domingo, abril 24, 2016

MEDITACIONES A MODO DE AGRADECIMIENTO

  Antes de decir nada quiero contarles que releo El Quijote. Lo hago por placer y no porque desee sumarme a las maromas que a propósito del aniversario de la muerte de Miguel de Cervantes se hacen en estos días.

 El Quijote plantea una experiencia radical de lectura. Leemos una novela en la que el protagonista anda por la vida con la memoria cargada de libros, libros que, a su vez, modifican su mundo, como se supone que le ocurre a cada lector o como se supone que les ocurre a algunos lectores, quienes un buen día descubren por sí solos los efectos que en ellos producen las páginas que han leído. Tengo para mí que ese es uno de los datos más preciosos de El Quijote. El día en que Alonso Quijano se da cuenta de la opacidad de su vida, decide usar el brillo interior en que se han transformado las páginas que ha leído para iluminar su existencia fastidiosa y mediocre. Digámoslo de una vez: la de Don Quijote no es la historia de un loco; es la historia de un hombre que decidió dejar atrás el hogareño encierro y vivir a plenitud según lo que aprendió en la lectura de sus novelas.

 En ese sentido, El Quijote enseña algo que nunca debemos olvidar: un libro es una esperanza. 


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 La literatura nos produce la sensación de que podemos ver a través de las paredes; de que no hay tiempo ni huesos que nos impidan observar algo del increíble futuro. Eso solo lo comprenden algunos solitarios a quienes la lectura les obsequia visiones del azaroso porvenir. 

 Quien no tiene nada que ver con los libros, o no confía en lo que dicen, desconoce tal sensación y, cuando oye hablar de ella, se burla o se entrega a la indiferencia. Es la maldición de Tiresias. Vemos dibujos premonitorios que algunos tratamos de comunicar, pero no nos creen. El público febril prefiere depositar su fe en sabios que remueven el pasado, todos metódicos expertos en aquello que ya ocurrió, que no se puede prevenir y que mañana quedará cubierto por un nuevo mar de abominaciones pretéritas de cuya inminencia alguien advirtió, pero no le creyeron porque estaban atentos a lo que los retrohurgones decían.

 A mí no me interesa estirar o multiplicar el ayer. 

 Prefiero lo que de profético y solitario tiene la literatura.


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 Lo más difícil de concebir un libro radica en encontrar la idea alrededor de la que pueden orbitar otras ideas. 


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 Ahora debo subrayar un acto patafísico’. Aparte de acompañarme a recibir el Premio Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana correspondiente a 2015, ustedes y yo estamos aquí celebrando un libro que todavía no existe. 


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 Intuir que las explicaciones que podemos encontrarles a ciertos fenómenos, son más sugerentes que los fenómenos en sí, es razón cabal para dedicarse a escribir ensayos en un tiempo en el que el público es adicto a la vana brevedad.


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 Maniobras elementales es una colección de meditaciones acerca de los inescrutables enlaces entre los objetos y la poesía.

 Durante el siglo XX y lo que va del XXI, el proyecto artístico más ambicioso ha consistido en trasladar al mundo de los objetos los desplazamientos conceptuales y formales que siguen siendo habituales en la poesía. 

 La poesía no está en las palabras ni se limita a la redacción de versos más o menos delicados; está en algún lugar fuera, antes, sobre o debajo de las formas. El poeta o el artista no hace otra cosa que hacer visibles los desplazamientos de sentido que ocurren entre los objetos que lo rodean y que de alguna manera expresan no solo su río oscuro, sino el nuestro, el de cada uno de nosotros, aunque no lo sepamos ni lo reconozcamos. 

 Ese proceso largo y lleno de experimentos ha ampliado las artes y redefinido nuestras exigencias como testigos de la diversidad de lenguajes y de obras. Hoy no tiene sentido mirar al pasado con nostalgia, recordar cómo se pintaban cuadros, cómo se componían canciones melosas o cómo se escribía una obra cuadrada o redonda. Hoy abolimos los límites, expandimos los horizontes, integramos aquello que era considerado excedente, mezclamos lenguajes y recursos, corremos desnudos por Chacao.

 Maniobras elementales también habla sobre la experiencia de ser receptores de las obras de los demás. Por eso hay tanta música en ese libro, tantas obras de arte, tantos libros y tantos gigantes. 

