miércoles, mayo 22, 2013

COSAS QUE ME TIENEN HARTO
 Los cuarentones expertos en comics. Las series y películas de zombis. Las series y películas de vampiros. El exceso de sentimentalismo que se respira en el aire. La neolengua totalitario-costumbrista venezolana. La continuidad del hiperbolijalabolismo postmortem. Las ferias de libros. Los que dicen «saboteo» en lugar de «sabotaje». 

 Los cronistas que comienzan sus crónicas diciendo que no saben qué es una crónica. La tendencia de todo a convertirse en farándula. La ilusión de que internet es «la memoria».

 Los críticos de películas de superhéroes. La institucionalización de la mediocridad. El photoshop cinematográfico. La gente que nunca está donde está porque siempre tiene un teléfono en las manos con el que conversa con alguien que se encuentra en otra parte.

  Esta lista aumentará en la medida en que identifique mis aversiones de estos días.

domingo, mayo 12, 2013

LAS SIGUIENTES PALABRAS
    Tal vez la belleza sea una sensación, la que queda al encontrar algo, un paisaje, una calle, una obra de arte, una persona, en la que coinciden, con extraño equilibrio, limpieza, orden, coherencia y naturalidad.

   No se quejen porque los griegos iban más allá; a esa definición de belleza le añadían el sentido de la moral, de la educación y de los límites.

   Y yo creo en los antiguos.  

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   Por lo visto, el objetivo de los artistas de todas las ramas del arte es el mismo: convertirse en parte del mainstream y secarse día a día hasta convertirse en estatuas vivientes que van a programas de televisión a hacer el ridículo, repitiendo lo mismo que los llevó a la fama. De Tom Jones a Herbie Hancock, de Henry Stephen a Rod Stewart, de cualquiera que ustedes digan a cualquiera que yo proponga, el camino de la perdición mainstream es siempre el mismo.

   Lo mainstream.

   Lo mainstream es la demostración de que el éxito momifica.

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   Hasta hace poco, el objetivo de la especie era la supervivencia; el de hoy parece ser alcanzar alguna notoriedad, así sea pasajera, o, al menos, pertenecer a algo que permita a los individuos sentirse parte de una tendencia notoria. Hoy, por lo visto, el sentido de la vida tiene que ver con el gregarismo de la cultura pop, con consumir y hacer lo posible porque otros consuman lo que hacemos, que es como decir que consuman lo que somos.

   Y así terminamos convertidos en taquígrafos de la realidad, en gente que vive para teclear teléfonos móviles y llenar de intrascendencias la red.

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   Los ascensores de mi edificio están vivos; trabajan cuando quieren, se detienen en el piso que les provoca, bailan, tiemblan, rebotan, abren y cierran sus puertas como si quisieran morder a sus pasajeros… Lo peor es que si les reclamas a los tres inútiles que fungen de encargados del condominio, te contestan cosas como «¡no puede ser! ¡Yo acabo de subir (o de bajar) y todo estaba normal!». Normal es que aprietes el ocho y el elevador suba hasta el catorce o que quieras bajar del once a planta baja y resulta que el aparato te deja en el uno, sin derecho a quejas ni pataletas. Normal es que aprietes el botón del siete y el artefacto de marras baje al sótano dos y no se abran las puertas y tú te asustes y te pongas a tocar cuatro, cinco, seis veces el botón de alarma y, cuando ves que no llega nadie a rescatarte, decides convertirte en Supermán y abrir a la fuerza los labios verticales de esa bestia-caja que te tiene en sus fauces porque sí, porque le dio la gana.

  De noche, cuando casi todos los vecinos duermen, el ruido que hacen las mandíbulas mecánicas me despierta y hacen que me quede en mi cama oscura, esperando el próximo golpe, el mordisco que viene y que quizás despierte a otro que, como yo, quedará en vela durante un largo rato imaginando borrachos que recalan en sus casas o ambulancias que llegan a auxiliar asmáticos.

  Todavía no he hallado la manera de vengarme de los ascensores de mi edificio ni de quienes los mantienen así, salvajes, grotescos, horribles. 

miércoles, abril 24, 2013

UNAS BELLAS PALABRAS
  A todos los que decían que no había posibilidad de cometer irregularidades en los procesos electorales venezolanos.

  A todos los que decían que el juego era limpio y libre de engaños.

  A todos los que anunciaban que no perdíamos por trampas, sino porque aquéllos eran más que nosotros.

  A todos los que no vieron ni oyeron la verdad, pero que ahora la «descubren».

  A todos los que todavía no usan la palabra fraude.

