domingo, diciembre 13, 2009

NAVIDAD DE FARÁNDULA
En esta época la farándula venezolana sufre una crisis de estrellas. Si Uds. observan con detenimiento, notarán que a todos los programas van los mismos invitados. A veces el asunto es tan extraño que no es difícil encontrar el siguiente cambalache:

Alberto Blanco Borenmeiker es el presentador del programa «Angustias Lejanas» e invita a Alicia Michaels de García para que vaya a conversar sobre las navidades de antaño. La entrevista es tan exitosa que, a las dos semanas, Alicia Michaels de García invita a Alberto Blanco Borenmeiker a «El cañón increíble», el programa que anima en televisión desde hace quince años.

Uds. dirán que eso es un chiste, pero nuevamente los conmino a que se fijen atentamente en la radio y en la televisión de nuestro país y pillen cómo hay una escasez de personajes interesantes en nuestra farándula… En la mañana, en la tarde y en la noche, entrevistan a los mismos expertos, a las mismas actrices con las mismas obras de teatro, a los mismos organizadores de eventos, a los mismos humoristas, a los mismos políticos, a las mismas dramaturgas, poetas, periodistas, corresponsales de guerra… A los mismos cocineros, encuestadores, modelos, músicos, modistas y demás cactus de distintas espinas. Todos van a los mismos programas. Todos pasan de entrevistados a entrevistadores en un dos por tres y más si son bonitos, se depilan y tienen pico de plata.

Como estamos en navidad, las estrellas deberían ir de programa en programa disfrazadas de Niños Jesús o de San Nicolás… Aunque pensándolo bien, ya estamos hartos de ver actores patinando o haciendo el trencito en las propagandas navideñas de todos los canales de televisión. No obstante sería una belleza ver que los locutores del noticiero estelar narran cualquiera de las barbaridades que ocurren a diario en nuestro país, mostrando una barba blanca y diciendo «JoJoJo» entre desastre y desastre.

«Un choque entre quince autos paraliza el tránsito durante diecinueve horas en el sector Mis Coquitos. JoJoJo. Un oso se escapa del zoológico de Las Hamacas y crea el caos en un mercado clandestino de escopetas. JoJoJo. Un helicóptero artillado aterrizó en los predios del parque San Timbre. Testigos presenciales declararon que los tripulantes se apearon de la nave, se comieron seis perros calientes y siguieron su camino a bordo del helicóptero. Al interrogar a los testigos sobre la bandera que llevaba la nave en cuestión, ninguno supo qué contestar. JoJoJo…».

Aparte de la repetición de invitados y de los mensajes navideños de los canales de televisión, hay dos detalles que nos enfurruñan con nuestra farándula. El primero: las nuevas estrellas no se preparan; sólo confían en su juventud, en la pericia de sus depiladoras y en su capacidad para caerles bien a sus jefes. Damas y caballeros de la farándula, nuestro respeto por ustedes aumentaría a niveles astronómicos si se leyeran Doña Bárbara cuando tengan que interpretar a Santos Luzardo o a Marisela Barquero.

El segundo ya no lo recuerdo. Creo que era algo sobre hacernos creer que ustedes sólo abren la boca para hablar bien del prójimo…En estos días veremos otra vez a Claudio Nazoa haciendo pan de jamón en todos los canales de televisión, a Armando Scanonne disertando una vez más sobre la hallaca, a Leopoldo Castillo hablando sobre las diferencias entre pernil y paleta en «Así cocina Soucy», a Aimara Lorenzo preguntando por el precio de las aceitunas en el mercado de Guaicaipuro, a Dad Dáger diciendo que ella come de todo pero que no engorda, a Nancy Ramos cantando... Y ya.

Paciencia. La navidad y la farándula son dos películas repetidas ante las que no hay nada que hacer.

lunes, diciembre 07, 2009

TRES REGALITOS DE NAVIDAD Primer regalito

Carlos Alberto llevaba una barba blanca y una chaqueta roja. Él tenía la costumbre de cargar consigo un estuche con tres destornilladores. Con semejantes herramientas, este sujeto le daba rienda suelta a su convulsión vandálica; cada noche intervenía las piezas móviles de algunos de los objetos mecánicos que se topaba en su camino. Así Carlos Alberto no podía ver un camión Mack porque de inmediato sacaba sus destornilladores y no cejaba hasta que le quitaba el perrito metálico que funge de insignia a esas máquinas poderosas. A veces los dejaba así, sin pieza alguna coronando el capot, y otras cambiaba el pequeño bulldog por un San Francisco de metal o por la cabeza de una medusa de hierro.

Carlos Alberto, con su barba blanca, su chaqueta roja y su sonrisa JoJoJo, repitió esa operación miles de veces. Nunca lo atraparon porque siempre manejó sus herramientas con enorme eficacia y pulcra rapidez.

Los camioneros nunca se quejaron porque lo mismo les daba tener un perrito que una oreja de acero en el capot de su camión.

Y así, con sus destornilladores en el bolsillo, Carlos Alberto vivió feliz.


Segundo regalito

Esa noche Stewart había bebido de más. Por eso salió a la cubierta a tomar un poco de aire.

La fiesta seguía salvaje dos pisos más abajo.

Stewart apoyó los brazos en el pasamano, se desabotonó la casaca roja, se quitó la barba postiza, vio el mar que pegaba contra la blancura de aquel trasatlántico y dejó que su estómago se aligerara.

El aire le hizo bien.

De pronto, el espesor de la borrachera se hizo tan tenue que pudo ver el prodigio. Ahí, a pocas yardas del barco, se asomaron cuatro sirenas que revolotearon entre las olas, lo saludaron y desaparecieron en la espuma.

Stewart se aferró al pasamano. Estuvo así durante unos pocos segundos. Sin traza de borrachera ni de melancolía, se irguió con dignidad en medio de un largo suspiro. Luego pasó sus manos por la casaca roja y volvió a colocar la barba postiza en su sitio.

Era hora de volver a la fiesta.