 ¿No deberíamos ser lectores distintos a los lectores de los siglos XX y XIX? ¿No deberíamos abrirnos a otras formas ajenas a la nostalgia y a aquello que ya conocemos? 

 De todo eso tratan mis Maniobras elementales.


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 Por último, quiero darles las gracias a la Fundación para la Cultura Urbana. Estoy feliz de que haya recuperado su nombre. 

 A Andrés Boersner, a Mari Pili Salas, Rómulo Castellanos, Magaly Pérez…

 A Herman Sifontes.

 Al jurado que se fijó en mis modestas meditaciones.

 A Enrique Enríquez y Carlos Pérez Cruz.  

 A Lugar Común.

 A Stanford Pines.

 Y a todos ustedes que vinieron hoy.

 Gracias, gracias, gracias, gracias. 

 Muchas gracias.

sábado, marzo 26, 2016

SUPUESTAS DELUSIONES

Máquina Célibe; Caracas, 14 de marzo de 2016
I. Después del repaso de las vilezas de hoy, recordamos que otras infamias cubrirán con su barro oportuno las desgracias que han poblado el ominoso presente y lo transformarán en olvido. 

II. Nos cuesta reconocer que por alma tenemos una acumulación de lodo. Solo nos damos cuenta cuando entramos en pendencias con los demás: sea porque somos exitosos y no comprendemos la desesperación de aquellos a quienes les va mal o porque somos campeones del fracaso y detestamos que a otros les vaya bien. 

III. Las horas son más largas; los días más cortos. Alguien envenenó el tiempo. 

IV. Trocados en hombres válvulas, abrimos y cerramos llaves, vigilamos las aguas, tememos el desierto. 

V. A nuestro alrededor sibilas y augures arrogantes, cuyos vaticinios siempre tienen beneficiarios. 

VI. Padecemos las órbitas de varios relojes simultáneos. Uno marca los días que faltan para que vivamos la noche más árida; otro los meses que nos separan de las próximas elecciones; otro el furor inmediato del hambre y la enfermedad; otros la calculada e implacable lentitud de la política, la erosión económica, el cese de la vida como la conocimos. 

VII. El calendario dice 2016, pero algo roto en nuestro interior sabe que no es 2016; que no puede ser 2016 porque nuestros relojes marchan, cada vez más rápido, hacia atrás. 

VIII. En el aire seco el polvo paralizado, como nosotros. 

IX. En nuestra vida pública hasta lo más trivial es motivo de controversia y encono. 

X. Nadie se enfrenta al malevaje, salvo el malevaje. 

XI. Hemos visto versiones crudas de Fuenteovejuna, fusilamientos, escabechinas en nombre de Dios y de la codicia. Una parte de nosotros se apaga; no entiende el dolor ajeno, como a otros se les apaga cuando ven el nuestro. 

XII. Bajo el afilado sol blanco de estos días las vacas negras dibujan líneas; buscan algo; no lo encuentran; forman nuevas líneas; huyen a otros dibujos. 

XIII. Noche proterva. Laja oscura. La calle, abandonada y silenciosa, pregunta por los paseantes. Quizás duerman. Tal vez caminen de la cama al baño, del baño a la cama, hasta que, de verdad, se duerman y sueñen con una calle mejor. 

XIV. Ni Dante ni Goya ni Doré ni Piranesi imaginaron la sevicia de una cárcel venezolana. 

XV. Los árboles resisten mejor que nosotros la exposición a la intemperie y a las malas noticias; responden con belleza a la adversidad. 

XVI. La desdicha se aduja en nosotros; presiona nuestro pecho; acomoda su cola de vidrio en nuestro estómago y anida hasta que estallamos. 

XVII. Debajo de la desesperación, una inquisidora vergüenza nos asuela. Vergüenza por lo que hicimos, dijimos y omitimos; por lo que hicieron, dijeron y omitieron otros. 

XVIII. Toda solución que obvie la ruina en que vivimos, no es solución; es ruina disfrazada. 

XIX. Nuestra escuela del horror ha sido pródiga en enseñarnos cuán posible es lo imposible, cuán frágil es todo cuanto hemos creado. 