  A todos los que creen que el supremo difunto ganaba sin fullerías...

  A todos los que, a propósito y valiéndose de sofismas, disculparon los abusos, justificaron lo injustificable, legitimaron el horror y se beneficiaron del caos.

  A todos los que dejaron de hacer lo que tenían que hacer en estos días.

  A todos los que se entregaron al desafuero de las emociones.

  A todos los que perdieron la fe porque no saben o no recuerdan que hay que seguir peleando.

  A todos los que no entienden nada de lo que ocurre y cuando encuentran a alguien que se los explique, no quieren oírlo porque lo que dice, no les resulta fotogénico.

  A todos los que ignoran la diferencia entre adular y hacer política.

  A todos los que creen que se las saben todas.

  A todos los que creen que siempre estarán atornillados a algo.

  A todos los que no pueden distanciarse del (que parece el único) tema venezolano.

  A todos los que confunden cultura y farándula.

  A todos los que creen que siguen siendo mayoría.

  A todos los que no se han dado cuenta de que hay un hueco en el aire.

  A todos los que se perdieron de sí mismos y, por un puesto, reproducen ignominias.

  A todos los gestores del reino de Judas en la tierra.

  A todos los que ganaron, pero perdieron.

  A todos los que perdieron, pero las malas artes hicieron que ganaran.

  A los tontos que repiten todo lo que oyen sin meditar ni producir una idea propia.

  A todos los que evitan hablar de trabajo.

  A todos los que no se han dado cuenta de que hablan de política porque les da terror ver dentro de sí mismos.

  A todos los que tienen la ilusión de que los libros salvan y nos hacen mejores personas.

  A todos los que opinan con ligereza, desinformación, ignorancia y mala fe, sobre los asuntos de mi país.

  A todos los que creen que la vida trata sobre estar cómodos y felices.

  A todos los que escriben sobre temas de actualidad y nada más que sobre temas de actualidad.

  A todos los que ponen cara de que esto no se lo esperaban.

  A todos los que se enamoraron de un inútil que, a su vez, ungió a otro inútil.

  A todos los que se burlan de los hombres que se ponen los pantalones a la altura del tórax.

   La imagen es de Carlos Quintana y se llama Abducción de un falucho en el puerto de La Guaira a partir de Bellermann; 2002

jueves, abril 11, 2013

SOBRE DIVERSAS CUESTIONES
Ernst Ludwig Kirchner: Amantes en la biblioteca
Sobre el trabajo
  Necesito una oficina, un estudio, un lugar donde trabajar.

  Antes no lo creía, pero hoy lo creo: un hombre es su trabajo. Un hombre sin trabajo tiene problemas ontológicos; sencillamente no es.


Sobre el dibujo
  Lo que más me interesa del dibujo no es tanto su resolución manual, sino la posibilidad de crear y de tener guardadas en la memoria cientos de imágenes. Ésa es la dificultad mayor que tiene el dibujo: que no es un asunto manual ni visual; que es un asunto mental. Las imágenes se crean en la mente. A veces se procesan, de manera instantánea, a partir de lo que se observa en el momento; a veces, se procesan a partir de la memoria de las formas, de lo que se sabe o se recuerda.

  De manera que quien no puede concebir imágenes mentales, no puede dibujar.

  Ese es mi caso de un tiempo (ya largo) a esta parte. 

  Las imágenes me abandonaron.

  Y no vuelven.


Sobre la pobreza
  Confieso que estoy harto de oír a hablar de la pobreza y de los pobres.

  Tengo la impresión de que en el mundo sobran los sinvergüenzas que se aprovechan de los pobres para obtener réditos políticos. ¿Desea que lo vean bien, lo quieran y hablen maravillas de usted? Hable sobre los pobres, sea como el Papa o como estos políticos canallas que abundan por estas tierras.

  Los pobres van... Los pobres vienen...

  Ya. 

  Si de verdad quisiéramos enfrentar ese problema, no hablaríamos tanto sobre él; hablaríamos sobre otras cosas; hablaríamos de crear, por ejemplo, fuentes dignas de trabajo, porque un hombre sin trabajo no es un hombre... Hablaríamos de que cada hombre debe ganarse lo que se lleva a la boca, que los regalos socavan la moral, que si recibes algo, debes dar algo a cambio... Pero no. En estos tiempos no se habla sobre nada de eso. Se habla sobre lo pobres que son los pobres y que hay que seguir dándoles todo.

  Pobres del mundo, sepan que quienes los mencionan y los ayudan tanto, en realidad quieren que ustedes sigan siendo pobres para que dependan más de ellos y todo continúe como está. 