Tercer regalito

Un hombre vestido de Santa Claus tocó mi puerta. Lo vi por el ojo de cristal y supuse que vino a venderme algo. Como tocó con tanta insistencia, le abrí.

El traje de Santa Claus era perfecto, pero llevaba una pistola en la diestra.
—¿Me presta el baño?

¿Qué podía decirle? Era Santa Claus y llevaba una pistola.
—Sí, claro. Pase por aquí a la derecha.

Yo me senté en la sillita que está al lado de la entrada. En esa espera que no sé si fue larga o corta, me puse a pensar que a mis años, nunca había visto algo como eso. ¿Dónde se ha visto que un Santa Claus te toque la puerta, te pida el baño y pase así, como Pedro por su casa, con una pistola en las manos? El mundo ha devenido en algo loco e incomprensible. Cuando se vaya, voy a limpiar bien ese váter porque una no conoce al hombre que está debajo de ese estúpido disfraz.

De pronto el ruido de la puerta del baño se mezcló con el del retrete y el del lavamanos.

Santa Claus salió sonriendo.
—Muchas gracias, señora. Su casa es muy bonita.

Yo no le respondí. ¿Qué iba a decirle: que sí, que yo misma decoro mis cuatro paredes y dirijo la limpieza? Siempre he detestado decir tonterías.

El Santa Claus estaba parado frente a mí. Ya no llevaba la pistola a la vista. Pude haberme callado, pero como soy como soy, le pregunté:
—¿Y su… herramienta?
—Ay, perdone —se fue al baño y regresó acomodándose los pantalones.

Santa Claus repitió que mis cuadros y mi pesebre eran muy hermosos. Después dijo otras palabras de cortesía que ya no recuerdo, y se fue.

Yo saqué el cloro, el coleto y mis trapos, y limpié hasta que el hambre hizo que me sentara a la mesa.

¡Ya ni Santa Claus se salva de la erosión!

lunes, noviembre 30, 2009

LA TRAMPA DE LA PRIMERA PERSONA Escribir en primera persona es sabroso. La gente ve en ti a un sujeto acontecido y lleno de anécdotas por contar. También te ve como un tipo de cuidado porque cree que cualquier cosa que haga o diga en tu presencia, pudiere aparecer en un cuento, como si la vida fuera la única fuente de inspiración que existe.

Sin embargo, narrar todo cuanto se nos ocurre y ponernos como los protagonistas de nuestras propias tramas, puede llegar a convertirse en un tic nervioso, en una muleta que se repetirá hasta el cansancio (de los lectores), si no se le pone coto.

Nada de esto está escrito en ninguna parte ni es ley ni soy ni pretendo ser un policía literario, que dice lo que es bueno y lo que es malo en la escritura (para eso está Oscar Marcano). No obstante, creo que en nuestros libros se abusa del narrador en primera persona, del yo que hace y deshace, del yo que es héroe y va y viene y cuenta lo que le pasa a él o a ella y a los demás, como si la vida consistiera en eso: en ir y venir mientras se cuentan las cuitas propias y ajenas.

No estoy en contra de la primera persona. No estoy en contra del uso del yo. Estoy a favor de la diversidad narrativa, de la posibilidad de contar historias desde distintos puntos de vista y no solamente desde «el mi mismo yo de mí». Por andar en esa necedad, el mundo del arte se ha convertido en una bolsería, en una exagerada expresión de subjetividades que, en la mayoría de los casos, a nadie interesa. ¡Bendito seas, Degas, por tus bailarinas y por tus caballos! Hoy poca gente se pregunta qué significaban esas figuras bellas para ti. Hoy ves un Degas, así sea en el libro de Educación Artística de Cándido Millán, y la contundencia del dibujo impide que pienses pendejadas. En el arte contemporáneo todo se va en las explicaciones del artista que habla sobre su yo-yoísta-suyo. ¡Qué fastidio!

Dejemos al arte y volvamos a la escritura. Decíamos que escribir en primera persona es fácil o, al menos, así parece. Hay algo en el pronombre «yo» que produce ese extraño espejismo. El engaño se basa en que quien utiliza la primera persona, suele emocionarse usándose a sí mismo (su experiencia, sus puntos de vista, sus anécdotas, sus ritmos de vida y hasta su voz) para alimentar su ficción. El resultado es un montón de personajes planos moviéndose en un mundo de cartón que prolonga en el papel la necedad del que inventó tales artificios.

Quien sólo escribe en primera persona, cree que la diversidad del universo cabe en sus ojos y que para imaginarse una cayena o un tiroteo, se basta a sí mismo. Así piensan los brutos que no saben que son brutos o la gente que se siente cómoda dentro de sus propios límites.

Que quede claro: estoy en favor de utilizar las tres personas gramaticales (en singular y plural, por supuesto) para contar historias de diferentes calibres y para representar con palabras un mundo que es cada vez más complejo.

Yo creo que los escritores, como los artistas, tienen chance de experimentar, de equivocarse, de probar nuevas opciones y nuevos recursos. Prueben ustedes con la segunda persona del plural o con la tercera del plural y vean qué efectos se producen en las historias que desean contar. Escriban, equivóquense, sálganse de ustedes mismos y de la obsesión de contarlo todo en primera persona, como si el universo se limitara a ustedes y a sus pequeñas miserias.

En esta época en que los cuentos parecen remedos de otros cuentos, es fácil perder la esperanza y creer que en nuestra subjetividad está la diferencia.

Ustedes hagan lo que quieran, que para eso ya están grandecitos. Sólo les pido que sean honestos, que no abusen de la primera persona y que no escriban tanto sobre gente divorciada.

sábado, noviembre 28, 2009

una mirada al pasado

SALOMÓN Y MEYER CASO 1:
ESTIMADOS DOCTORES SALOMÓN Y MEYER, EN ESTOS DÍAS TENGO UNA RARA OBSESIÓN. RESULTA QUE TODAS LAS NOCHES ME DA POR IR A LA FARMACIA Y COMPRAR UN KILÓMETRO DE GASA. CUANDO VUELVO A MI CASA, CORTO UN TROZO LO SUFICIENTEMENTE GRANDE COMO PARA VENDARME A MÍ MISMO Y CONVERTIRME EN UNA MOMIA. ¿QUÉ HAGO, DOCTORES? ¿ES QUE ACASO ME HE CONVERTIDO EN UNA NECROFÍLICA COPTA? ATENTAMENTE: JENI MOJÁN PAREJO.

