jueves, marzo 23, 2017

RESEÑAR LIBROS

 Tal vez reseñar un libro sea la continuación natural de subrayarlo. En ambos casos dejamos constancia de aquello que nos llamó la atención durante la lectura. A veces subrayamos y anotamos nuestro parecer. Iniciamos una plática silenciosa con los párrafos que encontramos en la página porque sabemos que toda lectura es efímera, que aquello que nos sorprendió o llamó nuestra atención probablemente no nos sorprenderá o llamará nuestra atención de la misma manera como lo hizo en ese momento específico, en ese instante en que una parte de nosotros percibió algo (tal vez una luz especial) desde la página, algo que interrumpió la normalidad de nuestra pequeña vida y la llenó de un brillo tan intenso como momentáneo. Dar cuenta de esos brillos fugaces, tratar de compartirlo con otros, es razón suficiente para escribir acerca de los libros que leemos, pero, muchas veces, confundidos por el ruido, hacemos de ese oficio una exposición de vanidad innecesaria, escrutadora, criticona, trivial, destructiva.

 Deberíamos escribir reseñas, considerando que los libros no son sólo los volúmenes impresos y encuadernados, que son los volúmenes impresos y encuadernados más las conversaciones que suscitan, los comentarios que pasan de gente en gente y que se renuevan con cada lector.

 La literatura nos permite recrear algunas de las posibles historias que explican por qué el mundo es como es. Por eso cultivamos su cercanía y aprendemos a valorar cuánto de impreciso o de ambiguo hay en sus dominios. Si la vida humana está llena de sombras, ¿cómo no ha de estarlo uno de sus principales reflejos? Comentamos porque tratamos de aclarar junto a otros lectores las imprecisiones y ambigüedades que encontramos en las páginas que leemos. De eso tratan los susurros que conectan los libros a las personas y los libros a otros libros.

 Entre nosotros no abundan los escritores de reseñas. Más por una idea generalizada que por obligación real, se cree que la médula de la crítica literaria consiste en destacar ante el público los aciertos y desaciertos de un libro, así como declarar su importancia en el devenir de un espacio literario determinado. Al comentarista se le tiene como un añadido a la creación, como un anexo antipático al que muchas veces se le cree más parásito que simbionte, vaya usted a saber si por el filo de sus argumentos o porque cada día se considera menos necesaria su labor. Comentar obras puede llegar a convertirse en un delicado ejercicio literario porque quien lo ejecuta debe sortear inmensas tentaciones como la creer que los libros son el mundo o la de fungir de juez de cuanto se publica. Ni hablar del peligro siempre inminente de la erudición fatua y desbordada, ésa que vuelve infecundo toda labranza y todo esfuerzo.

 Una reseña es un documento múltiple que da cuenta de una lectura y de las relaciones de un libro consigo mismo, con su autor, con la literatura, con la sociedad, la tradición y el idioma en que fue escrito. He ahí el enorme compromiso que comporta el cultivo de este género, añadiendo, además, que al final una reseña es una invitación a otros no sólo a que se acerquen a una o a varias obras, sino a que participen en el largo y silencioso diálogo en el que se expanden las vibraciones de los libros.

jueves, marzo 09, 2017

ESCENAS AZULES

1.

Siempre que hablamos de música, terminamos desafiándonos a nosotros mismos.

 La música es un lenguaje que no se habla con palabras.

 Cuando hablamos con palabras sobre la música, hablamos sobre un lenguaje con otro lenguaje que no le corresponde.

 Deberíamos hablar de la música con música, pero eso sólo lo hacen (acaso sin darse cuenta del milagro) los músicos.

 He ahí el desafío: utilizar la sintaxis con la que contamos ristras de anécdotas más o menos silvestres para hablar de una masa intangible que tiene su propia sintaxis y que ocupa todo el espacio con su presencia.


2.