Sobre los libros de estos días
  Comencé a releer El Quijote y encuentro intacta la grandeza que encontré en sus páginas hace veinte años.

  Leo Escritores delincuentes, de José Ovejero, y me agrada mucho la aproximación a las vidas negras de esos malandros (reos de sí mismos y de la sociedad) que alternaban sus afanes criminales con páginas en blanco en las que escribieron maravillas. Cómo se puede ser creador y destructor al mismo tiempo es lo que se pregunta y trata de contestarse Ovejero en este estupendo libro.

  Espero la llegada de un libro de entrevistas a Joseph Beuys que compré en Amazon. 

  El servicio postal venezolano más el servicio aduanero venezolano más la vida venezolana dan como resultado el olvido de lo que compraste hace meses.


Sobre política venezolana
  El próximo domingo tendremos elecciones otra vez y veo (tal vez demasiado) entusiasmados a mis amigos y conocidos.

  Yo también votaré por Capriles, pero no quiero participar en ningún circo emocional. 

  A mis amigos y conocidos henchidos de entusiasmo los invito a moderarse. De esperanzas también se vive, pero no hay que abusar. No sea que después del domingo, tengamos que lidiar otra vez con la rémora del sueño roto, y la vida se detenga durante meses porque ustedes se entregaron con ceguera a la ilusión de que todo era bello, de que las promesas de unos abrazos borraban quince años de pendencias, de que el adversario era bruto y no lo apoyaba nadie...

  Mantenernos ecuánimes e incrédulos, no significa entregados a la derrota o a algo parecido. Significa permanecer atentos, firmes, callados y abiertos a lo que pueda ocurrir.

  Pase lo que pase, un enorme trabajo lleno de desasosiegos nos espera en el futuro. 

sábado, marzo 30, 2013

OTRA BREVE MEDITACIÓN
  Del presente sólo miramos la esgrima sin elegancia de la vida. No nos interesan el arte ni la música que se hace hoy. Nos interesan el arte y la música que se hicieron y se explicaron ayer, y que nos llegan con una especie de certificado de garantía que nos da tranquilidad.

  De esa tranquilidad nace la repetición de las formas, la repetición de las reseñas, la repetición de lo mismo, reempacado y redistribuido. Nace también la sensación de que todo está hecho, de que ya se dijo todo.

  En los ámbitos ajenos a las artes, la maleza que surge con los minutos tiene de sobra quien la registre y quien luego se solace con ella. Los periodistas y los consumidores empedernidos de noticias tienden a creer que el presente es el mundo y que todo lo que rebase sus fronteras, no interesa.

  Desbrozar el presente es la tarea más difícil e ingrata de todas cuanto se puedan acometer. Los registros que hacen posible la ilusión de que abarcamos la realidad, se mezclan con una implacable sambumbia de opiniones que flota en el aire. El resultado es una extraña desesperanza que vuelve adictos a quienes la padecen; adictos y renuentes a aceptar cuanto los aleje de esa ilusión que los exime de moverse, de trabajar, de tomar decisiones dolorosas que disuelvan la comodidad en que viven. 

  Porque vivir pensando que nada sirve, que nada tiene arreglo y que todo ya fue hecho, no es otra cosa que una manifestación vergonzosa de comodidad. ¿O no?

  Las artes tienen la extraña virtud de sacarnos de la selva y enviarnos a otros paisajes; además nos ofrecen la posibilidad de renovar los instrumentos con los que emprendemos la esgrima en el tremedal cotidiano.

viernes, marzo 22, 2013

EL ESPINOSO TEMA DE LA PIRATERÍA
  En las calles de toda Venezuela, se vende cuantoselesocurra pirata: videojuegos, libros, discos, software...

  No hay manera de recorrer una avenida sin encontrarse a pocos metros de algo pirata; es decir: de un objeto que contiene información reproducida de manera ilegal que, además, un comerciante despreocupado exhibe feliz de la vida, sin que se le pase por la cabeza que no está bien lo que hace, que la sola presencia de esa copia en su vitrina o en su mesa portátil, representa pérdidas para cientos de empresas y de artistas formales del orbe mundo. 

  El vendedor del párrafo anterior sonríe, sólo sonríe, cuando alguien le paga por esa mercancía. Probablemente se sienta bien porque su negocio prospera y porque nadie le echa en cara nada. Total: él es un emprendedor, un comerciante que se siente honorable, un intermediario que pone en las manos de los consumidores un objeto que ellos quieren y que él compra a un mayorista al que no hace preguntas. Por supuesto: el mayorista también le compró la mercancía a otro mayorista que, a su vez, la trajo en un contenedor de alguna parte donde otro mayorista se la compró a los mayoristas que almacenan los discos que otros mayoristas queman y empacan por millares.

