemos confirmar la locura de Don Quijote. No sabemos si su conducta se debe a un trastorno mental o si se trata de un hombre que finge demencia para vivir de acuerdo a sus propias reglas. No podemos decir a ciencia cierta cuánto de loco hay en este hombre ni cuánto de asunción de una manera de vivir conforme a sus propias lecturas de las novelas de caballería, que es como decir el código de comportamiento que escogió porque era algo de lo que sabía bastante, como lo delata la parte de su biblioteca que conocemos gracias al propio libro.

 El famoso hidalgo es un hombre que incomoda a sus contemporáneos con su rareza autodiseñada, con un repertorio de formalidades ajenas al mundo. Nadie sabe cómo comportarse en su presencia. Todos lo miran con extrañeza. Unos pocos, curiosos y condescendientes, le siguen la corriente y lo tratan bien. Otros, los más, se burlan, sea de manera abierta, a puños y maltratos de toda índole, o de manera oculta, escondiendo sus burlas detrás de los más raros y alambicados escenarios en los que abundan disfraces y fingimientos de todo tipo. Ante Don Quijote todo el mundo cambia. ¿Por qué?

 En el prólogo de la edición del IV centenario de la novela más famosa de Miguel de Cervantes, Mario Vargas Llosa propone la idea de que Don Quijote no pretende actualizar en su mundo el supuesto pasado glorioso de la humanidad reflejado en las novelas de caballería, sino introducir en su entorno el imaginario que le ha proporcionado la lectura de tales libros. De manera que lo que desea Alonso Quijano es introducir la ficción en la vida, y la determinación con que lo hace es tal que todo el que se le acerca termina participando en su proyecto. Eso hacen Sancho, el cura, el barbero, el bachiller Sansón Carrasco, los duques ociosos, las dueñas de barbas postizas y todos cuantos le siguieron la corriente, se terciaron disfraces, actuaron o activaron mecanismos para divertirse a costillas suyas. En ese sentido, la novela no trata sobre la locura de un hombre ni sobre cómo el matonismo universal se cierne sobre él y sobre todos los que son como él en todo tiempo y lugar. La novela trata sobre la ficción, sobre cómo cambia nuestras existencias porque postula un orden alterno y distinto de las relaciones entre los objetos, los hechos y las personas.

 En «Magias parciales del Quijote», Jorge Luis Borges (acaso el más adelantado de los discípulos de Cervantes) medita sobre uno de los recursos que utiliza su maestro para subrayar «la ruptura» por la que se cuela la ficción en la vida de Alonso Quijano y de quienes lo circundan. Ese evento es la múltiple presencia del libro en el libro; es decir: los personajes de la novela han leído la novela y han tenido noticia sobre un escritor llamado Miguel de Cervantes. El barbero, en el capítulo VI de la primera parte, comenta la Galatea del mismo Cervantes, en el capítulo IX de la primera parte, el narrador nos cuenta que el libro que tenemos en las manos es una traducción del árabe hecha por un tal Cide Hamete Benengeli, en el capítulo III de la segunda parte el bachiller Sansón Carrasco le dice a Don Quijote que leyó el libro donde se cuentan sus aventuras; en el capítulo LXII de la segunda parte Don Quijote y Sancho visitan una imprenta donde se encuaderna un falso Quijote… Borges compara estos ejemplos de la obra que hace referencia a sí misma con Hamlet, de Shakespeare, con el Ramayana, de Valmiki, y con Las Mil y Una Noches. Su objetivo es decirnos que su maestro no fue el creador de semejante artificio y que, a pesar de no haberlo utilizado para resaltar ningún prodigio, el efecto que produce tiene implicaciones metafísicas. En otras palabras: si los personajes de la obra leen la misma obra que leemos, quiere decir que no existe una división exacta entre ficción y realidad, que los personajes son tan reales como nosotros o que nosotros somos tan ficticios como ellos. Ambos, al menos en hipotética y divertida teoría, compartimos el espacio en algún recodo de alguna realidad. Tales observaciones remarcan los términos de uno de esos juegos borgianos en los que lo literario se desborda y se transforma, gracias a la propia literatura, en un cuestionamiento ontológico. En el caso de Cervantes, lo que apunta Borges inquieta porque sabemos que la eferencia del Quijote no se limita a lo literario. Cuando Borges explica el efecto que produce el que en una obra se hable de sí misma, propone ejemplos de la literatura fantástica de los que su lectura afilada extrae una solución metafísica y también fantástica, que es como decir literaria, imaginada y diseñada para ser transmitida a través de los canales de la literatura. En el caso del Quijote, no hay tales búsquedas de lo fantástico ni de lo metafísico. Como sabemos, se trata de una novela realista en la que, si acaso, hay parodias de prodigios, simulaciones cómicas y burlescas de lo sobrenatural.

