viernes, enero 16, 2015

MEDITACIONES

 Los temas pertinentes en estos días son tan espinosos como limitados. ¿Qué hacemos entonces: entramos en el tremedal o nos sustraemos a la glosa constante de aquello que nos perturba?

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 Dibujar para traducir a formas reconocibles la fugacidad de lo que vemos. Dibujar para entender el mundo, para traducirlo a movimientos del cuerpo, de los ojos, de los brazos, y dejar en un soporte físico los rastros de ese proceso. 

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 Cuando el ruido alimenta al ruido, lo mejor es callarse.

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 Todo discurso que no sea directo, exige un esfuerzo de atención. Por eso las truculencias tienen tanto éxito en un mundo maleducado y perdido.

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 Filas en todas partes. Filas frente a farmacias y supermercados. Filas a las puertas del desastre.

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 La desesperación no sirve para nada en el fin del mundo.

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 Arces, glicinias, robles, jabillos, acacias, mangos, pinos, cedros, aguacates, olivos... Los árboles imperturbables.

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 «SW6796 Blue Plate» o azul en una pared.

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 ¿Qué se hace con los bárbaros? La pregunta es pertinente porque ellos parecen saber muy bien qué hacer con los demás. 

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 Mejor dibujar... Dibujar para entender la danza de los bordes. Dibujar para recordar que somos criaturas espaciales. 

miércoles, enero 07, 2015

BAJO LOS CIELOS DE INSTAGRAM

 Un mundo en el que nadie habla mal de nadie.

 Un mundo corroído por la corrección política.

 Un mundo en el que se usan eufemismos para hablar de eufemismos.

 Un mundo gobernado por Tartufos.

 Un mundo de redentores que ofrecen el pasado.

 Un mundo de egoístas virtuosos.

 Un mundo de oscuridad disfrazada de luz.

 Un mundo con ilimitada capacidad de conexión rendido al solipsismo.

 Un mundo de memoria inmediata y nostalgia perpetua.

 Un mundo que se prosterna ante la ignorancia simpática.

 Un mundo habitado por personas que no diferencian egoísmo de individualismo.

 Un mundo de pobreza espiritual maquillada de riqueza material.

 Un mundo que cada tanto produce las mismas obras de arte.

 Un mundo prendado de sí mismo.

 Un mundo que quiere hacernos creer que la vida trata sobre el bienestar.

 Un mundo de máquinas que no miden el veneno conceptual de las cosas.

 Un mundo entregado a la balística y a la silicona.

 Un mundo perdido en logaritmos.

 Un mundo habitado por amebas en faldas y pantalones.

 Un mundo lleno de criptógrafos que pasan por poetas.

 Un mundo que vigila lo inútil.

 Un mundo que siembra la tala.

 Un mundo adormilado frente a una fuente de pólvora infinita.

 Un mundo envuelto en una mortaja de cables.

 Un mundo de corazones radicales, congelados, sin verdadero amor.

 Un mundo de esperpentos devenidos en apóstoles.

 Un mundo en el que la indiferencia se mide en megatones.

 Un mundo que se siente incómodo ante el silencio.

 Un mundo de astronautas de recámara.

 Un mundo agotado de sí mismo.

 Un mundo en el que el único espacio de libertad posible queda detrás de los ojos.

 Un mundo de truenos que no significan más que el trueno.

 Un mundo fértil al miedo.

 Un mundo que no prepara a sus habitantes para vencer el horror.

martes, diciembre 30, 2014

ESPAÑOLES

 Sigan creyendo que Podemos no es una variante del chavismo. 

 Sigan creyendo que Podemos no arruinará (más) a España o, para ser más claros, sigan creyendo que en España no puede ocurrir la variante española de lo que ha ocurrido en Venezuela, como si ser español inmunizara contra la estupidez humana...

 Sigan creyendo que Podemos no se instituirá en lo que sus miembros llaman «casta».

 Sigan creyendo que los «papeles de trabajo» que hoy presenta Podemos nunca se convertirán en compendios de normas absurdas capaces de transformar la vida española en un garabato sin nombre.

 Sigan creyendo que los flacos de Podemos jamás engordarán.

 Sigan creyendo que Podemos no se aprovecha de (ni azuza) la indignación de los ciudadanos.


