martes, julio 29, 2014

EDUCACIÓN MUSICAL


¿Vamos a escuchar un disco de Eric Dolphy, papá? 
—No, Natalia. Escuchemos algo de Tonbruket. 
—No. Tonbruket no. Eric Dolphy. 
—Está bien. Eric Dolphy. 
—¡Bieeen! 
—¿Cuál oímos? 
—El de la flauta. 
—¿Cuál de la flauta: Out to lunch
—No. El de la flauta, papá. El de la flaaautaaa. 
—Ok, Natu. El de la flauta. 

 Natalia se refiere a dos improvisaciones a flauta sola que se encuentran en Other aspects y que se llaman «Inner flight» 1 y 2. Esa es una de las tantas discusiones que tenemos mi nena de tres años y yo, cuando vamos rumbo a su escuela todos los días.
 Rodrigo está en segundo grado y una de sus materias obligatorias es la música. El otro día me encontraba enfrascado en la redacción de un documento cuando, de pronto, comencé a oírlo practicar. 

 Firuuuu...

 Firuuuu...

 Firuuuu...

 Y yo tratando de escribir...

 Firuuuu...

 Firuuuu...

 Firuuuu...

 Entre la dificultad de lo que estaba escribiendo y la repetición de su ejercicio, no pude continuar. De manera que dejé mi asiento y me fui a su cuarto a verlo, solo a verlo porque, aunque el firufiru me atormentara, no podía decirle nada, puesto que estaba estudiando.

 Firuuuu... 

 Firuuuu...

 Firuuuu...

 Cuando llegué a la puerta de su habitación, no pude menos que reírme.

 Firuuuu...

 Firuuuu...

 Firuuuu...

 Ahí estaba el joven Rodrigo, desnudo de la cintura para abajo, tocando su flauta con su partitura en frente.

 Firuuuu...

 Firuuuu...

 Firuuuu...

 Un sátiro en mi casa...

 Firuuuu...

 Firuuuu...

 Firuuuu...

lunes, julio 21, 2014

PAISAJE

 Los que se fueron, se fueron y los que nos quedamos, huimos al fondo de nosotros mismos. ¿Quién se ocupa del lugar?


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 El aire está lleno de huecos. A donde vayas, los verás. Nadie que se haya quedado en la patria puede dejar de verlos. No son sombras. Son huecos que se mueven y que tienen las formas de los que se fueron.


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 La patria es un talud espiritual que remata en un vórtice listo para tragarnos a todos.


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 El canto de los grillos dice «eres de aquí», «eres de aquí», «eres de aquí», «eres de aquí», «eres de aquí», «eres de aquí», «eres de aquí».


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 El sonido de la lluvia ya no está. Lo perdimos junto con la noche. 


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 El lugar está lleno de árboles que tratan de consolarnos. A veces (solo a veces) entendemos el mensaje cifrado en el color de sus frondas y nos reconciliamos, por un rato, con el paisaje.


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 Entre dos lajas de concreto crece una pequeña planta. Ojalá sea un espinoso jabillo cuyas raíces algún día quiebren la acera y se extiendan hacia el asfalto, doblándolo y rompiéndolo con implacable tenacidad.


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 Las guacamayas, gritos que acompañan gritos (de colores). La selva nos acompaña.


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 La lluvia arrastra las montañas; convierte las piedras en leones que rugen en la noche hambrienta.

 Y nadie duerme.


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 Chaguaramo: sábado por la mañana convertido en árbol.


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 Al lado de mi edificio hay dos torres de oficinas cuyo diseño se basa en la superposición y desfase de varios volúmenes. Cuando las observo, me parece que una mano de viento gigante les hace cosquillas y que lo que vemos, es la risa del conjunto expresándose a través del concreto.


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   Tan fértil es este valle que, debajo de los puentes, nacen árboles que crecen al revés. Mientras sus raíces viven aferradas a la estructura del concreto armado, sus ramas peinan el suelo y se ríen.