 La cota de ambigüedad que contiene la prosa de Cervantes a lo largo del libro no nace de lo fantástico ni se desborda hacia la metafísica; se expande, a través del humor y de la más amarga ironía, hacia fuera del libro. La grieta que Alonso Quijano abrió en su realidad, cuando decidió vivir de acuerdo a lo que había leído en sus novelas queridas, se ensancha con los años porque, al igual que les ocurre a quienes se topan con él en el libro, todo el que se encuentra con la prosa de Cervantes en el Quijote (y en casi toda su obra) no sabe a ciencia cierta qué hacer: si llorar o reír, si tomarse en serio lo que le dicen o relajarse, si leer al pie de la letra o buscar entre líneas. La ambigüedad cervantina abruma tanto por su ferocidad como por su discreción; no se nota y, sin embargo, está ahí, atacando a los idiotas y vivianes que pueblan el mundo en todo tiempo y lugar, como ocurrió en la celebración del aniversario 400 de la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra en el Congreso de los Diputados, el 23 de abril de 2016. Ahí, en pleno hemiciclo, Josep María Pou leyó con voz de azúcar el capítulo XLII de la segunda parte. ¿Sabrían sus señorías españolas que los consejos para el buen gobierno que leyó el actor en el foro más importante del reino se los adjudicó Cervantes a un hombre al que no sabemos si estaba loco o cuerdo? ¿No hay algo extraño y fascinante en que los diputados de un país escuchen extasiados las recomendaciones de alguien que si no parece perdido de mientes al menos luce como un tenue agitador? Debajo de la música meliflua y de la voz convenientemente dulcificada del actor retumba una carcajada que recorre y recorrerá los siglos.

 La cualidad eferente del Quijote no proviene de ningún mecanismo literario macerado a lo largo de distintas tradiciones literarias; proviene de la complejidad de su protagonista, quien inventa un personaje para sí mismo, abandona la plácida cárcel hogareña y se transforma en una entidad parecida a un espejo en el que todos nos reflejamos desnudos. Ante Don Quijote, tanto fuera como dentro del libro, en el pasado y en el presente, se refleja y se reflejará el mismo tipo de gente que convertía la vida de Alonso Quijano en un inmenso fastidio: malevos, truhanes, maltratadores, abusadores, pelmazos con poder, ignorantes encumbrados, sembradores de cizaña, apaciguadores del fuego interior, mentecatos, burócratas, envidiosos, nobles idiotas… Y también la gente seria, los creadores, los amables, los raros que andan silvestres por el mundo buscando tan sólo con quién conversar.