SALOMÓN: ESTIMADA JENI: MEYER Y YO NOS HEMOS DADO CUENTA DE QUE LA PATOLOGÍA MÁS COMÚN EN ESTE PAÍS ES EL OCIO. LA GENTE AQUÍ SUFRE UN “OTIUS MENTIS” CONSTANTE QUE NO ES MALO EN SÍ MISMO. FÍJATE: SI A TI TE DA POR DISFRAZARTE DE MOMIA PARA ESTAR EN TU CASA Y TOMARTE UN TRAGO EN SOLEDAD, NO HAY PROBLEMA. TAMPOCO HAY PROBLEMA EN QUE TE DÉ POR SALIR A LA CALLE DISFRAZADA DE MOMIA Y ASUSTAR A LAS CONSERJES... ESO ES CHÉVERE. LO MALO ES QUE TE DÉ POR PONERTE ESAS GASAS Y, EN VEZ DE CREERTE MOMIA, TE CREAS UNA MUJER QUEMADA. AHÍ SÍ PONDRÍAMOS LA TORTA PORQUE NO ESTARÍAS DISFRUTANDO TU DISFRAZ. YO TE ACONSEJO QUE TE BUSQUES UN NOVIO Y QUE SE DISFRACEN DE MOMIA LOS DOS...
CASO 2:
EMINENTES DOCTORES SALOMÓN Y MEYER, TENGO 74 AÑOS Y ME LA PASO SOÑANDO CON QUE TENGO AL MICROBIO QUE PRODUCE LA EUTANASIA DURMIENDO CONMIGO. ¿QUÉ HAGO? YA ESTOY DESESPERADO. LAS PASTILLAS PARA DORMIR NO ME HACEN NI COQUITO. FIRMA: JORGE ERNESTO, “EL CARIADO”.

MEYER: MIRA, JORGE ERNESTO CARIADO: TODO EN LA VIDA TIENE SU LÍMITE. TÚ SUFRES DE UNA EXTRAÑA PATOLOGÍA QUE OCURRE CUANDO DEMASIADA IGNORANCIA OCUPA TU CEREBRO. LA EUTANASIA NO ES UN MICROBIO. NI SIQUIERA ES UNA ENFERMEDAD. YO TE SUGIERO QUE BUSQUES UN SERRUCHO Y UN DICCIONARIO. EN EL SERRUCHO BUSCAS EL SIGNIFICADO DE LA PALABRA “EUTANASIA” Y CON EL DICCIONARIO TE CORTAS ESE ÓRGANO INÚTIL QUE TIENES SOBRE TUS HOMBROS. CUÍDATE MUCHO Y QUE LAS ESTRELLAS TE GUÍEN HACIA UN NUEVO AMANECER.


CASO 3:
DOCTORES, MI CASO ES SIMPLE: YO QUIERO SER CHINO. ESE ES EL SUEÑO DE MI VIDA DESDE CHIQUITO. CUANDO ERA NIÑO ME PEGABA TEIPES EN LAS SIENES PARA QUE LOS OJOS SE ME ALARGARAN Y SE ME PUSIERAN COMO LOS DE SERGIO MÁRQUEZ. HOY EN DÍA QUISIERA HACERME UNA CIRUGÍA PLÁSTICA PARA CONVERTIRME DEFINITIVAMENTE EN UNO DE ELLOS. YA TENGO LA PLATA, PERO ME DA CIERTO CARGO DE CONCIENCIA. ACONSÉJENME, DOCTORES.

SALOMÓN: LO MISMO DE ANTES, MEYER. ESTE PAÍS ADOLECE DE UN OCIO SUPRAHUMANO... NO SÉ SI TÚ QUIERES DECIR ALGO...

MEYER: YO SÓLO QUIERO DECIRLE AL AMIGO QUE VEA A VER BIEN CON QUIÉN SE OPERA. IMAGÍNATE, SALOMÓN, QUE NO QUEDE CHINO SINO JAPONÉS... ESO SERÍA UNA DESGRACIA PARA ÉL Y PARA SU INTEGRIDAD FÍSICA.

12 de noviembre de 2001

lunes, noviembre 23, 2009

FASCINACIÓN PAISAJISTA Digámoslo de una vez: los paisajes naturales nos parecen inquietantes. Quizás sea una manía de gente criada entre carros y edificios, pero tantos árboles y tanto bucolismo nos descompone.

A veces oímos hablar a señores que aman la quietud de ciertas sabanas, que loan la presencia de paraulatas, que elogian árboles, tunas, nubes y montañas, y nosotros pensamos en el fastidio que nos da la exagerada admiración por lo natural, amén de no entender cómo hay personas que se sienten orgullosas por esos paisajes que ninguna de ellas creó.

Sí. Digámoslo también: lo diseñado, lo proyectado y lo construido, nos parece tan o más interesante que lo natural.