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 El calor aquí es un estado de ánimo, una nube invisible que alarga la distancia entre la voluntad y los hechos.

 En la metafísica de nuestra barbarie siempre estará el calor.


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 Las luciérnagas rodean los edificios negros; se preguntan por qué ya no quieren ser como ellas.

 Se sienten solas las luciérnagas. Prefieren ser luz en la luz que luz en la nada.


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 ¿De qué color serán las flores de un valle regado con sangre?


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 Y ahí estará siempre la belleza áspera del valle, indiferente a lo que nosotros, vacas negras, hombres de lava, hagamos o dejemos de hacer.

miércoles, junio 25, 2014

CONTRA LA DESINTEGRACIÓN GENERAL

 En medio de la lluvia de bombas lacrimógenas que tuvimos entre febrero y abril de este año, recibí de amigos y de gente cercana varios volantes que hablaban sobre la necesidad de asistir a unas reuniones donde psicólogos y especialistas se dedicarían a aconsejar a los padres sobre qué hacer, cómo tratar y cómo hablarles a sus hijos sobre los acontecimientos que ocurrían a nuestro alrededor.

 Por supuesto: nosotros no asistimos a ninguna de esas reuniones. Aquí consideramos que la honestidad y, en algunos casos, la crudeza son mejores que cualquier rodeo conceptual dispuesto para tratar lo inexplicable.

 Lo inexplicable es y punto. No hay que darle tantas vueltas. 

 Hoy, esos mismos que me enviaron aquellos volantes se van o se fueron de Venezuela; dejaron, en algunos casos, esposos, hijos, casas, negocios... Nos dejaron. Dejaron a sus padres, a sus hermanos, a sus perros... Dejaron sus afanes, sus libros. Lo dejaron todo y no nos hicieron llegar ni un pequeño panfleto ofreciendo ayuda psicológica ni espiritual a quienes hoy nos sentimos abandonados por esos familiares y amigos que partieron (y partirán) a otras landas a buscarse sus vidas.

 La cruda honestidad con la que hablamos de las bombas lacrimógenas servirá para hablarles a nuestros hijos sobre estos abandonos masivos, pero no estoy seguro de que sea suficiente para ayudarnos a asimilar el fenómeno ni atenuar las cárcavas que producirá en quienes nos quedamos. 

 Lo inexplicable (la muerte, el abandono, el horror, la ruina) es y no hay que darle tantas vueltas.


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 La patria es donde me gano la vida.

 Donde no pueda ganarme la vida, no es mi patria.


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 La imaginación es una facultad mental o espiritual (vaya usted a saber) que transmuta las sensaciones y los conocimientos en imágenes que se combinan y recombinan a cada instante. 

 Una idea no es más que la recolección (porque casi siempre es involuntaria) de una de esas mixturas que sirve como materia prima a procesos de mayor complejidad. 

 Crear consiste en conectar imágenes crudas, unir ideas propias y ajenas con el fin de modelarlas y transformarlas hasta crear un discurso coherente.

 Detrás de las imágenes acabadas, hubo imágenes crudas de las que apenas tenemos noticia a través de bocetos y borrones perdidos en libretas.


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 La batalla de Carabobo sin agua.


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 La batalla de Carabobo con chinos.


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 La batalla de Carabobo a oscuras. 


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 La batalla de Carabobo con futbolistas.


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 La batalla de Carabobo con leguleyos.

  
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 La batalla de Carabobo con gente que mata por un teléfono.


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 La batalla de Carabobo en leggins (aunque la de 1821 también fue en leggins). 


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 Ayer me enteré de la suspensión del concurso de cuentos de El Nacional. Si la noticia es cierta, nos encontramos ante otra de esas pérdidas, ante otro de esos huecos en que se nos ha transmutado la vida en estos años. 

 «La crisis económica», dirán los organizadores del concurso. 

 «La crisis de papel», acotarán los dueños del periódico. 