 Sigan creyendo que los miembros de Podemos están preparados para gobernar.

 Sigan creyendo que desde el odio y la revancha se generan los consensos necesarios para vivir en paz.

 Sigan creyendo que Podemos no llevará a España una bruma de atraso y populismo.

viernes, diciembre 19, 2014

MEDITACIÓN MÓVIL

 Si tuviera que definir este libro, diría que se trata de una meditación sobre el amor y la muerte, sobre las huellas que deja en nosotros esa conmoción que se produce cuando alguien muy querido se nos muere. No sé a ciencia cierta (y no creo que interese) si este libro es un ensayo, un reportaje, una biografía o si, más bien, es todo eso (y más)  a la vez, porque la forma que asume esa meditación varía a lo largo del libro como varían las conversaciones en las que se cuentan historias y se revelan intimidades. Ese es el sabor que tiene este volumen: el de una conversación con un amigo querido en la que las formalidades importan menos que la calidez.

 Quiero decir que en esta obra los temas principales son el amor y la muerte, pero Rosa Montero ahonda en ellos revisando ante nuestros ojos la asombrosa y apasionante vida de Marie Curie a la vez que reflexiona sobre su propio duelo, sobre la soledad, el dolor, los recuerdos; es decir: todo aquello que se borra con la persona amada y que conforma ese estado de abandono llamado viudez.

 El método del libro está ahí; es ese, tan sencillo como ritual: Rosa habla sobre la pérdida de su Pablo como Marie habla sobre la desaparición de su Pierre. El libro que leemos es el equivalente del diario que la científica escribió durante un año a partir de la muerte de su esposo, ocurrida en 1906. Tanto Marie como Rosa hacen el ejercicio de traducir a palabras su dolor, de ordenar los asuntos insondables que el fallecimiento de un esposo trae consigo, de buscar sosiego hablándoles a sus respectivos difuntos. Rosa usa el diario de Marie como guía para viajar al centro de la pena y componer su propia elegía. En el camino nos deja páginas de una belleza rotunda y sabia, como aquellas en que subraya el inmenso valor de los acontecimientos más triviales de la vida como cubrirse la cabeza a la hora de dormir la siesta, como la presencia de una niña cantando debajo de una higuera, como las fotografías y los objetos que quedan huérfanos cuando su dueño fallece.

 Entre las reflexiones más interesantes y conmovedoras del libro está aquella que habla del milagro que supone el que Manya Skolowska (ese era el nombre de soltera de Madame Curie) se dedicara a investigar la propiedad conductora de electricidad que caracteriza las radiaciones de cierto tipo de metales y que, por ese tiempo, un amigo le presentara a un físico que, a su vez, había diseñado un artilugio para medir con precisión la electricidad presente en el aire. Es decir: ¿cómo es posible que dos personas con intereses tan cercanos se encontraran, se conocieran, conversaran, simpatizaran, entablaran una relación de amistad y terminaran casándose, teniendo dos hijas, trabajando juntos y produciendo varios de los descubrimientos científicos más importantes del siglo XX? Ciertamente se trata de un milagro de amor que trasciende al propio amor.

 Leo las lineas precedentes y no estoy seguro de haber comunicado la belleza y la diversidad de este libro. Sepan que es mi culpa no poder o no saber dar cuenta de la multiplicidad que lo caracteriza. Un ejemplo: no he hablado del feminismo que rezuman sus páginas. Por lo general, no me gustan los discursos feministas, aunque entiendo y comparto la mayoría de sus postulados. Pues bien, en esta meditación el feminismo aparece enlazado a una gigante, a una mujer cuyos innegables talentos para la ciencia se complementaron con una enorme tenacidad personal y una entrega absoluta a su propio trabajo. No hay manera de negar la trascendencia de Madame Curie ni de dejar de admirarla como un estandarte no ya de la reivindicación de los derechos de la mujer, sino como un espejo donde la humanidad entera puede mirarse, medirse y encontrar una fuente inagotable de inspiración. Lo fascinante es que en este libro no aparece la Madame Curie esquematizada por el enciclopedismo ni por los discursos feministas, que es lo peor que puede pasarle a una figura de su talla; aparece una mujer compleja, entregada con ciega intensidad a la ciencia, pero también amorosa y familiar, con una dulzura inédita que desmantela la adustez que luce su rostro en cada uno de los retratos que de ella se conservan.