El Salto Ángel está donde estaba hace mil años y ahí permanecerá miles de años más. A su alrededor no hay hoteles ni tuberías ni centros comerciales ni nada. Si queremos visitarlo, primero debemos pagar un tepuy de billetes, luego acamparemos cerca de él, lo admiraremos, nos tomaremos tres, quince, veintisiete fotos y listo. ¿Y ahora qué hacemos? ¿Adónde vamos? ¿Seguimos viendo el agua que cae desde novecientos setenta y tantos metros de altura? ¿Podemos ir hasta aquella piedra? ¿Que qué: que no vayamos porque nunca se sabe qué animal puede acechar a esta hora? ¡Qué peligro! ¡Qué fastidio! Mejor sigamos contemplando el Churún Merú y esperemos hasta que llegue el momento de volver a nuestro hogar…

(En este instante, por esta misma página, pasan dieciséis loros, tres tucanes y un jorobado que lleva puesto un collarín).
En Venezuela hay dos paisajes solitarios y desconcertantes: el de la autopista Lara-Zulia y el de la península de Macanao. El primero tiene fama de siniestro por lo solitario y porque cada metro de su asfalto puede contarnos toneladas de historias de conductores que se quedaron dormidos, de autobuseros fantasmas, de extraterrestres y ermitaños que viven en lo alto de una vieja valla en la que todavía se lee «Jaime es como tú». El segundo, quizás porque se recorre con cierta rapidez, nos parece la perfecta locación para un comercial de Marlboro. El de la Lara-Zulia es un paisaje áspero que infunde miedo; el de la península de Macanao tiene el tamaño perfecto para que digamos con propiedad que paseamos por un desierto parecido al que describe Cormac McCarthy en No country for old men.

No nos malentiendan. La idea no es hablar mal de la naturaleza ni lanzar un alegato en favor del calentamiento global. El asunto es que nos gustan los paisajes que, de algún modo, han sido tocados por manos humanas, que han sido intervenidos para que la vida de la gente sea más agradable, que haya baños limpios, aire acondicionado, médicos, abastos, policías que les den su merecido a los malandros; perros, gatos y creolina que espanten a las sierpes.

No, señora. No vamos a hablar de los Andes venezolanos ni de los Llanos… Si quiere, otro día le contamos la vez en que el autobús en el que viajábamos hacia Mérida, por poco choca contra una vaca a las cinco y media de la mañana, pero le repito: eso lo haremos en otra oportunidad.

Y ya que estamos en ánimo de confesión, digamos que nos gustan los paisajes playeros, pero no en todo momento. Los paisajes marinos sientan bien en la mañana y al mediodía, pero, a partir de cierta hora vespertina, nuestras almas comienzan a sumirse en la melancolía. Nada peor que ver el mar en la tarde y saber que al día siguiente tienes que ir a la escuela o a la oficina. La conjunción mar-atardecer borra, sin contemplaciones, al pequeño Julio Iglesias que vive en cada uno de nosotros, y nos pone a pensar en que somos tan frágiles, tan efímeros y tan mortales como un silbido.

Por eso, porque nos ponen a pensar en nuestra propia naturaleza, no nos gusta contemplar paisajes.

domingo, noviembre 15, 2009

LA PARED
All in all it was all just bricks in the wall
P.F.


Quien quiera visitar a Lord Stapleton, debe saber que, de cinco a seis y cincuenta, lo encontrará en el patio de su casa admirando las coloradas vetas de un muro.

Para Lady Stapleton era incomprensible la fascinación que en su esposo producía aquel sólido rectángulo de concreto crudo. Sin embargo, y aunque semejante embeleso le molestara tanto, Lady Stapleton decidió no discutir más con su marido. «Si a él le place tanto esa ruina, pues que la admire. Yo no se lo impediré más».

Lord Stapleton vive en su actual residencia desde hace cinco años. Cuando compró esta casa, lo primero que hizo fue contratar al arquitecto Ellis Collingwood para que iniciara una serie de reformas que adaptasen la estructura de la casona a los gustos de sus nuevos dueños. La refacción del edificio comenzó sin problemas hasta que, en el curso de una tarde calurosa, el dueño de la casa le pidió a su arquitecto que le diseñara una estancia especial en uno de sus jardines. Al principio, Collingwood creyó que se trataba de una fantasía romántica inspirada en Lord Byron, pero no. Su patrón deseaba un espacio donde pudiera colocar una placa de concreto de ocho pies de alto por seis de ancho. Nada de caminerías ni de fuentes ni de estatuas neoclásicas; sólo una estructura para erguir el monolito en que se convertiría el trozo de muro que mandó a traer intacto de su anterior domicilio.

Lady Stapleton no disimuló su disgusto. Ella estaba preparada para que su marido pidiera un pabellón para los trofeos de caza, un cuarto gigantesco de fumar, una biblioteca para sus libros eróticos, una o dos canchas de tenis, pero no le quedó más remedio que expresar su indignación, cuando supo que su esposo pedía poco menos que un solar para poner un pedazo de piedra.

Lord Stapleton no admitió discusión. El trozo de muro sería uno de los hitos de su nuevo hogar. Allá Lady Stapleton, si no le gustaba. Ella que hiciera lo que le pareciese, que mandara a poner más jardineras o a sembrar ficus en el campo de críquet, si ésa era su voluntad.

Como quedó asentado en este documento, Lady Stapleton redujo la tensión entre ella y su marido al aceptar que los albañiles erigieran la polémica pared. No obstante, antes de capitular, trató de hacerle la vida imposible a su esposo, obligándole a donar su colección de esculturas africanas, sus cabezas disecadas de rinocerontes, sus anuarios de la Royal Society y el cuchillo que le regaló sir Ian Kilminster.

A pesar de la doméstica conjura, la vengativa esposa no pudo con la férrea voluntad de Lord Stapleton, y menos cuando ella, en un ataque de ira, le dijo que aceptaría la tal pared sólo cuando él abjurase de las antiguallas que adornaban sus habitaciones y le comprara un trío de plasmas de setenta y dos pulgadas; uno para la cocina, otro para el salón del té y otro para su dormitorio.

Lord Stapleton estalló en carcajadas. «Por mí nos desharíamos de todos y cada uno de los aparatos de televisión que hay en esta casa, pero si la paz depende de tener tres nuevos monitores, pues tendremos paz».

De tal manera llegó la tranquilidad a la mansión.

Mientras Lady Stapleton imparte órdenes en la cocina, juega al Whist con sus amigas o se abandona al sueño, un monitor encendido siempre la acompaña. Por su parte, Lord Stapleton pasa sus tardes entre habanos y copas de oporto, mirando un trozo de pared sobre el que transcurren invisibles cacerías de elefantes que lo dejan exhausto, pero satisfecho.