 «¡La censura!», gritarán los políticos. 

 «La gente no lee», dirá el asesor. 

 El inexorable desastre, que existe y está aquí, en mi propia casa, como en las de casi todos los venezolanos, también se ha trocado en la excusa ideal para quienes no quieren hacer nada, para quienes no tienen el temple ni la fe ni la determinación ni la necesidad de producir cosas poderosas a pesar de las carencias y del horror mentado una y mil veces, y se rinden y se entregan a la molicie del twitter y, en definitiva, le dejan todo a los mandarines para que lo destacen o lo conviertan en una caricatura desteñida de lo que alguna vez fue.

 Como todo hay que decirlo, es hora de que los dolientes del concurso de cuentos de El Nacional (los escritores, los lectores de los cuentos, los miembros de los jurados) abandonen el éxtasis místico de ojos virados que les producen los libros, y expresen sin chistecitos ni faramallas su indignación, si es que de verdad la sienten. 

 Nota al margen añadida el 29 de julio: no eliminaron el concurso de cuentos de El Nacional. Retrasaron su lanzamiento porque uno de los infalibles organismos del gobierno cuestionó el uso de la palabra concurso, so pena de tener que seguir los reglamentos a que están obligados los organizadores de rifas y demás actividades de entretenimiento. De manera que ya no se llama concurso de cuentos, sino jornada de cuentos. 

 'Patafísica de la mediocridad, pues.

miércoles, junio 04, 2014

FANTASMA

  No me gusta usar móviles sofisticados. Prefiero las tecnologías baratas y libres de periquitos. Con que pueda llamar a mi casa, me conformo.   

  Ayer, en un rato de ocio, puse a cargar el Nokia desportillado que me sirvió antes del Samsung de juguete que uso ahora. Cuando estuvo listo, me puse a revisar la libreta de contactos y me llevé una extraña sorpresa. La mitad (o más) de los nombres anotados en ese aparato pertenecen a personas, amigos y conocidos, que ya no viven en Venezuela.

  La gente que no está, que se fue, deja huecos por todas partes. Huecos como los que quedan en una fotografía cuando se recorta el retrato de alguien y se deja la silueta. En este caso la vida, los lugares, las calles, se llenan de huecos, de gente que estuvo y ya no está, que se fue y te dejó con los vanos, con las memoria de lo que se hizo en determinada calle, en tal casa, en tal edificio. Es así como, de pronto, te das cuenta de que vives en una ciudad (o en un país) fantasma.

  Vivir entre vanos está bien. Uno se acostumbra. Lo raro es que cada cierto tiempo me pregunto si quienes se fueron, te ven como un hueco en la fotografía de su propia y nueva realidad.

lunes, mayo 19, 2014

A.R. Penck: Rinoceronte
 Cuando oigan que alguien dice «porque más pronto que tarde» es que fracasamos.

 Cuando oigan que alguien dice que «no debemos convertirnos en aquello que combatimos» es que fracasamos.

 Cuando oigan que alguien repite la oración «hay que organizarse» es que fracasamos.

 Cuando oigan que alguien dice algo sobre «la luz al final del túnel» fracasamos.

 Cuando oigan que alguien propone «introducir el caso ante las autoridades competentes» es que fracasamos.

 Cuando oigan que alguien dice «la oposición no ha hecho sino crecer» es que fracasamos.

 Cuando oigan que alguien sentencia «a pesar de todo, hay que sentarse a dialogar», fracasamos.

 Cuando oigan que alguien dice «tenemos que hacer algo» es que fracasamos.

 Cuando alguien dice algo sobre la brutalidad de los mandarines es que fracasamos.

 Cuando oigan que alguien pronuncia o escribe la palabra «polarización», fracasamos.

 Cuando oigan que alguien repite una y otra vez la palabra «inconstitucional» es que fracasamos.

 Cuando llaman a un abogado «constitucionalista» para tratar cualquier asunto es que fracasamos.