jueves, marzo 23, 2017

RESEÑAR LIBROS

 Tal vez reseñar un libro sea la continuación natural de subrayarlo. En ambos casos dejamos constancia de aquello que nos llamó la atención durante la lectura. A veces subrayamos y anotamos nuestro parecer. Iniciamos una plática silenciosa con los párrafos que encontramos en la página porque sabemos que toda lectura es efímera, que aquello que nos sorprendió o llamó nuestra atención probablemente no nos sorprenderá o llamará nuestra atención de la misma manera como lo hizo en ese momento específico, en ese instante en que una parte de nosotros percibió algo (tal vez una luz especial) desde la página, algo que interrumpió la normalidad de nuestra pequeña vida y la llenó de un brillo tan intenso como momentáneo. Dar cuenta de esos brillos fugaces, tratar de compartirlo con otros, es razón suficiente para escribir acerca de los libros que leemos, pero, muchas veces, confundidos por el ruido, hacemos de ese oficio una exposición de vanidad innecesaria, escrutadora, criticona, trivial, destructiva.

 Deberíamos escribir reseñas, considerando que los libros no son sólo los volúmenes impresos y encuadernados, que son los volúmenes impresos y encuadernados más las conversaciones que suscitan, los comentarios que pasan de gente en gente y que se renuevan con cada lector.

 La literatura nos permite recrear algunas de las posibles historias que explican por qué el mundo es como es. Por eso cultivamos su cercanía y aprendemos a valorar cuánto de impreciso o de ambiguo hay en sus dominios. Si la vida humana está llena de sombras, ¿cómo no ha de estarlo uno de sus principales reflejos? Comentamos porque tratamos de aclarar junto a otros lectores las imprecisiones y ambigüedades que encontramos en las páginas que leemos. De eso tratan los susurros que conectan los libros a las personas y los libros a otros libros.

 Entre nosotros no abundan los escritores de reseñas. Más por una idea generalizada que por obligación real, se cree que la médula de la crítica literaria consiste en destacar ante el público los aciertos y desaciertos de un libro, así como declarar su importancia en el devenir de un espacio literario determinado. Al comentarista se le tiene como un añadido a la creación, como un anexo antipático al que muchas veces se le cree más parásito que simbionte, vaya usted a saber si por el filo de sus argumentos o porque cada día se considera menos necesaria su labor. Comentar obras puede llegar a convertirse en un delicado ejercicio literario porque quien lo ejecuta debe sortear inmensas tentaciones como la de creer que los libros son el mundo o la de fungir de juez de cuanto se publica; ni hablar del peligro siempre inminente de la erudición fatua y desbordada, ésa que vuelve infecundo todo esfuerzo.

 Una reseña es un documento múltiple que da cuenta de una lectura y de las relaciones de un libro consigo mismo, con su autor, con la literatura, con la sociedad, la tradición y el idioma en que fue escrito. He ahí el enorme compromiso que comporta el cultivo de este género, añadiendo, además, que al final una reseña es una invitación a otros no sólo a que se acerquen a una o a varias obras, sino a que participen en el largo y silencioso diálogo en el que se expanden las vibraciones de los libros.

jueves, marzo 09, 2017

ESCENAS AZULES

1.

Siempre que hablamos de música, terminamos desafiándonos a nosotros mismos.

 La música es un lenguaje que no se habla con palabras.

 Cuando hablamos con palabras sobre la música, hablamos sobre un lenguaje con otro lenguaje que no le corresponde.

 Deberíamos hablar de la música con música, pero eso sólo lo hacen (acaso sin darse cuenta del milagro) los músicos.

 He ahí el desafío: utilizar la sintaxis con la que contamos ristras de anécdotas más o menos silvestres para hablar de una masa intangible que tiene su propia sintaxis y que ocupa todo el espacio con su presencia.


2.

 La tradición popular española (agua diversa y vigorosa) arrastra consigo los símbolos, los motivos, los temas y las imágenes que han alimentado el arte español de todos los tiempos. A veces los artistas abrevan de sus aguas anónimas y producen obras cuya cercanía formal con las creaciones populares originales las torna continuación estilizada y homenaje, modelo que se carga de un extraño prestigio cuando se le usa para la exaltación política y social, o como abono para la farándula eterna. También hay artistas que se dedican a procesar las formas populares, a cribarlas hasta devolverlas al mundo depuradas, transformadas, cargadas de una nueva belleza pura y abstracta.