   Sí. El árbol genealógico de los piratas es un baobab cebado en las tinieblas que produce la suma de las sombras de todos esos mayoristas juntos.

   La cara legal del problema es sólo una de las tantas que tiene. Donde no se hace cumplir la ley, florecen las cajas azules (de los Blurays, claro está). 

   En Venezuela, como en tantos lugares donde los gobiernos están más preocupados de sí mismos que de otros asuntos, las cajas azules se reproducen y ocupan el horizonte.

   Esos gobiernos bastos no le prestan la menor atención a este asunto. En realidad no le prestan atención a casi nada que no sea regocijarse en el poder. Y lo peor es que otros gobiernos, los de países donde se supone que las leyes importan, declaran —sin que se les arrugue nada— su aceptación de las pequeñas y grandes abominaciones que llevan a cabo los gobiernos bastos a cuenta de que fueron elegidos en procesos que, de lejos, parecen limpios. Resultado: la expansión de las cajas azules y de otras ortigas tóxicas.

   Así que cuando, en Venezuela, vean a un guardia nacional o a un agente de la policía escogiendo quemaditos en plena calle, no se extrañen ni se quejen.
  Sería una maravilla si el meollo de todo este asunto se limitara al cumplimiento de la ley o a la posibilidad de elegir gobiernos decentes que interactúen con otros gobiernos decentes, pero todos sabemos que no es así, que la piratería es taimada, que cuando crees que la entiendes, te muestra otra cara. 

   Observen:

  ¿Qué tienen en común un impresor que se roba los negativos de un libro y produce una tirada de copias baratas con el sujeto que cuelga en la red un enlace para que cualquiera baje a su ordenador un disco entero? ¿Tienen una sola cosa en común o tienen varias? ¿Qué los mueve a hacer lo que hacen? 

   En principio, no faltará quien culpe de la piratería a los inventores de artilugios tecnológicos capaces de permitir, de manera fácil y a muy bajo costo, la distribución, el intercambio, la reproducción, el almacenaje y la producción de documentos de todo tipo. Tanto el impresor como el usuario trabajan con una tecnología que permite todo eso y quizás más, pero no es la tecnología la que hace piratas a las personas; es su voluntad de apropiarse de aquello que no es suyo y sacarle algún provecho. En ese sentido, el caso del impresor es más elocuente; su operación clandestina produce réditos que llenan sus arcas y las de sus socios. La del anónimo que expuso el disco es distinta; ahí quizás no hubo lucro en la forma habitual del dinero, sino en la de la intangible satisfacción que siente quien perjudica al sistema, volviendo gratis algo que no lo es. 

   Las razones del inescrupuloso impresor no necesitan mayores explicaciones; las del anónimo sí. Las del anónimo se multiplican según sean los distintos individuos que dejan material en la red para que otros lo obtengan de manera gratuita. Entre esas personas hay al menos dos grupos: el de los anarquistas que creen que están cooperando con una especie de comuna universal en la que todo es de todos y nadie tiene que pagar por aquello que consume, y el de los sujetos que razonan como adolescentes y ponen ese material a disposición de quien sea porque sí, porque es cool compartir con los demás, encontrar personas con gustos afines y hacer nuevos amigos. 

   Los cultores del anarquismo creen, con maliciosa inocencia, que los productos culturales le pertenecen a la humanidad entera, que no hay razón para pagar por ellos, y menos si, según sus repetitivos argumentos, las ganancias van a parar a manos de unos ejecutivos maléficos y de unos artistas cebados en sus fortunas. Los anarquistas se ven a sí mismos como unos vengadores que les dan gratis a sus congéneres aquello que quieren y necesitan. Los adolescentes digitales, en cambio, hacen lo que hacen porque sienten que nada se los impide; que la tecnología permite el intercambio cada vez más fluido de datos; que ellos mismos, manejando los rudimentos más elementales, pueden convertirse en divulgadores de información, en amplificadores de opiniones, en transmisores de obras que consideran valiosas. La naturaleza del medio digital los hace sentirse libres, libres para apropiarse de un documento en formato MP3 y retransmitirlo a sus amigos. Lo difícil de digerir es que esa libertad no inspira a estos sujetos a que se percaten de la enorme diferencia que existe entre copiar, o bajar de ITunes, un disco y regalárselo a alguien querido, y colgar en la red un enlace para que cualquiera pueda obtener ese mismo disco de manera gratuita. Ni hablar de los mafiosos que copian películas, libros y discos por millares, que tampoco entienden la diferencia ni quieren que se la expliquen.
   Al final, el tema de la piratería pone de bulto la liviandad moral que se ha esparcido por el mundo. Liviandad que no se expresa con palabras, sino con acciones que llevan implícitas el mensaje de «no me importa bajar un documento por el que no he pagado un centavo porque —técnicamente— se puede, porque sé cómo hacerlo, porque sé dónde encontrarlo, porque no me importa lo que diga nadie y porque, al fin y al cabo, yo lo necesito y no me detendré ante nada para obtenerlo».