 De las múltiples imágenes memorables que este libro contiene, me quedo con Marie Curie  en su laboratorio, ante uno o varios calderos, como una alquimista, tratando la plecbenda para obtener la fuente de las radiaciones más poderosas de su tiempo. Me quedo también con la imagen de Marie entrando a su laboratorio de noche, sin encender la luz, para disfrutar el resplandor féerico que emanaba de los objetos más inocuos (una cucharilla, unas tijeras, un trozo de alambre) tocados por la radiactividad. Me quedo con Marie llorando abrazada a la ropa llena de sangre de Pierre. Me quedo con la gran elusión del libro, con Pablo, el gran ausente no ya del volumen, sino de la propia vida de Rosa Montero.

 En la muerte (o en la reflexión sobre la muerte) también puede haber belleza. De eso trata esta inmersión profunda, esta meditación móvil que nos pone a pensar en aquello que tanto rehuimos, pero que, al final, siempre nos llega o nos toca de muchas maneras a lo largo de la vida.

jueves, diciembre 11, 2014

HENO Y ALFALFA

 Hay humoristas dados al autobombo, gente a la que le encanta repetir que el humor es una manifestación de la inteligencia o que el humor siempre lucha contra los abusos de los poderosos. Con la primera sentencia nos restriegan su genialidad. Con la segunda nos dicen que son adalides de la libertad de expresión, portadores del fervor democrático y justiciero.

 Permítanme que desde esta página les pinte una palomilla con los dedos de una de mis manos.

 Listo.

 De la inteligencia no diré nada porque para qué, si no dispongo de instrumentos para medirla y, además, me basta con mirar a través de una de las ventanas de mi casa para notar que vivo rodeado de inteligencia. De lo que sí quiero hablar es del afán de algunos humoristas por mostrársenos como héroes patrios, como luchadores incansables en favor de todo aquello que es bueno y noble, apuntando las municiones de sus aljabas contra los clásicos políticos abusadores, como si no hubiera otros poderosos ensoberbecidos ni afiebrados por alguna forma de poder. En otras palabras, declaro que me parece raro que estos prohombres del humor solo les hinquen los colmillos a presidentes, gobernadores, ministros, congresistas y alcaldes, como si los CEOs de transnacionales fueran doncellas inocentes o como si cualquier industrial, comerciante o dueño de negocio, no mereciese sátira alguna ni chiste que muestre sus imposturas.

 Tengo para mí que esa reconcentración en políticos se debe a que los dignatarios tienen algo de abstracto y de caricatura de sí mismos, lo que les facilita el trabajo a los humoristas, y más en la Venezuela lombrosiana que tenemos. Y, bueno, para no darle más vueltas al asunto, diré que creo que estos humoristas venezolanos temen que si se meten con ejecutivos y afines, no tendrán anunciantes ni lugares dónde trabajar. Ellos, los gerentes, suelen ser expertos en hacer creer que hay que estar siempre de buenas con ellos porque tienen en sus manos el cuchillo para cortar el tipo de bacalao del que come un sinfín de bocas, incluidas las de los humoristas. Por eso no me trago el cuento de los comediantespróceres. Más bien su empeño libertario me parece una de las tantas manifestaciones de esta enfermedad social autoinmune que nos azota desde hace años y que se caracteriza, entre tantas cosas, por una frivolidad rayana en lo sobrenatural. 

 Un humorista debería ir contra toda forma de necedad, contra toda impostura, contra todo camelo, pero el pandorismo asuela y vuelve loca a mucha gente, incluidos unos cuantos comediantes que confunden los términos y acaban poniendo el arte de la comedia al servicio de la mula bifronte que en Venezuela se toma por política,

 El humor debería ser algo más punzante y más corrosivo que esté solo al servicio de las formas y de la risa, que es como decir que esté al servicio del propio arte. Lo demás es oportunismo. 

 Solo eso.

miércoles, diciembre 03, 2014

EL RÍO OSCURO

 En lugar de pretender una definición, deberíamos observar aquello que la poesía produce en nosotros y vivirlo como venga.  Porque la poesía no es para «entenderla»; tampoco para «sentirla». La poesía simplemente «es». Y todo lo que es, es.