Y así, sin molestarse por tonterías indignas, los Stapleton viven una vida tan plácida como sencilla. Una pared será todo, excepto un obstáculo para la felicidad.

miércoles, noviembre 11, 2009

domingo, noviembre 08, 2009

EL EFECTO JOHN HOWELL En «Instrucciones para John Howell», Julio Cortázar cuenta una situación que parece extraída de una pesadilla. En este cuento un tal Rice paga su entrada a un teatro, se sienta en su butaca y, de pronto, cuando se termina el primer acto, dos matones se le acercan y lo conminan a que los acompañe a lo más recóndito del edificio. Allí Rice conoce a otro sujeto siniestro que le da un traje oscuro y una peluca pelirroja junto con el encargo de que a partir del segundo acto, se monte en el escenario y represente a John Howell porque quien originalmente representaba a ese personaje, se largó a la calle.

¿Quién no ha soñado (dormido o despierto) con una situación semejante? La verdad es que resulta difícil saber qué sueña o qué se imaginan los demás, pero quien esto escribe, puede decirles que más de una vez se ha imaginado en el angustioso papel de tener que suplir al conductor del autobús en el que viaja y que, como en una de esas películas en las que una bella aeromoza tiene que pilotar un avión haciendo lo que una voz le dice por radio, se ve a sí mismo hablando por teléfono con un Richard Burton venezolano que le dice cómo aterrizar con éxito el bendito autobús.

¿Quién no ha imaginado que, de pronto, y gracias a un misterioso estornudo del destino, el facilitador de un taller de autoayuda y superación para gerentes eficaces, interrumpe su motivador discurso y te llama al estrado. Tú, conejo, vas temeroso porque crees que el instructor te pilló roncando y ahora se vengará poniéndote en ridículo ante los demás participantes del taller, pero no. El coach tiene «un preludio»; es decir: le han dado unas ganas irresistibles de ir al baño y por eso te pide que lo sustituyas durante unos instantes. Ahí te ríes y te dices que es pura imaginación; que algo así no ocurriría jamás entre otras razones porque los gurús de la autoayuda y superación nunca van al baño, pero insistes en imaginarte durante unos pocos minutos que la autoestima de ese rebaño de gerentes-gerenciales-exitosos está en tus manos y tiemblas.

Todos nos hemos figurado en el trance de una situación extrema, salvando a una viejita de chancletas costumbristas o alargando a juro un discurso que no preparamos para hacerle el quite a un pana que debía tocar su guitarra ante el público, pero como bebió de más, hay que esperar a que lo bañen y a que el café cerrero que le prepararon, haga su efecto.

En el relato de Julio Cortázar, Rice deja la peluca después del tercer acto. No le importan las amenazas ni si los matones asesinan o no a una de las actrices. Lo raro es que, en plena huida, Rice se consigue con el verdadero John Howell, que también huye. Así como Rice se salió de la obra, el personaje Howell se «salió» de su propia vida.

Por trillones de razones que sólo el azar conoce, cualquier persona puede verse en el brete de tener que asumir un papel para el que no estaba ni remotamente preparado, pero también por trillones de razones que sólo el azar y el Seniat conocen, la gente desea salirse de sí misma, abandonarse, dejar su historia aunque sólo sea por un rato y asumir la identidad de otro. Lo que pasa es que es muy distinto disfrazarse que verse obligado a hacer de paramédico sin serlo, de plomero a las dos de la mañana, de conferencista a la fuerza, de pistolero en defensa propia, de actor improvisado, de mecánico instantáneo o cualquier otra cosa que no esperábamos, pero que tuvimos que asumir para no pasar por cobardes.

A ese no poder retroceder sin embarrarla, a ese enfurruñado particular de rostro que tienen todos los que están donde no deberían estar, lo llamaremos desde hoy «el efecto John Howell».

Y gracias, Julio, por ayudarnos a nombrar el mundo.

martes, noviembre 03, 2009

ALFREDO ESCALANTE EN DOS CUENTOS Los lentes de Freddie Mercury

El día de la llegada del grupo Queen a Venezuela, Alfredo Escalante era el único reportero apostado en el aeropuerto listo para entrevistar a los miembros de la prestigiosa banda británica. Los demás representantes de los medios venezolanos eran fotógrafos, camarógrafos y luminitos. Así que nada impediría la conversación de Alfredo con estos distinguidos visitantes.

Lo extraño del asunto fue que los integrantes de Queen llegaron en distintos aviones. Por eso el único entrevistado de esa tarde sería Freddie Mercury.

Mercury se apareció con unos pantalones blancos y una camisa roja que le daban una apariencia sencilla. Quizás el único detalle de estrella de la música, de hombre que ha vivido y sobrevivido a muchos escenarios, fuera el par de Rayban (iguales a los de Alfredo) con los que cubría su mirada de lince.

Durante la entrevista, Freddie Mercury hablaba con amabilidad sobre la música y sobre los grandes planes del grupo; hablaba sobre tal o cual canción, sobre la gira por Latinoamérica y sobre otros grupos... Freddie Mercury hablaba y a Alfredo no se le quitaba algo de la cabeza; algo que lo distraía y que no lo dejaba oír lo que estaba diciendo el mismísimo cantante de una banda legendaria. Ese detalle, esa pequeña cosa que no dejaba en paz a Alfredo Escalante era algo imperdonable: los espejos de los lentes de Freddie Mercury estaban rayados...

David Lee Roth en peligro

En los ochenta, cuando el cuarteto norteamericano Van Halen vino a Venezuela, a Alfredo Escalante le tocó acompañar al cantante David Lee Roth a una conocida discoteca caraqueña que quedaba en el CCCT. Una vez allí, Alfredo y David se divirtieron conversando y tomándose unos tragos en compañía de unas amiguitas hasta que algo extraño sucedió.