   Aunque la ligereza moral exista y sea una plaga contemporánea, hay que aceptar que, de las palabras expuestas en el párrafo anterior, la que invoca la necesidad de obtener ciertos documentos hay que tomarla en serio, y más si vives en una parte del planeta rezagada de la civilización. En Venezuela, por ejemplo, es muy difícil encontrar películas originales que, además, no programan en el cine. ¿Qué haces: te dedicas al ascetismo y aceptas que no puedes verlas? Otro ejemplo: en Venezuela rige un control de divisas. De manera que el acceso a cualquier moneda extranjera está restringido. Que un venezolano compre una canción en ITunes o un ebook en Casa del Libro representa el triunfo sobre una despiadada burocracia de mil cabezas. Eso sin contar con que 2012 cerró con una inflación del 20%, con la amenaza constante de un nuevo proceso de devaluación y con los precios del dólar y del euro alcanzando, en marzo de 2013, cotas inverosímiles de las que ni siquiera se puede hablar en público porque quien lo haga puede ir a dar con sus huesitos a la cárcel.

  Con semejante panorama, ¿a quién le interesa si Metallica, Bill Gates o el artista joven recién lanzado al ruedo aumentan o no sus ganancias? 

   He ahí la extraña contradicción que todo este asunto plantea. Quien participa de la piratería, niega con sus acciones el valor económico que esos documentos puedan tener y generar, pero, al buscarlos con absoluta codicia por toda la red, ese mismo pirata demuestra que valora y que necesita con todas sus fuerzas ese material intangible que se concreta en un archivo que descarga de manera ilegal.

   (Entre paréntesis: ¿qué significan «valorar» y «necesitar» en este contexto en el que todo tiene doble y triple cara, y nada es cierto ni falso ni bueno ni malo? Esa es la levedad de la que hablábamos en otros párrafos, levedad que cultivamos, pero que también nos arrastra y nos lleva por meandros insondables, por costumbres absurdas, inexplicables y hasta delictivas).
  A veces, en las tierras inhóspitas y sin ley, la piratería luce como la única manera de permanecer conectados a un trozo de la civilización, de esa misma civilización que les da la espalda a los habitantes de las regiones toscas y los ve como cifras de un mercado universal, y les exige recaudos insondables para visitar las ciudades civilizadas y recorrer sus museos para alejarse de sus pueblos barbarizados donde hay más licorerías que bibliotecas. De manera que cada descarga ilegal es, en el fondo, una forma de venganza, pervertida, infantil, silenciosa, pero venganza al fin.

   Quien lea estas líneas, se preguntará, con razón, si quien las escribió ha descargado archivos de la red o ha consumido piratería. La respuesta es que sí, que lo ha hecho muchas veces con vergüenza y cierto grado de desesperación. 

   En el fondo, lo que subyace debajo del acero de esta diatriba es la posibilidad siempre abierta de que la barbarie termine de tragarse a un país y a una sociedad enteros, sin que a nadie le importe.
   La paradoja más grande de esta levedad contemporánea es que un trozo de caos llamado piratería ayuda a unos cuantos a mantenerse atados a la civilización.

   Tal vez ese sea el sentido de todo cuanto hemos expuesto: quizás la cultura haya llegado a un punto en que sus productos no sirvan tanto para generar infinito dinero como para ofrecer esperanzas a una parte de la humanidad cada vez más aterida y numerosa que necesita aferrarse a la vida.

  Falta saber si quienes producen y administran los bienes culturales están de acuerdo con el papel que esta voltereta de la historia les ha ofrecido, si surgirá una manera de ponerle orden a este intercambio de invectivas entre supuestas víctimas y supuestos victimarios o si continuaremos por tiempo indefinido jugando este extraño juego de piratas sin barco.

viernes, marzo 08, 2013

MEMORIA DE ESCOMBROS
1
Nadie entra o sale de la música por una sola puerta.

