MEMORIA DE ESCOMBROS
Nadie entra o sale de la música por una sola puerta.
El arte tiene esa extraña cualidad: es un edificio lleno de umbrales desde los que te reciben o te despiden unos gigantes que pueden ser (o no) amables contigo.
Así que las memorias de cómo llegamos a la música no se pueden resumir a unas pocas puertas ni a unos pocos titanes. Todos hemos entrado porque algo (o alguien) llamó la atención de nuestro oído distraído y ahí nos quedamos, rondando el lugar, esperando más sorpresas.
2
No recuerdo cuándo ni cómo empecé a interesarme por la música.
En mi casa se oía música. Mis papás compraban discos que escuchaban y coleccionaban con fascinación. Aún hoy detesto lo que ellos oían, aunque siempre me agradó ver el cuidado con que trataban sus discos y admiraban sus portadas. Siempre me gustó llegar de la calle y encontrarlos sentaditos, atildados, oyendo música y conversando.
Así, más o menos, fue durante años la felicidad de mis padres.
3
No sé si oír música sea una variante de ser músico. Con el debido respeto hacia los músicos, creo que sí.
Oír música, oír de verdad, seguir la línea musical de un momento A a un momento Z es lo más difícil que existe. Ni hablar de oír la música «hacia dentro», de la superficie hacia la fragua armónica donde coinciden (o no) las distintas líneas melódicas y rítmicas, los distintos timbres, el misterio, el color, la chispa, y te haces consciente de que la música que te interesa es más una cuestión de texturas, de ovillos calientes que se enredan y se desenredan a tu alrededor, que de una seda dispuesta para darte masajes.
Oír la música y observarla, como quien observa abstraído un paisaje, forma parte de un proceso de creación que parece inocuo.
Oír música no es una actividad inocente que llena el vacío; es enfrentarse a unas formas que reclaman todo nuestro esfuerzo. Admirarlas, completarlas en el aire, tratar de seguirlas, tarde o temprano produce la sensación de que algo importante roza una parte de nosotros que no funciona con imágenes ni palabras.
Y ya no volvemos a ser los mismos.
Que quede claro: no hay nada que entender en la música, salvo la propia música.
4
Llegué al rock gracias a la radio.
Oía las emisiones de La Música que Sacudió al Mundo en la Emisora Cultural de Caracas. Oía Radiodifusora Venezuela; estudiaba. Para aquel entonces, yo era un adolescente estúpido a quien el rock salvó de ser todavía más estúpido.
Al rock le debo amigos que todavía son mis amigos, héroes que siguen siendo mis héroes, lecturas, ideas, momentos de furor y felicidad. Negar eso sería ingrato e inútil.
Las horas que pasé poniendo discos, intercambiando discos, revisando discos, conversando sobre discos, no las cambio por nada. Las extraño, eso sí. El mundo ya no es como era antes.
Hoy las personas no les prestan atención a los contenidos; les prestan atención (si acaso) a los aparatos.
5
A la salsa nunca entré. Tampoco al reguetón ni al merengue ni al bolero ni a la bachata ni al danzón ni al techno ni a la música de protesta…
A la música clásica sí. Aunque debo declarar que no me gustan muchos de sus cultores y adeptos. Suelen ser fanáticos culiapretados, sectarios del gusto que hacen que uno prefiera oír música solo antes que en su compañía.
No he entrado a la música una vez. He entrado miles de veces y sigo entrando cada día.
Eso sí: donde no quiera entrar, no entro.
«Obligado» y «música» no caben en la misma oración.
6
El silencio molesta al mundo. Es como si las personas detestaran escuchar el rumor de sus vísceras, y decidieran ahogarse en ruido.
La bulla contemporánea es tan densa que salta de los tímpanos a los otros sentidos. Los demonios que producen el traqueteo constante, anestesian el mundo con sus vibraciones negras, trocándolo en un lugar ruidoso y hostil.
Por eso el silencio se torna rebelión, parte esencial del brillo y de la belleza.
La música no debería hacerse para ahogar el silencio.
Es más: la música que me interesa no está reñida con el silencio.
Una y otro se contienen, se exaltan. Uno y otra se abren caminos, se ceden el paso, no se muerden las colas, se besan (a veces).
El silencio es aire y todo lo que vive necesita aire. Hasta las ideas necesitan aire.