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 La poesía se encuentra agazapada en los entresijos de la vida, en las ranuras infradelgadas que separan los hechos, los pensamientos, las cosas. 

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 La poesía se mueve; muta a cada instante, como un río opaco.

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 La poesía no se limita a una expansión de nuestro mundo. Ciertamente la poesía refunda y amplía la relación entre las palabras y los objetos, pero ella está más acá (o más allá, quién sabe) del lenguaje y del mundo que conocemos. La poesía no está en las palabras. Ellas son un vehículo sereno, unas de las posibles formas en las que se manifiesta un caudal interior, una corriente que arrastra imágenes negras que, a veces, en mínimas ocasiones, chocan, restallan y producen luz.

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 «Imágenes negras»... Eso es la poesía: un misterio que produce luz a partir de las formas oscuras que nos ocupan.

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 Escribo estas líneas porque he estado leyendo las conferencias de Federico García Lorca, especialmente «Imaginación, inspiración, evasión» y «La imagen poética de Luis de Góngora». En ambas reflexiona sobre la naturaleza huidiza de la poesía, sobre lo difícil e inútil que resulta tratar de encerrarla en un método, en una fórmula, en una receta que garantice la tranquilidad de los doctos racionales, de aquellos que se retuercen, si les dices junto a García Lorca, que llegados a un punto, la poesía es una cuestión de fe. En la primera de las conferencias, propone que la imaginación es limitada porque depende de la capacidad del poeta para recombinar aquello que ya existe y que le sirve para objetivar el hecho poético; valga decir: palabras, imágenes, gestos... También habla de la inspiración como un abandonarse a la posibilidad del relumbre, del chispazo que ocurre cuando chocan las formas negras. Ese abandono debe ser espontáneo; si no lo es, no le sirve a la poesía.

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 En este punto pienso en los dibujos de García Lorca, en su frugalidad, en su inmediatez. ¿De dónde vinien esos dibujos? ¿Acaso de la misma fuente de su poesía? ¿Qué son: poemas que erraron el camino? ¿Imágenes que no mutaron en palabras?

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 En algún párrafo de «La imagen poética de Luis de Góngora», el poeta confiesa que solo escribe con bolígrafos de tinta negra. Pienso en el artista que acomete la contemplación del caudal de fuego negro que bulle detrás de sus ojos y no puedo obviar que lo hace con un cálamo de gelatina oscura como única arma.

  Así, de manera silenciosa e invisible, trabaja la poesía.

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 En «La imagen poética de Luis de Góngora», García Lorca estudia las metáforas del maestro cordobés y observa que cada una es un prodigio en el que se condensan referencias mitológicas, símbolos, detalles nimios de objetos nimios (que a su vez sirven para nombrar eventos de proporciones cosmogónicas), traslación de significados entre palabras que nombran universos distantes y diferentes, ... El resultado es un objeto verbal de una poderosa capacidad de evocación y plasticidad.

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 Poesía = Forma comprimida. Contenido abierto.

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 García Lorca también habla de la búsqueda de una poesía libre de las formas, de las anécdotas, de las referencias, de los contenidos, de todo cuanto no emane de ella misma, una poesía huidiza como el río de vidrio que nos atraviesa.

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 La poesía liberada de las palabras no es asunto de la literatura. 

 La poesía liberada de las palabras es asunto de sí misma; es actitud para crear nuevas relaciones, para ver a través del vidrio. Su poder se concentra o se diluye, se esconde detrás de las artes y de los oficios, se agazapa en las horas o queda en estado latente durante vidas enteras.

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 Río de vidrios... Luces instantáneas, intermitentes, irrepetibles... Poesía.

martes, noviembre 04, 2014

DEFINICIÓN DEL PANDORISMO

 El «pandorismo» es una tendencia del pensamiento contemporáneo basada en la idea de demostrar por todos los medios que se es bueno, que no se piensa ni se habla mal del prójimo, que no se quiebra un plato, que se está más allá del bien y del mal. Si les parece, pueden verlo como una variante de lo políticamente correcto, como una conducta basada en el mito de Pandora, ese que habla sobre una mujer curiosa que abrió la caja donde estaban encerrados todos los males del universo. Cuando la señora Pandora creyó que la caja había quedado vacía, notó que algo que no era una miasma corrosiva se asomaba del fondo. Se trataba de la esperanza que flotaba y se esparcía lenta y tenue por el mundo hasta que los buenos y los que se las dan de buenos la tomaron para sí.