 Cuando alguien dice que «hay que esperar a que la gente se desencante de esto», fracasamos.

 Cuando alguien dice cualquier cosa y remata con «de lado y lado» es que fracasamos.

 Cuando alguien repite «no hay estado de derecho» es que fracasamos.

 Cuando oigan a alguien diciendo que «tenemos que buscar otras formas de lucha» es que fracasamos.

 Cuando alguien apunta que «este no es el país que queremos» volvimos a fracasar.

 Cuando alguien propone «que todos somos hermanos y que debemos unirnos» es que fracasamos.

 Cuando alguien muy cercano les diga «estoy buscando opciones en otro lado», ya saben que fracasamos.

 Cuando alguien habla sobre «la comunidad internacional», fracasamos.

 Cuando alguien habla del «palo a la lámpara» o del «trapo rojo» es que fracasamos.

 Cuando alguien manifiesta «estamos mal, pero podemos estar peor» es que fracasamos.

 Cuando alguien sale con que «esto no es una dictadura, sino una autoritarismo con ropaje democrático», fracasamos.

 Cuando alguien menciona la existencia de una «agenda de la violencia», fracasamos. 

 Cuando alguien canta «yo me quedo en Venezuela porque soy optimista» fracasamos.

 Cuando se usa «imperio» por «Estados Unidos», fracasamos.

 Cuando alguien discute la importancia o no de «tener bolas» en el ejercicio de la política es que fracasamos.

 Cuando alguien dice algo sobre «militares institucionalistas», fracasamos.

 Cuando alguien dice que «hay que sentarse a ver cómo se comen entre ellos», fracasamos.

 Cuando alguien repite que al gobierno «se le cayó la careta democrática» es que fracasamos.   

 Cuando alguien pronuncia o escribe la palabra «tolerancia» nos encontramos ante otro fracaso.

 Cuando alguien dice «todavía no hemos aprendido nada» es que fracasamos.   

 Cuando alguien, a estas alturas, habla de que «hay que subir cerros», fracasamos.

 Cuando alguien habla de «guarimbas» y las opone a «barricadas» es que fracasamos.

 Cuando alguien habla de «lo social» para arriba y de «lo social» para abajo, es que fracasamos.

 Cuando alguien dice que lo que ocurre en Venezuela es «incomprensible», fracasamos.

 Cuando alguien habla de «la derecha» y de «la izquierda» es que fracasamos.

 Cuando alguien suspira y dice «por lo menos estamos vivos», volvimos a fracasar.

jueves, mayo 08, 2014

MÚSICA Y ABSTRACCIÓN


Abstraer.
(Del lat. abstrahĕre).
1. tr. Separar por medio de una operación intelectual las cualidades de un objeto para considerarlas aisladamente o para considerar el mismo objeto en su pura esencia o noción.

  Quienes usan el término «abstracción» para hablar de música, lo hacen pensando en términos visuales; es decir: en que abstracción y figuración son opuestos y que todo lo que no «retrata» con mayor o menor fidelidad un hecho real es «abstracto». En otras palabras: como la música no reproduce las formas de los objetos, es abstracta.

  Digan todo lo que quieran, pero en la música no hay paisajes, naturalezas muertas ni retratos; no los hay ni siquiera en las canciones populares ni en la ópera. En la música solo hay música, sonidos que se entremezclan y se refieren a sí mismos. Cualquier evocación o posible «reproducción» de las sonoridades de objetos o situaciones, corre por cuenta nuestra, igual que el chorro emocional que suscite o no la música. Ahora, si insistimos y queremos acotar nuestro discurso con palabras extraídas de las artes visuales o de la filosofía, quizás debamos ser más precisos. Por ejemplo, asumamos lo que asumen algunos: que la melodía es a la música lo que la figuración es al dibujo o a la pintura, y veamos qué ocurre. Pensemos cuán útil (o no) resulta semejante analogía a la hora de explicar la música que nos rodea, tanto la que nos gusta como la que no. Observemos, eso sí, que el gran público suele ser consumidor de «música figurativa», de melodías que «dibujan» formas que los oyentes perciben como reconocibles y pueden repetir cada vez que quieran porque sí, porque «el cuerpo se los pide» o porque algo en el ritmo machacón los impele a tararear una y otra vez una frase o un fragmento de determinada canción, y bailar y bailar y bailar durante horas. Total: a la música la mueven fuerzas extrañas y muchas veces ligadas a la naturaleza, a los ritmos de la sangre y de las vísceras, a esa energía rara que mueve al mundo y que a cada momento nos atraviesa.  