XX. Exponerse a tanto perjuicio durante tantos años ha sido una prueba de resistencia de la que nadie ha salido sano.

jueves, marzo 03, 2016

EL ÁRBOL DEL MIEDO

 Hacia el final de Dos años, ocho meses, y veintiocho noches, de Salman Rushdie, el narrador dice que se puede controlar a los seres humanos por posesión, encantamiento, soborno, miedo y fe. Todo eso lo sabemos. Lo hemos vivido, tal cual, durante años, y no han sido yinnis los que se han dedicado al tal control, sino auténticos tiranos remotos apoyados por baladrones nacionales y hornadas de otarios hambrientos de cualquier cosa que brille.  

 Ahora nos encontramos en una etapa extraña. Cuatro de los cinco métodos de control de que habla la novela dejaron de funcionar en mi país, sea por la despedida del hombre recuerdo, por la perversa tozudez de sus sucesores o porque se acabó el fuego pecuniario que encendía la fragua de las ilusiones. El único método de control que sigue funcionando es el miedo, una entidad que las circunstancias independizaron de sus inoculadores y ahora todos —incluidos ellos mismos— lo sentimos donde estemos.

 (El miedo es un árbol seco que crece y se retuerce dentro de cada persona).

 Los tontos les tenemos pavor a la ruina, a los asesinos, al hambre, a las convulsiones colectivas que nos impiden vivir con decencia elemental. En cambio, los primarios inoculadores temen situaciones menos evanescentes; temen, por ejemplo, que los anulen, que los persigan, que los expolien, que los encierren, que se los coman…

 Un dolor lento y milenario se ha apoderado de las esquinas junto con una incertidumbre cada vez más hinchada. En el aire flota la impresión de que no gobiernan humanos, de que es una inescrutable forma de oscuridad la que domina todos los resquicios e impide que llamemos las cosas por sus nombres inveterados, so pena de soportar alguna forma de anulación. El miedo llama al miedo. No son los lobos; son los aullidos de brazos largos que abren la noche y siembran las pesadillas que vivimos en días inagotables. ¿Cómo soportamos tanta maleza? ¿Cómo llamamos vida a esta deriva negra que anuncia algo parecido a una guerra?

 Nadie habla del peso del miedo. Lo llevamos por dentro (sus ramas nos rasgan) y nos hacemos los estoicos. Jugamos a la normalidad. Creemos que nos vemos dignos disimulando lo pequeños que nos sentimos y lo indefensos que estamos. Tratamos de sonreír, pero no logramos que la risa disuelva aquello que tanto nos asusta. Cuando posan frente a un espejo, los mandarines tratan de verse valientes, pero no lo logran. La traca de absurdos que dejan a su paso es tan densa que se extravían en ella. Algo parecido ocurre con los severos que leen los fueros y se ilusionan e ilusionan a los demás con soluciones asépticas en las que no existe espacio para la desdicha.

 Debemos aceptar que no hay cura para el horror, salvo enfrentarlo. Pero eso, se sabe, alimenta nuestra filosa angustia porque las consecuencias son impredecibles, sobre todo si se actúa a la ligera, sin estudiar ni acordar con nadie ni pedir ayuda ni convencer a quienes no están convencidos.


 El miedo destruye los puentes entre las personas. Quizás, antes de acometer el destino esforzado que nos espera, debamos comenzar a restaurarlos, a ver si, por lo menos, dejamos de sentirnos tan solos en este valle umbroso.

miércoles, febrero 24, 2016

CONTRA LAS APLANADORAS MORALES

 El mundo es un enjambre de altivos ignorantes para quienes no está bien utilizar categorías morales al analizar los hechos porque no son objetivas, porque les suenan a mundo antiguo y superado, a maniqueísmo, a simplificación incapaz de retratar la complejidad de la vida.

 Quizás esas apreciaciones sean respetables en contextos más ordenados que el de este presente venezolano tan obtuso. En sociedades más abiertas, por ejemplo, quizás sea pertinente renegar de la división entre bien y mal porque la vida transcurre en las infinitas gradaciones entre uno y otro, pero aquí, en esta nada con buen clima, en este matadero constante, no hay esfumado posible. Un narcotraficante es un narcotraficante sin importar cuántas canchas construya ni cuántas ministras ni cuántas vedetes lo visiten. Un secuestrador es un secuestrador no importa si guarda su chapa de policía en la gaveta de su mesa de noche y la foto de sus hijos en su cartera. Sujeto que roba, viola, maltrata y mata es malo sin ambages; no sirven para nombrarlo sino sustantivos que derivan del mal. ¿Y cómo nos caracterizamos las víctimas de tales perversos? ¿Somos iguales, aunque no hundamos ni despachemos a nadie? Ya saben la respuesta. Así que la denostada división entre «ellos y nosotros» tiene sentido. No nos parecemos. Nos separan abismos puntuales hechos de las decisiones que tomamos cada día.