 Los «pandoros» se caracterizan por su bondadosabondad, por su deseo de convertirse en modelos a imitar y por su sempiterna reconcentración en asuntos de alta ciencia. Discutir sobre eventos mundanos, insultar a quienes lo merecen y dejar correr la furia que a muchos nos corroe, no son actividades que atañan a estos peritos de la simulación, a estos maestros en disfrazar de buen comportamiento su incapacidad para enfrentar a enemigos expertos en acciones ominosas que degradan nuestras vidas. Los pandoros saben cómo posponer lo inevitable, cómo marear a los furiosos y apagarles el fuego interior para que esperen, se acostumbren, se amansen y se rindan. 

 Con el cuento de la esperanza, los pandoros ayudan a esparcir los males por el anchuroso mundo. Al no mover un músculo por detener las calamidades, estos Tartufos les abren las puertas a desastres cada vez peores, y lo más grave es que, de tanto sacarles el cuerpo, de tanto evitar pelear por resolverlas, terminan beneficiándose del conflicto del que hablan mal todos los días. Sí: los pandoros son expertos en exprimir los frutos del horror, en quedar como administradores de la sabiduría que todo lo explica y que le dice al prójimo que espere, que tenga fe, que se organice, que trabaje, que sea bueno, que no se deje llevar por la ansiedad, que no haga nada porque lo mejor que puede hacer es esperar o distraerse del horror, oyendo los sofismas beatos que producen estos Ellsworths Tooheys contemporáneos, estos artistas en el arte de dominar a los demás a través de esa virtud que tiene la fortaleza de una nube.

 Los pandoros desecan el pozo del fuego que forma el brillo de los ojos. A través de sus sentencias, siembran la culpa, doman el espíritu y  reúnen a sus seguidores en torno a sucedáneos indignos del combate que hay que librar todos los días para ganarse la vida, para mantener la decencia, construir un futuro, sostener un país.

 Los cultores del pandorismo son variantes seglares de los abanderados religiosos que en muchos lugares del mundo todavía adocenan a las personas y acumulan un tipo de poder en el que reúnen con mesmerizante largueza lo espiritual y lo material. A diferencia de ese liderazgo munificente, los pandoros truecan almas en amebas, no para convertirlos en ovejas de un hipotético rebaño celeste, sino para convencerlos de que la vida no es más que lo que es bajo tal o cual régimen, que no hay por qué luchar, que no hay por qué morir, que no hay por qué reclamar ni gritar ni moverse, porque así de inexorable es la vida en esta democracia con sus elecciones siempre amañadas, «y si no me crees, yo te explico. Óyeme o mírame o fíjate y deja que te convenza o te expulse de mi lado y te ponga en la frente el estigma de los renegados». 

 La civilización produce maravillas, pero cuando lleva demasiado tiempo asentada, engorda y genera rarezas como los pandoros, anticuerpos bizcos que anulan las defensas de la propia sociedad contra los embates de la barbarie que asume formas distintas y cada vez más corrosivas. Para los pandoros, el objetivo no es mantener el hecho civilizatorio, es alcanzar y calentar un asiento en lo más alto. Su deseo es el regocijo que les producirá el reconocimiento de sus conciudadanos, no la liberación de su patria. Eso último les disgusta porque no es fotogénico; es sucio, arduo, difícil de concebir y tramitar.

 El pandorismo se ha vuelto inevitable. Todos los caminos conducen a la presencia de estos maniáticos suaves que pretenden explicarnos lo inexplicable y hacernos creer que perdimos la razón, que lo que vemos no es lo que vemos y que la solución al enredo gordiano en que vivimos consiste en «esperar», en «organizarse» según sus métodos y creencias, en «participar» solo en lo que ellos digan que es lícito participar y en «creer» en lo que ellos digan que hay que creer. Ante los pandoros solo cabe levantar una pared de indiferencia, pensar con ideas propias, ser nuestros propios guías, mantener encendida nuestra propia luz.