3.   

 Enrique Granados, el protagonista de nuestra reunión, pertenece a la Generación del 98. Cuando lean el ensayo de Jaime Bello León comprenderán por qué la Generación del 98 se llamó así.

 No tengo el tiempo ni el aire que quisiera para hablarles de un tema tan vasto y apasionante. Sólo les diré que a los miembros de ese grupo de intelectuales y escritores les interesó definir qué significaba ser español a comienzos del siglo XX. Sus representantes más destacados viajaron por toda España, investigaron, recopilaron datos, recogieron testimonios, estudiaron las manifestaciones populares, reconstruyeron la posible evolución de los idiomas y dialectos de las distintas regiones; estudiaron la relación entre la adustez de ciertos paisajes y la severidad del estilo español, miraron el pasado literario, se dejaron influir por otras literaturas, por otras ideas filosóficas, políticas y artísticas; se abrieron al mundo, aunque paradójicamente su objetivo no siempre declarado fue reafirmar lo hispánico perdurable, lo indeleble a pesar de las muchas guerras que enmarcaron sus vidas.

 Entre la obra de Granados y los representantes más destacados de la Generación del 98 (Menéndez Pidal, Unamuno, Azorín, los hermanos Machado, Valle Inclán, Albéniz, Baroja…) hay un bosque de conexiones invisibles pero forjadoras de una visión integradora del mundo.

 Cuando Granados buscó inspiración en Goya, hizo lo mismo que Valle Inclán: se concentró en el trabajo de uno de los grandes intérpretes del imaginario español de todos los tiempos. Cuando Granados escribió las Escenas románticas, hizo lo mismo que Baroja o Unamuno: diseñó un cuerpo de meditaciones que registraban un viaje interior, un necesario forcejeo con la propia conciencia para examinar su relación con el lenguaje, con el oficio, con las creencias, con el entorno.

 Podríamos pasar horas estableciendo estas relaciones, armando este rompecabezas amable, pero debemos continuar.


4.

 La música tiene una relación única con el tiempo.

 Cuando oímos música, nos enfrentamos a un continuo que llena el tiempo y el espacio, un continuo hecho de momentos tan fugaces como la propia vida.

 Sabemos que estamos ante una música seria cuando cada momento del continuo busca y construye el instante que le sigue.

 La música vale la pena cuando está hecha de momentos densos, de tramas sonoras que nos estimulan y nos preparan para una revelación que se nos presenta en el siguiente instante musical.

 El tiempo que se mide en años o en segundos ya no importa. Importa el presente que carga consigo aquello que clama porque nos abandonemos a la abstracción absoluta, disfrutemos la experiencia y seamos capaces de contársela a nuestros semejantes.

  
5.

 El objeto que hoy nos convoca cumple a cabalidad las dos posibilidades de las que hablamos hace unos siglos minúsculos: en un mismo artefacto se reúnen la grabación de un pianista enorme interpretando una pieza del repertorio de un gran compositor (es decir: un músico habla de música con música) y el comentario afilado de un auditor atento que comparte con nosotros sus impresiones y experiencias.


6.

 El tiempo sin música es sólo tiempo fugaz.

 Enrique Granados murió en 1916, a los 49 años, en medio del hundimiento del barco en el que viajaba.

 La música, con su desbordado presente, nos salva de las palabras y de la memoria.

 El pianista y compositor venezolano Carlos Duarte falleció en 2003, a los 46 años. Un infarto (que es un naufragio en el pecho) detuvo su carrera luminosa.

 La música no es un lenguaje universal como reza uno de los tantos lugares comunes que nos rodean; es vibración feroz en el aire presente.

 Poseído por la música, el tiempo es reversible como lo ejemplifica este encuentro en el que evocamos a dos grandes artistas.