  Hay otras músicas que son abstractas en el sentido que se encuentra definido en el encabezado de estas palabras; músicas que son el resultado de un proceso por el que se separan sus estructuras y sus formas tradicionales para estudiarlas, redefinirlas, ampliar sus posibilidades técnicas y expresivas, y crear no sé si nuevos discursos, pero sí nuevos planteamientos que nos permitan entenderlos como un reto de búsqueda y no como una mera interpretación de lo escrito o una repetición de lo mismo miles de veces.

  La música de la que hablamos se caracteriza, en algunos casos, por un ir y venir de la seguridad a la osadía, del fraseo a la desintegración; en otros por ser caos puro y por privilegiar la superposición de timbres por encima de la atildada armonía. Como se trata de una búsqueda libre y abierta, no hay partituras exhaustivas; hay improvisación, exploración, abstracción constantes. Que esas músicas no tengan la calidez esperada por muchos ni sean tan comerciales ni tengan el beat pegajoso que permita sonarlas en las radios del mundo ni muestren «dibujos» reconocibles ni contengan un anecdotario que permita conectarlas con el aura (mezcla de chisme y leyenda) con que suele ungirse a los artistas, son asuntos que confunden a quienes creen que las artes deben ser amables porque sí, porque una fracción muy grande del público lo quiere y porque hoy en día arte, entretenimiento, evasión y placer se confunden en un mismo masaje.

  No creo que debamos repetir frivolidades como que cada día «la música es más abstracta» y por eso su audición exige «grandes esfuerzos», como si oírla produjera hernias… Hay que abrirse a formas que prefiguran mundos (no importa si no las entendemos), a sonoridades que esbozan el futuro (no importa si no nos gustan). Debemos resistirnos a creer que la música es simplemente un pasadizo a otras épocas pasadas, un atentado contra el silencio, un salvoconducto al jolgorio gracioso.   Porque al final lo importante es aprender a perderse y a encontrarse en un caudal de formas que nos amplían.

  La tierra sin anécdotas a la que nos arrastra la música está lejos de ser un desierto. Solo hay oír con atención y dejarse llevar.

  Dejarse llevar…

martes, abril 15, 2014

«(…)»

 Podríamos discutir los detalles, devanarnos los sesos y puntualizar ciertos matices, pero este largo disparate de tres lustros ha tratado sobre la destrucción de un modo de vida para imponer otro más primitivo. 

  Lo que se ha visto en estos meses es la reacción contra esa tragedia que ha corrido de manera solapada, pero inexorable, a través de los años.

  Y ya.

  No es hora de discutir si debimos ser más cautos o menos apasionados. La máquina demoledora sigue encendida y hay que detenerla cuanto antes, no sea que el vórtice de la desintegración nos termine de tragar.

  El panorama pinta mal para todos, pero luce peor para los próceres poderosos. Pretender destruir un modo de vida sin destruirse a sí mismo es la trampa que le espera a todo émulo de Robespierre, y más en este paraíso del desorden con petróleo y buen clima. La corrupta mediocridad de los mandarines les impide ver su destino. Por eso debemos mantener la guardia en alto, no darles tregua y no dejarnos llevar por la desesperación.

«(…)» es el ideograma de un suspiro.