 Ah, pero entre los seres humanos han esparcido virus que atacan y adocenan nuestras conciencias para enseñarles a quedar bien con todo el mundo. Y es así como importa más lo políticamente correcto que lo correcto a secas. No incordiar es la regla. Sé tú mismo. Piensa lo que quieras, pero no fastidies. Únete a la aplanadora conceptual donde malevos y decentes son lo mismo porque todos tienen los mismos derechos ante la ley. «Pero ¿cuál ley, señor juez, si este cafre se metió en mi casa, me amenazó con un revólver y ahora usted quiere que yo acepte que es igual a mí, que no amenazo a nadie ni tengo revólver?». Es ahí donde entra la baba prudente a tejer su red interminable de palabras cuyo único fin es hacerte creer que estás loco.

 (Una vez un gobernante venezolano, hoy ahogado en el recuerdo, habló en el ágora y dijo que estaba bien que quien tuviese hambre, robara).

 Esa medianía es el telón de tinieblas que protege las más variadas estructuras malevas. De modo que los sabios promotores de tales ideas trabajan —sabiéndolo o no— para las fuerzas corruptoras, aplastándolo todo, acabando con la legitimidad que tiene el cotejo entre los hechos y la formación ética de cada persona. Su propósito es imponer una moral a la que presentan como «mejor» y más «evolucionada», para convertirla en la de los destinados a gobernar. Esa moral se basa en que todos somos luces y sombras a la vez y todos somos responsables y culpables de todo y todos debemos aceptar a todos, aunque algunos cometan desmanes cuyas consecuencias pagamos todos.

 Pues no. Hay buenos y malos. Hay gente que trabaja para mantener y organizar la vida y hay sujetos que se levantan cada día para disolverla.

 Ninguna aplanadora quiere nada distinto a su propio beneficio. Por eso rebelarse contra ellas, con todas nuestras fuerzas, es un deber de cuyo cumplimiento depende nuestra propia supervivencia.

martes, febrero 16, 2016

VERDADES INDISPENSABLES

 En estos días aciagos debemos recordarles a los antiguos votantes del chabismo las veces que aplaudieron los exabruptos que cometía y decía su taita. Recuerden las satisfacciones que sintieron cada vez que les llegaron las noticias de una victoria electoral o de la privación de la titularidad de un bien ajeno. Tengan presente la efervescencia que los dominó cada vez que agraviaron con palabrejas mal aprendidas al oponente al que consideraron su enemigo. Es sano que acepten que parte de la desgracia que vivimos en la actualidad es culpa de ustedes mismos. Cada vez que se encuentren en una cola para adquirir algo que no saben qué es, cada vez que se vean enredados en un trámite absurdo para concretar las operaciones comerciales más sencillas, cada vez que los atraquen (o sepan de un atraco), cada vez que no tengan luz o no tengan trabajo porque la compañía donde trabajaban, cerró; cada vez que se vean intimidados o acosados por autoridades abusadoras, por malandros, pedigüeños, indigentes, buhoneros o pícaros de toda ralea, hagan memoria; véanse a ustedes mismos fascinados con el chabismo. Algo parecido debemos recomendarles a aquellos que proclamaron que sus corazones eran opositores pero sus bolsillos chabistas, o a aquellos sabios del pandorismo universal que no aceptaron ni aceptan que nos encontramos en una tragedia cuyo dilema es ruina o muerte.