El arte tiene esa extraña cualidad: es un edificio lleno de umbrales desde los que te reciben o te despiden unos gigantes que pueden ser (o no) amables contigo.

Así que las memorias de cómo llegamos a la música no se pueden resumir a unas pocas puertas ni a unos pocos titanes. Todos hemos entrado porque algo (o alguien) llamó la atención de nuestro oído distraído y ahí nos quedamos, rondando el lugar, esperando más sorpresas. 


2
No recuerdo cuándo ni cómo empecé a interesarme por la música.

En mi casa se oía música. Mis papás compraban discos que escuchaban y coleccionaban con fascinación. Aún hoy detesto lo que ellos oían, aunque siempre me agradó ver el cuidado con que trataban sus discos y admiraban sus portadas. Siempre me gustó llegar de la calle y encontrarlos sentaditos, atildados, oyendo música y conversando. 

Así, más o menos, fue durante años la felicidad de mis padres.


3
No sé si oír música sea una variante de ser músico. Con el debido respeto hacia los músicos, creo que sí.

Oír música, oír de verdad, seguir la línea musical de un momento A a un momento Z es lo más difícil que existe. Ni hablar de oír la música «hacia dentro», de la superficie hacia la fragua armónica donde coinciden (o no) las distintas líneas melódicas y rítmicas, los distintos timbres, el misterio, el color, la chispa, y te haces consciente de que la música que te interesa es más una cuestión de texturas, de ovillos calientes que se enredan y se desenredan a tu alrededor, que de una seda dispuesta para darte masajes.

Oír la música y observarla, como quien observa abstraído un paisaje, forma parte de un proceso de creación que parece inocuo.

Oír música no es una actividad inocente que llena el vacío; es enfrentarse a unas formas que reclaman todo nuestro esfuerzo. Admirarlas, completarlas en el aire, tratar de seguirlas, tarde o temprano produce la sensación de que algo importante roza una parte de nosotros que no funciona con imágenes ni palabras.

Y ya no volvemos a ser los mismos.

Que quede claro: no hay nada que entender en la música, salvo la propia música.


4
Llegué al rock gracias a la radio.

Oía las emisiones de La Música que Sacudió al Mundo en la Emisora Cultural de Caracas. Oía Radiodifusora Venezuela; estudiaba. Para aquel entonces, yo era un adolescente estúpido a quien el rock salvó de ser todavía más estúpido. 

Al rock le debo amigos que todavía son mis amigos, héroes que siguen siendo mis héroes, lecturas, ideas, momentos de furor y felicidad. Negar eso sería ingrato e inútil.

Las horas que pasé poniendo discos, intercambiando discos, revisando discos, conversando sobre discos, no las cambio por nada. Las extraño, eso sí. El mundo ya no es como era antes.

Hoy las personas no les prestan atención a los contenidos; les prestan atención (si acaso) a los aparatos.


5
A la salsa nunca entré. Tampoco al reguetón ni al merengue ni al bolero ni a la bachata ni al danzón ni al techno ni a la música de protesta… 

A la música clásica sí. Aunque debo declarar que no me gustan muchos de sus cultores y adeptos. Suelen ser fanáticos culiapretados, sectarios del gusto que hacen que uno prefiera oír música solo antes que en su compañía.

No he entrado a la música una vez. He entrado miles de veces y sigo entrando cada día.

Eso sí: donde no quiera entrar, no entro.  

«Obligado» y «música» no caben en la misma oración.


6
El silencio molesta al mundo. Es como si las personas detestaran escuchar el rumor de sus vísceras, y decidieran ahogarse en ruido. 

La bulla contemporánea es tan densa que salta de los tímpanos a los otros sentidos. Los demonios que producen el traqueteo constante, anestesian el mundo con sus vibraciones negras, trocándolo en un lugar ruidoso y hostil.

Por eso el silencio se torna rebelión, parte esencial del brillo y de la belleza.

La música no debería hacerse para ahogar el silencio.

Es más: la música que me interesa no está reñida con el silencio. 

Una y otro se contienen, se exaltan. Uno y otra se abren caminos, se ceden el paso, no se muerden las colas, se besan (a veces).

El silencio es aire y todo lo que vive necesita aire. Hasta las ideas necesitan aire. 


7
Llegué al jazz clásico por un camino extraño.

Un día compré un libro de Guillermo Cabrera Infante —Así en la paz como en la guerra— en el que aparece un cuento protagonizado por un joven ingenuo que escucha a Miles Davis. Al día siguiente, cuando salí de la universidad, fui a la Cinemateca a ver Ascensor para el cadalso, una película cuya música era también de Miles Davis. Así que no había nada que hacer, salvo explorar el posible camino que la casualidad me ofrecía. 