 Que los pandoros gobiernen a quienes puedan. 

domingo, octubre 05, 2014

LA MÁQUINA DE SOPLAR

Peter Evans por C. Neil Scott
 Llegué a Peter Evans oyendo las transmisiones de un programa de radio cuyo conductor huye (y nos ayuda a huir) de la dictadura de la música que repiten en todas partes. Lo presentaba como a un marciano capaz de hacer todo lo que se puede hacer con una trompeta en las manos. Daba detalles de lo impecable de su técnica, de la velocidad de su fraseo, de su capacidad para dar saltos del registro más grave al más agudo sin sudar ni poner cara de enfermo. Hablaba también de lo agradable de su sonido, de la delicadeza que despliega en sus instantes líricos y de la implacable enjundia que caracteriza los momentos más salvajes de su música. Cuando lo oí por primera vez, pensé que de verdad se trataba de un extraterrestre con cuatro pulmones.

 Como a nadie le ha interesado precisar el lugar de nacimiento de Peter Evans, diré que nació en Talos IV, y a esa información añadiré los datos que pueden encontrarse en cualquier parte: que obtuvo el grado de Trompetista Clásico en el Conservatorio Oberlin, en Ohio, que se mudó a Nueva York en 2003, que toca por igual repertorios antiguos y contemporáneos; que ha grabado discos junto a bandas electroacústicas y agrupaciones tradicionales; que, además de su trompeta normal, usa una piccolo (la misma con la que toca obras del Barroco) para hacer música en la que se entremezclan y se expanden el jazz, la libre improvisación y la música contemporánea. En esas biografías también dice que ha formado durante años (y formará hasta 2015) parte del cuarteto Mostly Other People Do The Killing, que es miembro del International Contemporary Ensemble y que ha grabado junto a Mary Halvorson, Evan Parker, Rodrigo Amado, Mats Gustafsson, Nate Wooley y Agustí Fernández, entre muchos otros grandes.

 Obsérvese que con Peter Evans no valen los mitos extramusicales. En su biografía no hay historias terribles como aquellas que marcaron las vidas de los jazzistas de antaño; no hay cuentos de drogas ni de segregación racial ni de maltratos en tugurios llenos de narcotraficantes; no hay cuentos sobre permisos policiales para tocar aquí o allá; no hay historias de sofisticación ni trajes ni peinados. A ninguno de sus amigos lo molieron a palos ni la novia le disparó mientras se encontraba en el escenario No hay nada que le otorgue a la música un carácter reivindicativo ni un aura legendaria ni un anecdotario a repetir en programas de radio y libros. En la biografía de Peter Evans solo hay reconcentración en la música, conciertos, giras, estudios, talento para reinventarla y llevarla a donde nadie la ha llevado jamás.

 Así como su vida no es pasto para el escándalo y su rostro es el de un sujeto que podría ser amigo de Sheldon Cooper, su música es una cascada que reta nuestra capacidad para definirla. La razón de esa dificultad radica en que sus referencias se mueven, en que las líneas que tejen la trama se dibujan con turbulenta rapidez y pasan de una sonoridad a otra en instantes, sin avisar ni pedir permiso. Una de las marcas de la concepción musical de Peter Evans es la incertidumbre y se pasea con fuerza a través de estructuras que nos permiten reconocer, de manera fugaz, distintos estilos y modelos. Por ejemplo: pones Cryptocrystalline y te encuentras con un cuarteto de trompeta, piano, contrabajo y batería que toca tres improvisaciones endemoniadas. Colocas cualquiera de las piezas de Ghosts y, de pronto, cuando crees reconocer que lo que suena, suena a jazz tradicional, aparece un soplido o un efecto electrónico que abre un continuo en el que se dibuja una compleja red de orlas que rematan en la presentación de unas células sonoras que se repiten con ligeras variantes, y tú, boquiabierto, piensas: «¡caramba, pero esto ya no suena solo a jazz; suena a jazz, Steve Reich y Philip Glass pasados por una licuadora!». Si sigues oyendo con atención, reconocerás en esa trama (tupida trama que forma un palimpsesto de muchas músicas) pequeños trozos de melodías conocidas, instantes musicales esbozados de manera tan precisa como febril. Otro ejemplo: Zebulon. Ponlo y te expondrás a un imparable alud de música mesmerizadora. El que la formación que toca en ese disco sea relativamente tradicional —contrabajo, batería y trompeta desconectados de laptops y demás aparatos— no hace que la música deje de mostrar arabescos, módulos casi fractales, repeticiones, motivos circulares creados en un devastador ejercicio de improvisación instantánea inspirado en la música que producen las máquinas, pero hecho a mano o, más bien, a pulmón, a soplido, como si el aliento no le correspondiera a los vivos o como si los vivos se trocaran en máquinas sopladoras y encontraran la manera de renovar el arte emulando a las máquinas y convirtiéndose a sí mismos en máquinas productoras de una música que hoy le parece extraña a casi todo el mundo, pero que responde a un planeta mecanizado hasta el delirio, aturdido y alérgico al silencio.