 Olvídense de la inocencia. Aquí nadie es inocente. Nadie puede invocar la ignorancia como excusa ni decir «me engañaron» porque, muy en su fuero interior, todos ustedes sabían que apoyaban un proyecto malevo diseñado por piratas. Pero claro, no dijeron nada porque la largueza de la mano dadivosa, les dio regalos materiales y les ofreció un objetivo en la vida basado en el resentimiento y en esperar (subrayo con luces amarillas ese verbo) más y más beneficios. Ahora resulta que ustedes ya no son chabistas o que son chabistas mas no maduristas, como si aquel hombre-recuerdo no nos hubiera legado este mamotreto y como si ustedes no hubieran apoyado su entronización y no hubiesen batido palmas en su momento por semejante desgracia. Sigan creyendo que ustedes no han tenido responsabilidad en el infortunio abisal que padecemos. ¿Les parecen duras estas palabras? Véanse a ustedes mismos corriendo de una farmacia a otra por medicinas u oyendo el largo regüeldo de la tubería cuando abran la llave del lavamos y no salga más que aire. Compartan con los suyos la memoria de las hazañas que debe cumplir cualquier paisano para adquirir la batería o las llantas de su automóvil. Piensen en todo lo que el chabismo prometió y no cumplió. Saquen la cuenta de las grandes ideas que terminaron en nadas oxidadas y torcidas antes de su inauguración. Mediten otra vez sobre las corrosivas satisfacciones que sintieron en estos años, si fueron duraderas o si se consumieron a la velocidad del humo.

 La extrema condescendencia hacia los corresponsables de esta pesada desdicha quema como un infierno y quemará más en el futuro, si ahora no hablamos de ella. Darle a cada quien lo que se merece es indispensable para sortear las ominosas espinas que nos aguardan. En el porvenir resurgirán una y otra vez las voces de la socarronería universal; clamarán al cielo cuando la sensatez ponga a funcionar la rueca de los cambios; apelarán a la eterna idea de que el grueso de la sociedad venezolana es estulto y pobrecito. Para tristeza nuestra, más de un nostálgico de pestorejo blando atenderá ese llamado y lo único que podremos hacer será recordarles la angustia de estos largos años, la erosión espiritual, la incertidumbre y también la responsabilidad que cada quien tuvo en esta increíble y dilatada pasantía por la escuela del horror comunista. 

sábado, febrero 06, 2016

TIEMPO, ESPACIO Y ESCRITURA

Máquina Célibe; La Floresta, Caracas; 4 de febrero de 2016
La literatura condensa tiempo y espacio. Las palabras funcionan simultáneamente en ambos: en el tiempo y en el espacio de la página; en el espacio donde pronunciamos las palabras o en el plano donde las escribimos; en varios tiempos o en distintos niveles del mismo tiempo: en el tiempo real de la lectura; en el tiempo de la página; en el tiempo propio de lo que se escribe; es decir: en el tiempo al que se refieren los hechos que se cuentan o en el lapso que dura el desarrollo de un fenómeno.

 Los libros son máquinas múltiples: espejos y relojes a la vez; espejos que reflejan el universo; cronómetros variados de una maquinaria capaz de sembrar bombas semióticas en nuestras mientes o de hacernos viajar por pasados, presentes y posibles futuros, o por tiempos imaginarios.

 La relación de las palabras con el tiempo define la naturaleza de lo que escribimos; por ejemplo: si las palabras se refieren a hechos reales, hay una relación directa de las palabras con las fechas, las horas, los meses... Si las palabras se refieren a hechos ficticios, las historias suceden en los tiempos diseñados para cada ficción. La exactitud de una historia depende de la precisión con que se cuentan los hechos, esto es con la precisión que se hace encajar todos los hechos en una línea temporal determinada, creando así coherencia y verosimilitud.

 Las palabras, el tiempo y el espacio siempre se relacionan (¿cómo condensas o expandes el tiempo real en el tiempo de la escritura? ¿Cómo cuentas un año de historia o dos o sesenta en diez páginas o en tres mil caracteres o en trescientas páginas?). Las palabras hacen que nuestras percepciones del tiempo y del espacio se contraigan o se expandan, dependiendo de la capacidad de las propias palabras de comprimir o extender sus propios significados. 

 La relación de las palabras con el tiempo también define el género literario que cultivamos. El realismo de cierta literatura y del periodismo podría verse como una reproducción más o menos detallada de la vida en un lugar y una época reales. Por su parte, la poesía funciona fuera del tiempo cronológico o, al menos, en una esfera temporal alterna; vale decir: la de las emociones o la de las propias palabras en relación con ellas mismas y el ritmo que producen, o con el fogonazo que encienden cuando están juntas.