Resulta que a la mesa donde nuestros amigos pasaban un buen rato se acercaron cuatro armatostes forzudos vestidos con camisas ceñidas y sin mangas, mostrándole a todo el mundo sus brazos tallados a fuerza de mancuernas.

Los cuatro gorilas llegaron llamando la atención de la gente sacudiendo sillas y poniendo a temblar las botellas de la mesa, inquiriendo a David Lee Roth para que saliera a darse unos golpes con los cuatro inútiles de gimnasio que tenía en frente.

Alfredo, viendo que aquellos centuriones de la brutalidad preguntaban por el cantante de Van Halen para decirle que a ellos no les gustaban sus tongoneos en el escenario y que encima le caerían a patadas, les dijo:
―Dejen quieto al míster aquí o se las verán con unos amigos míos que tienen un galpón en Turumo lleno de sopletes y estopa.

Al oír esas palabras de Alfredo, los gorilas no entendieron nada y por unos instantes dejaron tranquilos al pobre David Lee Roth y a sus amigos. Ese breve espacio de tiempo fue el necesario para huir ilesos de la discoteca e irse a comer unas arepas bien resueltas en Bello Monte.

miércoles, octubre 28, 2009

NUEVOS COMEDIANTES, VIEJOS VICIOS En estos días abundan en nuestro país los cultores del stand up comedy, los tipos que literalmente se paran ante un micrófono y comienzan a contarle al público sus monólogos llenos de agujas. De la noche a la mañana surgieron decenas de seinfelds, de woodyallens, de conanobrians, de jaylenos y de georgecarlins venezolanos. Ahora hasta el más circunspecto filósofo tiene sus cinco minutos de fama como comediante.

En nuestro caso ese fenómeno resulta interesante. Pasamos de disfrutar a los sempiternos contadores de chistes, como el Conde del Guácharo y Álvarez Guédez, a ver con interés a sujetos anónimos que se paran en el escenario y se lanzan una perorata llena de verdades sobre un tema cualquiera.

Visto así todo es bello y pareciera como que entre nosotros se está gestando una generación de nuevos Aristófanes que llevarán al humor venezolano a cotas jamás alcanzadas y blablablá… Y es cierto: hay algo loable en encausar las frustraciones por los derroteros de la risa en lugar de promover el intercambio despiadado de invectivas. Sin embargo, todo hay que decirlo, este movimiento de cultores del stand up comedy venezolano debe recorrer un camino muy largo antes de superar los típicos tics nerviosos que caracterizan al humorismo escénico venezolano.

Que ¿cuáles son esos tics? Pues las groserías, el exceso de referencias locales y el miedo a tratar sobre temas complejos que vayan más allá del pequeño lío callejero o del devenir político. ¿Quieren más?

Lo de las groserías no necesita mucha explicación. Somos groseros, decimos palabrotas y encontramos placer en embutir tres o cuatro vulgaridades en una oración simple, lo cual nos lleva a pensar que si somos unos boquisucios en la vida real, es lógico que también lo seamos en nuestra vida artística. Igual es extraño que en estos monólogos la grosería funcione como el pie que necesita el público para saber cuándo debe reírse con comodidad y a coro…

Abramos un paréntesis con estos dos puntos: (¿por qué la gente se queja de que en el cine venezolano se digan tantas groserías y cuando ve cine español se desopila de la risa al oír a los españoles diciendo las mismas obscenidades que dicen Carlota Sosa y Jean Carlos Simancas en las películas venezolanas? Sabrá Octavio y cerremos el paréntesis con este otro punto).

Más preocupante resulta el darse cuenta de que los monólogos de muchos de nuestros comediantes hablan sobre hechos intrascendentes. Que si la jevita tal vino o se fue. Que si el borracho se asomó y dijo. Que si el político Z apuntó tal cosa. Que si había un tuqueque en el plato del embajador… Puras necedades que pueden dar risa o no, pero que si uno las ve con atención, no tienen densidad ni están, por lo general, ensambladas de manera coherente. En otras palabras: muchos de estos monólogos fueron escritos a trancas y barrancas; sus exponentes no le prestaron la debida atención a la escritura del material antes de presentárselo al público porque a) quizás crean que la comedia es hermana de caña y pasapalos, y porque b) tal vez confíen demasiado en el talento que creen tener.

Y esto vale para todos los comediantes; en especial para toda la sarta de periodistas, astrólogos, locutores, bachilleres y demás que ahora se las dan de comediantes, como si la comedia no fuera cosa seria. (A Henrique Lazo no lo meto en ese saco porque en la escuela donde estudió cinematografía tuvo que estudiar hasta para ser mimo. Así que ése sí sabe cómo se bate la peluca).

Podríamos seguir hablando sobre este asunto, pero mejor lo dejamos hasta aquí, no sea que a estos comediantes de nuevo cuño se les salga lo medieval.

Y —muajajajá— acaben conmigo.

domingo, octubre 25, 2009

LA AGILIDAD DE LA SEGUNDA PERSONA
A Lady Stapleton, con todo mi amor

Ya te compraste tu camión Mack. Ya sabes que el metálico perrito sirve para halar el capó y dejar al descubierto el motor del chuto.

Ya tienes tu camión. Ya conseguiste una compañía a la cual afiliarlo y a un chofer que lo maneje. Tú sólo esperas tu plata. Sabes que ella llegará junto a infinitos dolores de cabeza. El conductor se retrasará mil veces; cometerá travesuras incalificables; amarrará su hamaca debajo del eje de tu camión y dormirá largas y telúricas siestas. Tú (a veces) te reirás de sus peripecias; las contarás en almuerzos familiares y verás todo con sorna hasta que llegue el día en que tu chofer vaya preso porque se quedó dormido y terminó empotrando tu camión en una gandola cargada de jeeps.

Tú no sabes qué cara poner. Eres la solista y te fascina tocar este concierto. Mendelssohn siempre te pone de buen humor. Tú y tu violín se contentan cada vez que tienen que interpretar esa partitura, pero hoy, no sabes por qué, no te sientes feliz.