 La impronta de las máquinas aparece de muchas maneras en el trabajo de Peter Evans. En algunas de sus formaciones un músico se dedica a intervenir el sonido, a crear atmósferas y texturas, a añadir efectos, a producir pequeñas o grandes distorsiones. Lo resaltante es la discreción de ese procesamiento de datos, la naturalidad (si cabe la palabra) con la que se asume la intervención inmediata del material sonoro, el diálogo entre las posibilidades de los aparatos y el trompetista que se inspira en las máquinas. Use o no electrónicas, el resultado es extraño no solo por el sonido total, sino por las estructuras narrativas que se exponen al público, que no son las tradicionales. Me explico en la siguiente digresión: estamos acostumbrados a una narrativa elemental en la que hay un principio, un nudo, un desenlace y un final. Eso que vale para la narración de una historia, vale también para cualquier pieza musical porque no se trata de seguir la secuencia de unos hechos determinados, sino del placer físico que produce la intuición de un orden que surge, se desarrolla y termina. Sin embargo, en la música del trompetista no suele producirse ese orden porque los recursos que utiliza, generan un continuo en el que muchas veces no hay cénit o no se viaja hacia un punto culminante porque todo él es cénit y punto culminante desde el principio, de manera que nuestra capacidad para intuir en qué parte de la pieza nos encontramos, se desintegra, y no todos los oyentes soportan permanecer así, desnudos ante la música y en una total incertidumbre.

 La música de Peter Evans es heredera refinada de la corriente artística que incluyó el ruido a las artes. Si las calles están llenas de camiones y de gritos, de carros y de motos; si en cada esquina los taladros revientan las aceras y demuelen los edificios; si en todas partes los tractores y los martillos empujan la tierra y muelen las piedras, ¿cómo pretenden que toda la música que se produce en este tiempo sea bella y tralalá? Así que, por más que se haya graduado de trompetista clásico y toque el repertorio de Johann Sebastian Bach al derecho y al revés, no le pidan a Peter Evans que interprete lo mismo de siempre y que encima toque bonito. Él sabe que lo que hace es la continuación extremada de lo que hicieron los dadaístas y los futuristas hace cien años, de lo que hicieron muchos de los miembros de Fluxus (como Peter Brötzmann, por ejemplo), de los rockeros del pasado y algunos del presente, de lo que ha hecho y hace Merzbow, de lo que hicieron algunos representantes del free jazz, de lo que hace tanta gente dedicada a ampliar nuestra idea de la música, porque, al final, de eso trata todo: de una música ampliada, de una música más allá de las músicas a las que nos hemos acostumbrado y a las que creemos inamovibles, cerradas a la evolución y, peor aún, modelos a repetir porque sí, porque al auditorio le gusta, se siente cómodo, porque el canon dice que así es como es y ya.

 ¿Cuánto tarda el gran público en asimilar aquello que late en lo más hondo de una obra brillante que hoy le parece críptica e incómoda? No creo que exista un tiempo específico para que ese largo trámite se cumpla. Ni siquiera es seguro que la humanidad se dé por enterada de que determinado material expresa mejor que otro las obsesiones de una época. Lo que sí sé es que lo que hace cien años lucía raro y escandaloso, hoy forma parte de nuestras vidas. De manera que no hay por qué dejar de creer que algún día el gran público se percatará de que la desnudez ante la música (y ante el arte en general) es pasajera y que no hay dictadura que valga para detener la evolución de las formas.