Años antes, alguien en la escuela de diseño, me había regalado un cassette que contenía Money Jungle y, en casa de mi tía, yo mismo grabé la Jazz Violin Session, de Duke Ellington.

También había comenzado a escuchar programas de jazz en la radio y a familiarizarme con sus héroes clásicos. Supe de Count Basie y Thelonious Monk, de Billie Holiday y Dinah Washington, de Art Tatum y Don Pullen… 

(Los nombres de los músicos de jazz son, en sí mismos, música. Haga la prueba. Ordénelos como guste. Lea la interminable lista en voz alta y observe el milagro. Inevitablemente dejará a algunos por fuera, pero no importa porque podrá añadirlos en una próxima oportunidad. Con el jazz siempre hay otra oportunidad).

Conocí a Julio Cortázar y a Clint Eastwood gracias a Charlie Parker. 

He entrado al universo de Charles Mingus miles de veces. Para mí supone una gigantesca revelación que en su música coincidan la rabia y la belleza, el orden, el caos, la tradición y la vanguardia.

Nombro porque sí, porque los quiero nombrar, Mingus at The Bohemia, Mingus plays piano, Mingus in Wonderland y Changes One

Cuando nació mi primer hijo, yo escuchaba The Black Saint and the Sinner Lady a toda hora. Así que cada vez que pongo ese disco, recuerdo las sensaciones, los trasnochos y los dolores de espalda que sentía, inaugurándome como papá.

(Búrlense todo lo que quieran. Yo fui feliz tratando de dormir al joven Rodrigo, susurrándole «Septemberly» al oído). 


8
A diferencia de mi historia con el rock, el jazz me ha dado muy pocos amigos.

Por lo visto, el jazz es un asunto de solitarios, de solitarios fanáticos.

Fanáticos del jazz. Fanáticos de la soledad. 

Al menos está la radio. 

Con la radio, los fanáticos de la soledad nos sentimos unidos a otros fanáticos de la soledad.


9
John Coltrane y Bill Evans son dos de mis héroes clásicos. Sin embargo, no los cuento entre los clásicos. Los cuento entre los «extraterrestres».

¿Se puede ser más de vanguardia que John Coltrane?

¿Se puede ser más clásico que Bill Evans?

Son los extremos del arte encarnados en dos señores embutidos en trajes y corbatas.

Al menos así los recuerdo.


10
Creo que la mayoría de las esposas no soportan el free jazz.

«Óyelo cuando estés solo en el carro», te dicen.

Y ahí, frente al volante, escucho todo lo que suene a free jazz o a libre improvisación. 

A todo volumen, eso sí.


11
La música llama a la música. 

Así que en una misma mañana, paso de Dizzy Gillespie a Peter Evans sin problemas.

O de Agustí Fernández a Clusone Trio.

O de Ingebrigt Håker Flaten a Martial Solal.

O de Sonny Rollins a Tonbruket.

O de Vijay Iyer a Horace Silver.

O de Peter Brötzmann a sus dibujos y pinturas neosalvajes.

O de Michel Petrucciani (a Henri de Toulouse-Lautrec y) a Keith Jarrett.

O de Dinah Washington a Wadada Leo Smith.

O de Tríez a E.S.T.

O de John Surman a John Zorn. 


O de Luis Perdomo a Lee Konitz. 

O de Don Byron a Benny Goodman

O de X a H y luego a Z porque la música siempre lleva a más música.


12
Las voces de la radio (las de esos amigos lejanos) me han ayudado a encontrar nuevos cauces musicales, a repasar caminos ya recorridos, a cuestionar y alimentar mis gustos, a no perder la fe en la música.

Porque es verdad: aunque la moral del mundo se derrita o se caiga a pedazos, la música siempre estará ahí para recordarnos que existen la seriedad y la belleza, que la disciplina no vive solo en los ojos de los sargentos, que en este planeta hay vida más allá de los teléfonos inteligentes, que la abstracción sirve para voltear cerebros y hacer amistades sin que importen las distancias ni los husos horarios.

Celebremos la música.

Celebremos la amistad.

La amistad de los fanáticos solitarios.

miércoles, febrero 13, 2013

BISUTERÍA GRÁFICA O LA ADICCIÓN POR PROHIBIR
  Esos carteles que recuerdan la prohibición de fumar, portar armas e inyectarse bótox llevan la marca del absurdo consigo. No sólo anuncian que prohíben, sino que recuerdan que alguien te está viendo y te va a joder si dejas que un cliente fume en tu local, cargue una nueve milímetros entre el pantalón y la barriga o se inyecte unos cecés de biopolímeros en el culo o donde sea. 