Miras el techo del teatro. Ves que los frescos están en perfecto estado. Te fijas en la iluminación de la sala. No falta un bombillo. La temperatura del ambiente es perfecta. Los aparatos de aire acondicionado funcionan a la perfección. Nada es como te dijeron tus coterráneos que eran las cosas en este país en el que estás de visita; al contrario: todo es perfecto. ¿Y el aforo? No cabe un alma. Está repleto de gente que vino a aplaudirte. ¿Y entonces qué diablos te molesta?

Es tu turno. Debes tocar tu parte. Tocas. Le imprimes alma al Concierto en Mi Menor para Violín y Orquesta, de Felix Mendelssohn. Mueves el arco. Mueves tus dedos. La precisión y la fuerza son tu marca, tu firma sobre todo lo que interpretas. Dejas a la gente boquiabierta. Sabes que estás haciendo bien tu trabajo, pero no estás contenta. ¿Qué te pasa?

De pronto lo ves. La fuente del malestar no está frente a ti; está al lado. Es él, el director de la orquesta. Lo ves tan joven, tan chiquito, tan prendado y seguro de sí mismo. Lo ves abriendo y cerrando la boca. Los ojos exorbitados, la melena batida como en medio de un huracán. Y tú ahí, viéndolo y sabiendo que todo eso es disimulo, que la música entusiasma y te hace hacer el ridículo, pero todo tiene sus límites. Quien dirige una orquesta no puede permitir que la música lo lleve a ese estado de paroxismo posado, so pena de no dirigir a nadie o de estar trabajando para un público (o un patrocinante) ignaro.

Tu chofer no dice palabra cuando le comunican su admonición. Tú sólo sabes que ese choque te costará una fortuna. Tu esposa y tus amigos te dicen que saliste barato porque no hubo muertos ni heridos. Tú con eso no te consuelas. Tú sólo ves plata que se aleja de tus arcas. Sólo el gruero está feliz porque hizo su semana en un solo día gracias a un camionero irresponsable que comió (y seguro también bebió) más de la cuenta.

Sigues con el Mendelssohn. Ahora que sabes que el batido de melenas del joven director es lo que te tiene de malas pulgas, ni lo miras. Allá él con su performance. Tú en lo tuyo. Cuando llegue el momento de los aplausos y te llamen por tercera vez al escenario, te vengarás del mechudo. Tomarás tu violín, moverás tus greñas (porque tú también las tienes) y los dejarás locos a todos con un mix de Paganini, Alban Berg y Metallica. Luego te irás del escenario y no regresarás ni que te lo pidan de rodillas.

No quieres saber nada de ningún camión. No quieres invertir tu dinero en más negocios estúpidos. Prefieres irte de viaje con tu mujer y gastar tu plata en interiores y camisas.

Tú estás contenta. Dejaste atrás al directorcito. Vas rumbo adonde sí saben de música.

viernes, octubre 23, 2009

PAÍS IRRESPONSABLE (o Transformers venezolanos)AFP PHOTO/Diario Últimas Noticias/Daniel Hernández

lunes, octubre 19, 2009

EL ÚLTIMO CORTE Un cronista encuentra buenas historias hasta debajo de las piedras y cuando no las encuentra, las inventa con la seguridad de que a alguien en ese preciso instante, debe pasarle algo parecido a lo que a él se le acaba de ocurrir.

Así funciona este género extraño.

Hagamos un ejercicio para comprobar la veracidad del anterior aserto. Por favor traten de identificar cuál de las historias que a continuación les referiremos, es inventada.

I


Hace dos noches vi a un extraño equilibrista. El hombre se había subido en una de las barandas del Elevado de Los Ruices y caminaba puente arriba sin importarle el abismo ni los autos feroces.

¿Qué hacía ese hombre en la oscuridad de esa baranda? ¿A quién quería probarle su talento: a los peatones indiferentes, a los enervados conductores, a la ciudad derretida devenida en circo?

Quién sabe.

Yo pasé, lo vi y no supe más de él.


II

Carlos Eduardo y Felicia fueron al cine Altamira. Cuarenta minutos después del comienzo de Brian muere tres veces, Carlos Eduardo sintió que algo pequeño y contundente le dio en toda la cabeza.
—¿Qué te pasa, gordo?
—Nada. Me acaban de dar una pedrada.
—Ay caramba. Quédate quieto.
—Seguro fue un coñodesumadre sentado allá atrás.
—Quédate tranquilo. Ven acá para sobarte.

Felicia y Carlos Alberto continuaron callados viendo la película, pero pronto sintieron una lluvia de pequeñas piedras sobre ellos. Él se levantó de su asiento y ya iba a comenzar una lluvia de improperios contra la oscuridad, cuando un meteorito de cielorraso cayó sobre su silla.

Décadas después, cuando un ejército de obreros demolía el edificio donde alguna vez estuvo el cine Altamira, Carlos Alberto experimentó un extraño deja-vu. El golpe salvaje de una mandarria contra una pared hizo que una piedra anónima fuera a dar a la testa ya calva del pobre transeúnte que iba a recoger su auto en un taller cercano a la obra.

Carlos Alberto rugió la mentada de madre que no pudo gritar la noche en que vio Brian muere tres veces y terminó en la Clínica El Ávila con cinco puntos de sutura en su mollera meridiana.

Riéguenlo por el mundo: nadie escapará de la piedra a la que estaba destinado.


III

Fui al Village Vanguard por primera vez el 3 de abril de este año.

Fui a ver a un maestro que nació en 1927. Fui a ver a Lee Konitz.

Para que se den una idea de la importancia de este intérprete del saxo alto, sepan que fue uno de los discípulos más aventajados del pianista Lennie Tristano. Sepan también que, en 1949, participó en las grabaciones de Birth of the cool junto a Miles Davis. Sepan que trabajó junto a Stan Kenton y Claude Thornhill, que grabó discos memorables junto a Gerry Mulligan y Warne Marsh. Sepan que fue uno de los músicos más destacados de los movimientos Cool y West Coast Jazz. Sepan todos que fue uno de los pocos saxofonistas que se resistió a la avasallante influencia de Charlie Parker.