 La tradición popular española (agua diversa y vigorosa) arrastra consigo los símbolos, los motivos, los temas y las imágenes que han alimentado el arte español de todos los tiempos. A veces los artistas abrevan de sus aguas anónimas y producen obras cuya cercanía formal con las creaciones populares originales las torna continuación estilizada y homenaje, modelo que se carga de un extraño prestigio cuando se le usa para la exaltación política y social, o como abono para la farándula eterna. También hay artistas que se dedican a procesar las formas populares, a cribarlas hasta devolverlas al mundo depuradas, transformadas, cargadas de una nueva belleza pura y abstracta.


3.   

 Enrique Granados, el protagonista de nuestra reunión, pertenece a la Generación del 98. Cuando lean el ensayo de Jaime Bello León comprenderán por qué la Generación del 98 se llamó así.

 No tengo el tiempo ni el aire que quisiera para hablarles de un tema tan vasto y apasionante. Sólo les diré que a los miembros de ese grupo de intelectuales y escritores les interesó definir qué significaba ser español a comienzos del siglo XX. Sus representantes más destacados viajaron por toda España, investigaron, recopilaron datos, recogieron testimonios, estudiaron las manifestaciones populares, reconstruyeron la posible evolución de los idiomas y dialectos de las distintas regiones; estudiaron la relación entre la adustez de ciertos paisajes y la severidad del estilo español, miraron el pasado literario, se dejaron influir por otras literaturas, por otras ideas filosóficas, políticas y artísticas; se abrieron al mundo, aunque paradójicamente su objetivo no siempre declarado fue reafirmar lo hispánico perdurable, lo indeleble a pesar de las muchas guerras que enmarcaron sus vidas.

 Entre la obra de Granados y los representantes más destacados de la Generación del 98 (Menéndez Pidal, Unamuno, Azorín, los hermanos Machado, Valle Inclán, Albéniz, Baroja…) hay un bosque de conexiones invisibles pero forjadoras de una visión integradora del mundo.

 Cuando Granados buscó inspiración en Goya, hizo lo mismo que Valle Inclán: se concentró en el trabajo de uno de los grandes intérpretes del imaginario español de todos los tiempos. Cuando Granados escribió las Escenas románticas, hizo lo mismo que Baroja o Unamuno: diseñó un cuerpo de meditaciones que registraban un viaje interior, un necesario forcejeo con la propia conciencia para examinar su relación con el lenguaje, con el oficio, con las creencias, con el entorno.

 Podríamos pasar horas estableciendo estas relaciones, armando este rompecabezas amable, pero debemos continuar.


4.

 La música tiene una relación única con el tiempo.

 Cuando oímos música, nos enfrentamos a un continuo que llena el tiempo y el espacio, un continuo hecho de momentos tan fugaces como la propia vida.

 Sabemos que estamos ante una música seria cuando cada momento del continuo busca y construye el instante que le sigue.

 La música vale la pena cuando está hecha de momentos densos, de tramas sonoras que nos estimulan y nos preparan para una revelación que se nos presenta en el siguiente instante musical.

 El tiempo que se mide en años o en segundos ya no importa. Importa el presente que carga consigo aquello que clama porque nos abandonemos a la abstracción absoluta, disfrutemos la experiencia y seamos capaces de contársela a nuestros semejantes.

  
5.

 El objeto que hoy nos convoca cumple a cabalidad las dos posibilidades de las que hablamos hace unos siglos minúsculos: en un mismo artefacto se reúnen la grabación de un pianista enorme interpretando una pieza del repertorio de un gran compositor (es decir: un músico habla de música con música) y el comentario afilado de un auditor atento que comparte con nosotros sus impresiones y experiencias.


6.

 El tiempo sin música es sólo tiempo fugaz.

 Enrique Granados murió en 1916, a los 49 años, en medio del hundimiento del barco en el que viajaba.

 La música, con su desbordado presente, nos salva de las palabras y de la memoria.

 El pianista y compositor venezolano Carlos Duarte falleció en 2003, a los 46 años. Un infarto (que es un naufragio en el pecho) detuvo su carrera luminosa.

 La música no es un lenguaje universal como reza uno de los tantos lugares comunes que nos rodean; es vibración feroz en el aire presente.


 Poseído por la música, el tiempo es reversible como lo ejemplifica este encuentro en el que evocamos a dos grandes artistas.