7
Llegué al jazz clásico por un camino extraño.
Un día compré un libro de Guillermo Cabrera Infante —Así en la paz como en la guerra— en el que aparece un cuento protagonizado por un joven ingenuo que escucha a Miles Davis. Al día siguiente, cuando salí de la universidad, fui a la Cinemateca a ver Ascensor para el cadalso, una película cuya música era también de Miles Davis. Así que no había nada que hacer, salvo explorar el posible camino que la casualidad me ofrecía.
Años antes, alguien en la escuela de diseño, me había regalado un cassette que contenía Money Jungle y, en casa de mi tía, yo mismo grabé la Jazz Violin Session, de Duke Ellington.
También había comenzado a escuchar programas de jazz en la radio y a familiarizarme con sus héroes clásicos. Supe de Count Basie y Thelonious Monk, de Billie Holiday y Dinah Washington, de Art Tatum y Don Pullen…
(Los nombres de los músicos de jazz son, en sí mismos, música. Haga la prueba. Ordénelos como guste. Lea la interminable lista en voz alta y observe el milagro. Inevitablemente dejará a algunos por fuera, pero no importa porque podrá añadirlos en una próxima oportunidad. Con el jazz siempre hay otra oportunidad).
Conocí a Julio Cortázar y a Clint Eastwood gracias a Charlie Parker.
He entrado al universo de Charles Mingus miles de veces. Para mí supone una gigantesca revelación que en su música coincidan la rabia y la belleza, el orden, el caos, la tradición y la vanguardia.
Nombro porque sí, porque los quiero nombrar, Mingus at The Bohemia, Mingus plays piano, Mingus in Wonderland y Changes One.
Cuando nació mi primer hijo, yo escuchaba The Black Saint and the Sinner Lady a toda hora. Así que cada vez que pongo ese disco, recuerdo las sensaciones, los trasnochos y los dolores de espalda que sentía, inaugurándome como papá.
(Búrlense todo lo que quieran. Yo fui feliz tratando de dormir al joven Rodrigo, susurrándole «Septemberly» al oído).
8
A diferencia de mi historia con el rock, el jazz me ha dado muy pocos amigos.
Por lo visto, el jazz es un asunto de solitarios, de solitarios fanáticos.
Fanáticos del jazz. Fanáticos de la soledad.
Al menos está la radio.
Con la radio, los fanáticos de la soledad nos sentimos unidos a otros fanáticos de la soledad.
9
John Coltrane y Bill Evans son dos de mis héroes clásicos. Sin embargo, no los cuento entre los clásicos. Los cuento entre los «extraterrestres».
¿Se puede ser más de vanguardia que John Coltrane?
¿Se puede ser más clásico que Bill Evans?
Son los extremos del arte encarnados en dos señores embutidos en trajes y corbatas.
Al menos así los recuerdo.
10
Creo que la mayoría de las esposas no soportan el free jazz.
«Óyelo cuando estés solo en el carro», te dicen.
Y ahí, frente al volante, escucho todo lo que suene a free jazz o a libre improvisación.
A todo volumen, eso sí.
11
La música llama a la música.
Así que en una misma mañana, paso de Dizzy Gillespie a Peter Evans sin problemas.
O de Sonny Rollins a Tonbruket.
O de Vijay Iyer a Horace Silver.
O de Michel Petrucciani (a Henri de Toulouse-Lautrec y) a Keith Jarrett.
O de Dinah Washington a Wadada Leo Smith.
O de Tríez a E.S.T.
O de John Surman a John Zorn.
O de Don Byron a Benny Goodman
O de X a H y luego a Z porque la música siempre lleva a más música.
12
Las voces de la radio (las de esos amigos lejanos) me han ayudado a encontrar nuevos cauces musicales, a repasar caminos ya recorridos, a cuestionar y alimentar mis gustos, a no perder la fe en la música.
Porque es verdad: aunque la moral del mundo se derrita o se caiga a pedazos, la música siempre estará ahí para recordarnos que existen la seriedad y la belleza, que la disciplina no vive solo en los ojos de los sargentos, que en este planeta hay vida más allá de los teléfonos inteligentes, que la abstracción sirve para voltear cerebros y hacer amistades sin que importen las distancias ni los husos horarios.
Celebremos la música.
Celebremos la amistad.
La amistad de los fanáticos solitarios.