El Village Vanguard queda en un sótano pequeño y oscuro. A diferencia de cómo me lo imaginaba, está en perfecto estado; no tiene pinta de antro ni se le siente la vejez a pesar de ocupar el mismo local desde 1935. Para entrar, debes hacer una reservación y pagar 35 dólares por los que puedes tomarte una cerveza y ver el show.

35 dólares por ver a Lee Konitz en vivo y tomarte una Samuel Adams en un emblemático club de jazz en el que una larguísima lista de artistas extraordinarios han tocado y grabado sus discos, son 35 dólares perfectamente bien invertidos en algo que sólo entienden los que saben de estas cosas.

Y ya.

Hubo un momento en mi visita en el que cerré los ojos y di las gracias. No todos los días se va a un lugar de peregrinación como el Village Vanguard en Nueva York.

jueves, octubre 15, 2009

PAISAJE INTERIOR
Ves las noticias, sales a la calle y te dices que no te interesan ni las noticias ni la calle. En realidad no te interesa nada o, más bien, no te interesa nada de lo que ocurre y se cacarea con gritos destemplados. Más bien te importa aquello que ocurre por debajo de las aguas, aquello que se torna invisible y que nadie ve porque a tu alrededor los seres humanos se tornaron ciegos.

Allá los que no defienden como deben aquello que dicen defender. Allá los pusilánimes que terminan abrazados a sus espermatogramas. Allá ustedes con su necesidad de crear miseria y de hablar y de hablar y de hablar para abstraernos del fin del mundo que conocimos.

Yo sigo encerrado, viendo el universo desde este postigo de luz, y de aquí sólo me moveré cuando sea posible construir algo mejor.

martes, octubre 13, 2009

LISTA DE COSAS INSOPORTABLES 1) Bañarse con totuma porque se fue el agua.

2) El pegoste de arena que queda en los asientos del carro luego de un día de playa.

3) Los que, en el metro, en una camioneta o en un autobús, te recuestan el bulto y no van a la escuela.

4) Los domingos por la tarde.

5) Los calvos que se dejan crecer las greñas a los lados de la cabeza y se las peinan de manera que les cubran el coco pelado. Cerca de nosotros siempre hay un sujeto peinado así.

6) El chistecito que hace que la gente crea que a los «pelos» siempre se les debe llamar «cabellos». Si ese chiste tuviera razón iríamos a «cabellerías» en lugar de «peluquerías».

7) Ir a velorios, entierros, novenarios y afines. Dar pésames y comer sándwiches de funeraria.

8) Un apagón.

9) Las entrevistas de Hollywood en las que todo el mundo habla bien de todo el mundo.

10) La lluvia venezolana con la ristra de desastres y de malos recuerdos que nos vienen a la mente cada vez que en este país pronunciamos la palabra «lluvia».

11) Un apagón tres líneas después del primer apagón de esta página.

12) La gente que siempre llega a tu casa a la hora del almuerzo dizque de «imprevisto».

13) El cine y la literatura de vampiros.

14) El reciclaje de estrellas en la radio y en la televisión venezolana. A todos los programas van los mismos entrevistados.

15) El estrellato de la AH1N1, como si no hubiera más enfermedades…

16) Las galleticas de la suerte, los muñequitos y los tests en Facebook.

17) La música que hacen Huáscar Barradas, Luis Julio Toro, Yordano y El Guajeo.

18) La música que hacen Jorge Drexler, Fito Páez, Charly García, Kevin Johansen y todos esos narizones del sur.

19) («Narizones del sur» es el título para una novela).

20) Echarle agua a la salsa de tomate y a la mostaza «para que rindan».

21) La mezcla del olor de la basura con el olor de la creolina.

22) Un tercer apagón ante el que sólo vale preguntarse si la era de Thomas Alva Edison se acabó en nuestro país.

23) Que la vida sedentaria sea dañina para la salud.

24) La gente que dice «esel» en lugar de excel o «ésito» en vez de éxito.

25) El vestuario de Carla Angola.

26) Los amigos que no ponen un centavo a la hora de pagar la cuenta después de haber jartado y bebido como bárbaros.

27) Nuestra debilidad ante los ladrones de cualquier calibre.

28) Una calle sin alumbrado público a estas alturas del siglo XXI.

29) Caer en un hueco y sentir que a partir de ahí tu carro no suena igual.

30) Los griticos de la gente viendo los juegos de la Vinotinto.

31) Un perro chillando a las dos de la mañana.

32) Una alarma huérfana sonando a las dos de la mañana (si suena al mismo tiempo que el perro anterior es que está pasando algo serio en esa calle. Llamen a la policía).

33) La gente que te invita a ver las fotos de su último viaje.

34) Tener tos y diarrea al mismo tiempo.

35) Las discusiones entre los fanáticos del Caracas y del Magallanes. ¿Hasta cuándo?

36) Tener un pelo asomado de una de las ventanas de tu nariz.

37) Cortarse con una hoja de papel bond.

38) Semana santa, navidad y carnaval.

39) Una tubería rota en el baño o en la cocina.

40) La cantidad de accidentes aéreos que se han producido en los últimos tiempos.

41) Que tu hijo le pegue un pelotazo al plasma y le quiebre la pantalla. (Hasta ahí te durará el orgullo porque tu hijo pertenezca a los Criollitos de Venezuela).

42) Viajar en un autobús oscuro y congelado en el que no puedes mirar hacia fuera porque no te dejan correr las cortinas.

43) Los vendedores que te tratan como si te fueras a robar algo de la tienda.

44) Que tu hijo haya usado las linternas de tu casa para jugar a Anakin Skywalker y que, cuando se produzca el tercer apagón de esta página, ninguna sirva.

45) Que tu hijo llore porque le están masacrando su piñata del Hombre Araña.