 Los comediantes manejan el concepto del timing. Cada chiste debe contener un remate, una torción del sentido que llama a la risa. Cada remate debe estar distribuido en el tiempo y debe ser desarrollado en el momento preciso; de lo contrario, el chiste no funciona. A lo largo de una rutina de comedia hay muchos remates, unos más intensos que otros, pero todos están colocados en el momento y en el lugar exacto.

 Las palabras también funcionan en el espacio. En el plano de la página, de la pantalla o del muro, crean la ilusión de un viaje a través de una mancha de signos que representan mundos. Las palabras acostadas forman líneas y oraciones, párrafos que pueden ocuparnos y transformarnos, darnos aliento, hacernos vivir situaciones que no sabemos que existen ni cómo se llaman. Las palabras intervienen el espacio cuando las pronunciamos, cuando leemos en voz alta o cuando formamos con ellas una corriente que llena el vacío y se apodera de él. Las palabras reverberan abrazadas a las voces que les dan vida, acometen a las personas, se expanden en el espacio invisible de la mente que imagina, que sabe, que recuerda. Cuando ocupan el espacio tridimensional (organizadas, libres de su natural tendencia a la futilidad y al ruido), las palabras tienen reverso, se abren como flores sonoras cuyo eco mella los límites del espacio.

 Las palabras intervienen en la inmediatez de la vida a través del sonido. La voz esparce las palabras; es fenómeno efímero que transporta estructuras sintácticas que, a su vez, contienen nuestro pensamiento. Quien habla, introduce ideas en el espacio tridimensional, pensamiento capaz de modificar vidas. Por eso las diferencias entre el charlatán y el orador honorable son tan importantes.

 El torrente de voces atraviesa el espacio; dependiendo de las formas que asuma, de los medios que amplifiquen su poder, puede extenderse a los rincones más recónditos e incluso trascender su propio tiempo. Pero vivimos en un mundo en que las voces de políticos y mercaderes entran con mayor facilidad en el espacio público que las de los poetas. Y así le va a la humanidad.

 La masa de voces agrupadas en un coro hace que la materia sonora alcance un estado capaz de horadar la oscuridad. Los muros de templos y teatros cargan consigo las huellas imperceptibles de lo sagrado, de lo que está más allá del espacio y del tiempo.

martes, febrero 02, 2016

DE LA DIFICULTAD DE CONCEBIR UN LIBRO

 Lo más difícil de producir un libro no radica en la solitaria escritura de párrafos afiebrados; tampoco en la edición dolorosa de las páginas que creemos perfectas; radica en la definición de la idea que lo justifica.

 Digo «definición» por decir algo. En verdad uno no «define» nada. La idea está ahí, rondándonos y un día, simplemente, la vemos junto a nosotros, la traducimos a palabras más o menos inteligibles, la cribamos y le otorgamos una forma capaz de mantener unidas las piezas que poco a poco hemos concebido. Ese núcleo fugaz, antes de convertirse en la médula de algo, tiene la velocidad de un espejismo; es esplendor inquieto que no debe perseguirse porque mientras más se le persigue, más evasivo se vuelve.

 La dificultad radica en cultivar una extraña forma de la paciencia (y de la fe, ¡cómo no!) que consiste en esperar algo que no sabes que es, pero que intuyes cercano. En el entretanto, el guía interior te dice que debes ser digno de ese encuentro; que debes prepararte para ver ese fulgor instantáneo cuando se presente, y así te dedicas a la lectura, a la audición de música, a la observación interesada de obras de arte y a todas esas actividades que nos ayudan a ver más allá de las triviales convenciones de la realidad. Como todo lo que tiene que ver con tales asuntos, lo más importante proviene de una actitud abierta al descubrimiento y a lo desconocido; no a la planificación milimétrica. En cualquier forma artística, la excesiva planificación conduce a versiones más o menos reconocibles del ridículo.

 Cuando pasas meses y años escribiendo páginas que no sabes dónde encajan, tiendes a desesperarte, a sentirte desclasado, más si no escribes cuentos ni novelas ni te dedicas al periodismo que vive prendado de sí mismo, hasta que un día aparece el conjunto de ideas capaz de hacer orbitar a su alrededor todo cuanto has vertido en palabras y de darle la coherencia suficiente como para lograr que tú mismo lo veas como un organismo único al que puedes llamar «libro».