   Estos carteles anuncian a un Gran Hermano que no existe o que existe en forma de sapo que les dirá a los funcionarios de algún ministerio que tú, que eres dueño de un establecimiento comercial, permites que la gente peque en tus predios, como si ese fuera el problema y no que tenemos unas autoridades que no piensan bien las medidas que toman y luego, para colmo, no las hacen cumplir o las hacen cumplir a la bruta.

   El clásico «se reserva el derecho de admisión» fue sustituido por un letrero donde se lee que las prácticas racistas y discriminatorias están prohibidas. Está bien que estén prohibidas, pero si, por casualidad, no te dejan entrar a una discoteca por X, Y o Z, ¿ante quién vas a reclamar? ¿Ante el que puso el cartelito? 

   Porque aquí la cosa funciona así:

   En lugar de regular la venta de biopolímeros (como se regulan algunos fármacos potentes), haz que la dueña de la peluquería o del centro de depilación ponga su cartelito. 

   En lugar de controlar el tráfico de armas y de enfrentar con todas sus consecuencias a los malandros, haz que el dueño del restaurante ponga su cartel y, además, oblígalo a que les pase la raqueta electrónica a sus clientes y los haga circular por debajo de un detector de metales que cuesta un riñón y un hígado sanos. Haz que el dueño del bar o de la discoteca haga el trabajo por ti y déjalo en el brete de tener que lidiar con un matón que no quiere quedarse fuera del local con su pistola al cinto, total: ese mismo empresario fue quien, a motu proprio, colgó un letrero en la puerta de su establecimiento que dice que las damas no pueden entrar con faldas demasiado cortas ni escotes demasiado pronunciados. También colgó uno que te advierte que debes tener cuidado con tus pertenencias y otro que dice que no puedes entrar al local con gorras, pasamontañas ni lentes oscuros, como reza en las puertas de cualquier banco venezolano.
   A los fumadores ponles su cartel; haz que fumen en la calle, como fuman en España y en otras ciudades del orbe mundo. No te molestes en explicarles nada. Sólo prohíbeles que fumen en tu negocio. Destierra el humo. Hazles saber a tus clientes que aplicarle el ostracismo al humo es más importante que ayudar a otros a cultivar la risa y la amistad.

    Estos afiches forman parte del ruido visual que, por toneladas, produce el gobierno para sustituir con propaganda la eficiencia que no tiene ni le interesa alcanzar. Pero lo más significativo no estriba en que sean la expresión del típico voluntarismo militarista, sino que hablen con tanta fuerza de lo que hace y quiere esta sociedad. Viendo esos carteles podemos inferir que una enorme cantidad de venezolanos quiere juventud a juro, pasar por encima del otro, aunque tenga que matarlo, usar lentes oscuros a toda hora, mostrar las tetas y mantener en el poder a unos políticos que creen que gobernar es sinónimo de prohibir. 
  Viendo esos afiches sabemos que a una enorme cantidad de personas no les importa mandarse a hacer en una peluquería lo que deberían mandarse a hacer en un centro de salud bajo estricta supervisión médica. También sabemos que hay una enorme cantidad de gente armada y dispuesta a someter al prójimo, asesinarlo o dejarlo tullido para siempre. El caso de los carteles dedicados al humo de tabaco es ligeramente distinto, aunque no menos grave. Es cierto que el cigarrillo deteriora la salud y blá, blá, blá, pero aquí, en medio de esta barbarie, la lectura que tienen estas prohibiciones gráficas es la de la imposición, la de obligar a otros a hacer o no hacer algo porque se tienen el poder y la fuerza, y no porque se sienta la obligación de convencer.

   ¿Cuántos carteles con prohibiciones raras veremos en el futuro? ¿Cuánta bisutería gráfica de este tipo nos falta por ver? ¿Qué prohibirán en los próximos meses o años: dormir, besar, fornicar, leer, ver televisión por cable…? Beber no. Con la bebida han llegado a un absurdo invisible, imponiendo una danzarina ley seca durante Carnaval y Semana Santa, pero ese es alcohol de otra botella o de otro cartel… Tal vez mañana prohíban robar y así subiremos un peldaño más en esta escalera del absurdo. 

   «Prohibido robar en este sitio». Suena a que ya existe. 

    No nos extrañemos. 

    No nos extrañemos de nada.